La oposición que queremos

 

Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.

Alejandra Pizarnik

 

En los últimos tiempos, especialmente luego de las elecciones de octubre, abundaron en el ágora las columnas de opinión, los análisis de los resultados, los pronósticos. Es una época fecunda ésta, donde las preguntas son apenas más claras que las respuestas. Sin embargo parecieran prevalecer algunas corrientes de pensamiento que al menos vale repasar. Principalmente dos: a) vemos cierta tendencia a un sobregiro analítico, con el latente riesgo del sobreanálisis. En el terreno intelectual “del palo” (entendiendo al “palo” como ese vastísimo y contradictorio territorio que podemos nominar como nacional, popular, progresista) aflora una necesidad de decir “algo nuevo”, algo “diferente” cada día. b) Afloran – ¿alentadas por la desorientación, por la falta de “conducción” política?- flamantes categorías, búsquedas de “sujetos”, algunos determinismos. Es paradojal: a mayor desorientación, mayor necesidad de intentar parecer que “la tenemos clara”- Y no. No sabemos. Y hay que aprender a bancarse esa incerteza.

Ahora bien: ¿sirven todos esos aportes? Por supuesto. Todos sirven para pensar. Pero también es cierto que no todos sirven para la acción política. Y ese es, quizás, el mayor déficit intelectual de esta etapa: la carencia de aportes que contribuyan a, otra vez, la acción política. Y en este sentido, volver a ciertas fuentes: pensar difícil no es lo mismo que pensar profundo. La tarea que nos debemos es simplificar lo difícil.

En este sentido, otro ruido: algunos intelectuales se han trazado el desafío de “entender” al macrismo. Y en ese objetivo están un tanto impactados por su coyuntural “éxito” y se muestran peligrosamente cerca de embelesarse con su objeto de estudio. Una vez más, otra obviedad: saber reconocer los aciertos electorales o políticos del oficialismo no debiera ser sinónimo de “validación”. Por otra parte: a los efectos de la acción política resulta mucho más trascendente hoy estudiar a la “sociedad macrista” que al propio macrismo. Es sobre esa sociedad que los opositores debemos actuar y no sobre el propio gobierno. Poco más para decir sobre esto, puesto que lo que realmente estamos necesitando es reflexionar sobre nuestra propia práctica política, la de los opositores.

Y aquí permítase intentar ser sencillo: la etapa debe ser analizada sobre el eje oficialismo/oposición. Y hoy hay tres “grandes” miradas acerca de la oposición:

  1. Una es que la dispersión de la oferta opositora permite al macrismo ser la primera minoría. Acá es donde se habla de “los diferentes peronismos” desunidos. Y de aquí se derivan los pases de factura, las acusaciones de traición, las pasiones humanas, digamos. Comprensible, pero inútil. Porque esta posición no permite construir futuro. Todos “los peronismos” perdieron, por más o por menos, pero todos perdieron. Todas las oposiciones perdieron. Perdimos. Fin.
  2. Otra, más “sociológica”, plantea que lo que desapareció es el “sujeto social” que el peronismo representaba. Y algo de cierto en esto hay. Porque los “sujetos sociales” se construyen. No están dados por la naturaleza. Y quizá esté aquí nuestro principal déficit.
  3. También hay otros que tienen una visión aún más preocupante: “los valores que el peronismo y lo nacional y popular decía representar ya no tienen vigencia”. Mi opinión, rotunda: esto es una pavada. Y de las malas. Que nuestros valores no sean mayoritarios en esta coyuntura no quiere decir que desaparezcan. Nada termina nunca. La política, y las ideologías, y los valores que están detrás de cada ideología, no es un partido de algún deporte que tiene un comienzo y un final. Este partido, amigos, no finaliza nunca. Y así como es un error algo infantil decir “ganamos la batalla cultural”, “irreversible”, es otro error igual e inverso decir “perdimos para siempre”.

¿Y entonces? Entonces parar la pelota, que nos están cascoteando el arco, levantar la cabeza, dar pases cortos.

La política, como la naturaleza, aborrece del vacío. Por lo cual podemos aseverar sin temor a equivocarnos que, en tanto exista oficialismo, existirá una oposición. O varias. Y esta es quizás la pregunta más importante:¿lograremos construir una oposición o estamos condenados a varias?

En tanto no hay una respuesta, sí podemos reflexionar y plantear cómo queremos que sea la oposición que queremos. Son tiempos de creatividad, de arrojo, de correr riesgos. Porque cuando algo no existe hay que crearlo.

Así que desde aquí queremos plantear nuestros deseos al respecto. Porque uno de los aportes que podemos  realizar es “decir”. El discurso siempre, y más aún en política, es performativo.

  • Queremos una oposición que recupere los valores propios de nuestro espacio sin vergüenza. Hoy podemos ser menos en cantidad, pero no somos menos en valores. Debemos poder decir igualdad sin vergüenza. Debemos decir justicia social sin vergüenza. Y también debemos buscar nuevas formas de decir igualdad y justicia social.
  • Queremos una oposición que sea capaz de albergar la diversidad y logre contenerla. Porque solo siendo capaz de albergar diversidad se puede ser mayoría. Y queremos una oposición que trabaje para ser mayoría.
  • Queremos una oposición que construya unidad en torno a valores e ideas y no en torno a personas. Los liderazgos, incluso los existentes, que los hay, son hoy insuficientes. Por ende deben revalidarse de cara al futuro y no mirando el espejo retrovisor. Tampoco hay liderazgo “natural” por el solo hecho de criticar a quienes fueron líderes antes.
  • Queremos una oposición que sea parte de un movimiento nacional. Es decir: acá hay que integrar. E integrar implica desafíos: no alcanza con la PBA, así como no alcanza con el kirchnerismo solo, ni con el peronismo solo, ni con nadie solo. Y un movimiento nacional debe ser capaz de integrar diversas realidades sociales, productivas, regionales. Lo que sea deberá ser de Ushuaia a La Quiaca.

(Como complemento de esto: no alcanza con la sumatoria de “microcausas”. Las microcausas hay que agruparlas bajo un paraguas mayor, que englobe y de sentido general)

  • Queremos también, que es lo mismo dicho de otro modo, una oposición que asuma que no alcanza con “los pobres”. La historia argentina nos muestra que sólo cuando los sectores populares logran una alianza estable con una parte importante de los sectores medios hay gobiernos transformadores. Esa alianza hay que crearla en torno a valores.
  • Queremos una oposición que piense, analice y actúe con ansias de trascendencia histórica. No se trata de pensar en 2019, 2023 o dos mil algo. O mejor dicho: las mejores chances para el 2019, el 2023 o el dos mil algo la tendremos si no actuamos para el diario de mañana.
  • ¿Se trata de una oposición que se “modernice”? ¿que se adapte a los tiempos? ¿que se renueve? Por supuesto. Pero no se trata de inventar el hilo negro.

Hay algo que es enormemente simple: mientras haya injusticias habrá causa.

 

 

 

 

 

 

: De chiquito, Mendieta no quería ser bombero ni policía. Soñaba con ser basurero. Ir colgado, como un superhéroe, del camión. Despúes se las ingenió para ser y hacer muchas cosas, todas más interesantes que lo que terminó siendo: un Licenciado en Comunicación, algunas veces como periodista, otras como funcionario público. Sus únicas certezas son su sufrimiento racinguista, la pasión por el mar y cierta terquedad militante. Todo el resto puede cambiar mañana. O pasado.