Subsidios a las petroleras: una mancha en el Gobierno nacional y popular.

Ayer, Macaluse, después del discurso de CFK, volvió a hablar de los subsidios que el Estado les da a las petroleras.

Este tema es un prurito difícil de tolerar para el Gobierno y sus “apologistas”. Supongo que por la aparente contradicción que significa que un Gobierno que basa buena parte de su discurso en reivindicaciones populares, les otorgue subsidios a empresas como las petroleras, “antipopulares” por antonomasia en el imaginario.

La cuestión es que, expresado de esta forma,  no pasa de chicana, y encima fulera.

Primero habría que hacer un diagnóstico concreto de la situación, al menos a grandes rasgos (no quiero aburrir abundando en números, aunque a alguno habrá que recurrir). El Estado paga subsidios a las compañías que extraen, destilan, refinan, transportan y comercializan petroleo y combustibles derivados. No les regala nada. Las subsidia. Por qué?

La situación en este mercado es la siguiente: los precios de venta al consumidor están regulados, y están por debajo del valor de equilibrio entre el costo medio de producción y las cantidades ofrecidas.

Para decirlo sencillo y sin abundar en detalles, las empresas venden el combustible más barato de lo que les cuesta producirlo y transportarlo para su distribución.

Si bien en los precios de mercado influyen muchas cosas (como los impuestos internos), el ejemplo de España podría servir como aproximación. Allí un litro de nafta de 97 octanos vale 1,041 euros, y la de 95 octanos, 0,928 euros, digamos el equivalente a $4,70 y $4,20. Aquí pagamos la Fangio entre 3,20 y 3,40. Hay un peso o más de diferencia por litro.

Por otra parte, cuando se opera con precios por debajo del punto de equilibrio teórico, se produce lo que se llama tan amablemente “distorsiones”. Y en este caso, aparece una muy influyente: aumentan las cantidades demandadas. Como el combustible está barato, cualquier poligriyo anda en auto.

Esta situación del mercado, encima, cuenta con un avatar adicional: el costo marginal (lo que cuesta producir un litro más de combustible), de acuerdo a las cantidades que las empresas deben ofrecer para satisfacer esta demanda “inflada” por los bajos precios, es mayor al costo medio. Es decir que aumentar la producción de combustibles, a las empresas les costaría proporcionalmente más que mantener su producción actual.

Todas estas diferencias emergidas de la divergencia entre los precios de “mercado” y los precios regulados, alguien la tiene que pagar, y es lo que hace el Estado con los subsidios.

Descripta la situación, el diagnóstico debe completarse diciendo que la diferencia que el Estado está pagando entre los costos de producción y los precios teóricos, es decir los subsidios, es mayor a la que pagarían los consumidores si los precios estuvieran regulados al nivel de equilibrio.

Ahora, muy bien, el diagnóstico está hecho. El mercado está distorsionado. Las petroleras, aunque en una proporción no muy grande (y bastante menor a la que se quiere hacer creer) se benefician tibiamente de esta situación. Perfecto. ¿Cómo se resuelve el tema?

El que quiera ensayar una respuesta, para no caer en la chicana, tiene que expresar claramente que los precios al consumidor deberían subir, con ellos los que de alguna manera más vinculados están, como el transporte público. Y no hay que olvidarse de decir tampoco quiénes pagarán dichos aumentos, y, tal vez, si queda algo de coraje, explicar qué impuestos se dejarán de pagar (quiénes dejarán de pagar), ya que lo recaudado para subsidios para combustibles no será necesario recaudarlo.

 

Y dejamos para después, en todo caso, la discusión de cómo influirían estas medidas en un contexto de baja en el nivel de actividad.