¿Quién gana en este ciclo depresivo? ME-O y Ossandón, que tienen en común ser caudillos, tentación en la que también puede caer la Presidenta.
ES CIERTO, todo lo que sube, tiene que bajar. Pero lo de Bachelet es dramático. Pasar, sin escalas, del cielo al infierno, es algo que no estaba en el plan de vuelo. La encuesta CEP de esta semana es lapidaria. La misma medición que la colocó en el Olimpo al final de su primer gobierno, con un 78% de aprobación, hoy la deja casi a las puertas del limbo, con sólo un 38% de apoyo. Pero eso no es todo. Porque el derrumbe no sólo se refiere a su gobierno, sino también a sus atributos personales, algo donde era invencible. Hoy, la mayorÃa de la gente -la misma que la adoraba-, la encuentra lejana, débil, con poca destreza, incluso poco confiable.
Se podrÃa decir que la evaluación que hace la gente sobre su persona sigue los parámetros de un trastorno bipolar. La percepción acerca de ella tiene cambios bruscos, pasando de la euforia a la depresión con una velocidad abismante. En algunos momentos, es la salvadora, para luego, convertirse en el enemigo. En todo esto puede haber factores concretos, pero, sobre todo, hay mucha fantasÃa. No cae en el ámbito de lo racional. Por eso, la lectura de lo que está sucediendo es mucho más compleja. Y peligrosa.
Porque si esto se tratara simplemente de que su gobierno lo está haciendo mal, serÃa la derecha la que estarÃa capitalizando el descontento. Y eso no sucede. La Alianza es igualmente castigada ¿Quién gana en este ciclo depresivo? La respuesta es clara. Marco EnrÃquez-Ominami, que se instala como la persona mejor evaluada del paÃs. Por el lado de la derecha, Manuel José Ossandón. Ambos tienen sólo una cosa en común: son caudillos.
Bueno, el surgimiento del caudillismo en la polÃtica sigue, en cierta forma, los rasgos del trastorno bipolar. Se trata de figuras un tanto mÃticas, que tienden a capturar el descontento, no en torno a un programa, sino a una fantasÃa. Ellos llaman a solucionar los problemas de la gente, sin decir cómo. Con promesas muy ambiciosas, pero sin aclarar si son posibles. Bachelet tuvo algo de eso. La gente la querÃa por lo que representa más que por lo que hace. Pero, ahora, ella se aferró a un programa, en forma tan obtusa que llegó a confundirse con él. El resultado está a la vista. Ya no la quieren.
Por eso, lo que sucede es peligroso. No es claro que cambiar el gabinete y el programa sean la solución. Por eso, la derecha no puede cantar victoria. La cosa parece ir por otro camino, por el de los caudillos. Frente a esto, la pregunta es qué hará Bachelet. Hasta ahora, dice que está dispuesta a inmolarse por su programa, sus ideas. Una situación que ya vivió antes Piñera. Apostar a que todo pasará y tratar de corregir los errores iniciales con un cambio de gabinete y con ajustes menores a su programa. O sea, ser más estadista que caudillo.
Pero no hay que descartar la segunda opción. Que no soporte la falta de cariño -que es muy humano- y se lance en una aventura tipo caudillo, algo que serÃa fatal. En esto, serán los partidos los que tendrán que contenerla. Porque ni la Nueva MayorÃa, ni la derecha ganan con aquello. Este es un problema paÃs. ¿Llegó la hora de los acuerdos?
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ES CIERTO, todo lo que sube, tiene que bajar. Pero lo de Bachelet es dramático. Pasar, sin escalas, del cielo al infierno, es algo que no estaba en el plan de vuelo. La encuesta CEP de esta semana es lapidaria. La misma medición que la colocó en el Olimpo al final de su primer gobierno, con un 78% de aprobación, hoy la deja casi a las puertas del limbo, con sólo un 38% de apoyo. Pero eso no es todo. Porque el derrumbe no sólo se refiere a su gobierno, sino también a sus atributos personales, algo donde era invencible. Hoy, la mayorÃa de la gente -la misma que la adoraba-, la encuentra lejana, débil, con poca destreza, incluso poco confiable.
Se podrÃa decir que la evaluación que hace la gente sobre su persona sigue los parámetros de un trastorno bipolar. La percepción acerca de ella tiene cambios bruscos, pasando de la euforia a la depresión con una velocidad abismante. En algunos momentos, es la salvadora, para luego, convertirse en el enemigo. En todo esto puede haber factores concretos, pero, sobre todo, hay mucha fantasÃa. No cae en el ámbito de lo racional. Por eso, la lectura de lo que está sucediendo es mucho más compleja. Y peligrosa.
Porque si esto se tratara simplemente de que su gobierno lo está haciendo mal, serÃa la derecha la que estarÃa capitalizando el descontento. Y eso no sucede. La Alianza es igualmente castigada ¿Quién gana en este ciclo depresivo? La respuesta es clara. Marco EnrÃquez-Ominami, que se instala como la persona mejor evaluada del paÃs. Por el lado de la derecha, Manuel José Ossandón. Ambos tienen sólo una cosa en común: son caudillos.
Bueno, el surgimiento del caudillismo en la polÃtica sigue, en cierta forma, los rasgos del trastorno bipolar. Se trata de figuras un tanto mÃticas, que tienden a capturar el descontento, no en torno a un programa, sino a una fantasÃa. Ellos llaman a solucionar los problemas de la gente, sin decir cómo. Con promesas muy ambiciosas, pero sin aclarar si son posibles. Bachelet tuvo algo de eso. La gente la querÃa por lo que representa más que por lo que hace. Pero, ahora, ella se aferró a un programa, en forma tan obtusa que llegó a confundirse con él. El resultado está a la vista. Ya no la quieren.
Por eso, lo que sucede es peligroso. No es claro que cambiar el gabinete y el programa sean la solución. Por eso, la derecha no puede cantar victoria. La cosa parece ir por otro camino, por el de los caudillos. Frente a esto, la pregunta es qué hará Bachelet. Hasta ahora, dice que está dispuesta a inmolarse por su programa, sus ideas. Una situación que ya vivió antes Piñera. Apostar a que todo pasará y tratar de corregir los errores iniciales con un cambio de gabinete y con ajustes menores a su programa. O sea, ser más estadista que caudillo.
Pero no hay que descartar la segunda opción. Que no soporte la falta de cariño -que es muy humano- y se lance en una aventura tipo caudillo, algo que serÃa fatal. En esto, serán los partidos los que tendrán que contenerla. Porque ni la Nueva MayorÃa, ni la derecha ganan con aquello. Este es un problema paÃs. ¿Llegó la hora de los acuerdos?
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