Coyuntura

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Escribimos Mariano Fraschini y Nicolás Tereschuk.

 

De un tiempo a esa parte, la oposición partidaria, mediática, económica  y política advirtió que existen grandes posibilidades que el oficialismo gane la elección de octubre de 2015. Las declaraciones de algunos de sus candidatos apuntan a que a pesar de todo lo malo que es y representa el Frente para la Victoria, tiene un piso (un electorado fiel, diríamos los politólogos) que alcanzaría el 30%. Una economía que se mantiene estable, sumada a un peronismo que se presenta bastante unido para la recta final electoral -están las deserciones de gobernadores, como los muy especiales de Córdoba y San Luis y un grupo de intendentes que se ha reducido-, serían dos de los puntos salientes que le permite a la oposición pensar en que una nueva derrota los espera en el horizonte. Desde allí que ya salieron los coros mediáticos a lanzar la idea de la unidad a toda costa del arco opositor, que incluye bajadas de candidaturas y alianzas lo más amplias posibles.

Cuando íbamos armando este breve texto de coyuntura recordamos lo difíciles que fueron para el oficialismo algunos meses de 2013 y 2014, así como aquel tramo desde enero hasta marzo de 2015. Lo contrastamos con la relativa estabilidad política y económica actual que se expresa en múltiples aspectos. La coyuntura, es cierto, entusiasma a quien considera que el actual oficialismo tiene capacidad desplegar, en general, políticas públicas más efectivas, más adecuadas, que la oposición.

Conviene siempre entonces parar la pelota y aprovechar para poner en este párrafo todos los “peros” para que queden bien claros. La democracia argentina es una en la que la oposición puede ganar en ciertas coyunturas y si hace las cosas bien.  El escenario de “ya ganamos” no es bueno para ningún partido político. Menos aún para el oficialismo, que suele tener mejor desempeño con poco margen que con amplias posibilidades de despliegue. ¿Algún sector de la oposición juega también a administrar ese bálsamo anestesiante al oficialismo? La campaña todavía no ha comenzado formalmente. Es esperable que la oposición político-corporativa se juegue alguna ficha. ¿Vendrán los oscuros carpetazos y tendrán tus ojos?  ¿Qué pasa si cambian para mal -queda poco tiempo pero siempre es bueno estar prevenidos- las condiciones socioeconómicas en los meses que quedan?

Y aún así… y aún así…

Vayamos por partes para entender algunas encerronas en que se encuentra el antikirchnerismo en la actualidad:

  • Para ganar la elección presidencial, la Constitución Nacional estipula superar el 45% de los votos válidos. O, como segunda opción, superar el 40% y sacar una diferencia superior al 10% al segundo. Una simple aritmética muestra que si la oposición presenta dos candidaturas electorales, el oficialismo tiene posibilidad de ganar con la segunda opción. Tampoco sería atrayente para el antikirchnerismo presentar una sola alternativa ya que podría pasar que eso acercara al gobierno a ganar con la primera opción. Un ejemplo de la primera variante sería FPV: 41% PRO 30% FR 20% y otros 9%. Un ejemplo de la segunda sería FPV 47% PRO-FR 44% otros 9%. Es decir, las estrategias opositoras en el plano numérico confrontan contra una situación que, a priori podría ser poco promisoria.
  • Esta cuestión numérica se sostiene en 1) el volumen de voto propio del Frente para la Victoria, que parte de un piso del 30% según todos los estudios (los creíbles y los de los otros); 2) Que el votante de Massa ya se encuentra abierto a votar a un candidato peronista y de no estar entre las opciones el líder del Frente Renovador no se traslada de manera directa a la boleta del PRO; 3) Que el sistema electoral local no cuenta el voto en blanco, ni el nulo, por lo que la simple matemática hace subir los porcentajes de todos los candidatos, haciéndole la vida más fácil a los que puntean la elección, 4) sumado a esto, de las casi 50 elecciones ejecutivas entre nación y las provincias desde 2007 sólo en dos se cambió el color político: ergo -en ciertas condiciones que los oficialismos deben esmerarse en garantizar- el electorado suele ser conservador a la hora de elegir los ejecutivos.
  • La otra alternativa opositora es “bajar” a uno de sus candidatos a la Provincia (con o sin boleta enganchada a la presidencial) con el objetivo de evitar que el kirchnerismo gane en primera vuelta. Los ejemplos históricos de “bajadas” de nación a provincia no necesariamente habilitan a pensar en triunfos de aquellos que vieron el territorio seguro. Prueba de ellos nos da la candidatura de Graciela Fernández Meijide, ganadora de la parlamentaria de 1997, perdedora de la interna presidencial y luego nuevamente derrotada en la provincia en 1999.  Dirán que aquel que la “bajó” sí ganó, je. Pero el que tiene que bajar, lo piensa más de tres veces.
  • Otro problema que tiene la oposición y que los lleva a la desesperanza en esta coyuntura es que se les dificulta encontrar un candidato que “caprilice” su discurso. Venimos escribiendo que las oposiciones sudamericanas ensayan en algunas ocasiones, cuando se encuentran ante oficialismos relativamente sólidos, una estrategia similar a la del venezolano Hernán Capriles en los comicios de 2012. En aquella ocasión al opositor le fue bastante bien planteando que no era “oposición” sino “solución”, ablandando sus diferencias con el oficialismo, planteando que mantendría una serie de políticas de probada popularidad. Las propuestas opositoras parten aquí de que “este modelo está agotado” y “que la sociedad pide cambio, no continuidad”. A pesar de que Sergio Massa fue durante un buen tiempo (y con éxito) quien se ubicó en esa vía, sus posicionamientos políticos, internacionales y sociales de los últimos meses lo alejaron de esa perspectiva y lo llevaron a los brazos de la derecha local y regional, de la que hoy parece querer salir agarrándose una vez más de la “avenida del medio” con su eslogan “el cambio justo. Queda claro que Mauricio Macri por más que se esfuerce -que trata, trata, al prometer mantener el Fútbol para Todos, no reprivatizar YPF ni Aerolíneas, ni plantear la vuelta de las AFJP o hacer que su partido vote a favor de la nacionalización de los ferrocarriles- no aparece en la opinión pública como el candidato que quiere “mantener lo bueno y cambiar lo malo”.
  • El problema real que tiene la oposición es que a 3 meses de la PASO y a 5 de la presidencial no encuentra una estrategia exitosa que le permita ser ganadora en ambas elecciones. Y a esto no hay que encontrarle muchas más respuestas que la centralidad política de Cristina Kirchner. Supongamos que no creemos en ninguna encuesta de imagen pública que muestra que la mandataria, a pocos meses de finalizar su turbulento mandato cuenta con más aprecio de su población que sus vecinas Michelle Bachelet y Dilma Rousseff y varios de sus otros colegas. ¿Por qué entonces ningún precandidato presidencial opositor la nombra para atacarla? ¿Por qué los dos precandidatos del oficialismo hacen profesión de fe en sus discursos? El apuro del “círculo rojo” por encontrar el candidato que derrote al oficialismo choca contra la alternativa concreta de materializarlo en la realidad.
  • Esta desesperación por derrotar al kirchnerismo hace cometer errores a los dirigentes o estrategas de la oposición. Al no comprender que la sociedad -o, lo que se necesita para ganar una elección nacional, una cierta primera minoría- no visualiza al gobierno como un ente extraño ajeno a la cultura política nacional (más bien lo contrario) se enfrasca en operetas berretas que lo salven en el último minuto de la derrota (Kicillof cobra lo que no cobra, el hijo de la Presidenta tiene una cuenta que no tiene, Horacio Verbitsky -quien, ay, además no gusta de ningún precandidato oficialista- escribió lo que no escribió-). Asimismo, esa estrategia los obliga a inventar candidatos (y a tirar a la basura a otros según la coyuntura) que por arte de magia los ubique arriba en la pole position.
  • Desde allí que como comentamos hace un año,  la “caprilización” es más probable que surja del universo oficialista. Y esto, lógicamente, potenciaría las chances el candidato que exprese este mix de cambio y continuidad y sea creíble para el electorado. Aquí Daniel Scioli tendría casi todas las fichas del juego, ya que Florencio Randazzo estaría estratégicamente más “atado” a la continuidad y a la reivindicación de las políticas del gobierno, las cuales continúan teniendo un valor imposible de llevar a números para una gran parte de la sociedad argentina. Sin embargo, cuando llegue el final del camino en esta campaña, los argentinos terminaremos de asumir que el próximo presidente no se llamará “Kirchner” y que Scioli o Randazzo podrán efectivamente decir o dar a entender que en algo son -porque sí son los dos- distintos a la Presidenta.
  • Hemos escrito que, odiada por ejemplo en la Recoleta y querida al mismo tiempo en el Norte del país, la gestión de Cristina no ha sido cualquier tipo de administración. Contó con el rechazo casi permanente de las principales cámaras patronales. No tuvo empacho en ir a contramano de cuanta regla hayan planteado “los mercados” (caso fondos buitre). Optó por realizar acuerdos económicos internacionales rechazados por los Estados Unidos. Se paró en la línea que va de (San Martín), Rosas, Yrigoyen, (Alfonsín), Perón, más que cualquier otro político de su generación. Soportó todo tipo de ataques personales.  Todo esto no puede ser olvidado cuando se habla de esta coyuntura de sucesión . Esto no ha sido un paseo por el parque.
  • El impresionante viaje que ha realizado el Boeing que pilotea Cristina ha iniciado el descenso sobre el aeropuerto del 10 de diciembre. Después de meterse de nariz en unas turbulencias nunca vistas en décadas, este viaje está por terminar y el avión no se ha roto. La Presidenta -novedad que intentó ser refutada por los analistas al menos desde 2013 para acá- quiere que el Frente para la Victoria gane las elecciones. Su futuro político se juega, en parte, en ponerle la banda a otro peronista. Y esto es así. No se equivoquen. La presidenta entra con esa tarea en la Historia grande del país.
  • Vamos al pasado reciente. La reforma constitucional, dicho por Cristina en Harvard, en la Argentina se logra sólo por pactos, debido a las mayorías requeridas. En la Argentina, un país del Cono Sur, una reforma constitucional no se pechea. Bien ¿Hubiera sido posible colocar, después de doce años de refriega y refriega y refriega casi diaria, a un “delfín” absoluto en la boleta presidencial de 2015? Difícil. ¿La ocasión estuvo? ¿Pasó la oportunidad? Sin ir más lejos, Juan Domingo Perón, el creador de todo esto, hizo aquí de “Padre eterno” y los “bendijo a todos” para lograr la nada despreciable situación de ubicarse por encima de la totalidad hasta el fin. Sin herederos, claro.
  • La “dilmización” de la sucesión política se ha demostrado como una operación difícil en Sudamérica. Lula le “transfirió” su popularidad a Dilma en 2010, cuando la recuperación de la crisis internacional de toda la región alcanzaba unas velocidades hermosas. Hugo Chávez “transfirió” el poder a Maduro sólo ante su inminente muerte. Rafael Correa y Evo Morales no lo logran. Los presidentes peruanos no reeligen y se van con un dígito de apoyo popular. En Brasil se habla de Lula 2018 (no hay otro recambio). En Uruguay debió volver Tabaré y con Pepe Mujica candidato a senador. En Chile, el sistema tuvo que gastar la “bala de plata” de Bachelet porque no hay “otro” no ya en el oficialismo trasandino: en todo el espectro político. En Colombia, Uribe dejó a Santos que hizo todo lo contrario en su accionar contra la guerrilla. No es fácil la cuestión del liderazgo presidencial en nuestras latitudes.
  • Si “el moderado” argentino, si el “Capriles” argentino puede salir de adentro de las filas del oficialismo eso no deja de ser un problema para el “kirchnerismo emocional”. No puede negarse. Sin embargo, nadie hace “lo que quiere” en política. Si gana el FPV el sucesor de CFK no será un “puro”. Pero hará “profesión de fe”. No será “un puro” pero reivindicará “lo hecho” y dirá que irá “por lo que falta” desde adentro y sin sacar los pies del plato. Desde ya -basta ver la foto del Congreso Nacional del PJ-, ahí está el 95 por ciento de lo que es “el oficialismo” aplaudiendo y entusiasmado en este ida y vuelta con Cristina en mayo de 2015. Como si eso fuera una pavada de lograr ¿no?. Una frase que ilustra puede ser aquella de Juan Perón: “Algunos creen que gobernar o conducir es hacer siempre lo que uno quiere. Grave error. En el gobierno, para que uno pueda hacer el cincuenta por ciento de lo que uno quiere, ha de permitir que los demás hagan el otro cincuenta por ciento de lo que ellos quieren. Hay que tener la habilidad para que el cincuenta por ciento que le toque a uno sea lo fundamental”. Y “lo fundamental” para Cristina es llevar a buen puerto este barco del país y de su partido.
  • En ese contexto, para más precisiones, podemos decir que esta interna del Frente para la Victoria guarda un equilibrio muy particular. El “baño de humilidad” corrió para los precandidatos que planteaban casi que la pura continuidad. Los que quedaron expresan un cierto “centro”. “Centro” que no le es extraño al kirchnerismo en los años de elecciones presidenciales. Busquen en los archivos cuántos conflictos “heroicos” buscó realizar el kirchnerismo en 2007 y 2011. ¿Cuando “Cristina, Cobos y vos”? ¿Cuando “La fuerza del amor”?
  • A la vez, este “centro” es distinto del de hace diez años. Aquí no se puede reprimir la protesta social, quitar los planes sociales, echar para atrás los juicios por delitos de lesa humanidad, entablar relaciones carnales con los Estados Unidos, emprender una ola reprivatizadora. es decir, ya existe un piso desde donde no es tan fácil convencer a la sociedad de “ir para atrás”. En ese marco, los precandidatos presidenciales oficialistas, insistimos, en lo discursivo hacen profesión de fe. También buscan seducir -tienen herramientas- a un electorado que está “más allá”. Mezclan continuidad y cambio. Tienen, por tanto, chances.
  • Hablemos, en este contexto, puntualmente de Macri. Mauricio, no viene cumpliendo con algunas premisas que lograron Alfonsín y De la Rúa, los dos candidatos no peronistas que llegaron al sillón de Rivadavia. Lidera su partido pero no tiene “un representante en cada pueblo”. Hasta hace pocos días participó -aún para decir que no cambia de caballo- en debates sobre cuál será la alianza electoral que inscribirá, cosa en la que no pensaba la lista 3 de Alfonsín, ni la Alianza, que se selló dos años y medio antes de la elección nacional. Por el momento, Macri no marca la agenda política. Buscará hacerlo si triunfan Del Sel (Santa Fe) y Aguad-Baldassi (Córdoba). Pero -prueba de la “legimidad segmentada” de la señora Carrió mediante- sabemos que lo provincial no define directamente lo nacional. Volviendo en el tiempo, Alfonsín denunció el pacto militar-sindical en abril de 1983 y trazó una raya en la elección. Y cuando ya somos junio ¿Y Mauricio?
  • En ese marco, Cristina todavía tiene para subir en la consideración pública. Y tiene como herramienta la posibilidad de ir en alguna boleta “honoraria”. Para reforzar esta idea, diremos que hay una parte de la sociedad que todavía no cayó en que Cristina se va. Se va. ¿Te parece la mejor que hubo? Se va ¿Te cansaste de su tono de voz? Se va. ¿Te cansaste de los discursos? Se va. ¿Ya te habías aburrido? Se va. ¿No viviste o no te acordás de los presidentes que había antes de Kirchner? Se va. ¿Había presidentes hombres antes de ella? Se va.  Ah. Y… no era tan mala… viste cómo era, eh… qué carácter y esos discursos… Bueh. Se va… Chau. Nos vemos pronto.

 

Foto.
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