Mil flores

Reproducimos un fragmento del libro “¿Por qué los jóvenes están volviendo a la política? De los indignados a La Cámpora”, de José Natanson.

 

Néstor Kirchner asumió el gobierno en mayo de 2003 en una coyuntura particular, que combinaba la persistencia de las convulsiones políticas con una incipiente pero ya perfectamente visible recuperación económica. Gracias a lo que Carlos Altamirano definió como una “carambola política”, el ignoto gobernador de Santa Cruz logró colarse en la interna peronista entre la tendencia neoliberal que lideraba Menem y la neoconservadora que capitaneaba Duhalde, y una vez en el poder sorprendió con una gestión que consiguió reconstruir la autoridad presidencial y afianzar el crecimiento económico tras los dos años de desgobierno de la De la Rúa y la fragilidad del interinato duhaldista.

Sus primeros éxitos fueron resultado tanto de la capacidad de garantizar la gobernabilidad como de su voluntad de transformar algunas de las estructuras más injustas heredadas de los 90. Aunque sus críticos (que lo simplifican hasta convertirlo en la caricatura monstruosa del dictador populista) y sus defensores (que lo simplifican hasta convertirlo en la caricatura inverosímil del patriota salvador) tienden a reducirlo al blanco o negro, lo cierto es que Kirchner no fue ni un héroe ni un tirano. Fue, sobre todo en esos años iniciales, un creador de órdenes: en la economía, donde consolidó y corrigió las líneas maestras trazadas por la gestión Duhalde-Lavagna; en el partido, donde consiguió una nueva pax peronista que le permitió extender su hegemonía incluso a la provincia de Buenos Aires, algo que ni Menem había logrado; y en la región, donde articuló un frente común con otros presidentes.

La desprolijidad que siempre caracterizó los modos de su exposición pública, su traje desgarbado, sus mocasines, sus discursos atropellados, no deberían confundir: Kirchner era un obsesivo que construía órdenes que luego administraba con esmero cotidiano, lo que significaba seguir diariamente la evolución de las variables macroeconómicas, supervisar personalmente el trabajo de sus funcionarios, llegando incluso a nivel de subsecretario, y mantener cientos de reuniones con gobernadores, intendentes, sindicalistas.

Y sin embargo, Kirchner no fue un simple gestor eficiente, esa módica utopía que Mauricio Macri no logra alcanzar. Fue un transformador impetuoso. Hubo en él una cierta voluntad épica, un afán epopéyico que le permitió expandir los espacios de lo que se creía que se podía y no se podía hacer en la Argentina. Como sostiene Isidoro Cheresky, “Kirchner desplegó un ejercicio voluntarista del poder, pero no se trataba de un ejercicio del poder inspirado en los humores colectivos; lo más notorio fue la adopción de decisiones que la sociedad no esperaba, temía o consideraba impracticables”.

Ya desde sus inicios el kirchnerismo exhibió esta tensión políticamente muy productiva entre las necesidades de la gobernabilidad y la voluntad de cambio (en palabras de Beatriz Sarlo, entre el cálculo y la audacia). Y si lo primero explica su decisión de articular alianzas con la estructura tradicional del PJ, el sindicalismo e incluso parte del empresariado (el lado conservador del kirchnerismo), el aspecto transformador fue clave para seducir a los jóvenes.

Recordemos: apenas asumió el gobierno, Kirchner denunció públicamente las presiones de la Corte Suprema y lanzó una ofensiva para cambiarla que concluyó con el juicio político a sus miembros más cuestionados. La sorprendente política de derechos humanos incluyó la reactivación de los juicios contra los represores, la anulación en el Congreso de las leyes de obediencia debida y punto final y actos de un enorme impacto simbólico, como la decisión de descolgar los cuadros de los dictadores del Colegio Militar y la transformación de la ESMA en un museo de la memoria. En el orden económico, Kirchner inició un difícil proceso de negociación de la deuda externa que culminó con una quita sustantiva, terminó con la supervisión del FMI, sostuvo la política de dólar alto y retenciones y el congelamiento de tarifas, y ordenó algunas estatizaciones puntuales, como el correo y el agua. La política social profundizó el despliegue de planes iniciado por Duhalde y añadió el apoyo a cooperativas y microemprendimientos, junto a la estratégica decisión de no reprimir las protestas y la articulación de alianzas con, o cooptación de, algunos movimientos piqueteros (notoriamente el de Luis D’ Elía). En el ámbito regional, el nuevo gobierno se fue acercando a los presidentes progresistas de América Latina y construyó acuerdos sólidos con muchos de ellos, cuyo gran hito fue el rechazo conjunto al ALCA decidido por los líderes del Mercosur en la Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata en el 2005.

Manejando esta tensión entre la necesidad de garantizar la recuperación económica y la voluntad de introducir cambios y reformas, Kirchner fue consolidando un gobierno autoconcebido como la contratara de los dos puntos más altos del ciclo anti-popular de la Argentina reciente, la dictadura y el menemismo, en base a una serie de políticas de intención reparadora y espíritu transformador, que impactaron significativamente en los jóvenes, aunque de manera diferenciada según el sector social, la historia familiar y, claro, la edad.

Este último punto es complejo pero creo que es necesario considerarlo. Podría plantearse así: quienes nacimos en los 70 y hoy andamos por los 30 y pico retenemos de la dictadura recuerdos borrosos y fragmentados. En mi caso, sobre todo, de la guerra de las Malvinas, que asume un aspecto eminentemente musical, con la marcha (“Bajo un manto de neblina”) incorporada al repertorio de canciones que entonábamos todos los días antes de entrar a la escuela.

Del alfonsinismo, en cambio, conservamos –conservo- imágenes más entusiastas y luminosas, aunque también un poco confusas: gente en las calles, recitales en Barrancas de Belgrano, discursos eléctricos por televisión, alzamientos carapintadas, y después la crisis y una de las sensaciones más angustiantes que una sociedad puede experimentar, que es la pérdida súbita del valor de la moneda. Y luego el menemismo, que para el universo progresista era el enemigo a derrotar y cuya máxima contrafigura, peronista y prolija, era Chacho Alvarez: que el proyecto-Frepaso, de donde proviene una parte no menor de la superestructura dirigencial y el colectivo militante K, haya terminado tan mal no le quita brillo al recuerdo de aquellos años.

Como sea, quienes nacimos a mediados de los 70 ya éramos hombres (o mujeres) hechos y derechos cuando Kirchner llegó al poder. Por eso quizás observamos sus primeros pasos con asombro y cierta desconfianza, como si no fuera posible superar tan pronto la larga década menemista y el shock de la crisis. Pero no fue una desconfianza equivalente a la de quienes hoy rondan los 40, que en su momento se entusiasmaron con el alfonsinismo, dieron sus primeros pasos en la militancia en la Franja Morada de los 80 y luego sufrieron la decepción del Plan Austral, la obediencia debida, el felices pascuas. Cada generación lleva su marca y la de ellos es el desencanto con la primera experiencia democrática (experiencia que, como analizo más abajo, tiene bastantes puntos en común con el kirchnerismo).

El impacto más fuerte que produjo esa enorme novedad política que fue el primer kirchnerismo no se dio ni en los treintañeros ni en los cuarentones sino en los veinteañeros. Hablamos de una generación que vivió su infancia durante los 90 y a la que la crisis sorprendió en un momento especialmente sensible, en los años que marcan el fin de la adolescencia y el inicio de la etapa adulta, ese tránsito decisivo en la formación de la personalidad de las personas. Quien nació en 1985 y pasó su infancia y su primera adolescencia en las aguas calmas de la convertibilidad tenía 16 años cuando vio las columnas de gente avanzar a la Plaza de Mayo haciendo sonar las cacerolas, 17 cuando se enteró de la muerte de Kosteki y Santillán por televisión, y 18 cuando Kirchner ordenó descolgar el cuadro de Videla del Colegio Militar. Pueden ser algunos años más, alguno menos: el impacto de estas experiencias es difícil de subestimar.

Lo que quiero plantear aqui es que, con sus primeras decisiones, el kirchnerismo lograba sorprender a un sector de la juventud, en particular a aquellos que hoy rondan los 20, que luego se incorporaría a lo que hoy se ha puesto de moda definir como “proyecto”. En este sentido, el acercamiento de los jóvenes al gobierno no fue una operación “desde arriba” ni un fenómeno de un día para el otro, sino el producto lentamente amasado de un camino que comenzó a transitarse subterráneamente y que poco a poco se fue afianzando, haciéndose visible y, finalmente, adoptando formas más o menos orgánicas, como movimientos sociales, corrientes sindicales o agrupaciones partidarias, de las cuales La Cámpora es la más conocida. Ni siquiera con toda su voluntad y todos sus recursos el gobierno podría haber construido una adhesión de estas caraterísticas si antes no hubiera adoptado una serie de medidas que conmovieron los jóvenes, y si antes de eso no hubieran surgido núcleos de resistencia al neoliberalismo (los movimientos piqueteros, HIJOS, el Movimiento 501), si todavía antes no hubieran sucedido el estallido de diciembre y la irrupción de las asambleas y los piquetes.

Como suele suceder con los fenómenos políticos profundos, la repolitización de la juventud argentina no fue un estallido inesperado sino el resultado de un proceso largo y complejo.

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