Pensar, pensar (I)

 

Analizar o describir una situación política contemporánea no es simple. Y no lo es porque, por un lado, esa situación política se despliega, se mueve mientras uno la describe. Captar los rasgos que permanecen, los que cambian, los que se están modificando -y comprender en qué sentido se modifican, con qué profundidad y hacia dónde- no es una tarea sencilla. Tampoco lo es porque porque la política es aquello de lo que todos podemos (y debemos) opinar, pensar, pronunciarnos, sentir. Esto hace que siempre habrá más de una mirada posible. Y ya que es así, también estarán involucrados nuestros intereses, valores, juicios y prejuicios.

Leí hace poco -tardíamente- dos libros excelentes en los que se buscó hacer este riesgoso pero apasionante ejercicio, publicados por la Universidad de Buenos Aires, promovidos desde su carrera de Ciencia Política. Primero llegué a una reedición de “La política en tiempos de los Kirchner”, compilado por Andrés Malamud y Miguel De Luca (Eudeba). Repasando ese esencial libro de 2011 supe que en 1995 se había publicado un antecesor: “Política y sociedad en los años del menemismo”, compilado por Ricardo Sidicaro y Jorge Mayer, surgido de unas Jornadas Académicas realizadas el 4 y 5 de noviembre de 1994 por la Dirección de la carrera.

Me voy a concentrar en este último. Los autores que allí publican, en su gran mayoría profesores o graduados de la carrera, buscaban estudiar y encontrarle sentido al menemismo. “¿Qué es esto?” Se preguntan. Pueden hacerlo desde algún costado en particular -haciendo foco en la cuestión de los partidos, los sindicatos, las percepciones de la opinión pública, las reglas electorales- o buscando algún enfoque más general. Y ahí surgen distintas miradas y énfasis. Miradas más apasionadas, otras algo más serenas. En general hay una mirada preocupada sobre el avance del menemismo y también sobre la mala forma física en la que se encuentra la oposición. Otros autores buscan interpretar cuánta fuerza tiene el menemismo, si avanza o se está quedando sin fuerza, si arrasa o si es que negocia.

Algún autor habla de “autoritarismo de mercado”, algún otro de una “mezcla de impotencia y resignación”, de una “sociedad enceguecida por el éxito inmediato” o de una “colonización interna, opaca y poco permeable al escrutinio de la soberanía del pueblo radicada en el Legislativo”. “En estas condiciones es difícil, por no decir imposible, pensar en la posibilidad de que se generen políticas equitativas. Lo que se produce es una particular articulación entre elementos democráticos y autoritarios”, se advierte en otro pasaje. Búsquedas por interpretar lo que ocurre.

Al repasarlo, me surgen dos impresiones. La primera, la honestidad intelectual de los (muchos) autores, que buscan echar luz o buscar algunos conceptos sobre el gobierno menemista mientras se acerca a su cénit. No están de paso, no están, como un entomólogo, diseccionando una mantis religiosa. Les pasan cosas, les hablan a ciertos públicos. Algunos de ellos están urgidos, enojados, se muestran por momentos enérgicos, estridentes. En ese marco, da la impresión de que los autores que más resisten al tiempo, a la tentación de hacer foco en una parte en su intento por explicarlo (casi) todo son los que más se recuestan en lo único que un cientista social puede recostarse: en los libros o en los datos, en miradas ajenas o de otros tiempos que ayuden a echar luz sobre el presente.  

Me voy a concentrar en tres de los textos que son los que más me llamaron la atención. Todos ellos me parecieron excelentes, adelanto. No se trata de ver si “la pegaron o no” porque tampoco están planteados de esa forma. Emprenden la dura tarea de tratar de explicar “qué es esto” haciendo énfasis sobre elementos importantes.

El primero de ellos se titula “Menemismo y peronismo. Viejo y nuevo populismo”, de Marcos Novaro. Lo repaso -al igual que haré con los otros- para que disfruten conmigo de lo muy bien que está escrito. El autor explica que para algunos autores hay una “consustancialidad de ambos fenómenos” (menemismo y peronismo) (Nun, Borón), para otros existe “una abrupta discontinuidad” en ambos casos (por ejemplo, Gruner) y en una tercera posición se señala la “inconveniencia de comparar al peronismo y al menemismo como si se tratara de dos términos dicotómicos” y que la situación es que el “viejo e imperturbable movimiento peronista” resurgiría una vez finalizada la etapa menemista (Torre).

Novaro entiende que “resulta muy arriesgado” inclinarse por alguna de las posiciones y que lo que prefiere hacer es definir al menemismo “simplemente como una estrategia reformista que combina ‘sobre la marcha’ elementos de continuidad y ruptura con el menemismo”. A partir de eso, buscará “determinar cuál ha sido, desde 1989 y hasta el presente, dicha combinación de continuidad y ruptura en cuanto al estilo de gobierno, las formas de representación y construcción de identidad”, al tiempo que apuntará a “sopesar la posibilidad de que las reformas que el menemismo ha ido introduciendo en la economía, las organizaciones de intereses, el sistema de partidos y el Estado decanten en un orden política y económicamente estable capaz de perdurar en el tiempo”.

“El menemismo es, por sobre todas las cosas, una estrategia reformista de gobierno”, advierte Novaro y se pregunta si “la identidad peronista ha sido un obstáculo o un instrumento para el desarrollo de las políticas menemistas”. “Tal vez ambas cosas”, responde. “Se ha comparado a Menem con Fujimori, con collor de Melo y con otros líderes que se presentan como outsiders de la política. Pero el parecido es más bien superficial. Tal vez sería más correcto compararlo con Salinas de Gortari, quien se enfrentó a un dilema similar al suyo y, como él, se afirmó en una fuerte tradición populista para instrumentar reformas que fueron disolviendo sus bases sociales e ideológicas históricas, reemplazándolas por otras nuevas. Pudiendo, de este modo, gobernar sin renunciar directamente a esa identidad. El manejo estratégico de la tensión entre continuidad y ruptura ha sido, para ambos, la clave del éxito”.

 

La destreza de Novaro -con posiciones con las que uno puede acordar o discrepar- se deja ver en el despliegue del texto. “Sin embargo, precisamente en el momento que la profundidad de la crisis demostraba la imposibilidad de restablecer una coalición de gobierno al estilo del populismo tradicional, el peronismo completaba el ciclo iniciado con su derrota electoral de 1983 ante Alfonsín o, más atrás, con la muerte de su fundador en 1974: contradiciendo pronósticos reiterados de inminente disolución, terminaba en 1988 su renovación e institucionalización como partido nacional, daba a luz a un liderazgo capaz de reunificarlo después de 15 años de violentos conflictos internos y se preparaba para ocupar el gobierno nacional en medio del descalabro alfonsinista. ¿Significaría su último y trágico estertor antes de desaparecer, o su incorporación definitiv a, luego de duro peregrinaje, a un sistema político democrático postpopulista? El tiempo diría que ni una cosa ni la otra. Menem comprendió que podía ser simultáneamente enterrador y víctima del curiosamente a la vez colapsado y floreciente movimiento, pero que al mismo tiempo tenía el campo despejado para intentar algo novedoso”. Sorprende todavía leer cómo se despliegan tantas variables y planos.

“El desafío consistía en evitar el doble peligro de atarse a la tradición o diluir su perfil, ‘peronizando’ la democracia y actualizando el peronismo (desde su óptica, ya suficientemente democratizado). Aunque para lograrlo tuviera que disolver o rearticular muchos de los principios y negar hábitos muy arraigados en el Justicialismo y en sus votantes: probablemente no encontraría mayores resistencias dado que esos valores y tradiciones venían atravesando desde la muerte de Perón una crisis furibunda y los ‘esquemas de reconocimiento’ y las mismas identidades e intereses de los actores parecían haberse ido descomponiendo con el paso de los años, las sucesivas frustraciones y, sobre todo, la reciente situación de emergencia”, afirma.

“Alfonsín, que soñaba dar a luz un nuevo régimen político en Argentina,creyó poder lograrlo democratizando a los actores e instituciones de la vieja Argentina, y ellos no tardaron en reaccionar en su contra. Menem recorrió el camino inverso. Asumiendo una posición mucho más pragmática y decidida (la política de los ‘hechos consumados’) y aprovechando la ya avanzada desagregación del campo político, la estimuló desembozadamente, afectando tanto a sus fuerzas com oa las de sus adversarios: planteó una ruptura tajante entre la ‘vieja política’ y la ‘nueva (la suya), limitó el rol de los sindicatos y del propio partido en la toma de decisiones e ignoró los reclamos en términos de derechos adquiridos y fidelidad a la tradición, desprendiéndose de empresas y empleados públicos, de la prestación de servicios básicos y otras obligaciones sin ningún miramiento; con lo que se agudizó aún más la crisis de las identidades heredadas, la fragmentación de los grupos de interés y el relajamiento de los sentimientos de pertenencia partidista del electorado. Menem se presentó así como el único político verdaderamente ‘actual’. Y, en base al plus de confianza otorgado por los votantes, comenzó a conformar una mayoría que respaldara sus políticas de reforma”, agrega.

Y sigue en otro pasaje: “Este camino, como dijimos, era de todos modos muy arriesgado: hasta 1991, el menemismo estuvo en varias oportunidades a muy poco de naufragar, su política económica no daba ún resultados palpables, y su estrategia de reconversión del peronismo lo colocó al borde de una ruptura que, de haberse concretado, hubiera tenido consecuencias irreversibles para el partido. Sería necesario analizar detenidamente cómo fue logrando disciplinar a su partido, así como reconstruir la evolución del programa económico para entender cabalmente cómo se superaron esos y otros obstáculos, pero ello es aquí imposible. Basta señalar que su éxito en ambos terrenos demuestra lo inadecuado de los diagnósticos sobre una supuesta despolitización de la sociedad y la desarticulación entre ella y el sistema político (emparentados con el economicismo en boga al que ya nos referimos). Luego de un primer momento de desafección y fragmentación de identidades (entre 1989 y 1991), amplios sectores que quedaron ‘en disponibilidad’ tanto dentro como fuera del peronismo, fueron incluidos en nuevos vínculos de consentimiento e identificación. Dicha repolitización resultó principalmente de la estrategia menemista, que interpeló a los grupos disponibles, resignificando componentes disgregados de sus identidades en crisis. Esto explicaría que muchos de los que votaron a Menem en 1989 por ciertos motivos, lo volvieron a votar en 1991 y 1993 por los motivos apuestos, que otros ahora lo voten contradiciendo sus comportamientos anteriores”.

(…)

“Las interpelaciones a los trabajadores fueron sustituidas por un difuso ‘hermanos y heramanas’ mientras la libre empresa y el mercado remplazaban a la comunidad organizada y al Estado protector. Convirtiendo de paso los valores del éxito y la eficacia, que ya se extendían en todos los ámbitos de la sociedad, en ctrierio casi exclusivo de juicio en el terreno político”.

Novaro identifica tres elementos sobre los que se ven “continuidades, pero sobre todo discontinuidades, entre el peronismo clásico y el menemismo”. El primero son “los procesos de toma de decisiones y gestión pública”. Así, “la estrategia menemista apuntó a reemplazar el anterior modelo de gestión por otro, que autonomizar a los distintos actores entre sí, concentrara la disposición de los recursos públicos en el Ejecutivo y desorganizara las demandas antes agregadas, permitiéndole al líder gobernar e interpelar a los ciudadanos sin mediaciones. Menem procuró así recuperar el control centralizado y personal de la toma de decisiones, que el populismo en su origen había establecido, pero en una forma que se alejaba considerablemente de ese antecedente. Esa distancia se profundizó a medida que avanzaban las reformas, dirigidas no sólo a fortalecer la autoridad del Ejecutivo sobre los otros poderes (…) y sobre la sociedad, sino a tecnificar la administración y a modificar el sistema de agregación y reconocimiento de demandas”.

Y continúa: “Menem logró de este modo una colosal concentración del poder de decisión, anteriormente fragmentado en una multitud de caudillos que controlaban en forma relativamente autónoma distintos órganos estatales, encabezaban redes clientelares (en algunos casos semifeudales) y negociaban entre sí y con las corporaciones cada decisión. No por nada Menem debilitó esas redes clientelares caudillistas y las subordinó o reemplazó por otras nuevas, en las que el único patrón es el Ejecutivo, que monopoliza así la función del gate keeper”.

El segundo elemento es “la transformaciòn de los actores sociales involucrados en los procesos de representaciòn e integración que moviliza el peronismo y la formas de relación entre ellos”. Veamos qué interesante: “Al mismo tiempo que disminuyen los recursos, o simplemente son excluidos una serie de bienes y servicios de la distribución clientelar, a partir de la privatizaciones y la reducción de las incumbencias y funciones estatales, vemos que se multiplican los planes sociales controlados desde la cúspide, sin interferencias de redes partidarias, y dirigidos a poblaciones focalizadas y/o dispersas (imitando los programas de Pinochet y el Pronasol mexicano). Estas polìticas permiten fortalecer el vìnculo entre Menem y la heterogénea y dispersa masa empobrecida que constituye su principal sostén electoral. Como contrapartida recordemos que en 1990 el menemismo propiciò la fractura de la CGT y ella ya no pudo recuperar su rol tradicional como interlocutor del gobierno, que habìa conservado durante lo regímenes militares y las gestiones radicales”.

El tercer elemento son “la formas de competencia inter e intrapartidaria, los procesos de representación y la construcción de identidades”. “Los partidos han perdido gravitación frente a otros mecanismos de producción de imágen es, como son los medios masivos de comunicación, fundamentalmente la televisión”.  “Todo esto ha tenido consecuencias muy profundas en el peronismo: por un lado, el partido-movimiento de antaño se transforma en una máquina electoral; por otro su líder se ve obligado a extremar sus recursos e imaginación para conservar vínculos de confianza que se han concentrado pero son frágiles, discontinuos y poco integrados; por último, la misma identidad peronista se transforma”. Novaro habla de “la sustitución de la movilización de masas por la movilización de imágenes”, en un contexto en el que “la representación cumple una función mucho más activa e importante que la que cumplía en el populismo clásico”. Se pasa así de una “identidad por alteridad” a una “identidad por escenificación”.

Novaro, en ese contexto, cuestiona la idea de que “la amenaza que suponen los líderes como Menem para la democracia es equivalente a la que ya en el pasado supuso el populismo”. El autor reconoce que la forma de gobernar de Menem implicò “graves alteraciones en la vida democrática” y que Menem “utilizó hasta el hartazgo mecanismos de dudosa apoyatura constitucional”, lo que ha “atentado contra la consolidación” de la democracia y “más aún, contra su profundización”. Pero advierte contra “las visiones mefistofélicas del menemismo” ya que encuentra “muestras de mejoría en algunos aspectos del funcionamiento de nuestra democracia entre 1989 y 1993”. Tras haber superado una etapa de potencial disgregación, el menemismo ha estabilizado la situación. “Se suele sostener que este gobierno no es democrático puesto que excluye a buena parte de la sociedad del disfrute de sus derechos básicos, promueve la desigualdad y la exclusión, pero debemos ser precavidos al respecto: si bien no es igual a la promovida por el populismo histórico, el menemismo también promueve un cierto tipo de integración; la población pobre es uno de sus apoyos más decisivos, es destinataria de la mayor parte de sus interpelaciones y comienza a serlo de políticas sociales cada vez más activas”.

Menem reempalza, para Novaro “una cadena de equivalencias nacional-popular” por un “nuevo principio” fundado en “la eficacia gubernamental” y “el respaldo electoral”. Se dan así “vínculos de identificación inéditos, de naturaleza eminentemente representativa”, lo que entusiasma al autor al romper con la lógica populista anterior. Y remata: “si bien no satisface la accountability horizontal (responsabilidad del presidente ante el Congreso, el partido, la Justicia, etc.) sì se verifica en el menemismo la accountability vertical, la responsabilidad del gobernante ante el gobernado”.

Hasta aquí, la primer parte de estas (re) lecturas.

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: "Escriba" es Nicolás Tereschuk. Politólogo (UBA), Maestría en Sociologìa Económica (IDAES-UNSAM). Me interesa la política y la forma en que la política moldea lo económico (¿o era al revés?).