Inestabilidad a la brasileña ¿o a la sudamericana?

Brazilian_National_Congress

 

Publicamos esta nota originalmente aquí Mariano Fraschini y Nicolás Tereschuk.

“Lo que está pasando hoy en Brasil es un golpe de Estado”, dicen desde el PT. “El caso de corrupción presidencial amerita el desplazamiento de Dilma Rousseff”, contestan desde la oposición brasileña. Un presidente (en este caso una presidenta) en problemas no es un fenómeno nuevo en nuestra región. Puede rastrearse durante los últimos veinticinco años y no distingue entre gobiernos neoliberales y “nacional populares”, aunque se advierte una primacía de mayor inestabilidad en los que aplican un esquema de ajuste estructural.

En el plano académico, autores como Aní- bal Pérez Liñán, María Matilde Ollier y Mariana Llanos, entre otros, dieron cuenta del fenómeno. La recurrencia de las salidas anticipadas de los presidentes sudamericanos se ha verificado, en general, sin afectar al régimen democrático –es cierto, sin embargo, que el caso de la muy desprolija caída de Fernando Lugo en Paraguay prendió las alarmas en la región y mantuvo a ese país por un período bajo la atenta mirada de los restantes Estados de la región–. Para decirlo en términos concretos: caen presidentes, no cae el presidencialismo democrático; sale anticipadamente el primer mandatario, se mantiene el régimen político.

Una suerte de parlamentarización del presidencialismo flexibiliza el mandato del presidente, manteniendo una suerte de transición y estabilidad hasta un nuevo llamado a elecciones. Desde allí que a este fenómeno se lo haya denominado “inestabilidad presidencial” debido a que la “crisis” se encuentra en el “presidente” y no en el sistema de gobierno. A diferencia de la inestabilidad de las décadas del ’60 y ’70, cuando la caída del presidente implicaba la del sistema democrático, ahora la salida del presidente no se lleva puesto al régimen político.

Los ejemplos son muchos. Fernando Collor de Melo (1992), Carlos Andrés Pérez (1993), Abdalá Bucaram (1997), Raúl Cubas Grau (1999), Fernando De la Rúa (2001), Gonzalo Sánchez de Losada (2003), Carlos Mesa (2005) y Fernando Lugo (2012), entre los más destacados. Como el lector puede observar, la mayoría de ellos se dieron en los “largos” ‘90, donde imperaban gobiernos neoliberales. La evidencia empírica, sin embargo, muestra que los gobiernos del “giro a la izquierda” pasaron por eventos similares, pero pudieron (y supieron) resistir los embates opositores que bregaban por su salida anticipada: Hugo Chávez (2002), Lula Da Silva (2005), Evo Morales (2008), Cristina Kirchner (2008) y Rafael Correa (2010). Esto nos lleva a interrogarnos acerca de cuáles son los factores que determinan la caída de un presidente y por qué otros primeros mandatarios, en iguales condiciones, lograron sortear los desafíos y consolidar con ello su gobierno.

Los elementos más importantes que se observan en las salidas anticipadas del Ejecutivo en Sudamérica y que se desplegaron en todas las caídas son a esta altura conocidos por la literatura académica. No todos aparecen en la totalidad de los casos, ni se dan en las mismas secuencias. Pero los eventos se han reiterado una y otra vez. Enumeremos: a) un caso de corrupción amplificado mediáticamente, b) una crisis económica en contexto de ajuste, c) un vicepresidente preparado para ser la figura de la transición hacia un nuevo llamado electoral, d) una baja pronunciada en la imagen del primer mandatario, e) movilizaciones populares en su contra y f) gobiernos (en su mayoría de coalición) con minorías parlamentarias. Todos estos elementos forman la “tormenta perfecta” que le ha hecho la vida imposible a más de un presidente.

Si recapitulamos veremos entonces que desde la transición democrática de los ‘80 comenzó a desarrollarse un “nuevo patrón de inestabilidad”. Los “años 2000”, en consonancia con el “giro a la izquierda” en la región, también con un buen contexto económico dado el alza de los precios de los commodities, apuntalaron una época de mayor estabilidad. Los presidentes fueron electos y reelectos. La pregunta que surge ante la crisis de Dilma Rousseff en Brasil es si se produce ahora una caída de los gobiernos del “giro a la izquierda”, “populistas”, “nacionales y populares”. ¿O podría estar comenzando un “nuevo ciclo” de “inestabilidad” en la región? Dicho de otro modo, ¿los gobiernos de “centroderecha” que parecen asomarse a partir de la llegada de Mauricio Macri al poder en Argentina, pero también pensando en lo que podrían ser los sucesores de Rousseff si se completa el juicio político disfrutarán de las mieles de la estabilidad y podrán “domar” un panorama político que a veces se mueve con velocidad de vértigo?

En este sentido, creemos que una variable central a seguir de cerca es, en el contexto de países con bajos niveles de institucionalidad de nuestra región –salvo probablemente los casos de Chile y Uruguay que, de manera poco sorpresiva tampoco han atravesado episodios de caídas presidenciales–, las propias estrategias que adoptan los presidentes o, dicho de otra forma, de qué forma se despliega el liderazgo presidencial. En el caso de Rousseff llaman la atención algunos elementos: el principal fue su decisión de desarrollar un ajuste económico de la mano del ultraliberal Joaquim Levy, que no rindió los frutos previstos por la Mandataria. Hay que prestar atención a esto: la evidencia histórica indica que un contexto de ajuste económico es un elemento adicional que puede poner en riesgo –si se suman otros elementos– la estabilidad del propio presidente. El caso brasileño nos habla además de que la gestión política de una coalición parlamentaria demuestra también ser una tarea nada simple. Puede verse en la práctica cómo una minoría parlamentaria combinada con un gobierno de coalición es un elemento que pone en tensión la supervivencia del presidente cuando “la cosa se pone espesa”. Por sí sola, una minoría legislativa no hace caer a un gobierno, eso está claro, pero una cadena de causalidades como los factores arriba mencionados puede ponerse en línea con ella para desestabilizar el gobierno de cualquier presidente sudamericano. La evidencia histórica es nítida al respecto y enseña a los primeros mandatarios a no relajarse en la tarea de gobierno ni a entender a lo que ocurre en el Congreso sólo como parte del proceso de creación de leyes sino como una dinámica de alcance mucho más amplio –y, en algunos contextos, imprevisibles–.

Así, en un libro que publicamos recientemente advertimos sobre la relevancia que adquieren los recursos institucionales, parlamentarios, comunicacionales, partidarios y financieros que un presidente ostenta o puede generar durante el ejercicio de su poder y que le permiten fortalecer su posición político institucional con el fin de lograr la estabilidad de su gobierno. Cuando un presidente comienza a perder algunos de estos recursos de poder –sea en torno a sus niveles de popularidad o las mayorías que lo respaldan en el Congreso, entre otros aspectos– se ubica en una situación difícil en la que sólo los recursos subjetivos (la “virtú” en términos de Maquiavelo) pueden venir en su ayuda. De algún modo coinciden con esta mirada, en su libro “Presidential Breakdowns in Latin America: Causes and Outcomes of Executive Instability in Developing Democracies”, los politólogos Mariana Llanos y Leiv Marsteintredet. Señalan los autores: “Concluimos que los presidentes parecen ser al menos parcialmente responsables por su propia suerte. Esto es obvio en casos de impeachment, pero creemos que la afirmación también se aplica más generalmente. Considerando que la inestabilidad en nuestros días se manifiesta al nivel de gobierno más que a nivel del ré- gimen, el liderazgo presidencial y las acciones dentro de un determinado conjunto de limitantes políticos e institucionales parece poco explorado en la literatura de las caídas presidenciales (…) Si los presidentes son parte del problema o, de igual modo, son en parte responsables por sobrevivir en el cargo, las estrategias presidenciales o el estilo del liderazgo presidencial debe ser considerada una variable independiente que le da forma al desempeño en el cargo”.

Se despliega ante nuestros ojos otra vez el gran drama de la inestabilidad presidencial en Sudamérica. Cada uno, de acuerdo a sus simpatías políticas, sabrá si es momento de reír o de llorar. Lo que sería bueno, de todas formas, que unos y otros podamos extraer algunas conclusiones válidas al respecto.

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