Una pequeña fábula

Cuenta la leyenda que allá lejos y hace tiempo había un planeta que vivió una era dorada, en la cual se podía comerciar, ganar mucha plata, establecer algún que otro monopolio. Pero “la gente” en la mayoría de los países vivía más o menos bien, como nunca habían vivido en toda la historia, tenían más trabajo que nunca y en algunos casos hasta tenían educación, salud y seguridad social.

Parece que a algunos no les alcanzaba con ganar mucha mucha plata, sino que querían ganar mucha mucha mucha plata. Esto no era nuevo, y tampoco iba a ser la última vez que pasaba.

Parece que había también unos señores que estudiaban el tema de la economía y querían ayudar a los señores del párrafo de arriba a ganar toda la plata que quisieran.

Estos estudiosos de economía creían que ya estaba bien, que la época dorada era muy sólida, que la gente ya se sabía cuidar sola y no necesitaba que el Estado hiciera nada más por ellos. Cuidar que los negocios funcionen y la seguridad de la gente, no mucho más. Del resto se iba a encargar papá, el Mercado.

Parece que además de todo esto había unos jóvenes que también estaban estudiando economía, y la estaban aprendiendo de estos señores.

Estos jóvenes acaso tuvieran amigos hippies, y pensaban que si ellos podían creer en el amor libre, por ¿qué no creer en la libertad de los mercados?

No entendían mucho el amor que sus padres tenían por el Estado, esa burbuja gris y burocrática que no los dejaba ser libres.

Entonces se terminó la era dorada. Vino Papá Mercado, mandó al Estado a freir churros y se dedicó a juntarla en pala. Hubo crisis, sí: la del petróleo en 1973, la de 1979-1982, la de la caída del comunismo y siguen las firmas. Pero la historia se había acabado y ellos habían ganado. Eran contingencias, desviaciones de Papá Mercado, y Papá Mercado las corregía solito.

No importaba mucho, porque Papá Mercado siempre encontraba una forma de arreglarse y ellos, todos, estaban haciendo mucha mucha mucha plata. Poco importaba también que mucha gente no la estuviera pasando tan bien: era otra contingencia que el Mercado arreglaría cuando ellos se cansaran de juntarla en pala y la mucha mucha mucha plata que ganaban comenzara a derramar sobre los menos afortunados. Que, dicho sea de paso, mucho no lo merecían, porque eran parásitos que habían vivido siempre del Estado, de la dádiva externa, no querían trabajar, no sabían adaptarse.

Los jóvenes estudiantes se convirtieron en gurúes que ganaron y ayudaron a ganar mucha mucha mucha plata, pregonando las bondades de la nueva era platinada. Cuando alguien (una persona, una empresa, un país), sufría una crisis, se iba al tacho, era por esos mismos desarreglos, por trabajar mal o no querer trabajar.

Salían ellos entonces por TV a decir lo bueno que era el sistema, lo malo que era aquel que entraba en crisis, y tirando los mejores consejos para que ud, señora, país con dificultades, pudiera mejorar.

Hasta que, cuenta la leyenda, un buen día la era platinada se fue un poco bien al tacho. Papá Mercado, tan autosuficiente él, no supo regular las desviaciones que había prometido controlar. Se le fueron de las manos, se le quemaron los papeles, todo por su culpa. Y tuvo que salir corriendo a pedirle a Estado que de onda, sin rencores, le diera una manito.

Para ese entonces, los jóvenes estudiantes ya no eran tan jóvenes y sus estudios tampoco eran tan útiles. Pero seguían siendo emprendedores, optimistas del gol, creyentes en el modelo, descarados.

Desfilaron pues por TV como siempre lo hicieron, para explicar lo inexplicable, defender lo indefendible. El modelo está lo más bien, decían. Papá Mercado se las va a arreglar solito como siempre lo hizo, con una pequeña ayuda de mi amigo el Estado. Acá no pasó nada y todo va a volver a la normalidad.

Podían hacerlo, porque habían ganado la guerra. Habian ganado la batalla económica primero, luego la política, y al final la cultural. No quedaba ningún economista que los refutara. Nadie había escuchado, en esos años, a quien saliera a defender al Estado. Los canales de TV eran amigos de los (no tan) jóvenes estudiantes, cuando no propiedad de ellos. Así que si alguien tenía que explicarselo a la gente, iban a ser ellos, los mismos culpables.

La leyenda no cuenta más nada. Al final de la fábula, sólo hay un pie de página que invita a volver al principio de la historia. Cree el traductor que puede llegar a volver una era dorada como la primera, donde la Economía se regule y mejore con inversion estatal.

No lo cuenta la leyenda, pero pasarán unos años de eso y apareceran otros jóvenes estudiantes, con otros viejos gurúes, que querrán volver al reinado de Papá Mercado. De eso depende recordar esta historia.

4 Comentarios a “Una pequeña fábula”

  1. No volví porque nunca me fui, estaba esperando que cayeran las musas con las pizzas para postear de nuevo.

    Aclaro un par de cosas, que en realidad son meras excusas para no hacerme cargo de lo escrito:

    1) No sé nada sobre micro ni macro economía (¿nserio? No se nota…) El texto está basado en mi escasa (in)comprensión de algunos procesos históricos.

    2) Es tarde, tengo sueño, estoy hecho mierda y no releí ni revisé.

    3) Ciertos hechos pueden haber sido ajustados a la realidad del texto.

    Aclarado esto, cambio de opinión, me hago cargo de lo dicho y espero sus comentarios, correcciones, refutaciones y puteadas.

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  2. Facu: Pensando en tu aporte, que tiene la impronta de la indignación y el deseo de cambio, asumo que esto del capitalismo financiero o en gral. la economía política no es mi objeto de estudio. Pero, claro tengo mis opiniones. Centrás tu furia en esos pequeños y codiciosos hombrecitos, manipuladores de la maquinaria de papel del capitalismo de casino y creo que son culpables de necedad, misria y muerte. Pero son meros mercenarios, han vendido su alma al fantasma del Mercado, fanáticos de su liturgia y sus ceremonias de sacrificio. Son funcionales y descartables, como casi todos en estos tiempos. Estas crisis capitalistas son reflejo de sus prácticas depredatorias, el más grande se come al más chico, en pos de mayor control, de más dogma y podel del centro, pura supervivencia de la casta propietaria de la tierra, del trabajo, y de la ley. Y el Estado…un cuento antiguo, Leviatán camaleónico al servicio del más fuerte y ambicioso, triturador de pueblos y culturas, amante del fuego y del azufre. Las teocracias de Mammon y Moloch, recordando a Octavio Paz. Es el destino del hombre
    “religioso”, el de las cadenas invisibles.¿Renacerán las utopías libertarias que nos precedieron y amonestaron en el s. 19 y ppio del 20? No lo sé. Pero a ello apuesto. Ni Dios ni Patrón. ¡Salud y anarquía!

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  3. Personalmente creo que no se caen estos turros. Pero que van a tener que pegar una voltereta en el aire para reciclarse.
    Saludos !

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  4. Pericles: Reitero el punto 3) de mi comentario, que algunos hechos fueron adaptados a la realidad del texto. No creo que el Estado sea el non plus ultra, ni el keynesianismo la verdad revelada. Las economías deben ajustarse a los tiempos, a veces es buen liberalizarse y a veces hay que cerrar. S’así. Sí creo que en el período que se abre en 1973 se fueron de mambo con la liberalización y no les importó nada con fin de concentrar más, pero ese es otro tema.

    Tampoco culpo a los Mondinos del mundo. En el texto más bien le tengo algo de lástima. Lo que quiero destacar es la batalla perdida en lo cultural. No sólo nos pasó por arriba el neoliberalismo sino que también nos hizo creer que era lo único existente. Entonces hoy, cuandoa estamos frente a una crisis claramente causada por los excesos de esa doctrina, son sus apologistas que nos tienen que venir a explicar lo que pasó. Hoy, por ejemplo, me invitaron a un curso para periodistas sobre cómo cubrir la crisis… dictado por un periodista de La Nación en la UCA. Es cómo que Basile llame a un seminario intensivo de “¿Qué le pasa a la Selección?”. Nos tapó el agua.

    Escriba: Ya lo dijo ud parafraseando a Pinti: quedan los artistas. Las cucarachas sobreviven las catástrofes mundiales y los Cavallos, las financieras. Y bueh.

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