Agrofinanzas: del mito gauchesco a la vida real

Recientemente, se abrió una polémica a partir de dos textos posteados por Artemio López en Ramble Tamble. El tema que levantó ronchas fue si corresponde hablar de agrofinanzas.

Olivera, el Abuelo Económico y Mariano T. se alzaron contra ese concepto, con argumentos diferentes.

Olivera, por su parte, tocó un aspecto muy importante, aunque tangencial a la cuestión de la relación agro-finanzas. Sin olvidar que el punto central de toda discusión ha de ser el de atacar al Gobierno, Olivera sostiene que los bancos ganan como nunca. Para el caso, poco importa si ganan mucho o poco, ya que lo decisivo es que los bancos tienen hoy un papel global en la economía muy inferior que el que tenían hasta 2001. Es significativo que recién desde 2005 hayan presentado balances positivos y, entonces, sólo por la natural ampliación de su actividad como parte de la actividad económica en su conjunto. Pero lo decisivo es que los bancos, si bien parte importante, son sólo una parte del capital financiero. El sector financiero privado, como un todo, se ha reducido por efecto de políticas bien definidas: quita de la deuda, reestatización de las AFJP, para dar sólo dos ejemplos. La Bolsa, esa catedral del negocio financiero, muestra a las claras la contracción del mismo.

Por lo demás, la argumentación de Olivera sobre agrofinanzas no difiere mayormente de la del Abuelo y Mariano T. Básicamente, la idea es que todas las actividades económicas requieren del crédito, es decir, del recurso al capital financiero. Por lo tanto, es tan poco pertinente hablar de agrofinanzas como de “industriofinanzas” o “construcciofinanzas”. Su segundo argumento es que la especulación financiera sobre los mercados de commodities agrícolas (que se dio con especial intensidad entre julio de 2007 y julio de 2008, ante el colapso del mercado hipotecario de los Estados Unidos y de los fondos de colocaciones y de pensiones) no constituye agrofinanzas, ya que los especuladores viajan eternamente de unos a otros mercados, en busca de su libra de carne “cortada lo más cerca del corazón”. 

Olivera, el Abuelo y Mariano T. tienen razón. Si el verdulero que está a media cuadra de donde yo vivo cambia su vetusta camioneta por otra que paga en cuotas, obviamente estará usando crédito cuando traslada los cajones de frutas y verduras, pero eso no autoriza a hablar de “verdulerifinanzas”. Pero esa cuota de razón que hay que reconocerles oculta una trampa enorme. Si la intervención del capital financiero se limitara al otorgamiento de crédito o a la especulación sobre mercancías ya producidas, sería indiferente que su actividad se realizara sobre la producción agrícola, industrial, de la construcción, del comercio o del transporte.

Agrego, de paso, que también es cierto que el ciclo de circulación del capital (desde la contratación de la mano de obra y adquisición de máquinas e insumos hasta la venta de las mercancías producidas) atraviesa momentos en que es necesario recurrir a dinero prestado que, finalmente, recibirá en la forma de intereses una parte de la ganancia de la empresa.

Pero los financistas (banqueros o no) no se autolimitan a ese papel. Es un fenómeno estudiado desde el último cuarto del siglo XIX que los banqueros comenzaron a operar como aglutinadores y directores de sectores enteros de la producción. Un siglo más tarde, toda suerte de empresas financieras (incluidos los bancos y, en especial, la banca de inversión) pasaron a actuar de esa misma manera, pero en escala mucho mayor y extendida al conjunto de la economía mundial.

Será entonces legítimo considerar como parte de las finanzas a aquellos emprendimientos en que los financistas toman parte, no exclusivamente como prestadores ocasionales de dinero, sino como aglutinadores y directores de los factores que participan en el proceso de producción, transporte y distribución de los productos.

Tomemos un ejemplo sencillo, ajeno al agro. Un banco, un fondo o un conjunto de poseedores de dinero compran terrenos, contratan estudios de arquitectura y de ingeniería, empresas constructoras e inmobiliarias y levantan un barrio privado de lujo, con instalaciones para supermercado, cines, centro de compras. La venta de las propiedades (viviendas y comerciales) queda en manos de los que pusieron el dinero original, descontados los pagos a las empresas contratadas. En este caso, la construcción está subordinada al negocio financiero.

Un pool de siembra funciona con una lógica semejante. Cualquiera que sean las ilusiones que se hagan los propietarios de tierras, los empresarios rurales y los contratistas sobre su propia independencia, su papel es de auxiliares necesarios para la realización del negocio financiero de los dueños del capital-dinero. Podrá decirse que Grobocopatel, por ejemplo, prescinde mayormente del empresario rural: Esto significa simplemente que asume el doble papel de financista y empresario, siendo el primero la fuente fundamental de su poder y de sus ganancias. Los financistas de los pools pueden ir desde entidades financieras hasta un grupo de comerciantes y profesionales locales. Basta que tengan la plata para poner en marcha el negocio.

Primer mito gauchesco: el productor que trabaja el campo con su familia, imagen bucólica alejada de lo que es el grueso del negocio agrario de estos días, particularmente el de los granos. La ampliación de la frontera agrícola no se hace con familias Ingalls.

Otra imbricación del negocio agrario con el financiero es el de lo que en otros tiempos se llamaban acopiadores y ahora usan el nombre más sonoro de exportadores. Por volumen de operaciones se destacan las multinacionales (Bunge, Dreyfus, ADM, Nidera, etc.) que cuentan con la estructura, el dinero y las conexiones internacionales para hacerse cargo de contratar el transporte y concretar las ventas. Su negocio es básicamente financiero, aunque también sea comercial y puedan tener agroindustrias como rama subordinada. (Hay una organización de cooperativas que también opera en exportaciones, pero ocupa un lugar decididamente secundario respecto de las multinacionales.)

Segundo mito gauchesco: los productores pagan retenciones. Falso. Los productores no pagan retenciones. Toda la producción que va al mercado interno está exenta de retenciones, que se aplican sólo sobre lo exportado. Los que pagan las retenciones son las exportadoras. Ellas son las que descuentan las retenciones a los empresarios agrícolas, con la doble ventaja de descargar sus costos y de desviar el descontento del “campo” hacia la “voracidad estatal”.

El control de las exportaciones implica el predominio del capital financiero sobre la producción agrícola. Cuando el Gobierno presentó una denuncia judicial contra las exportadoras por evasión de retenciones por 1.700 millones de dólares, no hubo protestas de los empresarios agrícolas ante el hecho de que las multinacionales se habían embolsado las retenciones que les descontaban a ellos. Un signo claro de su subordinación, económica, política e ideológica al capital financiero del comercio internacional de granos.

No se ve, por lo tanto, que agrofinanzas sea una expresión desacertada, como claman sus críticos.