Get the bike

“Chavs: la demonización de la clase trabajadora” es un libro de Owen Jones que analiza la construcción del discurso hacia un sector de la clase trabajadora. “Chavs” es un estereotipo: jóvenes de la clase obrera “que visten ropa deportiva e informal, suelen estar desempleados y habitan viviendas sociales”. En ese estereotipo está el síntoma de un fenómeno más profundo: el del proceso de demonización de los sectores menos privilegiados que comenzó durante el thatcherismo y que modela la política y la sociedad hasta nuestros días.

Jones aborda la forma en la que el gobierno de Margaret Thatcher transformó la cultura política de Inglaterra a partir del desmantelamiento del aparato productivo para pasar a “una economía de servicios”. El aporte del thatcherismo a esa batalla fue contundente: la derrota de la huelga de los mineros significó una de esas victorias políticas que adquieren la dimensión suficiente como para remarcar el terreno de juego para las siguientes generaciones. Así como hasta Thatcher los gobiernos conservadores habían tenido que construirse sobre las conquistas del Estado de bienestar, luego de ella la política británica se hizo desde el universo de sentido que implantó.

Hay una primera pregunta que puede servir para pensar lacoyuntura de nuestro país y de la región: ¿por qué alguna parte de la clase trabajadora vota o sostiene un proyecto que, a priori, parecería ir contra su propio interés? ¿Es un fenómeno nuevo o existió desde siempre?

El análisis de Jones desmitifica en parte la idea del apoyo popular a las políticas de Thatcher: “llegó al poder en 1979 con un porcentaje de voto menor que el de cualquier partido vencedor desde la Segunda Guerra Mundial, exceptuando las dos elecciones generales de 1974. Más gente votó a los laboristas en 1979 (cuando perdieron) que en 1974 (cuando ganaron). Fue la deserción de votantes liberales al bando conservador lo que había permitido la victoria de Thatcher”.

Fruto de la victoria de Thatcher, el Partido Laborista se partió y uno de esos fragmentos hizo una alianza con los liberales, lo que llevó al laborismo a perder medio millón de votos de una elección a la otra. Malvinas puso al país en un nuevo fervor patriótico, aunque no fue la única explicación de la aplastante victoria de Thatcher en 1983, cuando obtuvo la diferencia más amplia sobre el Partido Laborista. Pero incluso entonces, argumenta Jones, el laborismo siguió siendo hegemónico entre trabajadores cualificados y semicualificados de la clase obrera. La explicación puede encontrarse en que esa ventaja sobre los tories se expresó en dos partidos y no la recuperó hasta 1992 “cuando casi todos los que votaron a la Alianza volvieron a su partido de siempre. Si Thatcher siguió ganando fue principalmente porque el 60% de los trabajadores cualificados y semicualificados que votaron contra ella estaban completamente divididos”.

Es decir que la división del laborismo no sólo provocó las sucesivas victorias de Thatcher sino que hizo posible una victoria mayor de los conservadores que fue haber transformado al laborismo hasta hacerlo jugar en sus reglas. “El verdadero triunfo fue haber transformado no sólo un partido, sino dos”, dijo Geoffrey Howe, ministro de Thatcher.

Todo eso no significa que el thatcherismo no haya tenido una política hacia los sectores populares o que no haya sido efectiva. Por el contrario, todo proyecto hegemónico – y este ciertamente lo fue – supone la primacía de un sector sobre otros y para ello necesita adoptar algunos de los intereses de los subordinados, como todos conocemos desde Gramsci.

Jones encuentra que esa estrategia fue la de negar el conflicto de clase en términos colectivos para trasladarlo al plano de la individualidad. Si había pobres y ricos no era resultado del sistema sino, por ejemplo, de la falta de capacidad emprendedora: “en solo una década el thatcherismo había cambiado completamente el modo en que se veía la clase. Se adulaba a los ricos. Ahora se animaba a todos a ascender socialmente y a definirse por cuánto poseían. Los pobres o desempleados solo podían culparse a sí mismos. Los pilares tradicionales de la clase obrera británica se habían hecho añicos. Ser de clase obrera ya no era algo de lo que enorgullecerse, ni mucho que celebrar. Los viejos valores de la clase trabajadora, como la solidaridad, fueron sustituidos por un feroz individualismo. La gente de clase obrera ya no podía contar con los políticos para que defendieran sus intereses. El nuevo británico creado por el thatcherismo era un individuo de clase media y propietario de una casa que miraba por sí mismo, por su familia y por nadie más. La aspiración significaba anhelar un coche o una casa más grandes”.

Sobre este último punto vale detenerse. Primero para decir que la movilidad social es, en verdad, un “aspiracional” al que también apelan los proyectos nacional populares de nuestra región. Que, en todo caso, la diferencia es si esa apelación lleva consigo un cuestionamiento sistémico o una interpelación al plano individual, si exige que el Estado se meta más o se meta menos para que esa movilidad ocurra. Pero, en segundo lugar, para abordar una idea que ronda algunos análisis sobre nuestra coyuntura: que proyectos como el macrismo encarnan discursivamente mejor una serie de aspiraciones individuales de la época. Es lo que sostienen, por ejemplo, los estrategas de comunicación del propio gobierno de Mauricio Macri: que vienen a mejorar “el primer metro cuadrado”, es decir, los temas que afectan a la vida cotidiana y que quedan lejos de “la política y los dirigentes”. Lo que asegura uno de los consultores, Durán Barba: “hoy en día los jóvenes buscan, hedonistas, ejercer sus intereses individuales, consumir, expresar su identidad en el seno de una sociedad civil tajantemente escindida del Estado, matriz de pura imposición forzosa. Lo que ahora los jóvenes quieren es que lo político se ponga al servicio de su vida, de su hedonismo, de su placer. No quieren dar la vida por un ideal. Su ideal es que su vida sea hermosa”*.

Este libro sirve para confirmar, primero, que la idea de una sociedad formada por individuos con aspiraciones propias no trae nada novedoso ni mucho menos pre ideológico. Incluso proyectos políticos distintos como el peronismo han trabajado sobre esas aspiraciones. De lo que se trata es de mirar la manera en la que se politizan. Sostiene Jones que “la aspiración social ha sido otro fructífero reclamo electoral, así como un medio de minar la identidad de la clase obrera. Había espacio arriba, prometían: uno podía mejorar su suerte ascendiendo en la escala social. En áreas carentes de sólida clase media —Escocia, Gales y casi todo el norte de Inglaterra— esto tenía un atractivo limitado. Pero allí donde había una fuerte clase media, siempre era más probable que la gente de clase obrera optara por los tories. Era una forma de no ser menos que el vecino, e incluso, pensaban, de unirse a él.

Que los proyectos políticos conservadores den cuenta de aspiraciones de los sectores populares no cambia la esencia de lo que significa un proyecto político conservador. “Lo que debéis comprender sobre el Partido Conservador es que es una coalición de intereses privilegiados. Su principal propósito es defender ese privilegio. Y el modo en que gana elecciones es dando solo lo justo al número justo de personas», cita Jones a un diputado torie.

¿De qué manera dan cuenta los proyectos políticos conservadores de las aspiraciones de sectores a los que buscan interpelar? Los dos ejemplo que pone Jones en su libro sirven para encontrar alguna dinámica en común. Se refiere allí a dos cuestiones: por un lado, la política de vivienda. Por el otro, la reivindicación de la riqueza y de los ricos como sujetos exitosos.

La política de vivienda durante el gobierno de Thatcher funcionó como el símbolo de lo que ese gobierno pretendía para su modelo de sociedad. La vivienda social era uno de los pilares del Estado de bienestar. El gobierno de Thatcher introdujo cambios en la legislación para habilitar lo que se conoció como el “derecho a compra”: que los inquilinos de esas viviendas pudieran comprarlas. Se consideró a la política de vivienda como un medio para operar sobre la identidad de clase, provocando una ruptura entre trabajadores propietarios y no propietarios. Keith Joseph definió el objetivo de la política: “reanudar el avance del embourgeoisement (aburguesamiento) que tan lejos llegó en época victoriana”. De ahí no se deriva como conclusión – el libro no lo hace tampoco – que la contracara necesaria de una política de vivienda que haga propietarios a los sectores menos privilegiados signifique un retroceso; en cambio, aparece como un buen ejemplo de tres cosas a la vez: que la política pública nunca es neutral, que nunca puede ser analizada fuera de contexto y que el diablo está en la implementación.

El derecho a compra vino a desarmar la política de alquileres a precios bajos para sectores postergados, a costa de bajar la oferta de vivienda social disponible para alquiler mientras frenaba construcción de viviendas nuevas por recortes al Estado. El resultado: “el desmantelamiento de la vivienda municipal ayudó a que los precios de las casas se dispararan, creando una burbuja inmobiliaria que está explotando ahora e inyectando niveles de deuda sin precedentes en la economía. El aplastamiento de los sindicatos contribuyó al estancamiento salarial en la primera década de este siglo, lo que ha llevado a muchos a complementar sus ingresos con créditos y; haciéndolo, a agudizar un boom alimentado por la deuda. (…) Los niveles de vida de algunas personas de clase trabajadora son más bajos que si estuvieran pagando alquileres subvencionados baratos en vez de hipotecas a menudo muy altas. De hecho, más de la mitad de las personas que viven en situación de pobreza son propietarios de una vivienda. En realidad, hay más propietarios en el 10% más bajo que en cada uno de los dos décimos que están por encima. Como sabemos, animar a tanta gente a asumir niveles de deuda tan inasequibles fue un detonante de la crisis del crédito”.

Pero lo interesante, más allá de la política pública particular, es la manera en la que una de las políticas que escoge un gobierno se vuelve símbolo, condensa la serie de valores y actitudes que ese gobierno pretende para sí y para la sociedad a la que aspira.

La meritocracia es otro de los legados del thatcherismo que moldeó la cultura política británica hasta para el laborismo. “La nueva Gran Bretaña es una meritocracia”, dijo Tony Blair en 1997. De la misma manera que la idea de las aspiraciones, el significante vacío del ascenso por mérito es un valor compartido por la mayoría de la sociedad. De lo que se trata, aquí también, es de ver cómo se llena ese vacío: cómo alguno de los bandos en disputa lo apropia y lo carga de sentido. Sostiene Jones: “en una meritocracia, los que poseen más «talento» ascenderán de forma natural hasta la cúspide. La jerarquía social se conformará así en función del «mérito». La sociedad seguirá siendo desigual, pero esas desigualdades reflejarían diferencias de capacidad. Matthew Taylor entiende los riesgos, pero cree que es el mejor modelo que puede ofrecerse. «Creo que la meritocracia no es un mal reclamo porque estamos muy lejos de ella, ¿no? Para tener una verdadera meritocracia tendríamos que abolir la riqueza heredada, los colegios privados… Así que cuando la gente me dice: “Pero ¿la meritocracia no es un concepto reaccionario, y no deberíamos abogar por algo mejor?” Yo puedo decir: “Bueno, sí, muy bien, pero estamos muy lejos de tener incluso eso”».

Es decir, la forma de darle sentido a la idea de meritocracia expresa una idea previa acerca del modelo de sociedad: una ideología, vamos a llamarle. Advierte Jones: “la meritocracia puede acabar siendo utilizada para sostener que los de arriba están ahí porque lo merecen, mientras que los de abajo simplemente no tienen el talento suficiente y por lo tanto merecen su suerte. Se usa en la educación para descartar asignaturas vocacionales en favor de las académicas. Todo esto aun antes de examinar los criterios de lo que cuenta como «mérito»: por ejemplo, ¿merece un asesor publicitario multimillonario estar por encima de un limpiador de hospital en la jerarquía social?”

El objeto del análisis político no puede ser la meritocracia como idea abstracta sino la forma en la que un proyecto político la carga de sentido, la politiza y la apropia para sí como fuente de legitimación. En ese sentido, en el reverso de la forma en la que la politizó el thatcherismo estuvo el individualismo. Su esencia se resume en la idea de que no existe la sociedad sino los individuos que la componen. A ese corazón tributan todas las partes: la meritocracia, como el individuo que fruto de su esfuerzo progresa; la aspiración, como el medio de salvación individual; la riqueza – y la admiración a los ricos – como prueba de que que el éxito es posible y sólo fruto del esfuerzo individual.

El individualismo como nueva religión frente a “las antiguas formas” de lo colectivo tuvo su propio “meme”, es decir, su forma resumida de transmitirse de manera sencilla. Fue en el discurso de Norman Tebbit, en el congreso del Partido Conservador de 1981, cuando contó que su padre se había quedado sin trabajo, entonces “no fue a provocar desmanes: tomó su moto y siguió buscando hasta que lo encontró”. “Get the bike” se convirtió desde ahí en un símbolo capaz de transmitir esa idea: el desempleo es, antes que un fenómeno social o el resultado de un sistema que no funciona, una responsabilidad individual. Los parecidos con nuestro criollo “agarrá la pala” – un concepto paradójicamente vertido principalmente contra quienes han perdido el trabajo – quedan a cargo del lector.

Si aspiración, meritocracia e individualismo conforman tres patas de una mesa, la cuarta está compuesta por el otro excluido, el que no es capaz de integrarse de manera individual al sistema. En el libro de Jones, los “chavs”. Estos fueron construidos a partir de la ruptura que el discurso que va de Thatcher hasta el neolaborismo de Blair provocó al interior de la clase obrera: la distinción entre los trabajadores con aspiraciones y los que no. Dice Jones: “la noción `con aspiraciones´ frente a sin aspiraciones solo era uno de los modos como el nuevo laborismo intentó explotar las fisuras surgidas en la clase trabajadora durante el thatcherismo. Otro fue ganar el apoyo de lo que los políticos neolaboristas llamaban ´familias que trabajan duro, oponiéndolas a las millones de personas supuestamente ociosas que se beneficiaban deshonestamente de las prestaciones sociales”.

El camino más fácil sería buscar las coincidencias con algunos discursos e ideas que aparecen y moldean nuestras formas de pensar y actuar la realidad cotidiana. Ciertamente las hay. Es un ejercicio legítimo pero quizás no el más rico de todos. Un ejercicio más útil es quizás poder poner en perspectiva cuántas de las cosas que nos atraviesan hoy vienen pre moldeadas, de proyectos políticos anteriores que sedimentan los nuestros.

¿Cuántas de las actitudes sociales que vemos todos los días, que nos aparecen como novedosas, que parecían silenciadas, vienen de ese país que tan bien describe Guillermo O´Donnell en “¿A mi qué me importa?”? Partiendo desde ahí se puede pensar en cómo moldearon después los gobiernos sucesivos, qué cosas constituyeron reglas y cuáles fueron en verdad excepciones. Y entonces pensar cuáles son las que viene a modificar este gobierno, cuáles a reinstaurar y cuáles nuevas a crear.

Sirve plantearse también la cuestión de las concesiones a las demandas de los dominados: un gobierno se explica mucho a sí mismo por cuáles problematiza y cuáles no. Aquellas que descarta son la primera muestra de la ideología de un gobierno pero el ejercicio no termina ahí: hay que mirar también la manera en la que asume, problematiza y resuelve sus demandas. ¿Tener una política de vivienda dice algo sobre el carácter ideológico de un gobierno? ¿O es el significado que ese gobierno le da a esa política de vivienda lo que lo describe mejor?

La caracterización del proyecto político que gobierna no es un simple ejercicio intelectual, es lo que condiciona cualquier tipo de intervención política posterior. Por eso no es lo mismo enfocar en lo que un proyecto político está dispuesto a dar para sostener o incrementar unos privilegios que mirar cuál es la coalición de intereses que lo componen.

Finalmente, la idea de que el proyecto político gobernante simplemente “encaja mejor” con el clima de época no sólo es derrotista sino que inmoviliza. Primero, porque toma como dato de la realidad algo que es una construcción. Y, segundo y más importante, porque normaliza un determinado tipo de politización sobre la idea de ”aspiración”. Todo proyecto político trabaja sobre aquello a lo que los individuos aspiran, la diferencia está en cómo y para quién (y para quién no) son esas aspiraciones. Ese es el centro de algo que no es un escenario quieto sino una disputa. Y la oposición inteligente quizás no está tanto en tomar los mismos sentidos del adversario para intentar reproducirlos mejor sino en disputarlos en sus significados para cargarlos de otro sentido.

Para decirlo más simple: se puede “agarrar la bici” para salir a buscar empleo y resolver un problema de manera individual o se puede agarrar para problematizarlo como un fenómeno colectivo. La cuestión está en quién y para qué agarra la bici.

 

* Siempre es interesante señalar que el cientificismo del que Durán Barba suele hacer gala encuentra un límite en sus supuestos, que de manera sistemática carecen de estudios respaldatorios contundentes, por ejemplo, sobre qué es lo que buscan “los jóvenes hoy en día”.

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