Un Mal Novelista Holandés

(Foto gentilmente cedida por Daniel Mancuso)

Desde hace casi tres años vengo sosteniendo la tesis de que buena parte de la prensa patronal dejó de requerir de base fáctica para desarrollar su trabajo. A diferencia de los novelistas, que pueden prescindir de la realidad para escribir una buena novela, los periodistas solían requerir de ella para desarrollar un relato. Mi impresión es que ésto dejó de ser así, y un novelista podría pasar perfectamente inadvertido entre el staff periodístico de la prensa patronal.

No es necesario remontarse demasiado en el tiempo para encontrar varios relatos de este género carente de anclaje en los hechos. La «Embajada Paralela» u «Operación Sadous» fue uno de ellos, donde los propios presuntos damnificados les rebaten el relato.

En otros, los propios actores políticos contratados al efecto por el novelista de turno se desmienten a sí mismos, sin requerir de terceros que lo hagan. A modo de ejemplo, se me ocurre el actor Isidoro Graiver, quien primero afirmara que la compra de Papel Prensa por parte de la prensa patronal «fue un afano», para afirmar exactamente lo contrario pocos meses después.

Un mini-relato de este tipo, aún más enclenque y fugaz fue el unipersonal protagonizado por Pino Solanas, firmando un día un despacho de su propio bloque a favor de la desmonopolización de la producción de papel para diarios, para declararse «entrampado» apenas 24 horas después y borrar con el codo lo que firmó con la mano el día anterior, luego de que su empleador se lo recriminara públicamente.

Otras novelas que nutren a la «opinión pública» ya no requieren ni siquiera de ser desmentidas por sus propios lenguaraces ni por terceros: Basta el simple transcurso del tiempo para que el relato caiga por su propio peso. Es suficiente ejemplificarlas con los interminables augurios fallidos de la moisesa chaqueña, o las del tipo «El año que viene vamos a importar trigo, leche y carne», relatada por los bucólicos gionistas del putsch agromediático. Estas novelas catastrófico-futurísticas usualmente se derrumban «por default», con el simple transcurrir de los días, sin requerir de desmentidas adicionales que excedan el mero no suceso de lo profetizado.

La dramaturgia básica de este conjunto de novelas repetidas hasta el cansancio consiste en agarrarse de uno o dos chimentos de pasillo, conferirles carácter de verdad de a puño, y a partir de esa materia prima de dudosa calidad, comenzar la tarea de amplificar y legitimar el relato, en el que ora el autor de la novela, ora los actores de reparto de la política argentina, van enhebrando capítulos cada vez más escandalosos e inverosímiles a la saga, hasta generar un enchastro costumbrista que provocaría la sana envidia de Emir Kusturica.

La consabida frase «No permitas que la realidad te arruine una nota» redondearía la idea del género de periodismo-ficción que antiguamente se conocía como novela. No importan los hechos. Basta con el relato que de ellos se haga para dominar la agenda.

Ahora bien: Hasta el novelista más carenciado dispone de una mínima batería de recursos para manejar los imprevistos. Así, si fallece un actor de su tira, introducirá en el libreto un viaje súbito para justificar su ausencia. Si el productor de la tira repentinamente recortara el presupuesto a la mitad, escenificará en interiores lo que tenía escrito para exteriores, sacará del camino a actores secundarios, bolos, decorados innecesarios, etc. Es decir, ajustará las variables necesarias para que pese a todo, la novela llegue a su fin sin resignar el relato. Es lo mínimo que se le puede exigir a un novelista: Ser medianamente verosímil y mantener un mínimo de coherencia.

Esta semana, sin embargo, ya ni siquiera se respetó esta regla básica de la narrativa. En vez de hacer un piadoso «fade out» sobre «La Banelco de Cristina», decidieron remontar su propio relato en el sentido inverso al que traían. De caracterizar al Kirchnerismo como coimeros dispuestos a todo con tal de aprobar el presupuesto, pasaron a caracterizarlo como promotores activos de la no sanción del presupuesto 2011. Así, como lo lee. Como decir «la blanca vaca negra» sin que se le mueva un pelo al oximorónico novelista.

Hay que estar un poco aturdido para presumir que nadie advertirá el súbito cambio de relato, pero exactamente éso es lo que hace el otrora eficiente vocero patronal Eduardo Van der Kooy. Es más: Ni siquiera escribe una nota diciendo «A», para luego echar reversa en una segunda nota diciendo «B». Si éste fuera el caso, el lector debería tomarse el trabajo seisieteochesco de comparar lo que decía en una nota y cotejarlo con la segunda. No, no, no. Ya ni siquiera apela al piadoso desvanecimiento de la memoria del lector abombado por una catarata de signos direccionados. Se lo tira de una, a modo de «Como te digo ésto, te digo lo otro» en la misma y única nota, y arreglate como puedas con ésto que te estoy diciendo.

Para no irnos por las ramas, dejemos de lado por un momento el curioso reproche que dirige a la víctima por victimizarse (?); dejemos de lado asimismo el agradecimiento explícito y rotundo que le provoca «la inseguridad» por proveerlo del ariete dramatúrgico indispensable para arremeter contra el sopor social a la que induciría la bonanza económica.

Se trata de la nota en la que, en un arranque de sinceramiento atroz, eructa «lacra» a Kunkel. Es posible que el epíteto haya sido usado como elemento distractivo de la bisagra que introduce entre ambas acusaciones mutuamente excluyentes. En tal caso, acertaría en suponer que casi nadie va a prestar atención a la reversión del relato, distraídos por un epíteto tan fosforescente como «lacra».

Y así, sin más (me copio a mí mismo más arriba), pasa de caracterizar al Kirchnerismo como una manga de coimeros dispuestos a todo con tal de aprobar el presupuesto, a culpables por la no sanción del mismo.

Lo hace en los siguientes términos:

RELATO I: CON TAL DE APROBAR EL PRESUPUESTO, EL KIRCHNERISMO ES CAPAZ DE TODO, HASTA DE COIMEAR

(…) Pero lo sucedido en relación al Presupuesto no constituye un eslabón perdido sobre la bajísima calidad política e institucional de esta democracia. (…)


El kirchnerismo logró salir también airoso de una de las últimas batallas, cuando consiguió neutralizar en Asuntos Constitucionales las investigaciones sobre presiones y supuestos sobornos a diputados de la oposición. (…)


Las denuncias de Cynthia Hotton y Elsa Alvarez sobre ofertas kirchneristas tuvieron fundamento y rasgos de credibilidad . (…) Pero Fadel tampoco podría ocultar su sombra: esa mujer mendocina es experta en manejo administrativo del Congreso. Sabe, como nadie, de contratos y otros favores. (….)


ELEMENTO DISTRACTOR:

«Nada podrá justificar el cachetazo que Camaño le propinó a Carlos Kunkel, cuando el diputado pronunciaba una descontrolada arenga para justificar el final de la investigación parlamentaria. Pero todo tendría relación con todo: tal vez, en una democracia menos contaminada, la lacra de Kunkel no circularía por los pasillos del Congreso.»

RELATO II: CON TAL DE ((NO)) APROBAR EL PRESUPUESTO, EL KIRCHNERISMO ES CAPAZ DE TODO, HASTA DE VICTIMIZARSE

(…) Endilga a los demás la falta de Presupuesto aprobado para el 2011, pero fue el propio kirchnerismo el que exhibió una voluntad nula para hacerlo. (…)

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Subrayo el hecho de que ésto fue escrito por una de las luminarias de la prensa patronal, no por un Majul, un Lanata, un Leuco, un Eliaschev. No, no. Ésto es lo máximo que pueden ofrecer en materia de relato. Un oxímoron.

A ver, Mañeto, si te ponés media pila y te conseguís un libretista coherente. No te alcanza con la semiología de Eliseo Verón. Necesitás de un libretista y/o guionista y/o dramaturgo como Abel Santa Cruz, Aída Bortnik, Fernández Baraibar, una Marguerite Yourcenar, qué sé yo. Así no va ¿eh? Se nota muuucho…

Como dijera la inefable Simone de Beauvoir argenta, «lo dejo a tu criterio»…

(Publicado en simultaneo con Apuntes desde la Centroizquierda)

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