Las décadas ganadas

Weimar_Constitution

Más que una década ganada, llevamos tres. Desde 1983 a la fecha nos hemos convertido en una democracia consolidada, promotora incansable de la integración regional, pacifista y desmilitarizada como pocas. La Argentina es hoy una de las naciones más innovadoras del mundo, que con tal vez joven y/o frustrada prisa, pero sin pausa, expande derechos y expande su estado hacia lxs más débiles. Más aún: este lejano rincón del planeta viene enfrentando, como en pocos lugares, a sus elites dominantes, que aquí, como en casi todo el mundo, se habían ya acostumbrado a la eficaz domesticación de las mayorías atontadas. Un análisis con suficiente perspectiva temporal debería enorgullecernos. Esto dicho sin dejar de reconocer que el camino ha estado –inevitablemente, y en cada una de las tres décadas- lleno de errores. Ni tampoco pretendiendo ignorar que todavía estamos marcados por profundas y vergonzantes heridas. El paraíso está lejos, pero el infierno que se vivió hace menos de dos generaciones parece aún más distante.

Frente a esta situación, seria dable esperar encontrarse con una sociedad enfocada en seguir mejorando, enfrentando unificadamente los complejos desafíos del desarrollo. Mejorar las escuelas, humanizar el sistema penitenciario, profundizar la incipiente industrialización pero mejorando a la vez el cuidado de nuestro privilegiado medio ambiente –estas son las cuestiones que deberían ocupar las tapas de diarios, las disputas en las redes sociales o los omnipresentes noticieros en los bares urbanos. Sin embargo, un simple asomarse al debate público da cuenta de una sociedad nerviosamente agitada, polarizada, enemistada. La temperatura reinante es la de una sociedad agriamente fracasada. Quienes no se sienten representadxs por el partido gobernante parecen, en su mayoría, odiarlo. La Argentina va hacia el abismo, argumentan. Somos una dictadura en ciernes, una cletocracia –perdón, una cleptocracia, gobernada por incurables y deshonestos fascistas.

¿Cómo es esto posible? ¿Qué le pasa a la querida Argentina, que no logra percibir que merece acariciar y elogiar, al menos un poco, su lastimada alma? Acá va una hipótesis: buena parte del problema está en el origen. Al igual que nuestros países hermanos, somos producto de una compleja mezcla. El europeo vino a conquistar, depredar, esclavizar. Pero, y a diferencia de la mayoría de nuestros hermanos, más tarde vinieron tantos desde el Viejo Continente, que buena parte de esa parte se creyó eternamente parte del él. La Argentina es blanca, linda y ordenada, y guarda con pretender lo contrario. Y fue así que se consiguió un nutrido y voluntario ejército, siempre a disposición de quienes viven (generalmente afuera) de llevarse la plata, o la soja, o las ganancias extraordinarias – ganancias resultantes, a todo esto, de márgenes muy poco ordinarios.

Claro que, cuando por milagros de la democracia, y no más de tres o cuatro veces por siglo, aparecen líderes que ayudan al pueblo a despertarse, hay que ponerse a laburar un rato. Antes era bastante más simple: se aceitaban rifles y cañoneras, y se ponían rápidamente, y con poco más que un golpecito, las cosas en su lugar. Pero como parece que la humanidad, a pesar de todo, un poco avanza, llegó un punto que esto se hizo más complicado. Fue ahí que los medios de comunicación masiva se hicieron esenciales. Dame una CNN (y repetidoras) y tendré al patio trasero bien dominado. Dirás que hará falta mucha gente para llenar páginas y pantallas. Don’t worry, y releé el párrafo de arriba: siempre habrá un nuevo soldado al servicio de la prensa libre e independiente, sinceramente convencido de nuestra causa. Y a lxs mejores, aun si intragantablemente impresentables, les darás infinita pantalla.

¿Qué hacer frente a tan desolador panorama? Lo más inteligente sería, por supuesto, rendirse y disfrutar de la buena vida, y de una cómoda cama. Pero como si llegaste a este párrafo seguro no te toco ese buen karma, busquemos alternativas. Antes que nada, estudiemos sus fuerzas. Hay dos componentes básicos en la soldadesca antitotalitaria. Por un lado, los espíritus de derecha. Con ellos, creemos, no hay mucho que hacer, más que aceptarlos como parte insondable del misterio cósmico. Y si alguien tiene la fórmula de cómo cambiar a alguien que, por ejemplo, cree que tiene el derecho a impedir el matrimonio de dos chicxs que se aman, por favor que chifle, o al menos que publique un paper en alguna prestigiosa revista especializada.

Lo que nos interesa es la otra parte. Hablamos de esa linda gente, tan buena como apolitizada, que transpira cada mañana en el bondi o en el tren o hasta en su auto modelo 2011, y que quiere conocer o volver a ver a Barcelona y a Venecia, y que, que te parió, pide que no le vuelvas a hablar de tu puta revolución. Hablamos de una parte relevante de la querida y muchas veces injustamente denostada clase media-media argenta, fuente de vertientes culturales y de hábiles deportistas que darán bastante que hablar en los siglos venideros. Hablamos de, ponéle y siendo cautos, un diez por ciento de la argentinidad. Un diez por ciento que si en vez de bardearlo lo logramos conquistar, hasta por ahí si se termina de hacer carne ese viejo sueño de la liberación e independencia.

Imposible, dirás vos. No. Es cuestión de plata. Y no es por denostar. La plata nos gusta a todxs. Y permitínos no desarrollar esa premisa, para ir directamente a los bifes. ¿De cuántos dólares blue estamos hablando? Ponéle que tres o cuatro puntos de PBI. Muchísimo, más o menos lo que hoy juntamos con las retenciones. ¿Y en que usarías esa plata? En subsidiar masivamente educación y salud privada. Y en crear, de una vez, sistemas de transporte público que se parezcan a los de Alemania. O sea: en ahorrarles plata y denigración a varios millones de pacíficos compatriotas. ¿Vale la pena, realmente? Claro, ¿o acaso querés ganar en 2015 como el compañero Maduro, con un magro porcentaje que le dará aire al cantado canto de escandaloso fraude? Necesitamos llegar al 60%. Y si es un poco más, mejor.

Si compraste el argumento, o estás cerca, viene lo más difícil, e importante: ¿de dónde sacamos los recursos? Volvé al final del quinto párrafo, contando desde acá. O, si te da fiaca, repetimos: de los que se llevan casi infinita plata. Hablamos de las multis: mineras, bancos, laboratorios, hipermercados, y la lista sigue. Y sigue. Hablamos de consolidar el camino que el gobierno de Cristina viene valientemente insinuando. Hablamos de impedirles, pero de verdad, que sigan subiendo precios cuando logramos hacer subir los salarios. Hablamos de gente que, insistimos, en su gran mayoría no vive acá, y que cuenta con el sistema de medios internacional para “fabricar consensos, para sostener estrategias por las cuales el dinero y el poder son capaces de filtrar las noticias aceptables de ser publicadas, y así lograr que los intereses privados dominantes se instalen en el público”[1].

Y sobre cómo lograr esto podrían escribirse cien posts más. Pero resumámoslo así: hay que sacarle plata a los ricos-ricos, para dársela a la clase media-media. Y así seguir acumulando décadas ganadas.

 

 


[1] Herman y Chomsky, “Manufacturing consent”, 1988. p. 2.

Foto.

: es Antonio Cicioni, politólogo y agnotólogo, hincha de Platense y adicto en recuperación a la pizza porteña.