La reasunción presidencial

 Ante todo, una aclaración: Julio Cobos no estará, como vicepresidente saliente, encargado de ‘tomarle juramento’ a la presidenta reelecta Cristina Fernández y el vicepresidente electo Amado Boudou. Le corresponde a un vicepresidente saliente, como anfitrión que es en la ceremonia de asunción de nuevas autoridades, ‘invitar a tomar juramento’ a los funcionarios que inician sus respectivos mandatos. Sutil la diferencia, más no menor.

Distinto a lo que ocurrirá a posteriori en Casa Rosada, cuando Cristina sí ‘tomará’ juramento –preguntando– a sus ministros, tanto ella como Boudou leerán por sí mismos sus respectivas fórmulas de juramento (respetando sus creencias religiosas –si las tuvieran–, de desempeñar con lealtad y patriotismo sus cargos, observando y haciendo observar fielmente en cuanto de ellos dependa la Constitución Nacional, conforme lo dispuesto por el artículo 93 de la misma). Desconozco lo que hace a colocación de banda y entrega de bastón presidenciales. En 2007, Scioli invitó a jurar y Néstor hizo lo segundo. ¿Cobos deberá reemplazar a CFK en el traspaso de atributos? Oímos a expertos en protocolo, si los hubiera.

Suficiente como para concluir que no es sino Cobos el que debe invitar a la Presidenta a tomar juramento el sábado próximo. No hay, ni debería haber discusión al respecto de este punto. Es lo que constitucionalmente corresponde que ocurra. Por allí leo –no recuerdo bien dónde, ni tampoco importa, no es cuestión de señalar a nadie específicamente– que impedirle a Cobos participar de la ceremonia de reasunción de Cristina es la mejor forma de sancionar lo que su desempeño, sí que reñido con las más elementales nociones de república: con pocas cosas he estado más en desacuerdo desde que tengo participación en debates políticos. El escarmiento ya ha tronado: para Cobos, hubo el rechazo de la UCR Mendoza hasta a su candidatura a… diputado nacional; para la oposición, que lo usó a Cleto como mascarón de proa en sus embestidas antigubernamentales, el resultado de las elecciones presidenciales: ninguna de las opciones opositoras logró juntar siquiera uno de cada ¡cinco! votos.

Jorge Lanata dice que el Gobierno tiene odio por Cobos porque el actual vicepresidente “cometió el ‘pecado’ de pensar distinto sobre la aplicación de un impuesto” y que entonces optó por “inventar un reglamento” para que en su lugar pueda estar Beatriz Rojkés de Alperovich (presidenta provisional del Senado a partir del 10 de diciembre próximo). Ni una cosa ni otra. El ‘pecado’ de Cobos es haber ejercido oposición desde un lugar que ha sido constitucionalmente dispuesto para actuar oficialismo. Tan sencillo como eso.

La justificación para las cosas que hizo Cobos –el ‘no positivo’ a la 125 y su aprobación a la Ley de Quiebra del Estado (eufemísticamente denominada ‘82% móvil’), ambas decisiones en contra de la postura política elaborada desde el Poder Ejecutivo al cual pertenece y al que debe representar en el Legislativo– es peor aún que aquellas en sí: “Cobos tiene derecho a pensar distinto y a actuar con autonomía”. Desvirtuando absolutamente la noción de mandato sobre la cual se asienta nuestro edificio institucional, según la cual el funcionario público es elegido para desarrollar la plataforma política en cuyo nombre se postula a elecciones democráticas. Ni siquiera concuerda, el firmante, con aquellos que postularon que debía (Cobos) haber renunciado, pero a posteriori del ‘no positivo’ (ni valentía para decir ‘negativo’ tuvo). Esa postura también subraya, incorrectamente, la individualidad y no, como corresponde que se haga, el sistema.

Por otro lado, es costumbre del juego parlamentario que los legisladores electos juren sus cargos y dispongan cómo serán la institucionalidad y lógicas de funcionamiento interno de las cámaras antes de la fecha de asunción de los mismos en las bancas que obtuvieron –siempre conforme las disposiciones constitucionales y reglamentarias internas del Congreso–.

De hecho, ocurrió, bueno es recordarlo, hace poco –hace nada, casi, aunque parezca que fue hace una eternidad–. El 3 de diciembre de 2009, siete días antes de asumir, la Cámara baja que hasta dentro de unos días dominará el Grupo A tuvo su sesión preparatoria en la que juraron los diputados cuyos mandatos expirarán en 2013 (además de imponer las autoridades y el reparto inconstitucional e ilegal de las comisiones de labor parlamentaria sin respetar la proporcionalidad de las representaciones políticas). En aquel entonces, la militancia periodística opositora obviamente no criticó lo mismo que hoy sí reprocha. En cualquier caso, no es ningún invento reglamentario del kirchnerismo.

No es un secreto que exigir rigor en lo que hace a soporte argumentativo a personas como Lanata y afines (pero con Lanata a la cabeza: su libro de historia, por caso, es un atentado al saber, una profesora de Teoría del Estado me dijo alguna vez que si ella se llegaba a enterar de que yo estudiaba de ese material me echaría de la clase), que han hecho de la apelación al “saber” de doña Rosa y don Ramón (que desprecia la profundidad y la complejización) la base de su éxito en la época de reinado de la antipolítica, es un exceso de nuestra parte. Así las cosas, se consigna como despótico o monárquico (entre otros sinónimos de autoritarismo y antirrepública o irrespeto por la institucionalidad) el que la Presidenta de la Nación ejerza su legítimo derecho y potestad constitucional de determinar quienes serán sus ministros (y cuándo y cómo hará el anuncio) o su vicepresidente.

(Digresión: recuerdo fuertes críticas a Néstor Kirchner cuando el ex presidente recordó entre risas en un discurso que su esposa solía reprocharle por “el vicepresidente que me pusiste”. Eso demostraba, en la particular interpretación de la militancia periodística opositora, que CFK no era en realidad la presidenta del país, puesto que “ni siquiera ha elegido a su vice”. Otro caso de distinta vara, dirían en 6, 7, 8 –que cada día, por cierto, está peor–.)

Hay que salir a discutir estas cuestiones con precisión, porque son los discursos que determinan el sentido común de lo popular respecto de las instituciones de la república. O sea, nada menor. No llama, pues, la atención que tipos que dominan y oligopolizan esos discursos (y que además serían aplazados en un examen de nivel básico sobre Derecho Constitucional: el contexto propicio para que un tipo como Cobos haya podido actuar como actuó) se vean incapaces de procesar y afrontar analíticamente los procederes de un gobierno que, justamente, ha hecho de la sujeción de su accionar a lo consagrado por la legitimidad y legalidad democrática, la institucionalidad republicana y el Estado de Derecho profesión de fe casi fanática.

Sobre todo, entonces, por respeto a ese legado, que debe provocarnos orgullo a quienes militamos en defensa de esta administración, es que no se debe contestar con la misma moneda al tipo que le pegó más dura patada en el hígado que se recuerde a las nociones institucionales estatuidas en nuestra Carta Magna (aunque técnicamente está mal decirle así, tema para otro día) en los 28 años que han transcurridos desde la recuperación de la democracia

Por lo demás:

a) Me resulta inverosímil y estúpido que se haya gastado tiempo, espacio y neuronas en discutir si Cobos debía o no presidir la primera parte de la ceremonia de reasunción de Cristina. Analizándolo desde cualquier ángulo. Demuestra que Cristina está rodeada de varios pavos además de bastantes cuadros muy destacables. Y de cuán nocivo puede resulta querer ser más papista que el Papa. La Presidenta necesita que se la ayude: no se cómo se hará, pero esta seguro no es la forma.

b) Aún mirado desde el costado más berreta: ¿qué podría ser más lindo que ver cómo el sábado que viene Cobos será testigo privilegiado, en primer plano, del acto institucional del que siempre soñó formar parte: sólo que con los roles invertidos, a pesar de lo mucho que intentó, sin suerte, para que así ocurriera? ¿Qué otra cosa mejor que colocarle la banda y entregarle el bastón a Cristina para restregarle en la cara su fracaso, fin de carrera e impotencia?