Paisaje religioso, mundo eclesiástico y disputas políticas y sociales: Tres dimensiones para analizar el viaje del papa Francisco a Chile

El viaje de un papa a un país se puede analizar desde múltiples dimensiones, de las cuales me parecen más productivas tres. Una tiene que ver con los factores propiamente “religiosos”. ¿Qué quiero decir con esto? Desde ya que el catolicismo es, como lo dijo José Casanova hace ya más de 20 años, una religión pública, que promueve la acción sobre el mundo más que la huida de este, y por lo tanto resulta complicado distinguir lo “puramente religioso” de lo social y lo político. Sin embargo, las pertenencias, las dinámicas y las formas de vivir la religión constituyen un campo de análisis relativamente autónomo: las tendencias presentes en este campo varían de acuerdo a las sociedades, sus instituciones y su historia. Por lo tanto, un encuentro del papa con la juventud en Brasil (uno de los países con la mayor proporción de católicos de Latinoamérica y en el mundo, pero donde el campo evangélico crece desde hace unos 40 años entre los sectores populares) no significa lo mismo para el campo religioso que su encuentro con los católicos filipinos (donde la Iglesia, desde distintos ámbitos, es una parte indisociable de la vida política del país, de sus costumbres y de sus leyes). De la misma manera, la visita del papa a Sri Lanka, donde el catolicismo es apenas una minoría ante una religión no teísta como el budismo Theravada y una religión politeísta como el hinduismo, no representa lo mismo que su encuentro con los católicos de países donde el proceso de colonización estuvo signado por el catolicismo.

En segundo lugar, el viaje de un papa se enmarca también en las discusiones y estrategias desplegadas dentro de la Iglesia católica. Tal como lo señaló Émile Poulat a fines de la década de 1970 en su libro Iglesia contra Burguesía,  lo que comúnmente llamamos “Iglesia católica” es el resultado de una serie de pujas entre distintos discursos (en general sostenidos por grupos diversos) por definir las relaciones entre lo que está más allá del mundo en el que vivimos, y lo que está más acá. En un sentido similar, Pierre Bourdieu dijo sobre los obispos: “De todos los grupos de representación, indudablemente, no hay ninguno que trabaje de manera tan constante y sistemática como el episcopado, en la tarea de moldear su propia imagen como cuerpo”.  En Latinoamérica y específicamente en Argentina, los sociólogos de la religión estudiaron y siguen estudiando los modos en los cuales la Iglesia católica produce homogeneidad a partir de la diversidad.  Abelardo Jorge Soneira planteó , para decirlo muy resumidamente, que en América Latina a partir del postconcilio surgieron dentro de un mismo marco institucional dos identidades en competencia que señalan distintos hitos de memoria que devienen en diversos linajes: por un lado, la Renovación Carismática Católica (RCC) y por otro lado, la Teología Popular y la Teología de la Liberación. La primera subraya la noción de la Iglesia en tanto comunidad de carismas; la segunda, en cambio, subraya la idea de la Iglesia como “pueblo de Dios”. Mientras que la primera pone el acento en la espiritualidad y piensa el mundo de los pobres a partir del vector espiritual, la segunda recoge la tradición del compromiso social. A la vez que toman como referencia distintos documentos, estas dos tradiciones apelan, además, a distintas reuniones del Episcopado Latinoamericano. La primera se remonta a Santo Domingo (1992) mientras que la segunda se remonta a Medellín (1968). Este componente, que para un no católico o para un católico que cree “por su propia cuenta” puede parecer menor, se vuelve muy relevante dentro del movimiento católico de cada país. Estas tradiciones permean las disputas al interior del movimiento católico y de la Iglesia católica como institución, y si se pretende analizar el viaje de un papa no se pueden puede desestimar estas diferencias y los modos en los cuales las conferencias episcopales producen homogeneidad en cada lugar.

Por último, resulta importante considerar las disputas “propiamente políticas y sociales” que existen dentro de cada país por el significado de la visita del papa. El objetivo de estas disputes reside en, como lo marca Juan Esquivel, traccionar la legitimidad religiosa y reconvertirla en legitimidad política. No está del todo claro que en democracia esta ecuación se pueda llevar adelante. Pero, como lo marca también Esquivel, a menudo los políticos tienen la creencia de que esto se puede hacer obteniendo resultados positivos. Así, “el sueño del coronel propio” del que hablaba Alain Rouquié, se reformuló primero en “el sueño del obispo propio” y hoy, en el sueño del papa propio. Por este motivo, las tensiones y disputas políticas en cada país por definir el sentido del viaje de un papa, de sus palabras, de sus saludos y trayectos, de sus expresiones faciales inclusive, deberían formar parte de los análisis sobre el viaje de un papa.

  1. La dimensión religiosa: ruptura del monopolio católico y pluralización del campo religioso, individuación y desinstitucionalización de las prácticas y creencias

Ahora bien, en lo que respecta a la dimensión específicamente religiosa en Chile, el sociólogo de la religión David Miera Miranda estudió a través prolongadas series del tiempo las creencias y actitudes religiosas de los chilenos a través de datos de censos y encuestas nacionales.

Los datos son bastante similares a los de Argentina:  hay un 12 por ciento de chilenos que se consideran como “sin religión”, una categoría que viene creciendo sostenidamente desde la década de 1990; un 67 por ciento de chilenos que se consideran católicos, una categoría que se encuentra en declive desde la década de 1970;  un 17 por ciento de chilenos que se consideran evangélicos, una categoría que viene trepando desde la década de 1960 aproximadamente; y un 4 por ciento de chilenos que se consideran parte de otras “otras religiones”. Es decir, un paisaje religioso en el cual, si bien los católicos son mayoría, se observa una creciente pluralización en lo que refiere a las pertenencias religiosas.

A la vez, las formas de vivir la religión de los católicos chilenos fueron cambiando en las últimas décadas (de manera consistente con el resto de los países latinoamericanos) hacia formas desinstitucionalizadas e individuales de creencias, actitudes y prácticas. Esto significa que, lejos de existir niveles menores de religiosidad, las formas en las cuales esta religiosidad se manifiesta están cada vez menos reguladas y organizadas por las iglesias, sobre todo por la Iglesia católica, y son vividas de manera cada vez más individual. Esto se traduce, por un lado,  en menores niveles de asistencia al culto, menos jóvenes que quieren iniciar una carrera como especialistas religiosos, menos participación de laicos en parroquias, movimientos u otros tipos de organizaciones, menos catequistas, etc. Y por otro lado, en formas de acercarse a Dios cada vez más individuales como el rezo en la casa y la formación de opiniones que difieren con el discurso oficial de las jerarquías católicas.

Esto coincide desde el punto de vista histórico con otro fenómeno al que Fortunato Mallimaci y Verónica Giménez Béliveau denominaron “quiebre del monopolio católico y pluralización del campo religioso”: Ruptura del monopolio católico porque la Iglesia católica perdió su lugar central a la hora de demarcar las creencias consideradas legítimas de aquellas que no lo son ; pluralización porque otros actores religiosos reclaman para sí este poder de definir el campo de lo legítimamente creíble.

En este sentido, algunas lecturas que se están haciendo sobre el viaje del papa a chile que usan palabras como “indiferencia” o “rechazo” quizás están tomando como supuesto de “normalidad” el caso argentino. Sin embargo, lejos de ser generalizable,  el caso argentino implicó un giro inesperado con la elección de un papa proveniente de este país. La figura de Francisco (“un papa argentino”) se convirtió en un símbolo de argentinidad, a través de un dispositivo cultural que Alejandro Frigerio define como “incorporación al panteón de seres extraordinarios” con los que los argentinos construyen identidades culturales colectivas. Con esto quiero decir que más allá de tratarse de un líder religioso, Francisco (y no Bergoglio) comparte esta característica (ser un “individuo extraordinario”) con Maradona, Gardel, Evita, el Che o Messi .

Por otro lado, estas lecturas que postulan el “rechazo” y la “indiferencia” de los chilenos hacia el papa, a menudo se basan en el rechazo de los chilenos a que el Estado financie el viaje papal. En este dato se naturaliza una preocupación particularmente chilena por el gasto estatal consistente con sondeos de hace por lo menos dos décadas, en los que esta preocupación es especialmente elevada en Chile y no coincide con los datos presentes en otros países, como por ejemplo Argentina, Brasil o Bolivia. Esta preocupación por la disciplina fiscal probablemente se pueda explicar por las políticas implementadas en este país desde el pinochetismo en adelante pero, más allá de estas hipótesis que no podré constatar aquí, se puede afirmar que la misma constituye, por ahora, un rasgo fuerte de la opinión pública chilena.

  1. Dimensión eclesiástica: una jerarquía descreditada y lejos de los pobres

Desde el punto de vista eclesiástico, es decir, de los diversos discursos que conviven en el campo católico chileno y las formas de producir homogeneidad a partir de esa diversidad, la visita de Francisco puede ser importante en un contexto de baja legitimidad de la jerarquía católica en Chile.

Este fenómeno es relativamente reciente. A diferencia del caso argentino, la Iglesia católica chilena (junto a otras iglesias y comunidades) fue un actor clave en la defensa de los Derechos Humanos durante la última dictadura chilena, generando incluso redes trasnacionales que luego funcionaron como soporte de los movimientos de Derechos Humanos de otros países. Y dentro la Iglesia católica chilena, la jerarquía jugó un rol particularmente fuerte en la defensa de estos derechos y garantías elementales. El movimiento católico chileno fue importante, incluso, en la defensa de las minorías sexuales. Uno de los primeros grupos LGTBI, el Grupo Integración, conformado en 1977, agrupaba sobre todo a católicos y personas religiosas pertenecientes a otros credos, que se reunían para hablar de los problemas que enfrentaban diariamente debido a su orientación sexual. Esta historia de la Iglesia católica en Chile la llevó a ser uno de los actores con mayor credibilidad en ese país, con porcentajes muy elevados de aprobación hacia el final de la dictadura pinochetista.

Sin embargo, en los últimos años, esta posición comenzó a cambiar, lo cual se debe sobre todo a dos factores. En primer lugar, a una dificultad de la jerarquía eclesiástica chilena (que muchas Iglesias nacionales enfrentan) para comprender y acompañar los procesos sociales que se dan en el marco de la modernidad tardía. Esta dificultad se hace visible en discursos que hacen más énfasis en cuestiones de moral sexual y familiar que en temas considerados “sociales”, relacionados a la pobreza y los problemas de los sectores más postergados. En segundo lugar, la crisis de legitimidad de la Iglesia chilena está muy vinculada a las denuncias de abusos ampliamente difundidas en la prensa local e internacional. En este sentido, el nombramiento del obispo de Osorno, Juan Barros, por parte de Francisco, fue una medida muy cuestionada por la comunidad católica en Chile y por la opinión pública en general. Barros fue formado por el sacerdote Fernando Karadima, de quien fue colaborador. Karadima es un sacerdote que tuvo mucha llegada a los sectores de poder económico y político en Chile y, si bien fue sobreseído por la Justicia en ese país, fue hallado culpable del pecado/delito de “efebofilia” (abuso de adolescentes) por la Justicia eclesiástica.

En su momento, cuando el papa fue consultado sobre la designación de Barros,  respondió duramente que Osorno sufría “por tonta”. “No se dejen llevar de las narices de todos los zurdos que son los que armaron la cosa; la única acusación que hubo contra ese obispo fue desacreditada por la Corte judicial. ¿Osorno sufre? Sí, por tonta, porque se deja llevar por las macanas que dice toda esa gente”, dijo, en un video que rápidamente levantó críticas de parte de los chilenos.  En este sentido, el rol que cumpla Francisco en este viaje puede ir en un sentido de profundizar la crisis de credibilidad de la Iglesia católica como institución en este país, o apaciguarla según cuál sea su abordaje sobre esta cuestión.

  1. Dimensión política y social: un conflicto más que centenario y un momento de nuevos derechos

En general, la llegada de un papa a un país implica una serie de disputas por parte de la mayoría del arco político para apropiarse de su figura y de sus discursos. Sin embargo, esto no ocurre con tanta intensidad en Chile, donde la líder socialista y atea Michelle Bachelet está “de salida”. El presidente electo Sebastián Piñera, por su parte, no tendrá un encuentro privado con el papa sino que estará presente en dos actos institucionales, uno en la Casa de la Moneda y otro en la Pontificia Universidad Católica.

Hay, sin embargo, dos cuestiones políticas importantes sobre este viaje: por un lado, el conflicto indígena y por otro lado el debate sobre la Ley de Identidad de Género. El conflicto mapuche por las tierras de la Araucanía data de 1860 aproximadamente y desde la ley antiterrorista sancionada en 1984 por el gobierno dictatorial de Pinochet, se recrudeció cada vez más, en una disputa que continúa aún hasta nuestros días. Tal como lo destacó Marcelo Ciaramella, la prédica del papa Francisco en defensa de los pueblos originarios se encontrará con un límite en Chile dado que las organizaciones representativas de los mapuches en la región de la Araucanía tomaron el edificio de la Corporación Nacional Indígena en rechazo a la visita del papa a una zona de conflicto.

En segundo lugar, la Ley de Identidad de Género,  que postula el reconocimiento en el documento de identidad de la identidad autopercibida, obtuvo el voto de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados chilena. Si bien algunos actores políticos alertaron acerca de que esta ley, que entra en colisión con las posiciones históricas de la Iglesia católica respecto a la identidad de género de las personas, peligraba con la llegada del papa, todo indica que pasará próximamente al plenario de la Cámara donde será aprobada. Esta ley representa un paso más en un recorrido que la legislación chilena viene emprendiendo en los últimos años, junto con la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo en algunos casos (violación, riesgo de vida de la madre, etc.) y el reconocimiento de las uniones matrimoniales entre personas del mismo sexo. En suma, la visita del papa a Chile constituye una serie de desafíos, propios de una Iglesia católica que debe lidiar crecientemente con  nuevos formatos de sociedad.