Ni fu ni fa: el peronismo en la Ciudad

Por Facundo Matos

Cada dos años se escucha la misma frase en espacios del peronismo porteño: a la Ciudad ya la perdimos, se dice, seguido de un suspiro como si se hubiera intentado verdaderamente cambiar el curso. Lo cierto, sin embargo, es que muchas veces poco es lo que se intenta y siempre poco es lo que cambia de elección en elección: entre 1983 y 2015, el peronismo porteño rara vez se movió de un rango de 20 a 30 puntos. Se mantuvo, osciló, permaneció en ese parámetro nada despreciable de votos, aunque insuficiente para ganar elecciones.

Mientras tanto, el PRO avanzó, y mucho: en un primer momento logró con éxito representar la demanda de terceras fuerzas preexistente al 2001, luego supo devorarse rápidamente el voto radical… y con eficacia creciente, fue por el votante peronista.

 

De huérfanos a hijos ejemplares (del macrismo)

La historia del voto porteño tiene dos etapas muy marcadas. Entre 1983 y 2001, el bipartidismo funcionó. Cuando no ganó el radicalismo, siempre favorito por esos años, lo hizo el peronismo. Con una única excepción (1995), el porcentaje de votos sumado de ambas fuerzas estuvo alrededor o por encima de los dos tercios. Para una ciudad dinámica y de mucha competencia como la Ciudad de Buenos Aires, un porcentaje alto.

En ese contexto, desde el regreso de la democracia hasta los últimos años del menemismo el peronismo mantuvo una adhesión estable de entre un tercio y un cuarto del electorado (entre 25% y 33%) que le permitió consolidarse como segunda opción y hasta lograr en alguna oportunidad (1993) alzarse con el primer lugar. Hacia fines del segundo gobierno menemista, no obstante, la irrupción del Frepaso –primero solo y después dentro de la Alianza– lo hizo caer por debajo del 20% e incluso del 10%.

En el mismo período, el radicalismo dominó el distrito: rara vez bajó del 30% y la mayoría de las veces estuvo por encima del 40% entre 1983 y 1995, llegando a 56,8% en alianza con el Frepaso, en 1997.

Mientras tanto, por izquierda y por derecha, el Partido Intransigente, el socialismo, el Partido Federal y la Ucedé, entre otros, intentaron hacerse un lugar en el sistema de partidos capitalino, con éxitos aceptables, pero fugaces. Elección tras elección, entre las décadas del ‘80 y ‘90, alrededor de un quinto de los porteños buscaron una opción por fuera de los partidos tradicionales, porcentaje que crecía en tiempos de crisis (los picos de voto a terceras fuerzas se darían en el hiperinflacionario 1989, el atequilado 1995 y el caótico 2001). Así todo, ninguna tercera fuerza logró capturar de manera estable ese electorado y todas, en mayor o menor plazo, acabaron por desaparecer o fusionarse dentro de otros partidos.

La historia después de 2001, por el contrario, fue escrita mayormente por los terceros partidos –o uno en especial, el PRO–. La implosión del sistema de partidos argentino en 2001 tuvo en la Ciudad de Buenos Aires su máxima expresión: si entre 1983 y 1999 el PJ y la UCR consiguieron regularmente la adhesión de alrededor de dos tercios de los porteños, desde entonces capturaron a entre 30% y 45%.

La irrupción del PRO sería fundamental en ese marco. En ninguna oportunidad desde su aparición en 2003 bajo el Frente Compromiso para el Cambio, la fuerza que encabeza Mauricio Macri sacaría menos de 30% puntos, una barrera que rara vez había pasado el peronismo y que cada vez más se volvía más difícil para el radicalismo. La tercera fuerza que demandaban algunos porteños había llegado.

Mientras tanto, diferentes opciones panprogresistas surgirían, encabezadas por Pino Solanas, Lilita Carrió o Martín Lousteau, en estos años. Si bien lograrían su auge especialmente en elecciones legislativas de medio término, esos intentos progresistas serían determinantes para probar la existencia de un electorado al mismo tiempo no macrista y no peronista que desnivelaría los balotajes en favor del macrismo y que, sumado al grueso del voto peronista en 2015, llegaría a poner en jaque al oficialismo como nadie antes. Experiencia, la de Lousteau en el balotaje pasado, al saltar de 25% a 48% capitalizando el voto útil peronista, que debería ser enseñanza para las huestes peronistas porteñas.

Chi va piano…

Si de algo le sirvió a Macri el origen italiano de su familia fue para aprender que si se va lento, se llega lejos. El ex Socma y ex presidente de Boca hizo todos los deberes: compitió y perdió una primera elección ejecutiva (2003) para después ser diputado nacional por el distrito (2005-207) y pegar el salto a la Jefatura de Gobierno (2007) y ser reelegido en el cargo en 2011, evitando arriesgarse en el escenario nacional, para hacerlo con mayor seguridad (y éxito) en 2015. La típica carrera del político profesional argentino… hecha por un outsider.

Pero además, con la misma prudencia, su fuerza pasó de integrar un frente más amplio a absorber a los demás partidos en su coalición y de satisfacer exitosamente la demanda de terceros partidos a ganarse el centro porteño radical y crecientemente, el sur (cada vez menos) peronista. Mientras desde el primer momento tuvo los votos del norte porteño, con el pasar de las elecciones se viene consolidando cada vez más en el sur y centro, tradicionalmente adherentes al peronismo y al radicalismo, respectivamente.

 

Balance y deudas peronistas

Mientras tanto, en el peronismo no hubo buenas ni malas noticias: el justicialismo metropolitano no crece ni pierde votos.

Es cierto que en estas primarias perforó su piso histórico desde que existen las comunas en todas ellas, menos tres: la sexta (Caballito), la 13 (Nuñez, Belgrano y Colegiales) y la 14 (Palermo), y volvió a perder votos en las tres comunas del sur (4, 8 y 9), como viene sucediendo consecutivamente en las últimas tres elecciones. Sin embargo, en la comparación histórica, los resultados de esta elección están en línea con los que obtuvo siempre desde 1983.

Los porteños, se dice y repite, no votan peronismo. No obstante, lo que se ve en la práctica es que eso ha pasado más de una vez (en 1993 y 2011, más claramente) y que al menos 20% lo hacen siempre y hay una suerte de peronismo flotante extra de otro 5-10%. Los fieles son mayormente de las comunas sureñas (aunque cada vez menos), a los que se le agregan con mayor o menor intensidad, según la circunstancia, bolsones peronistas en Retiro (1), Chacarita, La Paternal y Villa Ortúzar (15), y Balvanera y San Cristóbal (3).

Si se hace la abstracción y se piensa en que una fuerza X en un distrito Y de un país Z tiene un piso de 20-25%, nadie descartaría tan tajantemente la posibilidad de que gane, con buenos candidatos, propuestas y campaña.

No obstante, entre la falta de comprensión del elector no peronista del distrito y sus demandas, la obnubilación de lo que pasa del otro lado de la General Paz y la comodidad del segundo puesto, el peronismo porteño no sale de su rango de votos desde 1983. Octubre ya quedó atrás… 2019 quizás no tanto.

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