Democracia, pueblo, mayoría y “opinión pública”.

Despejadas ya las dudas (si es que alguna vez las hubo) sobre quién debe gobernar en los próximos cuatro años es quizá hora ya de aclarar algunas verdades de perogrullo que parece que algunos encumbrados editorialistas u opinólogos parecen ignorar. Desde este espacio este humilde servidor público se atreve a cuestionar ciertas afirmaciones que parecen querer nublar el debate actual. Para no derivarnos por senderos sinuosos vayamos a los conceptos básicos de la democracia. Cualquiera sabe que el gobierno debe ser ejercido por el partido que el pueblo ha elegido en comicios libres y secretos, lo que le da legitimidad y poder democrático para tomar las medidas que considere convenientes para cumplir con su programa de gobierno. Al momento de las elecciones cada partido expone sus promesas o intenciones para que el pueblo, único soberano escoja uno y le dé el triunfo. Como el pueblo no es uno solo, quien obtenga la mayoría es el que debe gobernar, y ejecutar lo que expuso ante la ciudadanía. Si el ganador no estaba gobernando, la opinión de sus votantes puede tener diversas interpretaciones, y sólo con el transcurso del tiempo se verá el grado de acuerdo que hay entre el soberano y sus representantes; pero si, como en el caso de Cristina Fernández, su partido ya gobernó por dos períodos está claro cuál ha sido el mandato de sus votantes, no hay sorpresa, período de prueba ni exámenes que dar: el modelo de país es harto conocido y ha sido ratificado por el electorado, por lo que las líneas que debe seguir el nuevo gobierno están claras, para quienes asuman en diciembre, para quienes lo votaron y para quienes no lo hicieron. No hay dudas ni segundas interpretaciones al respecto… Sin embargo, desde algunos medios se tratan de reflotar dudas, miedos infundados, amenazas perimidas, intenciones “encubiertas” de gobernantes, segundas interpretaciones sobre el rumbo elegido y priorizar sus propios modelos, valores o ideologías por sobre las del soberano que dio su veredicto el 23 de octubre. Nada nuevo bajo el sol, ya se vieron las mismas maniobras para condicionar al débil gobierno elegido en 2003 por sólo el 22% de los votos (diario La Nación ), o los intentos de Magnetto de evitar que  fuera Cristina Fernández la candidata en 2007, según contó el mismo Kirchner por televisión. O, siendo ya presidenta, la feroz embestida de 2008 y 2009 contra la voluntad oficial de cumplir con su plan de gobierno, profundizada luego del exiguo triunfo kirchnerista en los comicios de 2009. La cima de esta embestida para “fijar la agenda” política se patentizó apenas dos horas después de la muerte de Néstor Kirchner, cuando desde La Nación Rosendo Fraga le fijaba el programa que debía seguir a su viuda. Como sabemos, ambos gobiernos kirchneristas remontaron saludablemente estas campañas y pudieron cumplir bastante bien con su programa de gobierno, el que fue ratificado en 2007 y 2011 con cada vez más cantidad de votos. Sin embargo, nuevamente hoy aquellos opinólogos y editorialistas vuelven a la carga para imponernos sus prioridades, intereses, rumbo correcto del gobierno y, aunque parezca mentira ¡hasta sus interpretaciones de la voluntad popular! No sólo cuestionan las medidas tomadas por este gobierno sino el rumbo que se intuye que tomará el próximo gobierno de Cristina Fernández, tanto la forma como el fondo del mismo, que por otra parte fueron ratificadas por el soberano con el 54% de sus votos. Y ahí radica el tema a debatir: ¿qué piensa el pueblo? ¿Qué pidió el soberano que se haga en los próximos cuatro años? ¿Le importa a alguien lo que piensa el pueblo en una democracia? ¿Vox populi, vox dei?

Para simplificar el debate (quizá demasiado) propongo dividir las opiniones en dos posiciones: por un lado los voceros “fraternalistas” (denostados como “populistas”), quienes priorizan la voluntad expresa del pueblo soberano tanto en el voto como en sus derivados: la participación y movilización popular, y por el otro los exégetas “paternalistas” (denostados como autoritarios), quienes priorizan la deducción del mensaje popular hecha por los “expertos”, interpretando el voto del pueblo o describiendo las razones del mismo y predicando su significado de acuerdo a su propia opinión “ilustrada”, pregonada en la llamada “opinión pública”. Los primeros contemplarían el mensaje que sube desde la base de la sociedad cada dos años o en cada manifestación o movilización organizadas, considerando a todos sus miembros como iguales, mientras los segundos atenderían el mensaje que surje desde la opinión pública: los análisis de los medios y sus editoriales interpretando la voluntad popular, considerando a quienes no pertenecen a esa esfera como incapaces de explicitar su voluntad más allá de las frías cifras de los comicios.

Para zanjar esta dicotomía, sería interesante conocer de primera mano la opinión del soberano (todos nosotros), pero principalmente la de la mayoría, y recién entonces respetarla y velar porque el gobierno la siga fielmente porque, como bien dice don Mariano Grondona “La democracia es el poder del pueblo. Pero es rarísimo que el pueblo se exprese en forma unánime. Si cada vez que votamos lo hiciéramos en forma unánime, no habría problema en la interpretación de la democracia. El problema subsiste cuando hay una mayoría y una o varias minorías. Pericles, el gran estadista ateniense, fue el primero en definir la democracia al decir que, en ella, “los más importan más que los menos”. Con esta frase, Pericles sustituyó el principio de la unanimidad por otro más a mano: el principio mayoritario”. (Mariano Grondona. Hasta aquí llegan mis coincidencias con este valuarte de la derecha autoritaria, porque en el mismo artículo hace un giro copernicano y termina poniendo en un pie de igualdad el triunfo apabullante del gobierno en octubre con la fuga de capitales, y a los indignados europeos con la compra de dólares, dando un ejemplo claro de lo que es el “paternalismo” republicano antidemocrático.)

Pero hay otros exegetas paternalistas (de izquierda o derecha) que postulan o priorizan las explicaciones de la adhesión del pueblo a un gobierno que recurren a la escenificación, los embelecos o la manipulación política superestructural de la realidad o la percepción popular de la realidad, es decir a una simulación o engaño cotidiano de una sociedad inerme ante el poder del relato oficialista, triunfador de la batalla cultural que se da en la sociedad (Beatriz Sarlo, ampliamente debatido aquí); o denuncian  dádivas, planes sociales, subsidios indiscriminados o el obsequio de colchones, zapatillas o al menos choripanes…

Entonces, sólo a través de la canónica palabra de estos Supremos RepublicanosSumos Sacerdotes (debido a la visión panorámica y sabia de estos exégetas paternalistas) conoceríamos la voluntad de la mayoría, constituida por una masa de pobres o no tanto, ignorantes o desprevenidos que movidos por prebendas y asistencialismo son víctimas de las triquiñuelas y la impostura del poder político de turno. Desde esa perspectiva “paternalista”, las mayorías “siempre eligen equivocadamente pues lo que las caracteriza es la irracionalidad, el corto plazo y la emoción. La minoría “ilustrada” no se deja endulzar por el canto de sirenas de la demagogia”, como bien explica aquí Dante Augusto Palma.  Si esto es verdad, si esto es así, ante la mentira del poder absoluto gubernamental sólo cabe la resistencia de la verdad del pueblo sometido, ante la dictadura del discurso hegemónico sólo cabe la rebelión tras la vanguardia esclarecida: los verdaderos intérpretes de la voluntad popular, los dueños de la verdad pura; y ya no importa realmente averiguar cuál es la opinión popular sino cuál es la interpretación de sus exégetas… Por lo tanto, una sociedad debe priorizar la visión de estos esclarecidos de las minorías siempre derrotadas en el juego “contaminado” de los comicios.
Como vemos, una paso más y se puede justificar la preeminencia de la élite que califique las decisiones del pueblo en materia política, o que por obvias razones condicione, corrija o purifique el voto popular (por ejemplo mediante el sistema de Colegio Electoral); y otro paso en ese sentido y se justifica el voto calificado, basado en la disparidad de “calidad de voto”  entre la masa y la vanguardia o intelligentzia… Es decir que sólo podemos conocer la voluntad popular a través de la mediación de estos Sumos Sacerdotes de la Democracia, expertos decodificadores del mensaje del soberano, impolutos interpretadores de la democracia, la república y la voz popular.

Pero para conocer cuál es realmente la voluntad del pueblo, cuál es su mensaje, lo mejor es preguntárselo directamente a él y contextualizarlo con el resultado de los comicios. Y eso es lo que ya se ha hecho, y lo que pasaremos a revisar ahora. Veamos:
Informa Martín Granovsky en un interesante artículo que: “En el estudio sobre los argentinos y la política de Ibarómetro se destaca un cuadro: el que mide los valores sociales sobre temas concretos.
El 76,5 por ciento de los consultados quiere un rol activo del Estado en la economía, el 66,8 está de acuerdo en establecer alianzas con naciones de América latina, el 65 por ciento cree que deben continuar los juicios por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, el 63,7 por ciento valora la igualdad y el mismo porcentaje apoya la Ley de Matrimonio Igualitario.
 (…) los temas integran la batería de estrategias oficiales y forman parte de la comunicación diaria de Cristina Fernández de Kirchner.
Pero en las elecciones del 23 de octubre la fórmula Cristina Kirchner-Amado Boudou obtuvo el 54,11 por ciento de los votos. Si se compara esa cifra con las del estudio, la conclusión es que el consenso sobre el rol del Estado o los juicios es amplio y excede a los votantes del Frente para la Victoria.
En el capítulo de los valores, el sondeo coincide en el grueso con otros dos trabajos anteriores.
El último lo publicó este diario el 25 de octubre último y fue producido por el Centro de Estudios de Opinión Pública de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.
Estaba de acuerdo con los juicios el 80 por ciento. Con la presencia de los gendarmes en la calle, el 79. Con la entrega de netbooks a estudiantes, el 74. Con el matrimonio igualitario, el 71. Con la Asignación Universal por Hijo, el 67. El 59 por ciento dijo apoyar la estatización de las jubilaciones, el 54 la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la misma cifra las retenciones, el 52 los subsidios a los servicios públicos y un porcentaje idéntico el plan Fútbol para Todos.
El sociólogo Eduardo Fidanza, director de Poliarquía, una consultora no contratada por el oficialismo, escribió en La Nación el 19 de agosto, cinco días después de las primarias obligatorias, que jugaron a favor del Gobierno “ocupación, salario y consumo, tres factores que inciden en la vida cotidiana del votante”. También señaló que “existe evidencia inequívoca de una identificación, relativamente extendida, con algunos temas del discurso oficial referidos al papel del Estado, la política de derechos humanos, las relaciones internacionales y la respuesta a la protesta social”. Agregó que “junto con eso hay que computar la fuerte adhesión que despiertan medidas clave como la estatización de los fondos de pensión y Aerolíneas, la jubilación de las amas de casa –denominada por muchos beneficiarios de sectores populares ‘la jubilación de Cristina’–, la Asignación Universal por Hijo y otros planes sociales”.
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También podemos acudir a este otro estudio que nos dice que: “un 52 por ciento de los argentinos dice que la política le interesa, frente a un 47 que afirma que no. Siete de cada diez personas dicen que hablan algunas veces o siempre de política mientras que sólo tres de cada diez afirman que raramente o nunca lo hacen. Sin embargo, en lo concreto, hay mayorías rotundas a favor de un papel activo del Estado, el matrimonio igualitario, el alineamiento con Latinoamérica. Las conclusiones surgen de un estudio de la cultura política actual realizado por la consultora Ibarómetro, que lidera Doris Capurro. El trabajo de Ibarómetro comparó entre 2010 y 2011 tres indicadores que capturan el vínculo que la gente mantiene con la política. Primero, si tienen interés o no; segundo: la frecuencia con la que hablan de política con otras personas y, tercero, su disposición a involucrarse, lo que incluye tratar de convencer a otros, aportar dinero a alguna campaña o incluso participar escribiendo sus posturas por Internet.
Entre 2010 y 2011:
– Los interesados en política pasaron del 39 por ciento a casi el 52 por ciento.
– Los que conversan frecuentemente de política, pasaron del 60 al 66 por ciento.
– Y los que tienen simpatías políticas también pasaron de 38 al 51 por ciento.
“El estudio de 2010 lo hicimos en septiembre, o sea un mes antes de la muerte de Néstor Kirchner. Así que no tomamos el dato en el momento tal vez más caliente, sino antes. Lo que demuestra que el proceso de involucramiento ya venía creciendo. En general, el kirchnerismo produjo un estado de punto de vista, hay fuertes opiniones y un clima de mayor involucramiento. Por eso, es un diagnóstico equivocado decir que el voto por Cristina fue por las mejoras económicas. No es sólo mayor producción de autos, hay opiniones, posiciones políticas”, remarca Ramírez.
En el trabajo de Ibarómetro hay posiciones mayoritarias que marcan el contenido de la politización:
– Tres de cada cuatro personas están de acuerdo en que el Estado debe tener un papel activo en la economía.
– Dos de cada tres coinciden en que se deben consolidar las alianzas con Latinoamérica.
– Dos de cada tres ciudadanos consideran que tienen que continuar los juicios por violaciones contra los derechos humanos.
– También dos de cada tres personas aprueban el matrimonio igualitario.
“Los valores de 2010 ya colocaban a la Argentina en niveles altos de politización –redondea Ramírez–. Los parámetros se miden en distintos países y hay claramente valores más altos en la Argentina que, por ejemplo, en España, otra sociedad que estudiamos en estos años. Pero insisto en que se verifica un crecimiento en muchos países, contradiciendo aquellas profecías de que se vivía el fin de las ideologías. Desde ya que puede haber épocas de politización en reflujo. Hoy por hoy lo real es que la historia sigue abierta.”
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Para no abundar, hay otros estudios y explicaciones que confirman con datos y números duros, amplios, verificables e irrebatibles (ver en la segunda parte de esta nota) que en estos últimos seis u ocho años se produjo una sociedad de intereses ideológicos, materiales y simbólicos entre el Frente para la Victoria y la mayoría de los ciudadanos: un diálogo entre dirigentes y dirigidos que da como resultado que el próximo gobierno cuente con un respaldo mayoritario inédito desde 1983 hasta hoy, y tan importante y sólido como su responsabilidad para concretar el mandato popular (un mandato que, luego de lo expuesto, ya conocemos más claramente) y profundizar este modelo de país que fue ratificado por la mayoría de un pueblo muy politizado. Esa mayoría que el gran estadista democrático Pericles priorizaba en una sociedad, al decir que “los más importan más que los menos“.