The New York Times
Recientes descubrimientos arqueológicos confirmaron una sospecha que ya era «vox populi» entre los modernos seguidores de la disciplina fundada por Herodoto.
(Por Eleanor Burgess, corresponsal en Alemania)
Los preparativos para la conferencia de prensa estaban teñidos de ese halo de ansiedad que parece planear sobre los grandes acontecimientos. Hasta los camareros encargados de servir los deliciosos canapés de caviar, hÃgado de pato y lenguado del Báltico sentÃan la gravedad del momento. Los periodistas cientÃficos acreditados ante la Universidad de Frickland Übber Freitag palpitaban con una excitación comparable a la oportunidad – casi un siglo largo ha – en que Jung reveló sus categorÃas arquetÃpicas al mundo.
Mientras tanto en las puertas del paraninfo una aglomeración de manifestantes argentinos, conducidos por señores de poblados bigotes y matronas oxigenadas de rasgos faciales tirantes, abucheaba a los ingresantes, evidentemente alertados por algún infidente del equipo de trabajo del profesor Von Shaize.
Frickland es una deliciosa localidad enclavada en el difuso lÃmite entre la baja Sajonia y la alta Baviera, al pie de unos riscos desde los cuales descienden cascadas que como cintas de plata sorprenden la vista del viajero desprevenido. Su población estable ronda las seis mil almas, nutridas durante el perÃodo escolar por la presencia de mas de dos mil bulliciosos estudiantes que cursan algunas de las ocho carreras que se dictan en su prestigiosa y antigua universidad. Los habitantes de Frickland suelen ser reservados, pero se muestran sumamente expansivos cuando se les incita a recordar los que es el orgullo principal de la villa: en el siglo XII acertó a pasar por aquà el emperador Federico Barbarroja, quién, desesperado por el mal estado de los caminos pernoctó en una casa de la aldea, antes de seguir viaje hacia la II cruzada, en la que – como es sabido – encontrarÃa triste fin pereciendo ahogado – o envenenado – y sin cumplir su meta de liberar Jerusalén.
Sea verdad o leyenda el acontecimiento marcó para siempre el carácter de los habitantes de Frickland, quienes se resisten a creer seriamente que hayan sucedido sobre la faz de la tierra hechos de mayor relevancia en los últimos ocho siglos.
No obstante, no dejan de enorgullecerse de la excelencia académica de su universidad, fundada por San Alberto Magno en Colonia en el año 1.250, pero que trasladó algunas de sus disciplinas de estudio al ámbito más silencioso de Frickland en el mucho más reciente 1.989.
Una de las más destacadas voces que se dejan oÃr en los claustros de Frickland Übber Freitag es la del profesor Edelweiss von Shaize, especialista de renombre mundial en estudios asiriológicos, quién convocó a conferencia de prensa recién llegado de Irak, en dónde dirigÃa unas excavaciones en las afueras de la aldea de Umm el Fajn, en unos socavones recientemente descubiertos, a raÃz del estallido en su proximidad de unas novecientas toneladas de “bombas de racimoâ€, arrojadas por la fuerza aérea usamericana para castigar la aparición de pintadas en los muros de Bagdad en las cuales se ponÃa en entredicho la hombrÃa y capacidades intelectuales del presidente Obama.
El profesor (Herr Professor) von Shaize es un hombrecillo efusivo, sanguÃneo e hiperkinético, quién no dejó de desplazarse en su silla de ruedas durante todo el tiempo que duró la entrevista. (Ver: “Los argentinos no me atemorizanâ€, en página 48, columna III).
Al final de la misma se dirige con movimientos rÃtmicos de sus brazos sobre las ruedas, no exentos de cierta dignidad.
Entramos al recinto en dónde debÃa llevarse a cabo la conferencia de prensa entre los abucheos, y gritos proferidos en un idioma parecido al español, pero no como se lo enseña en los EEUU, sino una versión cacofónica y degenerada, acompasada por lo que parecen ser marchas militares, de las cuales los argentinos parecen contar con cientos y a las que dejan oÃr – parece – en los estadios de “fóbalâ€, deporte tÃpico que parece ser una versión simiesca del football, dado que la pelota es ¡redonda! y se prohÃbe tocarla con las manos.
Dejamos atrás a esta canalla, y nos dispusimos a escuchar las palabras del profesor von Shaize.
Extrañamente medido el rubicundo teutón fue izado al estrado por dos gentiles y fornidos estudiantes a los que los ruidosos argentinos tildaron de “patovicasâ€, sin que haya podido establecerse el significado de dicha expresión.
Un momento de relativa tensión se vivió cuando el profesor dio unos ligeros golpes con sus nudillos sobre el micrófono, advirtiendo que éste no funcionaba. El hecho fue corregido inmediatamente, tras comprobarse que habÃa sido desenchufado por algún inescrupuloso integrante de la “trouppe†argentina. El despreciable sujeto fue inmediatamente retirado del aula magna con el auxilio de unos guardias de seguridad, enfundados en hermosos uniformes negros con botones y pasamanerÃa plateada. Es sabida la pasión del pueblo alemán por los uniformes, lo que habla a las claras – por si hiciese falta – de su elevadÃsimo nivel cultural.
Subsanado el inconveniente el profesor dio unos golpes con un martillo que estaba previsoramente colocado a su diestra para acallar los murmullos, aunque debió colocar una bellÃsima pistola “Luger†que extrajo de entre los pliegues de su toga para obtener el silencio de la chusma argentina, bastando para esto un gesto que de ningún modo podrÃa calificarse de “amenazanteâ€, como sugerÃa un abogado checo de raÃdo traje marrón y gastados zapatos que acompañaba, en calidad de asesor letrado, a la plebe sudamericana.
El profesor von Shaize se dirigió entonces a los presentes, nombrando a todos los destacados intelectuales compañeros de claustro por sus nombres y cargos. Este procedimiento puede parecer tedioso para aquellos que ignoran la importancia que da el pueblo alemán a valores tan cardinales como el respeto a las jerarquÃas, una muestra más de las altÃsimas cotas culturales alcanzadas por los metódicos y ordenados germanos.
A continuación el profesor tuvo la deferencia de mencionar el alto honor que para sà mismo y la universidad de Frickland suponÃa la presencia de “destacadÃsimos representantes de esa verdadera misión que es la divulgación cientÃficaâ€. Un cálido murmullo de aprobación surgió de todos los periodistas allà reunidos, al verse reconocidos por una eminencia de nuestros tiempos como el profesor von Shaize.
Por último, y con cierta entonación de velada advertencia, el erudito saludó a los “legos†que allà se habÃan dado cita.
– Señoras y señores – comenzó su histórica alocución con las palabras que recorrerÃan el mundo. – “Los caldeos conocÃan el dulce de lecheâ€.
Parecen propiamente palabras del eminente arqueólogo Helmut Strasse.
Usted sabe, Schussheim, mi pobre alemán lo aprendà escuchando como mi abuelo vendÃa frazadas y sábanas en Villa Ballester.
conocià a su abuelo de villa Ballester…además de frazadas, vendÃa un delicioso dulce de leche y ya desalentaba la autorÃa local del mismo. Gracias por traernos esta valiosa información
otra muestra mas de como los «imperialismos» tratan de q no levantemos cabeza…
esta vez fue el turno del imperialismo pan-germanico…q empezo con el famoso «quintillo varo…devuelveme mis legiones»…
(aunque no se,en la peli gladiator…maximus los hace percha…pero bue)…
lo unico q falta es q ahora digan q los egipcios tb conocian la quilmes …(prueben escribir «el sabor del encuentro» en jeroglifico…ja)
asi q sepan teutones,frisos,bavaros,sajones o como joraca se autodenominen…
CON EL DULCE DE LECHE…NO SE JODE¡¡¡¡
en fin…