La política de la crisis económica europea

A todos los que nos interesa la sociología de la política económica, esto es, las condiciones sociales, políticas, institucionales e ideológicas sobre las que se construye una determinada política económica, la Europa de estos días nos ofrece un panorama singular. Más allá de la crisis y Grecia hay preguntas mucho más fundamentales en juego. Desde los inicios de la internacionalización económica y el libre movimiento de capitales allá por los años 70, Europa fue siendo atravesada por un proyecto central: aquel que postulaba que la integración primero comercial, después financiera y cambiaria,  y después monetaria, era compatible con el mantenimiento del Estado de Bienestar y la presencia de partidos de izquierda y actores sindicales más o menos relevantes. Para resumir, si bien Estados Unidos nunca tuvo demasiado del otro, apenas iniciada “la globalización” apostó por el capitalismo salvaje: polarización social, desregulación, desigualdades extremas y niveles de pobreza desconocidos en el mundo desarrollado. Los líderes europeos, en cambio, confiaron en que el capitalismo más justo creado en la posguerra podía mantenerse o reconvertirse en un mundo de integración financiera y monetaria general. Da la impresión de que esa ¿utopía? libra hoy su batalla decisiva.

Para ver el punto exacto de las tensiones entre economía y política Grecia nos ofrece un ejemplo a la mano. La historia fue más o menos así. El paquete de “rescate” que le dieron a Grecia en 2010 no sirvió ni para salir de la recesión, ni para apaciguar el déficit fiscal y muchos menos los exorbitantes niveles de deuda sobre PBI. Urgen soluciones más generales. Papandreu va y negocia con Bruselas (básicamente Alemania y Francia) el FMI y el Banco Central Europeo un acuerdo que tiene tres patas. La primera es una quita del 50% de la deuda griega con los bancos Europeos y una inyección de fondos frescos a cambio de un ajuste fenomenal en años venideros. La segunda es una recapitalización obligada de los bancos europeos más grandes que pierden esos activos mediante un fondeo garantizado por un Fondo de Estabilidad respaldado por el BCE y los gobiernos.  La tercera es la ampliación de los aportes de los gobiernos a ese fondo general de “rescate,” especialmente por parte de Alemania. La negociación es compleja y lleva semanas. En un momento los políticos de Bruselas sugieren que sería conveniente descontar ya otros impagos en los activos de los bancos, es decir deuda española o italiana. El feroz lobby bancario pone el grito en el cielo. En mayo los descuentos proyectados de la deuda griega a los bancos eran 21%, ahora tienen que aceptar el 50%. El ala liberal del FDP que cogobierna con Merkel no quiere saber nada de poner más plata. En medio de todo eso sale un acuerdo agarrado con alambres. Pues bien, Papandreu vuelve a Grecia y saca un hermoso y fenomenal conejo de la galera. Propone someter el acuerdo y su contraparte de política de ajuste doméstico, a referéndum popular.

El terremoto en Europa es mayúsculo, las bolsas tiemblan. Papandreu da sus últimos manotazos, pero los da en forma valiente. A primera vista parece una gran jugada: si gana el plebiscito hace el ajuste con más respaldo y legitimidad, si pierde la salida del euro será anárquica, pero él, o se hundirá junto con todos, o se convertiría en el Néstor griego. Merkel y Sarkozy lo quieren matar. Por un rato, la política democrática entra por la ventana en un lugar donde no estaba invitada. Los diarios “progres” europeos como El País y Le Monde dibujan unos editoriales que harían empalidecer a Mosca, Pareto y a cualquier cultor de las teorías más elitistas de la participación política de principios del siglo XX. Qué es esto de someter a la participación popular una decisión de política económica que va a afectar a millones en un país. “Un Error Colosal” editorializa El País, aquel diario que leía la izquierda en la transición española, mientras titula en tapa “Grecia [no los bancos europeos que participaron antes de la fiesta] pone al Euro al borde del abismo.” Habla de la demagogia, de populismo y cuántas cosas más. Grecia pone el dedo en la llaga y lleva a la tradición virtuosa e iluminista europea, esa que pretenden representar Le Monde y El País, a hacer parábolas para no defender, o a directamente castigar, un elemental principio democrático. No estoy haciendo un panegírico de la democracia directa. Muchas decisiones cotidianas en una democracia no se plebiscitan. Pero fue muy obvio como la política democrática arruinaba el arreglo: la decisión de apostar por el ajuste y la deflación es una de instituciones supranacionales, banqueros  y gobiernos; salir de esos ámbitos es, para el establishment europeo actual, abrir la Caja de Pandora. Hasta daban ganas de bancarlo a Papandreru, y más sabiendo que es hijo de uno de los políticos más populistas de la historia de la izquierda en Europa. En un pase de manos mostraba toda la vitalidad de la autonomía de la política frente a “los mercados”. Y sus contradicciones, porque vea, las encuestas reflejaban que la mayoría de los griegos quiere quedarse en el euro… y a la vez rechaza el ajuste. A diferencia de los supuestos tendidos en los modelos económicos, la decisión en manos del pueblo no implica siempre preferencias coherentes. Eso la hace más impredecible. Da la sensación que le faltó tiempo a Papandreu: su ministro de economía Venizelos, el Cavallo griego (pero un tipo con peso en el PASOK), lo bombardeó desde adentro; Europa le cortaba el chorro y no podía pagar los sueldos para siquiera llegar al plebiscito. Igual con la jugada obligó a la oposición conservadora (que antes del llamado a referéndum lo fustigaba por aceptar el paquete) a bajar al barro y bancar el ajuste. Le faltó tiempo, contexto, quizás más garra, quien sabe.

Entonces, toda la clase política griega ahora se juega, en un “gobierno de unidad,” la carta del ajuste y la recuperación del ciclo económico vía desempleo y baja de precios. La impresión es que los sistemas parlamentarios europeos logran, al menos en el corto plazo, aislar más a la clase política que gobierna con mayoría, del humor social: en un presidencialismo con elecciones de medio término como Argentina, en una situación de crisis análoga el gobierno pierde, y está liquidado: ya no puede gobernar. En Europa, la oposición sabe que ante los votos de no-confianza en el parlamento no tiene demasiadas opciones si llega a gobernar de sopetón ante la caída de la mayoría: nadie se apura mucho para ir a hacer el ajuste. Por lo tanto, salvo casos como el griego o el italiano, los mandatos con mayoría parlamentaria como en España se terminan. Y aun en Grecia o Italia, se forman “gobiernos técnicos” para legislar lo peor del ajuste sin someterlo a elecciones.  En el medio, los actores sociales pasan a ser meros espectadores o se van a la plaza con los indignados. La pregunta es cuánto tiempo se va a poder sostener la despolitización institucional de la política económica.

Hace 15 años Paul Pierson argumentó que el Estado de Bienestar en Europa se sostiene en una época de globalización porque a) no depende de los actores que lo crearon y están en baja (sindicatos y partidos de izquierdo) sino más bien de los grupos de interés que el mismo Estado de Bienestar creó en su desarrollo (asociaciones de jubilados, de prestadores médicos etc)  y b) una vez creado, el Estado de Bienestar es bien popular y los políticos no quieren perder elecciones. A la vez, los teóricos de las relaciones industriales nos contaron que el Diálogo Social y la concertación con sindicatos y empresarios no disminuyó sino que, por el contrario,  aumentó en Europa con la entrada al euro en el período anterior a la crisis de 2008: en un contexto de política monetaria restringida los gobiernos necesitaban pactar moderación salarial y reformas a los sistemas de pensiones y laborales, y esto no lo podían hacer unilateralmente. Hoy, sin embargo, el Estado de Bienestar está en jaque con recortes inéditos y los países modelo en cuanto a concertación y pactos sociales “de competitividad” (es decir para moderar “costos” laborales y jubilaciones) con los agentes económicos en los años 90 y 2000, Italia, Irlanda, España, están en el desfiladero. Irónicamente, la crisis que sacude el modelo de construcción europea no se originó en Europa sino en los casinos financieros del otro lado del atlántico. Pero eso importa poco ahora, lo que está en juego es si la Europa social, esa que eludió el capitalismo salvaje, fue un accidente de posguerra, viable solo en épocas de control de capitales, políticas monetarias más autónomas y mercados financieros aún no desbocados. Si los países del sur dejan el euro, la visión neoliberal de la construcción europea, aquella que postula escapar siempre para adelante, e integrar mercados comerciales, cambiarios, financieros y monetarios habrá sufrido un golpe ideológico fundamental.