La conferencia de prensa mañanera del “equipo económico†en la que se anunció un cambio en las metas de inflación que jamás iban a ser modificadas invita a poner sobre la mesa una serie de preguntas.
¿Por qué la gestión de Mauricio Macri no obtiene los resultados anunciados de su polÃtica económica? Con el respaldo electoral logrado, con el aval de los paÃses desarrollados a la marcha de su gobierno y con las principales reformas propuestas consagradas en ley ¿cuáles son las resistencias que harÃan que no aparezcan los frutos del “planâ€?
¿PodrÃa decirse que la herencia es “demasiado†pesada? Se dice eso. ¿PodrÃa decirse que los niveles salariales y de protección social son demasiado altos en la Argentina? Se dice también. ¿PodrÃa decirse que hay demasiados sindicatos y regulaciones laborales y que eso tiene un impacto negativo en la competitividad argentina? Se dice, efectivamente. ¿PodrÃa decirse que la Argentina arrastra “70 años de fracasos†y que entonces es muy difÃcil la tarea de nuestro Presidente? Se dice. Todo se dice desde el oficialismo.
Aún asà ¿luce este como un momento de gran resistencia de los sectores populares a las polÃticas del jefe de Estado? ¿De exacerbación de la puja distributiva? ¿De enormes impedimentos polÃticos para una reestructuración de la relación entre el Estado y la sociedad? ¿Es esta “imposibilidad polÃtica†el palo en la rueda del equipo económico?
Algunas preguntas adicionales serÃan además: ¿No está logrando realmente sus objetivos el equipo económico? ¿Qué ocurre cuando hace un ademán en el que la “lucha contra la inflación†parece salir del primer plano? ¿Busca asà más crecimiento o es que tiene otros o más objetivos?
Conviene volver a algunas lecturas sobre una época en la que no habÃa prácticamente resistencias sociales a las polÃticas de reestructuración a favor de mecanismos de mercado como parte de un ejercicio que permita pensar aspectos de la situación actual.
Suele enseñar Eduardo Basualdo en sus clases que durante la última dictadura militar, en un contexto de terrorismo de Estado, sin sindicatos y fuerte regresión en la distribución del ingreso, la inflación se resistÃa a bajar ¿Y cómo era eso?
En un fragmento de uno de sus textos se lee:
Al encarar esta breve sÃntesis, es ineludible destacar que la Reforma Financiera de 1977 fue el primer paso hacia una modificación drástica de la estructura económico-social resultante de la sustitución de importaciones. Durante los primeros años (1977 y 1978) dicha reforma se articuló con dos sucesivas polÃticas de corte monetarista, orientadas –según la conducción económica– a controlar el proceso inflacionario, que implicaron sendos fracasos: la polÃtica monetaria ortodoxa (entre junio de 1977 y abril de 1978) sustentada en la contracción de la base monetaria, y aquella sustentada en eliminar las expectativas de inflación (entre mayo y diciembre de 1978).
Durante esos primeros años, la inflación expresó la pugna entre las distintas fracciones del capital por apropiarse del excedente que perdieron los asalariados desde el mismo golpe militar mediante la espectacular caÃda de sus salarios. Sin embargo, a partir de 1979 la dictadura militar encontró la clave para orientar hacia su base social la redistribución regresiva del ingreso en contra de los asalariados e introducir modificaciones estructurales que la volvieran irreversible. En efecto, entre ese año y 1981, a través del enfoque monetario de balanza de pagos, la Reforma Financiera convergió con una apertura externa discriminada en favor del bloque social dominante en el mercado de bienes y de capitales.
Vale la pena citar además a Jorge Schvarzer en una obra clásica sobre la polÃtica económica de MartÃnez de Hoz. Puede ser un poquito extenso para un blog, pero aprovechemos que estamos en enero, que todos nuestros sueños aún son posibles y que el fragmento incluye las palabras “restauración conservadoraâ€:
En primer lugar, debemos señalar que no existieron intentos serios de organizar un mercado de capitales a largo plazo a través del cual se canalizaran los recursos de ahorro y se orientara la inversión. La polÃtica económica favoreció, casi exclusivamente y a costos muy elevados, la creación de un mercado de dinero de corto plazo y alta liquidez, mercado que operó como un factor permanente de inestabilidad del sistema económico. La nueva estructura incrementó el desequilibrio encontrado en la plaza en marzo de 1976, al tiempo que alentaba otros factores negativos como el mantenimiento de una alta inflación.
El desarrollo de este mercado fue acompañado por una permanente voluntad de destruir todas las barreras existentes para el movimiento, de capitales hacia y desde el exterior. En la primera etapa, se configuraron condiciones que hicieron sumamente rentable el ingreso de divisas a la plaza financiera local. De hecho, la mayor parte del «ahorro» registrado en el perÃodo -consistente en fondos a muy corto plazo en el mercado financiero con elevadas tasas de interés- se debe al ingreso de divisas que se incorporaban a la plaza convertidas en pesos. Los beneficios obtenidos por esa vÃa fueron muy grandes, tanto en términos absolutos como en comparación con el producto bruto del paÃs. Puesto que la riqueza no se crea de la nada, ellos se generaban evidentemente gracias al proceso de redistribución del ingreso, que reducÃa los salarios liberando fondos para la especulación.
La combinación de estas dos estrategias -mercado de corto plazo y libertades para los movimientos de divisas- engendró condiciones particulares en la medida en que el Estado, a su vez, autolimitaba su función reguladora a favor de movimientos mas y mas espontáneos del dinero. El mercado perverso asà creado fue adquiriendo una influencia cada vez mayor en el ámbito económico y social, que inevitablemente tuvo un correlato en el plano polÃtico. La creciente fluidez del movimiento del dinero hizo que, progresivamente, negara a tener una importancia decisiva la «confianza» que los agentes económicos podÃan tener en la continuidad y orientación de la polÃtica económica que se estaba llevando a cabo. El desequilibrio original del sistema tendió a aumentar, no a disminuir, por impulso de la polÃtica económica, hasta encontrarse en una situación prácticamente insostenible en su última etapa. A partir de determinado momento, la mera sospecha sobre un posible desplazamiento del equipo económico podÃa provocar el colapso de la economÃa argentina. La experiencia de fines de 1980 y comienzos de 1981, que se analiza más adelante, exime de mayores comentarios al respecto.
Se generó asà una condición estructural -antes que de coyuntura- muy particular. Los grandes agentes económicos lograban elevados beneficios en la medida en que desplazaban sus actividades para aprovechar los sucesivos mecanismos financieros que, las autoridades económicas ponÃan en marcha. Estas autoridades, a su vez, iban autocercenando sus posibilidades de controlar el sistema, de modo que éste tendÃa a depender más y más de las decisiones de un sector privado que crecÃa en conjunción con el mercado financiero. En esas condiciones, la clave del mantenimiento de dichos beneficios consistÃa simultáneamente en la continuidad del desequilibrio, que se creaba y ampliaba constantemente, y en la continuidad de la polÃtica en vigor. Esta última condición operaba como un verdadero reaseguro de la permanencia del equipo económico desde el momento en que ese equipo era el único que lograba generar la confianza de los grandes factores privados de decisión.
La polÃtica económica avanzó sobre  dos andariveles paralelos. Por  uno de ellos ofrecÃa la posibilidad de realizar operaciones muy lucrativas a quienes orientaran su actividad de acuerdo con los estÃmulos brindados al mercado financiero. Por el otro, el propio crecimiento de ese mercado creaba las condiciones para la continuidad y firmeza de la polÃtica económica que se llevaba a cabo. El desequilibrio económico otorgaba fuerza polÃtica a quienes lo creaban, grandes beneficios a quienes lo aprovechaban y un poder cada vez mayor a los grupos privados que controlaban el mercado financiero.
Durante un tramo extenso de su gestión, MartÃnez de Hoz actuó como si condujera la economÃa argentina a lo largo de un camino de cornisa. Era necesaria toda la pericia y la sangre frÃa del conductor para evitar una caÃda fatal -que en varias oportunidades estuvo muy cerca de producirse-. Al mismo tiempo, la situación condicionaba la actitud de los pasajeros del vehÃculo: aunque quisieran, debÃan esperar que el conductor saliera del borde del precipicio para poder desplazarlo de su puesto. La metáfora resulta transparente si se tienen en cuenta las numerosas polémicas que se suscitaron en el seno del poder militar acerca del mantenimiento de la polÃtica económica.
La experiencia muestra que no hubo salida del camino de cornisa. Cuando se reemplazó a MartÃnez de Hoz la economÃa argentina se derrumbó, pero el derrumbe fue sólo la consecuencia inevitable del funcionamiento perverso de los mecanismos creados en los años anteriores. Durante un tiempo, las ruinas y el desconcierto impidieron vislumbrar con claridad las profundas transformaciones que la gestión de MartÃnez de Hoz habÃa producido en las relaciones de poder dentro del paÃs. El más inmediato y notorio de estos cambios provino de la formidable transferencia de ingresos que habÃa acontecido, principalmente en perjuicio de los asalariados, pero también a costa de importantes sectores productivos. Esa transferencia significó una brusca y cuantiosa acumulación de riqueza –y por consiguiente de poder- en manos de pequeños grupos sociales, en especial de los que dominaban los flujos financieros. A su turno, esa acumulación de riqueza proporcionó un sólido punto de apoyo a otra transformación de Ãndole más permanente y estructural. En efecto, las modificaciones introducidas por MartÃnez de Hoz en las reglas y mecanismos de funcionamiento del mercado financiero determinaron que éste pasara a desempeñar un papel central y dominante en la economÃa argentina. Progresivamente, las empresas privadas, las empresas públicas, el Estado nacional, las provincias y hasta las municipalidades se encontraron fuertemente endeudados, lo cual los ubicaba en una posición vulnerable y dependiente frente al sistema financiero. Al mismo tiempo, las facilidades otorgadas al movimiento internacional de capitales y divisas despojaron al Estado del control que antes ejercÃa y lo transfirieron de hecho a los grupos privados que manipulaban dichos fondos. De este modo, frente a las empresas y organismos endeudados, el sistema financiero se colocaba también en la posición de intermediario y agente de los acreedores foráneos. Este punto es fundamental, ya que proveÃa un formidable respaldo externo para impedir que dentro de la Argentina se tratara de alterar las nuevas reglas de juego que se habÃan impuesto. Los 40.000 millones de dólares de deuda externa habrÃan de cumplir, en gran medida, la función de asegurar que eso no ocurriera, amenazando con una tremenda sanción exterior -que la Argentina no podrÃa soportar- todo intento de modificar lo hecho. En términos de poder esto significa que el pequeño sector social que controla el sistema financiero dispone ahora de una enorme capacidad para influir sobre el funcionamiento de la economÃa argentina, y por lo tanto sobre la sociedad y la polÃtica dentro del paÃs. Es posible que nunca, desde que en 1916 Hipólito Yrigoyen fuera elegido presidente de la República, tan pocas personas selectas tuvieron tanto poder en la Argentina. A MartÃnez de Hoz le cupo el papel de ser el artÃfice de esa restauración conservadora, sin vacilar ante los costos que la población, y el conjunto de la Argentina, debieron pagar para ello.
En ese contexto, veamos también este fragmento de Schvarzer que nos recuerda que siempre pueden aparecer, entre los sectores que se benefician por el nuevo modelo, buenas razones para no apuntar todos los cañones a la baja de la inflación. Leamos:
Los banqueros sentÃan que hacÃa falta una dosis de inflación para operar y ella estuvo presente todo el tiempo. La continua onda inflacionaria logró que, por una larga etapa, resultara menos visible el costo real de los préstamos en el nuevo sistema financiero. Los bancos operaron con spreads ubicados en la gama del 10 al 20 % anual entre 1977 y 1981 con valores más altos en algunas coyunturas especiales: los picos del spread llegaron al 3 % mensual en los meses finales de 1977.
Los hechos demuestran que por lo menos algunos sectores de las clases dominantes, que apoyaban a MartÃnez de Hoz, no sentÃan reparos frente a la reforma financiera en condiciones de alta inflación y, por el contrario, le encontraban ventajas apreciables.
(…)
Los grandes bancos locales esperaban que siguiera el proceso inflacionario con cierto ritmo para que no se apreciara en toda su plenitud el tremendo efecto de las tasas de interés positivas y, sobre todo, los inconvenientes derivados de sus, altos costos operativos…
Schvarzer cita a Canitrot para indicar, en el mismo sentido:
el vigor de la polÃtica antiinflacionaria fue subalternizado a la lógica intrÃnseca del mercado de capitales funcionando de manera irrestricta. O se creyó que era imposible levantar trabas a la dinámica de este mercado, o se pensó que su operación a la larga habrÃa de revertir por si sola sus efectos en un sentido favorable a la polÃtica antiinflacionaria.
Esta debilidad en la aplicación de la polÃtica antiinflacionaria no es pasible, sin embargo, de una explicación basada en falta de claridad de propósitos o en vacilaciones para adoptar las medidas que fueran necesarias.
El gobierno dio clara muestra, en su gestión, de afrontar los costos polÃticos de sus decisiones.
Ahora sÃ, con estas reflexiones en mente y sabiendo siempre que lo interesante es tener claro que la Historia no es muy amiga de las repeticiones -¿aunque quizás sà de ciertos “ciclosâ€?- espero que tengan unas bellas vacaciones repletas de especulaciones sobre “internas†en el equipo económico y grandes y profundos debates en torno a “shock o gradualismoâ€.
