Nota de ArtepolÃtica: en momentos donde volvió a ponerse en cuestión la polÃtica migratoria del paÃs, compartimos esta interesante crónica de Mariano Vázquez sobre Anatoli, un marinero que quedó varado en Mar del Plata tras la disolución de la URSS, sin poder quedarse en el paÃs como legal y sin poder volver a Letonia, su paÃs de origen.
Por Mariano Vázquez. 26 de julio de 2016.
Sin hablar una pizca de castellano, lejos de todo, hasta de un paÃs que dejó de existir, Anatoli anduvo “al pique†por el puerto de Mar del Plata. No solo se habÃa desmoronado la madre patria, en Argentina habÃa ganado el neoliberalismo más salvaje.
Cuando en 1991 cayó la Unión Soviética, cientos de barcos con la bandera roja de la hoz y el martillo quedaron varados por el mundo. Con el derrumbe del modelo socialista también se vinieron abajo las empresas, sus quince repúblicas se independizaron y sus trabajadores quedaron sin nación ni cobijo. Esta es la historia de Anatoli Stankevich, que hace 25 años en el puerto de la ciudad balnearia argentina de Mar del Plata comenzaba, en la otra punta de su Letonia natal, su historia nuevamente.
El poeta napolitano Publio Papinio Estacio describió a la Via Appia como “la reina de las grandes calzadas romanasâ€. Y lo era. UnÃa Roma con Brindisi, el más grande puerto comercial con el Mediterráneo oriental y el Oriente Medio. En la zona portuaria de Mar del Plata, el centro balneario más importante de la Argentina, mi primo Gerardo Vázquez tiene un bar que justamente se llama “Via Appiaâ€, donde los trabajadores de las dársenas y alrededores van cotidianamente. Entre ellos, sobresale un hombre bajito, robusto, de largos bigotes encanecidos, gastadas manos obreras, una mirada cristalina, portador de un acento que emparento con el ruso y que concluye cada frase con el latiguillo “y punki pankiâ€.
Lleva una gorra del CSKA Moscú que le regalaron y una bufanda verde y amarilla por Aldosivi, el club de la ciudad que hoy orgullosamente milita en la Primera División del fútbol argentino. Las temperaturas en esta época son desoladoras pero él no va abrigado como el resto. Su piel del Báltico resiste. Y 2.300 años después la Via Appia, que articuló al Gran Imperio romano con el Este lejano, me trajo esta historia de algunos hijos de la ex Unión Soviética abandonados a su suerte en un confÃn de la América del Sur.
32 marineros quedaron varados en Mar del Plata cuando el 8 de diciembre de 1991 se firmó el Tratado Belavezha que determinó la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y sus quince integrantes declararon sus respectivas independencias. La empresa pesquera Nelson Gevorkovich Stepanyan (héroe de la aviación roja durante la Segunda Guerra Mundial), que regenteaba al buque Latan II, se declaró en quiebra y dejó a la deriva a sus trabajadores: 27 de ellos, de nacionalidad rusa, recibieron sus nuevos pasaportes de la Federación y retornaron. Los cincos restantes decidieron pelear por sus derechos y reclamar el pago de sus haberes. Para los que no eran rusos sus documentos eran inservibles. No podÃan volver, no habÃa consulado dónde reclamar. Anatoli vivió los primeros tres años en el barco. SobrevivÃa haciendo changas, vendiendo chatarra del Latan II, tratando de mantener a flote a ese artefacto soviético de 70 metros que se corroÃa dÃa a dÃa con la sal del mar.
Sin hablar una pizca de castellano, lejos de todo, hasta de un paÃs que dejó de existir, Anatoli anduvo “al pique†por el puerto de Mar del Plata. No solo se habÃa desmoronado la madre patria, en Argentina habÃa ganado el neoliberalismo más salvaje: Carlos Menem privatizaba cuanto bien público habÃa y las filas de desempleados se engrosaban. En ese contexto, un marinero sin patria, portador de una lengua extraña, se abrÃa paso para sobrevivir. Y sobrevivió. Turno por turno, de domingo a domingo, consumÃa las horas buscando un trabajo con el yugo en la espalda de ser un extranjero de un paÃs fenecido con un pasaporte que valÃa menos que el diario de ayer. Un ilegal.
Mi tÃo Tony tenÃa por esos tiempos un restaurante, “Garibaldiâ€, y les dio trabajo a algunos de estos marineros varados y sin rumbo. La historia de la familia paterna, republicanos anarquistas antifranquistas exiliados en la Argentina, sin dudas pesó en esa generosidad con estos hombres abandonados a su suerte. Le llamaban “judilaâ€, jefe.
Anataoli llega a la Via Appia como a las 6 de la tarde. Se acoda en la barra y sin preguntarle le sirven un café chico y un chupito de vodka. Lo vi aparecer religiosamente al mismo horario al terminar su turno laboral. Le pregunté a mi primo por él. Me contó su historia y me consiguió una charla.
Le pregunto:
– ¿Cuándo llegó a la Argentina?
– Llegamos con el barco el 22 de agosto de 1990. Primero a Buenos Aires. SalÃamos a pescar merluza y calamar durante unos 3 meses. Yo trabajaba de maquinista. Soy maquinista. Seguimos viaje. Durante un año trabajamos bien por la costa argentina. Después entramos a BahÃa Blanca con la posibilidad de renovar contrato. Era el invierno de 1991. Hicimos dos viajes a alta mar para pescar. De ahà salimos a Mar Del Plata. En Escollera Sur nos llegó la noticia de la disolución de la Unión Soviética.
– ¿Cuántos personas trabajaban en el Latan II?
– 32 tripulantes. A los rusos el consulado les extendió un pasaporte para poder regresar. Cinco nos quedamos porque querÃamos que la empresa nos liquide el tiempo trabajado. Éramos dos rusos, un ucraniano, un bielorruso y un letón, yo. Era como una pesadilla, no podÃamos creerlo. Cuando llegamos vivimos en el Latar cerca de 3 años.
– ¿Por qué decidió quedarse en Argentina?
– Yo primero querÃa ganarle el juicio a la empresa y tal vez conseguir una visa de trabajo. En 1993 fui al Consulado ruso para poder regresar a Letonia y un burócrata me dijo “andá a tu consuladoâ€, ¡pero en Argentina no habÃa consulado de Letonia! Mi mamá es rusa, mi papa polaco, traté de hacer mis papeles, certificado de nacimiento, pasaporte, fui a Migraciones, nadie me solucionaba nada. Seguà trabajando donde podÃa, entre 1994 y 1995 en un barco ballenero, siempre ilegal porque no tenÃa quien me haga los papales. Soy maquinista. pero hice de todo para poder sobrevivir: armando barcos, vendiendo cosas del Latan, recogiendo pescado en lanchitas. De todo. En 2001 conseguà un contacto en Migraciones en Mar del Plata y me dieron por primera vez una residencia temporal de tres años. En 2004 voy a renovarla pero habÃan cambiado los funcionarios y los nuevos burócratas me pedÃan sello del consulado de Letonia. Y yo les dije: “¡Otra vez! ¡No hay consulado de Letonia en Argentina mierda! En 2005 logré nacionalizarme argentino y hasta hoy sigo trabajando en barcos, como tornero, como mecánico.
Le dijeron que ya no tenÃa patria. Que ya no podÃa volver. Un paria sin destino. Pero tozudamente Anatoli Stankevich se ganó su lugar en este rincón del globo. Tiene amigos. Tiene nueva nacionalidad. Tiene trabajo. Sus rutinas. Sus pasiones. Encontró el amor. Se enamoró de una filetera en los carnavales del 2000. Hace 16 años que vive feliz con esta mujer nacida en la mesopotamia argentina, en la provincia (departamento) de Formosa. Le pregunto:
– ¿VolverÃas a Letonia, a tu paÃs, al que nunca regresaste?
– No volverÃa a Letonia, para qué, qué voy a hacer allá con 54 años, perdà la lengua, perdà todo. Yo di la vida por la Unión Soviética, por ese paÃs y me trataron como la mierda. En Argentina me acomodé, ya estoy acostumbrado y punki panki…
A pesar de esto me pregunto si aún recitará poemas bálticos.