Literatura & kirchnerismo: panorámica del momento

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Si la cultura es un indicador de los cambios sociales, los escritores actuales ¿están ahí para contarlo? ¿Cuáles son los libros del kirchnerismo? Si no de una “literatura kirchnerista” propiamente dicha, ¿se puede hablar al menos de una literatura “del kirchnerismo” como momento histórico? Inevitablemente estos interrogantes no son ajenos a las disputas en torno al “relato” y la “batalla cultural”, al suponer muchas veces posicionamientos sobre el sentido actual del proceso político. La cuestión va por cierto más allá de las posturas personales de tal o cual escritor en relación al gobierno; y tampoco debe reducirse a los textos literarios que se quedan en la simple declaración. Habría que preguntarse más bien cómo aparecen traducidas las circunstancias y transformaciones de la última década en los libros de ficción y poesía publicados recientemente. En este sentido, si bien es cierto que la fórmula “literatura del kirchnerismo” puede sonar repentina o hasta exagerada, sirve al menos como disparador para el debate: a modo de hipótesis tal vez sí podamos hablar de una experiencia de este último tiempo reconocible en las obras de algunos escritores de treinta años. Esas experiencias pueden darse sin duda en diversos planos -sociales, laborales, afectivos- y tener distintos significados, pero es al menos llamativo que la política del presente permita conectar a varios de esos autores.

Por lo pronto podría decirse que si un cierto clima de apasionamiento se instala en el debate público y llama la atención de un joven escritor vanguardista, algo raro está pasando. Es el caso de Pablo Katchadjian con su libro La cadena del desánimo (Blatt & Rios, 2012). El texto puede ser leído en serie con sus otros libros publicados: El Aleph engordado (IAP 2008), El Martin Fierro ordenado alfabéticamente (IAP 2007), Qué hacer (Bajo la luna 2010), o más recientemente, La libertad total (Bajo la luna, 2013). Estos títulos ya nos dan una idea del tipo de intervenciones experimentales privilegiadas por Katchadjian. En el caso de La cadena… aparece una selección de citas provenientes de la prensa política del año 2012 desplegada en estricto orden cronológico hasta un día antes del 7D, aquella fecha límite para la adecuación de Clarín a la Ley de Medios. Surgen allí funcionarios del gobierno, políticos de la oposición, periodistas, e intelectuales, emitiendo frases exageradas y altisonantes, como si hubieran sido pescados a solas con sus asociaciones más desorbitadas. ¿Se trata de una simple parodia, tal como parece sugerir el título del libro? Lo importante, en todo caso, no es tanto el juicio del autor sobre los modos imperantes del debate actual, sino más bien la óptica distorsiva elegida para dar cuenta de ello. Mediante esta percepción, el libro afronta en sus propios términos un tema que suele preocupar a políticos y comentaristas de distintas ideologías: ¿hasta dónde puede llegar la elocuencia en el terreno de la discusión pública? ¿Puede haber una disputa de intereses o visiones del mundo sin algunos sacudones retóricos? Con o sin intenciones paródicas, lo cierto es que Katchadjian, en lugar de lamentarse por la “crispación” del debate nacional, se queda con el momento de distorsión producido por esa salida de la discusión fuera de sus cauces normales. Y en ese tono absurdo reside el efecto principal del libro.

Pero ¿la parodia, o sus sucedáneos, son la única versión posible de la discusión actual? Otra mirada sobre el tema puede hallarse en la novela de Damián Selci, Canción de la desconfianza, también publicada en 2012 (Eterna Cadencia). La trama delirante de la novela, construida a partir de la tensión entre dos grupos –los “Empecinados” y los “Esclarecidos”- también da cuenta de las fuertes divisiones políticas instaladas a partir del 2008; como si a través de ese enfrentamiento ficcional aparecieran puestas en escena dos visiones distintas del país. No hay pese a ello ninguna crónica política en esta novela: los personajes estrafalarios, con sus acciones repentinas y sus especulaciones, evitan con ingenio la mera reproducción de los temas de coyuntura. El enfrentamiento ideológico viene más bien desplegado a través de una prosa hiperbólica y punzante que se las arregla para introducir todas las obsesiones de la “izquierda nacional”: la geopolítica argentina, la alicaída conciencia lingüística local, la identidad cultural de la clase media, los mitos del ideario liberal, las imágenes de un Estado inconcluso, etc. Incluso temas controvertidos como la pedagogía política (¿se acuerdan del “adoctrinamiento ideológico” en las escuelas?) aparecen presentados con un humor peculiar, casi siempre al borde del sin sentido; tal como se ve en los alfabetos agit-prop del libro, donde aparece retomada y amplificada una reflexión sobre el lenguaje y la identidad de la izquierda ya presente en la obra de Martín Gambarotta (Punctum, Seudo, Relapso + Angola).

Pero la polarización no es la única perspectiva a partir de la cual podemos pensar los efectos del kirchnerismo en el terreno literario. También durante este periodo surgió un nuevo compromiso político entre los jóvenes. Los relatos agrupados en el primer libro de Violeta Kesselman -Intercambio sobre una organización (Blatt & Ríos, 2013)- dan cuenta de una variedad de experiencias organizativas de base, situadas mayormente a partir de la crisis de 2001 y la reaparición del Estado como actor político y social en 2003. Sin embargo, contrariamente a lo que el promedio de un lector politizado podría esperar, no hay en este texto referencias a figuras conocidas, partidos, movimientos, o temas de coyuntura. En lugar de todo ello nos encontrarnos con mails entre militantes que buscan comprender sus respectivos derroteros tras la ruptura de su organización; con las reflexiones de una joven funcionaria sobre los criterios a emplear en la selección de textos para una lejana localidad; con una asamblea improvisada de trabajadores en negro; o también, con la historia de una cooperativa barrial reconstruida a partir de la lectura de un formulario en un ministerio. En la mayoría de estos relatos el objeto de Kesselman es la conversación sobre las alternativas de la acción colectiva en sus diversas modalidades. Pero sus innovaciones pueden reconocerse no sólo en sus temáticas (poco frecuentes en otros autores jóvenes) sino también en sus decisiones formales. No hay, en principio, nombres propios de lugares y personajes; de modo tal que el lector tiene la impresión de encontrarse con las partes desgajadas de una narración colectiva más amplia. Y a ello se suma, de manera no menos determinante, una sintaxis oblicua construida en base a inflexiones coloquiales bruscas, capaces de incorporar a su vez un vocabulario heterogéneo (técnico, laboral, analítico, etc.), afín a las realidades que se propone narrar.

El lenguaje de la organización también está presente en Pujato, el libro de Gabriel Cortiñas Premio de Poesía Casa de las Américas 2012 (de próxima publicación en la editorial Vox). La anécdota del libro parte de un hecho histórico poco conocido, fechado durante el primer peronismo: la expedición del coronel Hernán Pujato a la Antártida emprendida con el fin de reclamar la soberanía argentina en los territorios del polo sur (el así llamado “Plan Antártico”). A partir de esa aventura, el libro imagina el proceso de construcción de un enclave estatal sobre los hielos australes. El tema de la soberanía no aparece evocado como un ideal del pasado, sino como un dilema y una tarea colectiva aún por realizar. En ese marco los interrogantes de la acción concreta -“sin manual”- aparecen mezclados con la obsesión de una fundación simbólica siempre incompleta. Y surgen a la vez otras preguntas. Por ejemplo, ¿qué imagen histórica se nos sugiere con ese campamento estatal construido sobre el hielo? Sea como fuere, esa falta de mapas explica en buena medida el verso astillado e inestable a través del cual discurren las escenas del libro.

En los casos de Selci, Kesselman, y Cortiñas puede reconocerse además un aprendizaje literario llevado adelante a partir de la lectura de la “poesía de los 90” (1): Gambarotta, Alejandro Rubio, Sergio Raimondi, por nombrar sólo algunas de las influencias más evidentes. De esa formación previa se desprenden tres elementos determinantes en las preocupaciones de estos nuevos autores: experimentación formal, conciencia histórica en el plano ideológico y lingüístico, y politización al nivel de los contenidos. Vemos ahora entonces cómo esa combinación empieza a producir una variedad de alternativas estéticas, atentas a las tensiones de la última década. Y en los términos del debate sobre la “cultura kirchnerista”, esta no es una cuestión menor: ninguno de estos libros está obsesionado con el pasado o se limita exclusivamente a la esfera del revisionismo histórico, sino que por el contrario cada uno de ellos representa a su manera un “relato del presente”. No son desde ya las únicas opciones: Taper Ware de Blanca Lema (Paradiso 2009), Diario de una princesa montonera -110 % verdad de Mariana Eva Pérez (Capital Intelectual 2012), El cangrejero de Javier Fernández (Mansalva 2012), o A favor de Ana Rivara (Vox 2013) son también parte de este panorama de apuestas. Y por último, en el caso de los autores pertenecientes a la generación del ´90, hay otros libros entre sí muy diferentes como Ministerio de desarrollo social de Martín Rodríguez (Determinado rumor 2012) o la plaqueta Para un plan primavera y el poema Dubitación (Vox 2011, 2013), de Gambarotta, que también pueden ser vistos como intervenciones surgidas frente a las disyuntivas del momento político. Y tal vez haya otros títulos para agregar. Pero al leer la mayoría de estos textos todo parece indicar que la parte más arriesgada e interesante de la literatura argentina está muy lejos de ser indiferente a eso que llamamos “kirchnerismo”.

 

(1)  Agreguemos otro detalle: junto a Ana Mazzoni, Selci y Kesselman editaron La tendencia materialista. Antología crítica de la poesía de los 90. (Paradiso 2012), donde aparecen incluidos otros poetas como Fernanda Laguna, Washington Cucurto, Juan Desiderio, y Fabián Casas. Dentro de esa generación también se puede mencionar a Daniel Durand, José Villa, Lucía Bianco, entre otros. Cortiñas es además autor de Hospital de Campaña (Fundación Centro de Poesía José Hierro 2011).   

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