¿Por qué te siguen odiando Néstor?

Recuerdo que el miércoles por la mañana me llamó un amigo con la infausta noticia. Sentí bronca. Ese fue mi primer sentimiento. ¿Por qué carajo te vas a morir ahora? ¿Por qué no te cuidaste sabiendo que eras vital para el proyecto político? Pasaron tres horas y mi bronca no daba lugar a la tristeza que acaeció más tarde en lagrimas que se multiplicaron por miles en los brazos de mis amigos y familiares que iban llegando a casa para no sentirnos tan solos. Pasaron las horas, los días, las marchas, las despedidas. Todo el clamor popular que emergía en la plaza gritaba fuerte “Fuerza Cristina”. La multitud que despidió a Néstor Kirchner echó por tierra la construcción mediática de un país hastiado de kirchnerismo y ansioso de un gobierno “consensual” que viniera a derribar a ese binomio desequilibrado.

Por Recoleta y zonas aledañas se amagaron cacerolazos festivos y una parte de la sociedad festejó en silencio el deceso. Lo que me llevó a reiterar la pregunta que me vengo formulando desde hace años: ¿Por que los odian tanto? ¿Qué han hecho Néstor y Cristina para recibir semejante odio? ¿Por qué los demonizaron tanto, a ella, pero fundamentalmente a él? ¿Era tan despiadado Néstor Kirchner? ¿A quién mató? De nuevo ¿Por qué lo odiaron tanto?

Aquí, intento explorar las dos facetas de ese odio, que en mi concepto, habita en estos núcleos antikirchneristas que en su mayoría deriva de una concepción política que poco tiene que ver con la calidad de su obra de gobierno y se asienta más en el estilo del mismo y en la adscripción política en el que abreva el kirchnerismo. Empecemos por parte:

1) El odio que suscita la figura de Kirchner, por un lado, lo podemos ubicar en el estilo político del ex presidente. Con esto quiero destacar que a partir del 25 de mayo de 2003 los actores políticos, sociales y económicos tuvieron que interactuar con una figura que no se dejó condicionar, ni reducir a ser actor de reparto en la trama política nacional. Desde aquél día, Kirchner mostró sus dientes a todo aquél que intentara restringir los espacios de su acción política. Les plantó un alambrado en el cual estaba inscripto los límites que no podían sobrepasarse. Con ello, generó estupor en las distintas corporaciones que se había acostumbrado a nadar por aguas más clamas y seguras. En este sentido, Kirchner generó el temor propio de lo nuevo, de lo distinto. Es decir, es cierto que el odio deriva también de los intereses que afectó (y fueron varios), pero nada les dolió más a sus enemigos, y desde allí ese odio profundo, que Néstor marcó los límites de hasta donde podían llegar en el condicionamiento a su gobierno. Se encontraron con ese límite y como en el cuento “La casa tomada” de Cortazar sentían que le invadían el hogar todo seguro en el que vivían. Insisto, no fue la calidad de la afectación de sus intereses, fue más el temor a perder ese condicionamiento vital que ejercieron durante las últimas tres décadas, lo que los llevó a estos grupos a odiar la soberbia patagónica.

Como hace décadas no sucedía en el país, habitaba la Casa Rosada un actor que generaba incertidumbre en los principales actores de nuestro país. Y cuando alguien se planta y deja de ser confiable para los que antes se sentían con plena certeza en el morador de la Rosada, emerge la bronca, el odio, el rencor.

Pero llegó, por suerte, esa bendita incertidumbre y con ello, como diría mi amigo el Escriba , llegó (regresó) la política. La centralidad de la política, la incertidumbre, es lo que el Pingüino ofreció como su principal resistencia a los grupos poderosos a los que se enfrentó. Y eso se paga, con el odio de estos, con la envidia de los otros y con el temor de los que décadas atrás se sentían seguros. Y como el odio, al igual que la inseguridad, se extiende, se agita y desparrama, Kirchner se coronó como el principal candidato a recibirlo. Después de marzo de 2008 todo se concentró en él. La opinión pública construida por los popes mediáticos dirigió sus dardos al ex presidente al que constituyeron en el monstruo que no dejaba transitar a la Argentina por el camino de la concordia y el crecimiento. Y tuvieron bastante éxito en la tarea. El problema es que tuvieron un 27 de octubre de 2010 y la construcción se desarmó como castillo de naipes.

2) La otra corriente del odio es más conocida. La camiseta peronista de Kirchner. La que por primera vez y después de ser utilizada para legitimar vergonzosos gobiernos que hacían un culto de la dependencia ante los poderosos, se redimía para rescatar lo más peligroso de la cultura política del movimiento nacional y popular: la capacidad de gestionar el Estado con la mirada puesta en los intereses populares. Esa parte del odio que generó Kirchner se retroalimentaba con la historia de los años 1945- 55. Ese clivaje (o fractura) en que se dividió Argentina en esos años volvía a brotar como flores en la primavera y la cara antiperonista del antagonismo fundamental se hacía nuevamente presente. “Maten a la yegua” se oía en las marchas opositoras, “autoritarios váyanse” clamaban los otros que minutos más tarde enlodaban, en su discurso, una fe republicana de dudosa credibilidad.

Ese nivel de odio que generó Néstor Kirchner tenía un clarísimo tufillo antiperonista. La denigración del sindicalismo peronista, en la figura de Moyano, la defenestración de los intendentes del conurbano y ese odio de clase que se manifiesta siempre que se trata de entender la movilización de los de “abajo” formó parte del menú cotidiano del odio. La figura de Luís D Elia se sumaba plenamente a este sector desacreditado por el conjunto de voces que expresan lo peor del resentimiento antipopular. Sin embargo, ese odio que concitaban las figuras sindicales, piqueteras y políticas se resumían en el aborrecimiento de la figura de Néstor Kirchner que lo concentró todo como agente unívoco de ese desprecio cultural y político. Los barones, los negros, los cabezas, eran todas las partes constitutivas del monstruo patagónico

En estas dos facetas del odio creo entender porque éste se expresó durante estos años. Y siento que la posición política que muchos hemos tenido sobre el gobierno ha variado al compás de la presencia de este odio. Jorge Rivas lo sintetizó de manera notable cuando tuvo que explicar la motivación de su militancia kirchnerista y la explicitó a partir de “los enemigos”. Ese odio, creo, será el principal motor de la defensa de este gobierno que continúa fortalecido en el poder. Ese odio, será el que nos hará más vigorosos y consecuentes en la defensa del gobierno del cuadro político más importante de los últimos treinta años. Ese odio, será la fuente de la que beberán miles y miles de militantes para amucharse, juntarse y defender hasta el final a este proyecto que Néstor Kirchner encarnó desde hace siete años dejando su huella indeleble. Y por esos sueños, que son de muchos de nosotros, rescato esa frase de Kirchner del 25 de mayo de 2003, que sintetiza lo mejor de su presidencia y explica parte de ese odio que nos hará más fuerte: “Formo parte de una generación diezmada, castigada con dolorosas ausencias; me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a las que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada”.

Foto.

Mariano Fraschini : Doctor en Ciencia Política y docente (UBA- UNSAM)

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