Encender la noche. Democracia, cultura y sociedad en tiempos de avanzada conservadora (Parte II)

Por María Soledad Segura y Anna Valeria Prato

 

(Segunda parte del artículo publicado aquí)

  • La regresión y las resistencias

En 2015, con los cambios en los gobiernos de la región, los Estados rediseñaron políticasculturales y las organizaciones, sus prácticas de producción cultural y estrategias de incidencia en políticas públicas del área.

En Brasil, en 2016, luego de la destitución de la ex presidenta Dilma Rouseff, la presión de las organizaciones y artistas del sector logró que se diera marcha atrás con la decisión de degradar el Ministerio de Cultura al rango de secretaría dentro del Ministerio de Educación, pero, en 2019, el nuevo presidente electo, Jair Bolsonaro, eliminó definitivamente, entre otros 11 ministerios, el Ministerio de Cultura. En sentido contrario, en México, durante el también flamante gobierno de Manuel López Obrador, este mismo año se creó el Programa Cultura Comunitaria: “Una estrategia integral en la que, por primera vez, participarán diversas instancias del Gobierno Federal, los gobiernos estatales y locales, la comunidad artística e incluso la inciativa privada”. En tanto, en otros países como Costa Rica, donde hubo continuidad en el signo político de la gestión de gobierno, se ratificó la Política Nacional de Derechos Culturales que había sido aprobada en 2013 como política de Estado.

En este contexto, referentes de organizaciones de Cultura Viva Comunitaria de México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá y Ruerto Pico ampliaron redes preexistentes, como la Red Maraca que pasó a ser Marca: Tejido Mesoamericano de Culturas Vivas Comunitarias, que buscará fortalecer los procesos de base en la región (Iberculturaviva, 2018). Se ratifica también la realización de Congresos y encuentros nacionales, regionales y latinoamericanos como estrategia de construcción o consolidación de organizaciones y redes tanto hacia el interior de los países, como el Tercer Congreso de Cultura Viva Comunitaria (Quito, Ecuador, 2017).

En la Argentina, desde 2015, la nueva gestión de gobierno modificó sustancialmente la orientación de las políticas culturales. Se presentó, por ejemplo, el  proyecto de la Ley Nacional de Desarrollo Cultural (2016), que implementaría el modelo de mecenazgo; intervenciones en el Instituto de Cine y Artes Visuales (2017); desfinanciamiento; despidos en espacios culturales y aumento de importaciones en el rubro editorial. (Segura y Prato, 2018) Ante el desfinanciamiento generalizado de los espacios culturales, se conoció que el gobierno nacional acepta programaciones de las Embajadas y consulados de países extranjeros. Se buscó también “deskirchnerizar” espacios como el Museo Casa Rosada (ex del Bicentenario), el CCK (ex Centro Cultural kirchner), o Tecnópolis. En 2018, se desjerarquizó el Ministerio de Cultura que pasó a ser Secretaría dentro del Ministerio de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología.

En tanto, en 2016,  se puso en marcha la Línea Arte y Transformación Social en el Fondo Nacional de las Artes focalizada en la inversión de la creación artística para la contribución en causas públicas priorizadas por Presidencia de la Nación (Sanguinetti, 2018) y se creó el Consejo Cultural Comunitario de Argentina y la Comisión Nacional de los Puntos de Cultura. La Comisión Nacional de Puntos de Cultura y el Consejo Cultural Comunitario son instituciones estatales participativas muy nuevas, creadas durante esta gestión de gobierno. No obstante, el proceso que hizo posible su constitución se vincula con un trabajo de largo aliento de organizaciones de la sociedad civil, en particular, del movimiento de Cultura Viva Comunitaria. (De la Iglesia, 2018)  Si bien estos podrían haberse considerado avances en el fomento a la cultura comunitaria y a las instituciones estatales participativas de formulación de políticas culturales, se le redujo el financiamiento progresivamente hasta llegar a 0 en el presupuesto 2019 al Programa Puntos de Cultura. De este modo, reiteraron la estrategia de no cerrar instituciones ni programas, pero sí desfinanciarlos hasta convertirlos en cáscaras vacías sostenidas apenas por la voluntad militante de sus funcionarios/as/es y empleados/as/es.

En el país, a pesar de que muchas organizaciones de la cultura comunitaria identifican que están obligadas a volver a atender cuestiones vinculadas a la subsistencia (comedores, emprendimientos ocupacionales, problemáticas ambientales) y se reconfiguran en función de tareas más cercanas y cotidianas que fortalecen el entramado próximo y local (Prato, 2018), se evidencia la importancia de colectivizar necesidades para poder encontrar alternativas junto con otres. Así, frente a las medidas que perjudicaban abiertamente a la cultura y la comunicación, muchos colectivos culturales se nuclearon en nuevos espacios de articulación o revitalizaron los pre-existentes. Por ejemplo, desde 2018, se vienen realizando encuentros periódicos en distintas provincias de redes, colectivos y grupos culturales en vistas al Cuarto Congreso Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria que se hará aquí en 2019. Otros colectivos nacionales retomaron estrategias del periodo anterior, como  el Movimiento Nacional por la Ley de la Danza que en 2016 volvió a presentar su proyecto de ley en el Congreso, y el Frente de Artistas y Trabajadores de la Cultura que lo hizo en 2017.

 

3) Principios y líneas de acción

El reto mayor que plantea la reacción de derecha en la política contemporánea en América Latina es la defensa de la democracia, la justicia y los derechos humanos. Confrontar este conservadurismo pasa hoy, muy especialmente, por la cultura. El enfoque normativo propuesto, y la evaluación realizada  de las políticas estatales, las acciones y propuestas de las organizaciones culturales, y la interacción entre estados y sociedad civil a nivel internacional, nacional y local, nos permiten identificar desafíos y formular propuestas.

En la coyuntura de avance de la derecha a nivel social y político, el arte, la literatura y la cultura en general aparecen como cruciales para fomentar valores y emociones democráticas: empatía, tolerancia, respeto, solidaridad, responsabilidad. Cuando la información científica, los datos empíricamente fundados y las argumentaciones racionales muestran sus limitaciones ante el auge de noticias falsas, hechos alternativos, desinformación y discursos de odio, no alcanza con mostrar la evidencia oprobiosa sobre el incremento de la pobreza, la indigencia y la desigualdad que generaron las políticas macristas y de otros gobiernos de la región, el desmantelamiento industrial, la reducción de inversión en educación y ciencia, ni el retroceso en materia de reconocimiento y garantía de derechos sociales y civiles por más contundentes que éstos sean. Cuando se instala con creciente fuerza la idea antipolítica de que “no hay otra salida” y la desesperanza se intenta tapar con eslóganes optimistas negadores de la crítica realidad y que ponen el énfasis en la auto-superación (responsabilidad) individual, se torna imprescindible construir nuevos horizontes de sentido.

“…debería acudirse a una forma de pensar anti-intuitiva. (…)  ¿Cuáles son los valores de la Argentina que queremos construir? ¿Cómo vivirán nuestros hijos? ¿Qué creencias son las que llevarán a este país a buen puerto? ¿De qué forma construiremos una Argentina que viva más feliz? ¿Cómo haremos de esta parte del mundo un lugar que dé orgullo nombrar? (…) Las elecciones parecen cada vez más definirse por algo que se experimenta acá, en el estómago (…) Y no precisamente como el hambre. Más bien como en el amor…” (Tereschuk, 2019)

Sin embargo, para que se vuelvan resistencia manifiesta es necesario el trabajo político, por el conocimiento y el pensamiento, pero también por  “una constante resistencia cultural explícita” (Tatián, 2019; Gramsci, 1971). Para ello, es necesario el paciente trabajo político realizado “con el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”, como enseñó Gramsci (1971); o, como dice Eagleton (2016), sin optimismo pero con esperanza. Sin el optimismo ingenuo de los manuales de autoayuda, negador de la realidad, vacío, sin fundamentos; pero con la esperanza realista, que requiere reflexión y compromiso, que surge de la racionalidad lúcida, cultivada en la práctica y la autodisciplina, que implica asumir que ya estamos en el fondo del abismo, que reconoce el fracaso y la derrota pero se niega a capitular frente a ellos.

Para construir esa resistencia cultural, es preciso democratizar la cultura. Dijimos al inicio que ese proceso democratizador se basa en los principios de acceso, diversidad, equidad y participación.  Estos principios se pueden traducir en diversas variantes regulatorias y políticas. En este sentido, sería importante: continuar y profundizar el Programa Nacional Puntos de Cultura; retomar la discusión de una Ley Federal de las Culturas y de las normas de formulación participativa cuya aprobación quedó pendiente: la Ley de Revistas Autogestivas e Independientes, la Ley de Cultura Comunitaria y la Ley de Danzas.

También sería necesario iniciar acciones tales como fomentar la producción y el consumo de bienes y servicios culturales, como lo hicieron o hacen países como Brasil, Francia y España. En este sentido, en Córdoba está pendiente el tratamiento y aprobación del proyecto de ley para la creación del Programa Nacional de Acceso Democrático a las Artes Escénicas “Héctor Di Mauro” que pone el énfasis en la accesibilidad al consumo y en la formación de espectadores de las artes visuales a través del sistema educativo, y en la generación de trabajo para artistas.

En cualquier caso, estas políticas deben formularse con participación de las organizaciones y redes culturales del país (no sólo porteñas o nacionales), para lo cual es necesario institucionalizar consejos, fortalecerlos y financiarlos, así como audiencias públicas, consultas, etc. Sólo de este modo será posible que las políticas culturales sigan ampliando su noción de cultura para incluir a las culturas populares, comunitarias, locales, territoriales, diversas.

En síntesis, en un contexto de avance de la derecha a nivel social y político, es urgente e imprescindible fomentar “emociones democráticas”. En esta tarea, los Estados y los movimientos sociales progresistas en general así como las organizaciones culturales en particular tienen un papel crucial al impulsar valores y realizar un trabajo político-cultural paciente y cotidiano. Trabajo que se hace con la esperanza de que, frente a estos tiempos oscuros, sabremos encender la noche, como dice el cuento de Bradbury (1955). (Segura, 2018)

 

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