(Les comparto con mucho gusto lo que fue mi TP para la materia Historia PolÃtica Argentina que acabo de rendir durante el cuatrimestre que acaba de finalizar (bajo la tutela del profesor Marcelo Koenig). La consigna era que tratase de algún hecho polÃtico acaecido durante el perÃodo objeto de la materia, que era 1955-1970. Entre paréntesis o guiones medios, y en modo cursiva, agrego algunas acotaciones que me surgieron luego de releer el TP y antes de publicarlo acá, que omità para la entrega).
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Mediante el presente trabajo se intentará establecer el peso que, en la decisión del partido militar de tumbar el gobierno semi legÃtimo (favor que yo le hago, deberÃa haber puesto ilegÃtimo, que es lo que fue el gobierno de Illia, derecho viejo) del Dr. Arturo Illia, tuvieron diversos estamentos de los poderes fácticos. Principalmente el poder económico, pero también la influencia que tuvo en este proceso el marco condicionado en el cual se desarrollaba el juego polÃtico, y la renovación que aconteció en los medios de comunicación con la aparición de semanarios gráficos y la posibilidad otorgada a empresas extranjeras de ingresar en la propiedad de servicios de comunicación audiovisual.
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Desde 1955, con la caÃda del gobierno democrático y constitucional de Juan Domingo Perón (me faltó poner legÃtimo, lo que no fue ninguno de los que lo sucedieron, hasta su tercera presidencia, en octubre de 1973), la Argentina se vio inmersa en una crisis de ilegitimidad polÃtica e inestabilidad institucional. Fuera de toda legalidad, el peronismo es impedido de participar en la vida polÃtica. Esto genera que las inmensas mayorÃas populares que representaba (un año antes del golpe se hicieron elecciones para elegir vicepresidente –las únicas de ese tipo en la historia de este paÃs, sin obligación ninguna de haber tenido que hacerlo, dato este a menudo olvidado por aquellos que viven de socavar discursivamente al gobierno de Perón– y el candidato peronista, Alberto Teisaire, habÃa triunfado con un rotundo 62,5 % de los votos; en medio de lo que luego Raúl Prebisch catalogarÃa –contradiciéndose con lo que habÃa dicho meses antes en un informe que le solicitó el propio Perón– “momento de crisis del modelo peronistaâ€) no se sintieran contenidas en ninguna opción partidaria. De este modo, se tornaba imposible para cualquier gobierno –sea de fachada militar o civil– mantener el plafond popular necesario para ejercer con firmeza el mando de la república. El peronismo se habÃa vuelto un problema, toda vez que sin el concurso de las mayorÃas que siempre sustentaron su primacÃa electoral, era imposible gobernar, al tiempo que, articulado como estaba uno de sus más importantes actores, el Movimiento Obrero Organizado, se dificultaba la implementación de un modelo económico que privilegie en exclusividad los intereses de los factores corporativos, que durante los gobiernos peronistas habÃan visto retraÃda su participación en la distribución de la renta nacional a menos del 50% de la misma –razón principal (debà haber puesto única, no hubo otra) por la que se golpeó al “régimen†peronista-.
En ese sentido, Juan Carlos Portantiero va a decir que “la inestabilidad polÃtica de aquel perÃodo obedece al hecho de que los grupos económicos dominantes no logran transformar en hegemonÃa polÃtica el predominio ya adquirido a nivel económicoâ€. Califica a la situación como “empate hegemónicoâ€, donde cualquiera de los bloques puede vetar al otro, pero no reúne las fuerzas suficientes como para establecer un trazo de gestión que sea de su agrado[1]. Arturo Frondizi habÃa llegado al poder en 1958, pactando el apoyo del movimiento peronista a cambio del levantamiento gradual de la proscripción polÃtica. Desconfiado de esto, el partido militar lo desplazó del poder en 1962, ante el temor de que se hiciera insostenible el mantenimiento de la mencionada polÃtica represiva contra el partido mayoritario. Por otro lado, Frondizi incumplió su parte del pacto con el peronismo, lo que le significó que nadie quebrara una lanza en su defensa. En ese contexto, ganó las presidenciales de 1963 Arturo Illia, polÃtico de escasa relevancia dentro de su partido (designado candidato dada la creencia del lÃder de la UCRP -su partido-, Ricardo BalbÃn, de que no habÃa chance de obtener el triunfo) y poco conocido a nivel nacional (provenÃa del sabattinismo cordobés, referencia polÃtica de inspiración yrigoyenista, con fuertes tendencias populares y nacionalistas, que lo diferenció notablemente de la lÃnea conservadora unionista –que igualmente tuvo mucha relevancia durante el gobierno de Illia, por medio del canciller Zavala Ortiz, de las tres facciones radicales, esa, la de Sabattini y “Del Puebloâ€, la que más gustaba a los Fusiladores del ’55 era la de Zavala, fervorosos antiperonistas-, hegemónica en el radicalismo, que expresaba Marcelo T. de Alvear, debe su nombre al Gobernador cordobés entre 1936-1940, Amadeo Sabattini, cuya gestión en la provincia tuvo una fuerte impronta industrialista e intervencionista. A posteriori de su muerte, Illia fue reconocido lÃder de tal lÃnea interna –que terminarÃa confundiéndose con la de BalbÃn-). Obtuvo un porcentaje escasÃsimo de votos en su favor –menos del 25%-, pero pudo ser consagrado por el apoyo de partidos menores en el Colegio Electoral –regÃa el sistema indirecto de elección presidencial, uno de quienes lo apoyó fue UDELPA, partido que armó el ex presidente Fusilador, Pedro Eugenio Aramburu, quien años más tarde serÃa ajusticiado por Montoneros, para participar de aquellos comicios-. Esto marcó durante todo su mandato a Illia, quien intentó morigerar su debilidad de construcción polÃtica pactando con el mandamás del ejército, Gral. Juan Carlos OnganÃa, la no reincorporación de oficiales Colorados (sector interno del ejercito opuesto a la conducción de OnganÃa, herederos del profundo sentir gorila de Isaac Rojas y que habÃan sido derrotados por el sector Azul –de OnganÃa- en enfrentamientos armados acaecidos durante la presidencia de Guido, y por ello desplazados de las FFAA, esto pese a que era con Colorados con quienes mayor afinidad tenÃa la UCRP, en razón de que ambos coincidÃan en la necesidad de proscripción indefinida del peronismo). No obstante lo cual, ello significó, a fin de cuentas, una mella en el ya de por sà escaso poder de Illia, pues dentro del sector Azu†pesaban fuertes concepciones de liberalismo económico, opuestas a la Carta de Avellaneda, plataforma de gobierno de la UCRP que suscribió Illia para su elección, y que postulaba un rol un poco más activo del Estado en la vida económica[2]. Dice Mario Rappoport, que “Las polÃticas desplegadas, sin agitar demasiado las aguas, rescataban lineamientos (…) con un trasfondo internacional marcado por propuestas económicas nacionalistas en boga en muchos paÃses del Tercer Mundo. (…) cierta resistencia a las imposiciones del FMI, la concepción de un Estado inclinado al control y la planificación de la economÃa –como en caso de los productos farmacéuticos-, asà como a la atención prioritaria al mercado interno. Se tomó también la decisión de denunciar y anular los contratos petroleros firmados por el presidente Frondizi.â€[3].
La decisión de sucesivas administraciones de favorecer la penetración del capital extranjero sin controles adecuados por parte del estado, enhebró un sector empresarial dotado de demasiada capacidad e influencia para intervenir en el diseño y desarrollo de las polÃticas públicas. El economista Eduardo Gorosito, en su estudio “La odisea de la economÃa argentinaâ€, marca que el rasgo principal de la polÃtica económica de Frondizi (desarrollo mediante ingreso de capitales foráneos), se definió por el temor que tuvo a aumentar la explotación del trabajo, por las revueltas sociales que ello podrÃa significar (de todas maneras, la retracción que sufrió la clase obrera en sus niveles después de la caÃda de Perón fue enormÃsima)[4]. Perón habÃa intentado una apertura con restricciones –por ejemplo, al envÃo de remesas al extranjero, cosa que pretendieron utilizar los sectores opositores para pintar una supuesta marcha atrás de Perón; ridÃculo, por cierto-, una vez que la ampliación del consumo que provocó el enorme mejoramiento en las condiciones de vida de las masas durante su gobierno (especialmente en el primer tramo del mismo), no encontró debido correlato en la expansión de mercado necesaria. Frondizi, a través de la eliminación de aquellas restricciones, significó un importante giro en las radicaciones de capitales de inversión extranjera, modificaron el escenario[5].
De esto no estuvieron ausentes los medios de comunicación. En virtud de su objetivo de desperonizar el paÃs, fue reformado el marco legal de los servicios audiovisuales en 1957 por Pedro Aramburu, presidente de facto para entonces, mediante la “ley†15.460/57, que tuvo como objetivo “morigerar el peso estatal en la propiedad de mediosâ€, y que si bien prohibÃa la participación del capital extranjero en la propiedad de medios, finalmente pudieron hacerlo indirectamente. En palabras de Heriberto Muraro “se creó en el paÃs un poderoso bloque de intereses centrado alrededor del negocio de la TV, compuesto por empresas norteamericanas, comerciales, industriales y terratenientes argentinos, asà como uno que otro funcionario estatal ligado al poder militarâ€[6]. Los factores del poder económico entraban a jugar fuertemente en la disputa por la construcción de sentido. En alianza con el Partido Militar, quisieron incidir en el proceso institucional para detener lo que consideraban un modelo dirigista, de corte ligeramente keynesiano, no tenÃa malos resultados, tres años de crecimiento del PBI consecutivos-, al que calificaban de inepto y lento, que iba contra sus intereses.
En un contexto mundial nuevo, marcado por la Doctrina de la Seguridad Nacional (y la Doctrina de la Contrainsurgencia, el presidente Illia permitió la entrada al paÃs de los franceses que idearon dicha doctrina militarista), que implicaba el combate –por parte de las FFAA- al comunismo que, se decÃa, se “infiltrabaâ€, ya prescindiendo de fronteras territoriales, el ejército argentino, atravesados sus más importantes cuadros por este nuevo paradigma, será, de nuevo, el instrumento de las clases dominantes de la economÃa argentina, pero esta vez para imponer un nuevo orden. De allà que Alain Rouquié la ubique dentro de un nuevo tipo de entre las dictaduras que hubo en Argentina, que denomina “constituyentesâ€, porque se imponÃan realizar transformaciones profundas en lo económico y lo social (los cuales estarán plasmados, acaecido ya el golpe, en lo que fue el Estatuto de la Revolución Argentina, que gozó de rango superior a la Carta Magna local; para la Fusiladora el objetivo era otro, simplemente desperonizar, el problema era Perón para ellos, reducÃan al peronismo a un fenómeno de gobierno expendedor de choripan, vino y pan dulce, y si se lo quitaba del manejo del aparato estatal todo estarÃa resuelto: Jamás comprendieron el vÃnculo afectuoso entre conductor y conducidos, que excedÃa por largo lo material, prueba esta de que se lo echó, se lo prohibió de todas las formas posibles y aún asà el reclamo por su retorno al paÃs se mantuvo incólume durante los dieciocho años que duró su ausencia). Siguiendo con Rouquié, el autor va a hablar de un general que llega al poder sustentado en el apoyo de pactos neo corporativistas[7], evidencia, esta, para quien suscribe el presente, de cómo el orden fáctico incide en el arribo de un nuevo gobierno, reemplazado el rol que en ello deberÃan cumplir las organizaciones polÃticas que son las que deberÃan (si seguimos lo prescrito por la Constitución Nacional) ejercer el rol de competidores en pos de hacerse del concurso popular para poder imponer el proyecto de gobierno que ofertan. Â
En este marco, un nuevo concepto de periodismo emerge, dispuesto a partir de la aparición de semanarios gráficos de opinión que insistentemente se dedicaron a jugar fuertemente a favor del ideario del modelo de “modernidad†que interpretaban las fuerzas del capital frente al “escollo del pasado†que suponÃa la polÃtica intervencionista de Illia[8] (Un documento de la UIA hablaba de “la burocratización total de la vida económica […] que conduce gradual pero persistentemente a la absorción de la empresa privada por el Estado […] para las actividades más importantes, casi siempre se resuelve en la obligada transferencia de la propiedad del empresario privado al Estadoâ€[9] y también hubo quejas de la CGE, ACIEL y la Sociedad Rural). Las corporaciones presionaban a todo dar en pos de dirigir el Estado. Y a todo esto, habÃa un gobierno ilegÃtimo, carente de toda legitimidad para implementar un programa como el que se proponÃa (ni ese, ni ningún otro, no hay plan de gobierno posible si se parte de lo ilegal), pero a la vez obturado de procurárselos por la amenaza militar que miraba con atención que el juego democrático no sea abierto al peronismo, y/o más bien, a Perón. En definitiva, un poder meramente formal, que no decidÃa. Mariano Grondona, en Primera Plana, definió claramente la situación, diciendo que Illia debÃa “incorporar a su gabinete a los sectores dinámicos, modernos a los que el exclusivismo partidario desoye hoyâ€[10]. Ese tipo de bajadas de lÃnea se hizo muy común por parte del periodismo (otros ejemplos fueron Bernardo Neustadt –desde Todo– y Mariano Montemayor –pluma principal de Confirmado– también participaban del desgaste del gobierno).
La acción fue finamente orquestada. Un poder fáctico (el económico) fuerte, en alianza con el partido militar que se procuraba mantener la institucionalidad condicionada (otro error mio, no existe la institucionalidad condicionada: O hay constitucionalidad o no la hay), se proponÃa tomar el estado para sÃ, generar la llegada a su conducción de hombres propios (dado el golpe, lo conseguirán, con Adalbert Krieger Vasena) lejanos a banderÃas polÃticas (tradicionales, pero bien conscientes de defender las propias, las del liberalismo económico al que le costaba inmiscuirse con plenitud dentro de los partidos existentes a ese momento), y jugando fuerte en la construcción del debate público por medio de la posibilidad de penetración en los medios que se les fue abriendo.
Y un presidente, Illia, vÃctima de las reglas de un juego que aceptó pero que a fin de cuentas le terminó cerrando el callejón. Illia participó de un escenario diagramado por quienes luego serÃan sus victimarios. Haciéndolo, legitimó sus intenciones, los dotó de poder (recordemos que presionó a Brasil para que frenaran el avión que traÃa a Perón de Madrid en 1964 y alentó la participación de la llamada Unión Popular, a los efectos de generar una suerte de neo peronismo que dividiese y debilitase a la fuerza polÃtica por lejos principal, con escasa suerte) y sembró entonces la semilla de su propia derrota. Asà se lo harÃa saber el Gral. Pascual Pistarini, el dÃa que fue a echarlo a Illia de la Casa de Gobierno, ante la acusación de “bandido golpista†que le lanzó el presidente. Contestó que él (Illia) también era un bandido, pues se habÃa valido de quienes lo consagraron en su cargo en el marco de un sistema profundamente ilegÃtimo; que cuando le sirvieron nada dijo y que sà lo hacÃa una vez que se le habÃan vuelto en contra[11].
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Claramente, lo que surge como conclusión del presente trabajo, es que el golpe de 1966 (también está mal de mi parte denominar a la caÃda de Illia del mismo modo que a las de Perón e Yrigoyen, porque igualarÃamos la salida forzada del poder de gobernantes legÃtimo de aquellos que no lo son; tanto lo de Illia como lo de Frondizi fueron movimientos al interior del propio régimen; en esos términos, existen a mi entender tres únicos golpes de estado en la historia del siglo XX, y no seis como habitualmente se enseña en las escuelas: 1930, 1955 y 1976 –lo de 1943 fue, también, la salida de un gobierno ilegÃtimo-) fue el resultado inevitable de la conjunción de factores a las cuales fuera sometido por aquellos tiempos el desenvolvimiento de un juego polÃtico demasiado intervenido por actores que carecÃan de legitimidad (no están contemplados en la CN) y representación (partidaria), que encontraron en las FFAA, preponderantes hacÃa años en la vida polÃtica argentina, y muy especialmente desde 1955, el vector de escape ideal para confeccionar una alianza de poder que tomase finalmente el estado para operarlo en su favor. Tomando un trabajo de David Collier, en el cual el autor revisa a Guillermo O´Donnell quien caracteriza el perÃodo que se avecinaba en Argentina a la caÃda de Illia como “autoritarismo burocráticoâ€[12], tenemos que nuestra sociedad se hallaba impregnada, por aquellos dÃas, de una muy fuerte identificación con el peronismo, y estaba, a la vez, acostumbrada a un importantÃsimo activismo polÃtico mediante el cual luchaba por sus derechos en pugna con los sectores dueños de la renta. Del otro lado, los grandes grupos económicos que, vimos, habÃan desalojado del poder al peronismo para reposicionarse en la puja por la distribución del ingreso, porque venÃan obteniendo resultados lejanos a sus intenciones, no habÃan logrado, sin embargo, en casi once años, sentar bases que fuesen capaces de sistematizar legalmente el reparto que consideraban los dejarÃa satisfechos, en orden a generar un sistema de dominación de clases de permanencia en el tiempo e imposible de ser discutido. Dado que Illia, a pesar de ser un hombre plenamente comprometido con la proscripción del peronismo, tenÃa, no obstante, como norte, el programa de gobierno de la UCRP, la Carta de Avellaneda, considerada también –por el establishment económico- demasiado estatista (si se consideraba estatista a eso, lógico comprender porque veÃan necesario exterminar al peronismo), contraria a la concepción de retirar cuanto más fuese posible al estado de la regulación de la vida económica del paÃs. Por otro lado, se consideró a la disputa polÃtico-partidaria en sà misma como culpable de imposibilidad de sentar el nuevo orden que se pretendÃa, y que ya sobradamente se ha caracterizado acá. Y si, por último, tenemos en cuenta que la asfixia a la que se veÃa sometida la inmensa mayorÃa del pueblo argentino por medio de la proscripción de su opción polÃtica máxima coadyuvó grandemente a que las intenciones de lucha polÃtica no pudieran ser canalizadas por las previsiones institucionales y legales normales, sino que explotaran en clave de lucha armada, vino a chocar de frente con la nueva doctrina militar a la que habÃan adherido nuestras FFAA, se dieron todas las condiciones para que unos y otros –poderes fácticos y militares- comprendiesen que sus necesidades eran altamente complementarias.
Un modelo económico nuevo, que arrancase de raÃz los últimos vestigios de peronismo, al tiempo que eliminase la posibilidad de la salida armada que era promovida por la lucha polÃtica ilegÃtima que estaba planteada, sumada a la existencia de partidos polÃticos débiles, que no gozaban del favor popular para hacerse de la fuerza necesaria para cumplir con uno y otro requisitos.
En cuanto al aporte de Muraro, arriba citado, la interpretación del firmante es que lo allà expresado habla de una fuerte confluencia de intereses -si se lo quiere ver asÃ- o articulación sectorial -otro modo de verlo, no excluyente del primero-. Dentro de esto podemos ubicar a los sectores empresariales cuyos intereses económicos fueron afectados por la anulación de los contratos petroleros y la sanción de la ley de medicamentos. La integración articulada de medios e intereses empresariales –según el relato de Muraro-, con más la llegada de estos sectores a las facciones internas dominantes del ejército argentino tras la victoria del sector azul, devino en una alianza de poder claramente expresada en lo que a posteriori resultó ser la conformación del gabinete económico de Juan Carlos OnganÃa, expresado en la figura de Adalbert Krieger Vasena, un hombre que contaba con la plena confianza del establishment corporativo de entonces siendo que expresaba en plenitud los ideales de cambio de raÃz los paradigmas económicos que gobernaron Argentina desde el primer gobierno de Juan Domingo Perón. Un trabajo de Vasena, del 13 de marzo de 1967 “apelaba a la necesidad de cambio (…) se promoverÃa activamente la libre competencia y se eliminarÃa la excesiva protección arancelaria que habÃa provocado tantas distorsiones (…) se intentarÃa reestructurar las empresas y actividades estatales y racionalizar y modernizar la administración pública, de manera de reducir el gasto y el déficit (…) disminución de los aranceles a la importación, un aumento de los impuestos a las ganancias y otras reformas tributarias, un incremento de las tarifas de los servicios públicos y un incremento de las inversiones en obras públicas. (…) procuró un ajuste del tipo de cambio con el objetivo de estabilizar la moneda y de ese modo terminar con la especulación y estimular la llegada de inversiones extranjerasâ€[13].   Â
Asà las cosas, vemos que en el desarrollo se advierte como fue subiendo el nivel, en cantidad e intensidad, de virulencia con la cual se empiezan a expresar los factores corporativos, lo cual además ya hacen sin intermediación alguna, como vimos en cuanto al aspecto comunicacional, tenemos que se dio una acción polÃtica muy directa, clamando, en nombre propio, lisa y llanamente por nuevas bases de organización social, concordantes con las aspiraciones particulares que los guiaban, desde donde se considera sustentada la hipótesis planteada al inicio del presente trabajo.
[1] Eduardo Gorosito y Paola de Simone. La odisea de la economÃa argentina. Estudios de su historia desde 1930, Edición 2004, Avellaneda, Ediciones de la Universidad, Pags. 59 a 65.
[2] Miguel Ãngel Taroncher. La caÃda de Illia. La trama oculta del poder mediático, Edición 2009, Buenos Aires, Javier Vergara Editor, Pags. 21 a 25.Â
[3] ArtÃculo de Mario Rappoport, en el diario Página 12, publicado el 28 de junio de 2010.
[4] Eduardo Gorosito y Paola de Simone. La odisea de la economÃa argentina. Estudios de su historia desde 1930, Edición 2004, Avellaneda, Ediciones de la Universidad, Pags. 59 a 65.
[5] Alejandro Rofman y Luis Romero, Sistema socioeconómico y estructura regional en la Argentina, 1974, Amorrortu Editores, en Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado, de Sara Lifsyc, UBA, 2005, Pags. 32 a 37.
[6] Gustavo Bulla en el libro de Guillermo Mastrini. Mucho Ruido y pocas leyes. EconomÃa y polÃtica de comunicación en la Argentina (1920-2007), Edición 2009, Buenos Aires, La CrujÃa ediciones, Pag. 137.
[7] Alain Rouquié, Argentina hoy, Siglo XXI, Buenos Aires, 1982, en Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado, de Sara Lifsyc, UBA, 2005.
[8] Miguel Ãngel Taroncher. La caÃda de Illia. La trama oculta del poder mediático, Edición 2009, Buenos Aires, Javier Vergara Editor.
[9] ArtÃculo de Mario Rappoport, en el diario Página 12, publicado el 28 de junio de 2010.
[10] Miguel Ãngel Taroncher. La caÃda de Illia. La trama oculta del poder mediático, Edición 2009, Buenos Aires, Javier Vergara Editor, Pag. 91.
[11] José Pablo Feinmann. Peronismo. FilosofÃa polÃtica de una persistencia argentina, Edición 2010, Buenos Aires, Editorial Planeta, Pags. 411/412.Â
[12] David Collier, El modelo burocrático-autoritario, Historia de América Latina Contemporánea, Nº 31, en Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado, de Sara Lifsyc, UBA, 2005.
[13] http://www.argentina-rree.com/11/11-059.htm
Me tome el trabajo de leerlo.
Primero, algo que sabes. Los agregados lo afean y le quitan todo rigor académico. Al final, para terminarlo, me abstuve de leer las cursivas.
Segundo, las citas y la profusión de datos no convierten una columna de opinión en algo más riguroso. Es que si bien uno elige el tema (y eso ya te posiciona), leer solo una parte de la biblioteca jamás te va a permitir comprender un fenómeno histórico. Esta crÃtica me la hago a mi mismo también, tanto me duela la historia argentina que se me mucho más acerca del gobierno de Basilio II «El Matador de Búlgaros» que del gobierno de Illia, y lo poco que se lo tengo de fuentes que coinciden con mi opinión. En tu texto es claro. Si me decÃs que la única razón de la caÃda de Peron es que el sector coporativista habÃa visto reducida su renta, entonces nada hay que discutir porque de un lado están los santos y del otro los demonios. Esa explicación, tampoco explica porque Lonardi y Aramburu perseguÃan distintos objetivos.
Tercero, tampoco entendà que la conclusión probará la hipótesis. Tal vez faltarÃa ser más claro.
La crÃtica va con onda. Te tomaste el trabajo de escribirlo y te animaste a publicarlo, eso es bastante. Tapate la nariz, lee algún libro «contra», intentá entender su punto de vista, discutilo, destrozalo y volvé a intentarlo. Hay mérito en este trabajo… aunque me tuve que tapar la nariz para verlo (esto último, chiste).
Ante todo, para los llamados de atención acerca de las citas históricas y la cantidad de temas no abordados que podÃan salir del principal (Lonardi vs. Aramburu, por ejemplo, que igual más abajo lo retomaré), hay la misma respuesta: Requisitos de aprobación del trabajo: Citar de donde saqué el material para un trabajo que era de investigación histórica; y la extensión máxima permitida para el mismo (no más de diez hojas word, en arial 12, interlineado 1,5).
Los agregados los hice, porque, justamente, este ámbito difiere de aquel dónde fue que tuve que presentar el trabajo.
A ver, yo ya he leÃdo todo el mitrismo que he podido. Es la historiorafÃa «liberal», llamémosle asÃ, la que más cabida ha tenido en mi formación. No nos olvidemos, asimismo, que la realidad nos indica que la gran mayorÃa del profesorado de la facultad de derecho abreva en el liberalismo. Romero, Félix Luna y demás, todo eso está en mi biblioteca.
Marcelo Koenig, mi profesor, es claro que está parado en la vereda de enfrente de todos esos autores (es el lÃder del Movimiento Peronista Revolucionario, cosa que yo ni sabÃa al momento de anotarme en la materia). También están los autores como Pacho O’Donnell, Felipe Pigna o Galasso, que están en posturas más revisionistas.
Ninguna es mejor ni peor, si yo prefiero a una de ellas es por convicción personal y porque me resultan mejor explicadas las cosas por la lÃnea revisionista: Por decir una cosa, el hecho de que San MartÃn haya llegado aquà movido, antes que nada, aún previo a definirse por el proyecto de la patria grande, a militar por el partido por el cual militaba en España, el liberalismo; y su llegada se debió a que vino a romper los esquemas de virreinato propiciados por los enemigos del liberalismo, los absolutistas.
Que se yo, me suena más lógico eso que creer que a San MartÃn de pronto un dÃa le latió su patria en el corazón y por eso volvió.
La historia oficial la escribió Mitre, y bien que estuvo porque alguien tenÃa que ser el primero, pero reconozcamos que está atravesada por la ideologÃa de su proyecto polÃtico, digamos, en función de justificarlo. ¿No dividió Mitre entre buenos y malos: Rosas malo, San MartÃn bueno? Y sin embargo, es el hecho sin explicar que San MartÃn quiso que su sable fuera para Rosas. O cuando Sarmiento fue a visitarlo y le habló mal (como toda esa generación lo hizo) de Simón BolÃvar, y San MartÃn le exigió respeto ante la foto del que catalogó como «máximo héroe de la independencia americana».
Reitero, me suenan mejores, más plausibles, las explicaciones revisionistas que las oficiales. Plantean que las acciones de los personajes históricos siempre se han debido a la toma de posturas en pujas de poder, que es, a fÃn de cuentas, esto último, de lo que se nutre la polÃtica (y la historia es, un poco, mirar la polÃtica para atrás).
Los mitristas, por su parte, por lo general omiten casi por completo lo que se denominan poderes fácticos, factores extrapoder, centrándose más en las caracterÃsticas personales de los distintos y ocasionales personajes que actuaron las instituciones a lo largo de los tiempos, y en que esas caracterÃsticas personales son trasladables a los procesos polÃticos que a su tiempo les tocó llevar adelante.
Eso lleva a equÃvocos grandes: Jamás, por ejemplo, este paÃs se movió de esquemas institucionales liberales, ni aún con un reconocido corporativista como José Félix Uriburu. Del mismo modo, es muy trasnochado afirmar que Perón fue nazifascista: Toda su formación y lectura fue liberal, los programas de su cátedra de pensamiento polÃtico en la escuela superior del ejército estaban atravesadas por autores liberales y jamás tendió al elemento distintivo de los nacionalismos de Hitler y Mussolini, o sea la xenofobia.
A partir de que yo concuerdo con inquirir en lo que han sido las disputas de intereses a lo largo de la historia, la bibliografÃa que elegà para la hipótesis que seleccioné.
Quiero destacar que, asà y todo, entre las citas tenemos a Taroncher, cuyo muy recomendable libro pondera la figura de Illia; que JP Feinmann se cansa de dejar sentado que para él Illia fue un buen tipo; el artÃculo de Rappoport también es laudatorio; y los trabajos citados por Sara Lifsyc son más que nada descriptivos.
Yo creo que en la caÃda de Perón hubo buenos y malos desde que se trató de la ruptura del orden institucional durante 18 años consecutivos, la más larga de nuestra historia, y eso solamente puede estar movilizado por sentimientos nefastos. Me parece vergonzoso que tipos como Sabsay, profesores de derecho constitucional, hayan elaborado raras teorÃas justificando aquel golpe que lo único que trajo fue una espiralización de violencia polÃtica interminable.
Las divergencias entre Lonardi y Aramburu surgen a partir de cómo conducir el proceso destituyente. Coincidieron a parir de su coincidencia en el odio al peronismo, luego Lonardi, que asume porque lidera la facción más importante de la ofensiva contra Perón, va a negarse a ajustar contra la clase trabajadora, pues el creÃa que lo malo del peronismo era simplemente Perón, y que muerto el perro se acabarÃa la rabia. Aramburu, en cambio, iba por la desperonización en un sentido más amplio que la sóla persona de Perón (por ejemplo, Lonardi no intervino la CGT, Aramburu sÃ).
Claro que intervinieron otros factores, la pelea con la Iglesia, por ejemplo (esto movió especialmente a Lonardi, un nacionalista católico de miliancia). Pero todo surge, a mi entender, a partir de la revolución social que proyectó el peronismo a partir de modificar los patrones de distribución.
por lo menos Mitre hacia historia erudita (a diferencia de Vicente Fidel Lopez) Le podemos pedir que historiara «objetivamente» a su adversario polÃtico? podrÃamos nosotros hacerlo con Julio Cobos? Carrio?
Pablo D:
Creo que en ArtepolÃtica bien pueden publicarse trabajos al estilo del tuyo, no hay que tenerle miedo a la extensión y a las citas.-
Sin perjuicio de que el texto merece otras entradas, me queda la duda sobre el apoyo de UDELPA (Aramburu) al dr Illia.
Los textos a los que acudà para constatar ello, sólo refieren al apoyo de los conservadores, socialistas democráticos, demócratas cristianos y algunos pequeños partidos del interior, no de Aramburu. Asà lo refieren entre otros: Alain Rouquié. Poder militar y sociedad polÃtica en la Argentina. Emecé. Bs. As. 1982. T.2. pág. 225.- Robert A. Potash. El ejército y la polÃtica en la Argentina. 1962-1973. Sudamericana. Bs. As. 1994. pág.174. César Tcach-Celso RodrÃguez. Arturo Illia: Un sueño breve. Edhasa. Bs. As. 2006. págs. 59/60. Mario Rapoport. Historia económica, polÃtica y social de la Argentina.1880-2003. Emecé. Bs. As. 2007. pág. 428.
Saludos.-
Pablo D.
Continuando el análisis, puede que dentro de lo “corporativoâ€, conviene destacar como lo señala Guillermo 0’Donell que el golpe de 1966 tuvo la aquiescencia de buena parte del sector popular y, además, contó con el apoyo de la mayor parte de los dirigentes sindicales a nivel nacional, siendo aprobado también por Perón y el peronismo: “Aparentemente el golpe de 1966 era sólo contra un gobierno ineficaz e irrepresentativo, cómplice del aducido desorden imperante –no contra el sector popular, sus organizaciones y sus expresiones polÃticas.â€
Como señales en tu trabajo, era evidente que el gobierno derrotado intentaba dividir al peronismo como una condición previa para legitimarlo como fuerza polÃtica electoral. Ante esa evidencia nos dice 0’Donell que “Resucitaban viejas ilusiones populistas de unión del pueblo y las Fuerza Armadas que, impulsadas por corrientes nacionalistas del Ejército y la Aeronáutica, lanzarÃan un estilo de desarrollo consonante con el postulado por el peronismo y abrirÃan ancho espacio a los sindicatos y al empresariado nacional…En consecuencia los dirigentes sindicales no sólo se colocaron en frontal oposición al gobierno radical sino también participaron en conversaciones con diversos altos jefes de las Fuerzas Armadas para promover el golpe.†“El Estado Burocrático Autoritarioâ€. Editorial de Belgrano. 2da edic. Bs. As. 1996. págs. 65 y sts.-
Hoy en dÃa estas ilusiones –que duraron poco- parecen poco fundadas, pero en sus tiempos cautivaron a muchos, entre ellos al mismo Arturo Jauretche.
En efecto, don Arturo en “El medio pelo en la Sociedad Argentinaâ€, (págs. 341/352, de la 1ra edic. de Peña Lillo) obra publicada en noviembre de 1966, destaca que “El paÃs carece de élite conductora y la revolución militar significa que las Fuerzas Armadas se constituyen en ella.â€â€¦ “Si las Fuerzas Armadas entienden que viene a cumplir la función de élite que está vacante en el paÃs, tienen un largo proceso para cumplir en el ejercicio de la modernización de las estructurasâ€. … “Ocurre asà que buscando el paÃs real y sus exigencias, las Fuerzas Armadas se encuentran a sà mismas. Pensar el paÃs en función de potencia, le restaura a las Fuerzas armadas el SENTIDO HISTORICO DE SU MISION ESPECIFICA que no es la que les asignaban los “Regimientos de Empujadores†y los “Batallones de Animémonos y Vayan†de civilazos que merodean por los cuarteles cuando el paÃs real los descarta y vuelven a merodear cuando consideran que debe terminar la intervención de los mismos, para restablecerlos a ellos. Hay que hacer de la Argentina una potencia y esa es la tarea que asume la éliteâ€.-
Creo que los acontecimientos del pasado, rastreados en el pensamiento de los contemporáneos, nos trae algo de luz, y nos preguntamos ¿Y qué de Perón?, Bueno muchos, incluido el mismo Perón, pensaban que su tiempo habÃa pasado, y habrÃa que encontrar un nuevo general del pueblo. Lo cierto que esa “Revolución Argentina†que parecÃa sepultar al “Coronel del puebloâ€, en realidad le va a otorgar el papel principal en los acontecimientos que se sucederán.-
Seguro. Dentro del peronismo hubo quienes creyeron, durante los 18 años de proscripción, quienes creyeron que habÃa que jugar politicamente, y otros que planteaban no legitimar ni validar con sus presencias la proscripción, y reclamar por el retorno de Perón desde el peronismo combativo, primero fue la resitencia, más tarde, algunos, en las organizaciones revolucionarias.
Dentro de aquellos que planteaban jugar, se encontraban el sindicalismo ortodoxo (Vandor, Alonso) y también Jauretche (pero no del modo en que querÃan jugar los conductores de la burocracia sindical).
Yo entiendo que el sistema polÃtico/institucional argentino arrastró una ilegitimidad de dieciocho años que tiñó de nulidad todos los hechos que durante ese lapso se produjeron. Reitero aquello de que una mujer no puede estar un poco embarazada, lo está o no lo está, y la democracia me parece que es lo mismo.
Ahora, dentro de ese esquema, empiojado al mango, podÃan ocurrir, y de hecho ocurrieron, equivocaciones, y gruesas, de corte táctico y estratégico. El mismo Perón no condenó de entrada la llegada de OnganÃa, mandó «desensillar hasta que aclare» (duró poco, tres meses como mucho).
De ninguna manera comparto que Perón creÃa que su tiempo habÃa pasado, como sà muchos otros.
Lo que para mà fue el golpe del ’66 es un movimiento al interior del bloque hegemónico y dominante. Ni más ni menos: No distingo entre Aramburu e Illia, ambos se valieron de armas ilegales para acceder al poder, y eso los iguala, al margen de las caracterÃsticas personales de cada actor en particular, que nunca son lo más importante a la hora de analizar procesos históricos. Pero el poder estuvo siempre del mismo lado, el de la alianza entre el factor corporativo y los militares, que en el ’66 habÃan comprendido que no les servÃa ninguno de los dirigentes tradicionales para la tarea, y se disponÃan a encararla ellos mismos, algo que lograrÃan hacer diez años después, una vez que comprendieron que lo que todavÃa les faltaba afinar, eran los métodos: Y se trajeron el terrorismo de Estado.
Creo que nadie deberÃa dejar de estar de acuerdo en cuanto a que la proscripción del peronismo -1955-1973- fue, por lo menos, un gran error y un grave retroceso.
Nadie puede hablar de respetar la Constitución, cuando durante ese periodo se la violó permanentemente.
No hay que olvidar que: «Las constituciones contemporáneas tienen la función de integrar el Estado de derecho y la democracia, y son el resultado de un doble acuerdo: el acuerdo sobre una carta de derechos y libertades fundamentales que protege a los ciudadanos y el acuerdo sobre las reglas y procedimientos que organizan los poderes polÃticos», como bien señala Hugo Quiroga, en una obra cuyas primeras 55 páginas nos van a señalar los errores de nuestra clase polÃtica en relación al respeto de la Constitución. (El tiempo del «Proceso». HomoSapiens. Rosario. 2004. págs. 13/55.-
Con relación al «tiempo» de Perón, algo de lo que mencioné es también compartido por Feinmann en su última obra sobre el peronismo y el papel que pudo haber tenido Aramburu. Con relación al tema, especialmente a Aramburu, creo que hay mucho para investigar aún.- Pero sea o no certero el análisis de Juan Pablo, es evidente que Perón no estaba en condiciones para sumir la presidencia en esos tiempos muy complejos.-
Saludos.-
Muy difÃcil de entender esta visión entre malo vs bueno que presenta este autor lleno de odio y resentimiento. Omitió (ocultó?) decir claro que que Peron era fascista y se inclinaba por la bestia más despreciable de la historia que fue HItler. Que Peron usó a los pobres para hacerlos pobres endémicos, que Peron creó la bestia sindical y el movimiento mas atÃpico del mundo que alberga tanto a la izquierda romántica o a la facciosa y guerrillera como a la filosófica y a la derecha liberal y junta de manera única a la corrupción porque ese partido es el sÃmbolo de la corrupción y la enfermedad que mata y destruye a estas dotadas tierras. Leer estupideces como la de este sujeto que escribe producen el deseo de batirlo a duelo porque no es otra la forma de resolver tanta estupidez! Ahh, Illia, un señor, un verdadero polÃtico al servicio del paÃs, no un traidor enriquecido en el gobierno como todos los dirigentes del monstruo preonista.