Cuando la calle gana

Ahora que está de moda hablar de #derrotasculturales quizás resulte interesante hacer un repaso por aquella que es para mí la crucial modificación que parió el proceso político encabezado por el kirchnerismo en términos de transformación cultural: la apropiación de la calle ya no como exclusivo espacio de protesta, lucha o épica resistencial.

La inflexión, claramente, se produce con la derrota de la 125. Esos días de afiebrada movilización militante fue el último acto de un espacio político que, puesto contra las cuerdas, debía reafirmar o incluso – tal cual es mi hipótesis- constituir su propia identidad. Entonces, así como la 125 parió el kirchnerismo realmente existente, un kirchnerismo que se asumía como una minoría intensa pero batalladora, podemos decir que a partir de ese momento se genera un movimiento dialéctico novedoso entre la conducción política, la militancia y –aquí la riqueza- importantes sectores de la propia sociedad. Por un lado, el asumir que había que generar espacios discursivos propios, al margen de los dispositivos tradicionales de constitución de opinión pública. El fenómeno 678, hoy quizás puesto en discusión, es hijo dilecto de esa etapa.

Pero en paralelo nace lo que luego decantaría en un viraje sorprendente por lo inesperado. Un viraje que excede un cambio en los “métodos” o “modales”. Que va más allá de algo que –en las sociedades posmodernas como las que habitamos- es extremadamente difícil ir: se fue más allá de la “comunicación”, entendida ésta tal como la entienden aquellos que no entienden de política comunicacional o, mejor aún, de comunicación política. Me refiero a aquellos que conciben la comunicación exclusivamente como la relación que se establece con el periodismo o los medios tradicionales.

Bueno: no. El gobierno hizo, macerado en 2009 y puesto en juego en 2010, un cambio integral de visión, acción y reacción en los modos de comunicar, claro, pero en algo que va más allá: el cambio se dio en los modos de relacionarse con la sociedad y en la forma de interpelar a la misma (un paréntesis: ¿conscientemente?, ¿fue un plan finamente estudiado? O, fue, sencillamente, una expresión más de lo que el kirchnerismo es en otros campos: la primacía de la política por sobre las herramientas para ejecutarla, sea esta la economía, la diplomacia o, ejem, la comunicación. Ya saben lo que pienso. Y cierro el paréntesis).

Hay varios momentos que ejemplifican este cambio en toda su extensión: la celebración del Bicentenario en la 9 de julio y en decenas de ciudades de nuestro país, la conmemoración del 25 de Mayo o los festejos por la Democracia y los Derechos Humanos del 2010, la realización de la muestra de Ciencia, Arte y Tecnología Tecnópolis durante 2011.

Todas estas expresiones fueron una gigantesca plataforma comunicacional multidimensional. Y es multidimensional porque integra pero al mismo tiempo excede las mediaciones propias de los medios masivos de comunicación para convocar de modo directo a la sociedad. Y convocarla desde un lugar donde lo que se busca transmitir son valores (e ideología, claro que sí) antes que partidismos o intereses sectoriales. El gobierno hizo una apuesta de fuste cuando decidió salir –al menos en estos ejemplos que aquí describo- de una lógica populista, entendida esta como la necesaria conformación de un otro, un otro adversario en un campo agonal. Salió, como de los laberintos, por arriba. Y convocó a la unidad, a los festejos, al disfrute, a la educación,  a revalorizarnos como sociedad y como Patria, a construir un futuro en común. La oposición, perdida, desorientada, no supo o no quiso o no pudo leer este golpe de timón.  Y se quedó en las trincheras de una guerra que, por fuera de la esfera de los poderes políticos o los poderes económicos, nadie quería pelear.

Y lo que surgió de esas operaciones políticas (¿de manera dialéctica? ¿el gobierno leyó una sociedad dispuesta? ¿la sociedad entendió la convocatoria del gobierno y acompañó? Misterios de la semiosis social) fue un novedoso modo de apropiarse del espacio público. La calle, el lugar prohibido durante la dictadura; la calle, el espacio de las grandes protestas sindicales, sociales y políticas de los 80´s y los 90´s; la calle de los asesinatos de militantes populares en la crisis del 2001; esas mismas calles, decimos, fueron apropiadas ahora de manera multitudinaria de un modo diferente: celebratorio, orgulloso de pertenecer a una identidad nacional colectiva, más allá de las banderas partidarias.

Por supuesto, que esto haya sucedido de este modo no es ajeno a la mejora concreta y relativa de las condiciones económicas de gran parte de la sociedad  desde el 2003 hacia aquí. No jodamos: sin guita en los bolsillos no hay celebración que aguante. Pero tampoco dejemos de decir: aunque tengas guita en los bolsillos alguien tiene que servir la mesa en donde te convidan a enorgullecerte de pertenecer a una Patria.

Párrafo aparte para algo que debiera ser analizado en profundidad por sociólogos y becarios doctorales: los millones de participantes en estos eventos (sólo entre Bicentenario en CABA y Tecnópolis hablamos de 10 millones. Diez palos. Tomá mate) conforman algo más que una masa. La emergencia de nuevas tecnologías y dispositivos de comunicación parecieran generar un nuevo tipo de “movilizado”: va con la masa, sí, pero se saca su foto para mostrar “que es él” y la sube a Facebook y la tuitea y se la manda por mail a un amigo. Se constituye en sujeto. Es, en tanto tal, un sujeto participante de cualidad diferente al tradicional conocido de otras épocas de movilización popular.

En síntesis: lo interesante de este proceso es que suma una dimensión a la apropiación del espacio público por parte de las mayorías populares. No niega ni clausura las otras -las reivindicativas, las demandantes, las luchas-, pero suma. Y cómo.

Y carajo, sabrán permitirme: qué orgullo el granito de arena en el médano de todos.

Mendieta : De chiquito, Mendieta no quería ser bombero ni policía. Soñaba con ser basurero. Ir colgado, como un superhéroe, del camión. Despúes se las ingenió para ser y hacer muchas cosas, todas más interesantes que lo que terminó siendo: un Licenciado en Comunicación, algunas veces como periodista, otras como funcionario público. Sus únicas certezas son su sufrimiento racinguista, la pasión por el mar y cierta terquedad militante. Todo el resto puede cambiar mañana. O pasado.