Desde las tripas

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¿Nos gusta ser comentaristas de la realidad? No. Nos gusta transformarla ¿Por qué? Porque creemos que la realidad es, casi esencialmente, injusta. Porque no nos gusta que haya injusticias sociales, porque no nos gusta que haya algunos que tienen mucho y muchos que tienen poco y cosas así de evidentes que de tan evidentes perdemos de vista.

¿Cómo nos gusta cambiar esa realidad? A través del único modo que conocemos en democracia: la lucha política. Amamos la política al punto tal de sufrirla. Y la amamos porque no tenemos otra cosa para enfrentar a los poderosos, sean del poder que sean. Es nuestra única arma, donde todos valemos igual. Quizás sean las urnas el único lugar donde realmente valemos todos lo mismo. Por eso la amamos.

¿Nos gusta que en nombre de esa voluntad de cambio haya esquemas de corrupción como el que se evidencia con López? No. No nos gusta. Porque esos casos de corrupción lo que hacen es, precisamente, ayudar a destruir una de las posibilidades de cambiar la realidad.

¿Es una excusa válida decir que hay que robar para hacer política? Sí y no. Sí, porque en algún momento tendremos que debatir seriamente las necesidades de financiamiento para hacer política en nuestro país. No alcanza con decir que está mal robar si además no discutimos cómo financiamos el accionar de los partidos políticos en democracia. No es excusa, porque vas quedando preso, precisamente, de aquellas cosas de las que tenés que estar liberado si querés hacer política en favor de los sectores populares: los condicionamientos de los poderosos (esta es otra obviedad: un pobre no te puede coimear nunca. El que te coimea te coimea porque va a tener una ganancia que si no te coimea no tendría. Nadie coimea para perder plata, si no para ganarla). Puteenmé, me la banco. Cualquier pelandrún es capaz de opinar de que está mal robar. Hasta un nene de jardín de infantes sabe que está mal. Incluso los nenes de jardines de infantes cuyos papás y mamás evaden impuestos, coimean policías o tienen en negro a sus mucamas.

Sigamos.

¿Los hombres son más importantes que las ideas? Nunca. Ni siquiera los mejores hombres. Ni siquiera las mejores mujeres. Los hombres y mujeres que orgullosamente nos definimos política e ideológicamente como pertenecientes a los sectores populares, luchamos por defender y ampliar los derechos de esos sectores y esos valores, lo sabemos. Y lo sabemos porque hemos sido usados y engañados miles de veces. Y muchas veces más volveremos a serlo. Y somos usados porque creemos. Pero preferimos mil veces ser usados en nombre de esos valores que dejar de creer que podemos cambiar la realidad que nos duele.

¿Nos gusta ser usados? Para nada. Nos hace hervir la sangre. Pero con la sangre hirviendo decimos: no nos quebraron ni los asesinatos, ni las persecuciones, ni las traiciones, ni las derrotas, ni los engaños. No nos quiebra la realidad, esa realidad tan dolorosa que por eso mismo queremos cambiar.

Y vamos a seguir luchando por todas aquellas cosas en las que creemos con la cabeza y, sobre todo, con el corazón. Y en esa lucha nos seguiremos llevando puestos a los traidores, a los que nos engañan, a los que nos usan, a los que nos defraudan. Y nos los vamos a seguir llevando puestos porque la causa popular es mucho más trascendente que cualquier tilinguería propia de los que aman más al dinero que a las personas. Y porque sabemos que somos más ambiciosos que ellos. Porque lo que ambicionamos es inmensamente más grande, más hermoso, más sensible: la felicidad de nuestro pueblo, que es nuestra propia felicidad.

En medio de la bronca, del dolor y el desconcierto, solo algunas certezas desde las tripas: no nos vamos nada, no dudamos de lo que creemos, no nos van a quebrar.

Ahora sí, discutamos todo lo que quieran.

 

: De chiquito, Mendieta no quería ser bombero ni policía. Soñaba con ser basurero. Ir colgado, como un superhéroe, del camión. Despúes se las ingenió para ser y hacer muchas cosas, todas más interesantes que lo que terminó siendo: un Licenciado en Comunicación, algunas veces como periodista, otras como funcionario público. Sus únicas certezas son su sufrimiento racinguista, la pasión por el mar y cierta terquedad militante. Todo el resto puede cambiar mañana. O pasado.