Tienen razón los gurúes kirchneristas: el paÃs no está como en 2001; está peor. Lo que por suerte está mejor son la tasa internacional de interés del dólar y el precio de la soja, que retrasan el proceso por el que la miseria en que viven millones de argentinos se transforma en hambre y desesperación. Lejos de derrumbarse sobre nosotros, el mundo globalizado sigue trabajando a favor de la Argentina, y es el ingreso extraordinario de divisas lo que nos trae la única diferencia positiva entre los saqueos de diciembre de 2001 y los de diciembre de 2012.
Por si hubieran dudas: el Estado recaudó 8000 millones de dólares el año pasado sólo de retenciones agrÃcolas; aproximadamente cuatro veces lo que destina a la Asignación Universal por Hijo, principal moderadora del estallido social. Súmense los demás planes sociales, los subsidios a los servicios esenciales y los miles de empleos estatales creados para paliar el game over y el dólar paralelo por las nubes a pesar de las tasas cercanas a cero que paga la Reserva Federal y se comprenderán las dimensiones del horror que supimos conseguir.
Ajustazo 2002, pagadiós 2005, tasas del dólar por el piso y commodities por las nubes: son éstos los componentes del doping que permite hoy al Gobierno congelar la situación en una suerte de apocalipsis frÃo; una debacle en cámara lenta en la que el paÃs no termina de estallar, pero todas sus variables retroceden, dejando al descubierto los despojos del modelo. Y aquà estamos sus náufragos: viendo cómo el margen competitivo creado en 2002 mediante el más formidable ajuste de la historia termina de extinguirse, los fantasmas del pagadiós más grande del mundo nos acechan, los efectos de la tercera plata dulce se esfuman, las facturas impagas de nueve años de cortoplacismo se amontonan y la situación se hace dramática; en tanto, el Gobierno se concentra en hacer de sus errores una epopeya y en la batalla contra los fierros mediáticos y judiciales, preocupado por agregar al cóctel explosivo que preparó en nueve años de delirio nac&pop una nueva dosis de autoritarismo y alucinación.
Después de casi una década de revolución discursiva, el saldo es pavoroso: a pesar de las condiciones externas inéditamente favorables, nos hemos devorado buena parte del capital social en una orgÃa populista que nos ha dejado sin transporte ni energÃa y con la infraestructura a punto del colapso. Pese a la carga fiscal de Primer Mundo y las cifras enormes del gasto público (¿dónde irá a parar toda esa plata?) el Gobierno no puede mostrar una sola gran obra pública digna de mención en nueve años de gestión de la abundancia. Hoy, pese a los anuncios repetidos como si fueran goles, casi todo en la Argentina se cae a pedazos, como bien se vio en ese choque ferroviario a 27 km por hora en el que fallecieron 51 personas; récord que ha retratado impiadosamente la africanización del paÃs.
Y no se trata sólo de la estructura material: el panorama educativo es desolador. A pesar del publicitado 6%, los argentinos de la escuela primaria siguen retrocediendo en los tests internacionales, sólo uno de cada dos adolescentes termina la secundaria y los Ãndices de graduación universitaria están entre los peores de la región, incluidos los paÃses donde la universidad es paga. Para no hablar de calidad educativa.
No nos va mejor en lo social, como muestra el 50% de aumento de la población de las villas y el 34% de la mano de obra en negro. Hasta el único éxito relativo del modelo, bajar la desocupación, tambalea hoy, después de tres años sin creación de empleos productivos y uno de destrucción de los que se habÃan generado en la hora de gloria. Y, si hemos de creerles a los Ãndices de inflación provinciales, la pobreza afecta a uno de cada cuatro argentinos, como bien saben en Carrefour y Changomas.
¿Desendeudamiento? Ninguno. No pagar las deudas puede ser inevitable, pero no es desendeudarse. Y si sumamos a la deuda financiera -40% del PBI- las deudas jubilatorias y las inversiones necesarias para reconstruir la infraestructura y las reservas energéticas, la conclusión es simple: la deuda real y la pobreza son hoy tan grandes como en la etapa final de la convertibilidad.
Si en los años 80 tenÃamos inflación, pero también cambio competitivo, y si en los 90 tenÃamos atraso cambiario, pero al menos habÃa una moneda en la cual ahorrar, el kirchnerismo ha logrado la hazaña de amalgamar lo peor del modelo neoliberal y del populista: atraso cambiario y moneda inexistente, y por lo tanto, bajo crecimiento y alta inflación. Son problemas que, como se sabe, se solucionan metiendo la economÃa en el chaleco de fuerza del corralito cambiario y el cierre de importaciones, del que nunca nadie logró salir sin cirugÃa mayor y amputación.
Al apocalipsis frÃo de los números corresponden aspectos difÃcilmente cuantificables, pero cada vez más presentes en la cotidianeidad de los argentinos: la inflación, la inseguridad y la corrupción, cuyas sensaciones siguen subiendo. Es el resultado inevitable de una década de erosión de las agencias fundamentales del Estado (AFIP, Anses, AGN, fuerzas de seguridad, Banco Central) y de la extensión de los dominios de la droga y la criminalidad organizada. Para no hablar de los aspectos simbólicos del kirchnerismo: anomia, impunidad, vale-todo, hubris del poder por el poder, conducta barra brava y destrucción deliberada de todos y cada uno de los elementos que permiten una convivencia pacÃfica y democrática. Finalmente, su legado totalitario-mafioso especÃfico, el más terrible y más difÃcil de revertir: el reemplazo de las instituciones democrático-republicanas y de las organizaciones de la sociedad civil por una densa trama de mafias, cajas y patotas que ha invadido los despachos estatales, las comisarÃas, los sindicatos, las organizaciones patronales, los clubes de fútbol, las asociaciones de clubes de fútbol y todos los resquicios del paÃs en los que se acumula poder y existe algo susceptible de ser saqueado.
De manera que sigamos rezando para que al gobierno del «vivir con lo nuestro» le siga yendo bien con la soja, y esperemos que la economÃa de Brasil mejore, para que los que viven dependiendo de las limosnas estatales no pasen de la miseria al hambre y vuelvan los saqueos en un paÃs que produce alimentos para siete veces su población.
Si éste no es el apocalipsis, el apocalipsis, ¿dónde está?
© LA NACION.
Por si hubieran dudas: el Estado recaudó 8000 millones de dólares el año pasado sólo de retenciones agrÃcolas; aproximadamente cuatro veces lo que destina a la Asignación Universal por Hijo, principal moderadora del estallido social. Súmense los demás planes sociales, los subsidios a los servicios esenciales y los miles de empleos estatales creados para paliar el game over y el dólar paralelo por las nubes a pesar de las tasas cercanas a cero que paga la Reserva Federal y se comprenderán las dimensiones del horror que supimos conseguir.
Ajustazo 2002, pagadiós 2005, tasas del dólar por el piso y commodities por las nubes: son éstos los componentes del doping que permite hoy al Gobierno congelar la situación en una suerte de apocalipsis frÃo; una debacle en cámara lenta en la que el paÃs no termina de estallar, pero todas sus variables retroceden, dejando al descubierto los despojos del modelo. Y aquà estamos sus náufragos: viendo cómo el margen competitivo creado en 2002 mediante el más formidable ajuste de la historia termina de extinguirse, los fantasmas del pagadiós más grande del mundo nos acechan, los efectos de la tercera plata dulce se esfuman, las facturas impagas de nueve años de cortoplacismo se amontonan y la situación se hace dramática; en tanto, el Gobierno se concentra en hacer de sus errores una epopeya y en la batalla contra los fierros mediáticos y judiciales, preocupado por agregar al cóctel explosivo que preparó en nueve años de delirio nac&pop una nueva dosis de autoritarismo y alucinación.
Después de casi una década de revolución discursiva, el saldo es pavoroso: a pesar de las condiciones externas inéditamente favorables, nos hemos devorado buena parte del capital social en una orgÃa populista que nos ha dejado sin transporte ni energÃa y con la infraestructura a punto del colapso. Pese a la carga fiscal de Primer Mundo y las cifras enormes del gasto público (¿dónde irá a parar toda esa plata?) el Gobierno no puede mostrar una sola gran obra pública digna de mención en nueve años de gestión de la abundancia. Hoy, pese a los anuncios repetidos como si fueran goles, casi todo en la Argentina se cae a pedazos, como bien se vio en ese choque ferroviario a 27 km por hora en el que fallecieron 51 personas; récord que ha retratado impiadosamente la africanización del paÃs.
Y no se trata sólo de la estructura material: el panorama educativo es desolador. A pesar del publicitado 6%, los argentinos de la escuela primaria siguen retrocediendo en los tests internacionales, sólo uno de cada dos adolescentes termina la secundaria y los Ãndices de graduación universitaria están entre los peores de la región, incluidos los paÃses donde la universidad es paga. Para no hablar de calidad educativa.
No nos va mejor en lo social, como muestra el 50% de aumento de la población de las villas y el 34% de la mano de obra en negro. Hasta el único éxito relativo del modelo, bajar la desocupación, tambalea hoy, después de tres años sin creación de empleos productivos y uno de destrucción de los que se habÃan generado en la hora de gloria. Y, si hemos de creerles a los Ãndices de inflación provinciales, la pobreza afecta a uno de cada cuatro argentinos, como bien saben en Carrefour y Changomas.
¿Desendeudamiento? Ninguno. No pagar las deudas puede ser inevitable, pero no es desendeudarse. Y si sumamos a la deuda financiera -40% del PBI- las deudas jubilatorias y las inversiones necesarias para reconstruir la infraestructura y las reservas energéticas, la conclusión es simple: la deuda real y la pobreza son hoy tan grandes como en la etapa final de la convertibilidad.
Si en los años 80 tenÃamos inflación, pero también cambio competitivo, y si en los 90 tenÃamos atraso cambiario, pero al menos habÃa una moneda en la cual ahorrar, el kirchnerismo ha logrado la hazaña de amalgamar lo peor del modelo neoliberal y del populista: atraso cambiario y moneda inexistente, y por lo tanto, bajo crecimiento y alta inflación. Son problemas que, como se sabe, se solucionan metiendo la economÃa en el chaleco de fuerza del corralito cambiario y el cierre de importaciones, del que nunca nadie logró salir sin cirugÃa mayor y amputación.
Al apocalipsis frÃo de los números corresponden aspectos difÃcilmente cuantificables, pero cada vez más presentes en la cotidianeidad de los argentinos: la inflación, la inseguridad y la corrupción, cuyas sensaciones siguen subiendo. Es el resultado inevitable de una década de erosión de las agencias fundamentales del Estado (AFIP, Anses, AGN, fuerzas de seguridad, Banco Central) y de la extensión de los dominios de la droga y la criminalidad organizada. Para no hablar de los aspectos simbólicos del kirchnerismo: anomia, impunidad, vale-todo, hubris del poder por el poder, conducta barra brava y destrucción deliberada de todos y cada uno de los elementos que permiten una convivencia pacÃfica y democrática. Finalmente, su legado totalitario-mafioso especÃfico, el más terrible y más difÃcil de revertir: el reemplazo de las instituciones democrático-republicanas y de las organizaciones de la sociedad civil por una densa trama de mafias, cajas y patotas que ha invadido los despachos estatales, las comisarÃas, los sindicatos, las organizaciones patronales, los clubes de fútbol, las asociaciones de clubes de fútbol y todos los resquicios del paÃs en los que se acumula poder y existe algo susceptible de ser saqueado.
De manera que sigamos rezando para que al gobierno del «vivir con lo nuestro» le siga yendo bien con la soja, y esperemos que la economÃa de Brasil mejore, para que los que viven dependiendo de las limosnas estatales no pasen de la miseria al hambre y vuelvan los saqueos en un paÃs que produce alimentos para siete veces su población.
Si éste no es el apocalipsis, el apocalipsis, ¿dónde está?
© LA NACION.
Una pregunta en serio, gente: ¿Este F. Iglesias es o se hace?
es, no le da para hacerse
¿Qué apocalipsis? Es el amuchalipsis…
¿Quién es Fernando Iglesias?
El gemelo tarado de Fontanarrosa.
Jajajaja… Es verdad que se parece. Jajajja… me muero
La reciente tragedia ocurrida en un boliche de Brasil, me recordó la posición de Iglesias frente a nuestro Cromañón: él escribió que los padres de las vÃctimas de Cromañón representaban «la cultura de la victimización», de los sobrevivientes dijo: «el grotesco sainete de los sobrevivientes», a una madre de una vÃctima le dijo en una carta abierta, que habÃa «delegado su responsabilidad indelegable de madre en Ibarra y Chabán». Evidentemente ignora lo que es la responsabilidad de padre, no sabe que los chicos van a guarderÃas, colegios, excursiones, viajes de egresados, etc., y los padres no delegan su «responsabilidad indelegable de padres» por eso. Autorizan la concurrencia inclusive por escrito, y a tomar las medidas necesarias ante una eventual emergencia. Los padres no pueden hacer la supervisión técnica de cada lugar al que van sus hijos, llámese colectivos, aviones, trenes, boliches, cines, para eso está el Estado. Este sr. se hizo poner a dedo, segundo en la lista de candidatos a diputados, en contra de lo dispuesto por la mayorÃa de su partido, que proponÃa a Fernanda Reyes, con más méritos seguramente que él. Y ni asà resultó electo, porque cada vez que aparecÃa en un debate, perdÃa votos, al igual que la candidata a presidente del mismo partido. Su soberbia, su ignorancia y su superficialidad, no tienen lÃmites. Solo sabe de voley y de tango. Un impresentable total.