ContactoPerder apesta. Esa es la primera impresión.
La victoria opositora fue legítima e inapelable. Sólo corresponde felicitar a los ganadores, y desearles que hagan las cosas bien, ya que en este país vivimos todos.
La segunda impresión es: no es una nueva sensación. De hecho, desde mi primera votación, en 1991, hasta 2003, nunca voté a ganador. Bah, creo que sí voté a ganador en 1997, en la legislativa. Pero fue la única vez, ya que voté en blanco en 1999. El lapso desde 2003 a 2009 fue, en ese sentido, una excepción. Apoyar a un oficialismo, y que éste ganara elecciones, fue una excepción personal y, tal vez, también social.
Por lo que se ve hasta ahora, y con la salvedad de que en Argentina dos años son tres eras geológicas seguidas, volveré casi con seguridad a votar en minoría en 2011. Si nuestro futuro presidente deberá salir de la compulsa entre Macri, Reutemann y Cobos, ninguno contará con mi voto.
Algunas otras ideas, sueltas. Primero, creo que, como dice Martín: el kirchnerismo no comprendió la década del 90. O, mejor dicho, comprendió su crisis, más no su momento de éxito. No comprendió por qué Menem fue reelecto, ni comprendió qué razones tenía la Alianza para no sacar los pies del plato de la convertibilidad en 1999. No comprendió la saudade que había y hay en grandes sectores sociales por un estilo de vida pautado por las jerarquías sociales, el consumo individual, y una idea de progreso asociada con la eficacia empresaria. Y que esta aspiración es compartida, es deseada y, por lo tanto, legítima. En política, lo que existe, será representado, más pronto que tarde.
Este gobierno quiso defender una idea de la política entendida como conflicto, como épica, como movilización, como opciones dicotómicas entre un ellos y un nosotros. Y la sociedad no quiso esto. El kirchnerismo decía “pueblo” y el pueblo, o una parte importante de él, contestó: no somos pueblo, somos la gente. No se comprendió que, si había hambre de pueblo en 2001, no lo había ya hoy. Nadie, salvo tal vez un par de teóricos políticos, tiene hambre de pueblo. No comprender este tipo de cosas no tiene perdón, en política.
Pero, agregaría yo, finalmente el kirchnerismo no comprendió esto porque el kirchenerismo no pudo, o no quiso, comprender a sus propios hijos. Y fueron los hijos del propio orden kirchnerista quienes lo derrotaron en estas elecciones.
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(3)
Tema del traidor y del votante, Mario Wainfeld, Página/12.

Kirchner gana tiempo mientras el peronismo no encuentra la salida, Julio Blanck, Clarín.

El segundo cordón, Enrique Martínez, Página/12.

La realidad y la soberbia, Santiago Kovadloff, La Nación.

Sorpresas en la provincia, Fernando Krakowiak, Página/12.
(2)Pulseadas en el Gobierno por más cambios en el Gabinete, Marcelo Canton, Clarín.

Manzur: “Todavía está en ascenso la curva”, Pedro Lipcovich, Página/12.

No fue sólo el campo, Claudio Scaletta, Página/12.

Ahora, normalizar el Indec, Victor A. Beker, La Nación.

Los cambios económicos que quiere el empresariado, Marcelo Bonelli, Clarín.

Das Neves: “Kirchner usó al PJ y después defeccionó”, Diego Schurman, Crítica.

El capitalismo y el mundo multipolar, Ezequiel Entelman, La Nación.

En el post anterior me preguntaba desde dónde pensar la autocrítica por la derrota del kirchnerismo en provincia de Buenos Aires.
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No iba a decir nada más en estos días, pero el cierre de Provincia de Buenos Aires, indudablemente, nos tiene a todos especialmente atentos, con la certeza de que algo está pasando, aunque no sepamos demasiado bien de qué se trata.
Hace unos días, María Esperanza Casullo se preguntaba qué piensa el votante de De Narváez. Hoy Conurbanos [...]
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