Misa Criolla

“Me voy”, dijo una tarde. El gran orador patrio sólo tuvo dos palabras antes de hacer un paro cardíaco del cual no pudo sacarlo Taiana padre, ni Dios mismo, ni nadie. La frase tiene sentido: muchos de sus biógrafos coinciden en que Perón era un nihilista. ¿Qué otra cosa podía decir ese hombre frente a la muerte? “Después de mí, el diluvio”, era también su divisa. Y después de él vino el diluvio nomás. Uno más terrible y duradero que la lluvia de este fin de semana.

Perón tenía, cuenta Bonasso, el “óleo sagrado de Samuel”, eso que distingue a los conductores natos. Esa marca de la bestia era su esencia, lo que justificaba su lugar en el planeta, su don y su condena. ¿Podía el General hacer otra cosa que ser Perón? ¿Quiso escapar de su destino fatal de ser la palabra revelada para todos los argentinos? ¿Podía ser un oscuro jardinero madrileño como tantos próceres exiliados, y evitar el mandato de volver a su tierra para ser crucificado? Sólo sabemos que no lo hizo.

Lo mismo podríamos preguntar casi 40 años después. Porque la pregunta, en el fondo, es milenaria y retórica: ¿Pueden los hombres gambetear su destino? Tal vez. Hablemos de un hombre: ¿Puede Néstor Kirchner a esta altura de los acontecimientos ser otra cosa que no sea Néstor Kirchner? Este humilde camarada cree que puede, pero no.

Un mal salto entre la sístole y la diástole pueden volver a demostrar lo endeble de ciertas construcciones políticas. Al Pocho gracias no pasó nada, pero: ¿Y si pasaba? ¿Sería tan terrible la orfandad del kirchnerismo como lo fue la del peronismo una vez muerto Perón? ¿Qué pasaba con Cristina y el hombre del corazón parlante? ¿Cuál era el futuro del espacio nacional y popular con Scioli Presidente? La historia contrafactual tiene la ventaja de que, por suerte, ya nunca ocurrirá.

Tengo la teoría de que nada grande puede hacerse sin un poco de locura. Que todos aquellos que han hecho historia tienen alguna forma de enfermedad maravillosa que los lleva a romper la barrera de lo previsible. El narcicismo, la bipolaridad, el trastorno obsesivo compulsivo (la simple obsesión) son lo que provoca el cambio (la transistasis) del mundo.

Cometeré la imprudencia, incluso contradiciendo lo que propuse antes, de diagnosticar lo que no conozco. Néstor Kirchner es a la vez presidente, titular del PJ, secretario de UNASUR, diputado y siguen las firmas. Podría decirse que tiene el mismo padecimiento que aquejaba a uno de los Hombres Sensibles de Flores: el berretín cósmico de querer vivir todas las vidas y estar condenado a transitar sólo una.

Pero también podríamos aventurar otro diagnóstico: adicción al exceso. Una afección que puede manifestarse bajo distintas formas, pero que guarda un rasgo común entre todos los que la padecen (incluído un servidor): la imposibilidad de moderarse, de medir. Cualquier cosa, en exceso, puede matar. Kirchner no puede dejar de ser lo que es. Kirchner no puede dejar de ser excesivo. Kirchner no puede dejar (¿acaso alguien puede?) de morir de exceso.

Por suerte -esperemos, toquemos madera, aferrémonos a lo izquierdo- lo vamos a tener un tiempo más con nosotros mientras pensamos estas cosas. Si a Perón lo heredó el pueblo (y no discutiremos los resultados), ¿quién heredará este proceso? Mañana vamos a estar ahí, aguantando, saltando, bailando en busca de una respuesta que tal vez no exista. Para que el diluvio nos agarre cantando bajo la lluvia.

: Facundo Falduto nació en Lanús durante la presidencia de Alfonsín. El destino lo llevó de chiquito a otra vida en otro lugar. Es redactor, escribiente, algo parecido a un periodista, y editor de blogs (?). Miente mucho y a veces habla en tercera persona, como ahora.