Pensar, pensar (II)

 

Continuamos con lo que comentamos aquí.

El segundo texto que voy a recorrer es “Los años del menemismo se prolongan: la coalición electoral de 1995”, de Ricardo Sidicaro, que junto con “Algunas notas sobre el menemismo”, de Jorge Mayer, cierran el volumen, de manera breve y con la ventaja de poder escribir luego de la reelección del expresidente.

Escuchemos a Sidicaro: “Es difìcil determinar cuándo comenzó a formarse, pero lució con todo su esplendor en las elecciones presidenciales de 1995. A falta de un concepto más preciso la caracterizarememos como una coalición electoral sui generis, ya que no está conformada por partidos que acuerden una acción en común, sino por conjuntos de electores de los que nos interesa destacar dos grandes grupos con sensibilidades políticas y sociales disímiles. La coalición menemista, pues de ellas se trata, consiguió el 50% de los sufragios. Se colocó así en el umbral mítico en el que la aritmética política suele pensar que se encuentra el paso de la cantidad a la calidad y desde donde se cree escuchar, como si fuese la de un solo hombre, la voz del pueblo. Allí, en el punto preciso en el que la estricta simetría del cómputo autoriza sostener que el 50% se expresó a favor de aquello contra lo cual se manifestó el otro 50%, el raciocinio se obtura. El artificio se basa en un supuesto: la mitad favorable convergió en una misma opción, en tanto que la otra se dispersó en varias alternativas opuestas entre sí. En el centro de la trama argumental que pondera de manera tan distinta a las dos mitades de preferencias electorales, se encuentran los vestigios del pensamiento romántico que alimentó tantas aventuras totalitarias, que afirma el carácter indiviso del volk e imputa a las divisiones políticas su inexistencia”.

Escuchemos ahora la descripción que hace Sidicaro sobre los movimientos populistas:

“Usualmente los movimientos populistas presentan el carácter de un bloque heterogéneo de sectores relativamente unificados por su líder, con un conjunto de ideas contradictorias sobre la sociedad y sus problemas, cuyo común denominador es la creencia de que pueden existir soluciones que benefician a todos los integrantes de un magma social indiferenciado llamado pueblo, que coincide con la nación, tarea para la cual hace falta un estado movilizador. Aquí sólo nos interesa precisar algunos aspectos del bloque social y político de los populismos. En principio, aun cuando los intereses de sus integrantes pueden ser disímiles y conflictivos, el cemento igualitario que une a quienes participan de los populismos tiende a poner entre paréntesis todo lo que se opone a la unidad y enfatiza la convergencia  en las ideas y, por es avía la facilita en la práctica. Si bien todos no se van a beneficiar por igual con la aplicación de un proyecto populista, aquellos que menos reciban no dejarán de encontrar logros materiales y gratificaciones simbólicas derivados de la empresa común. Las tensiones sociales son propias de un bloque de tal naturaleza, si bien son protagonizadas por actores que discrepan acerca de los ritmos para alcanzar objetivos que, de ninguna manera, implican perjuicios sistemáticos para sus asociados. Cuando los conflictos internos alcanza un nivel muy alto, los bloques populistas ven debilitada su eficacia, se dividen, caen del gobierno, pierden elecciones, etc. Los populismos muestran los rasgos de las coaliciones cuyos integrantes se reconocen mutuamente méritos desiguales en la acción compartida y para aspira a la la distribución de sus frutos, pero entre ellos prima la unidad por la combinación de los efectos del discurso que construyen, y que los instituye, y del cálculo político. Tradición y evaluación racional, en dosis distinta según cada participante, dieron por resultado la unión de sectores sociales que ha sorprendido por su estabilidad y su contradictorio equilibrio a muchos analistas de los fenómenos populistas registrados en losa más diversos lugares del mundo”.

Sidicaro considera que al ser electo, Menem reúne el típico voto peronista: “…como había ocurrido en situaciones similares, el peronismo reunió el apoyo de sectores sociales que, si bien no tenían intereses idénticos y expectativas plenamente convergentes, buscaban perspectivas y metas que no suponían proyectos y acciones que implicaran recíprocos perjuicios, desventuras y exclusiones”. Durante los primeros seis años de gobierno eso se modificó. “En contraste con lo ocurrido en 1989, Menem triunfó en las elecciones de 1995 con una propuesta en la que anunciaba un programa de neto carácter liberal en lo económico, profundización de la obra de gobierno en curso. El complemento social: la lucha contra la pobreza y la desocupación fue presentado en todo momento como perfectamente compatible con esas metas económicas. El logro de la estabilidad y haber detenido la inflación era el mayor mérito que atribuía a su gestión el candidato-presidente”.

“El mensaje menemista del ‘95 se emparentó sólo superficialmente con las estrategias discursivas populistas. Al igual que el populismo se dirigió a varios públicos, pero allí donde las versiones originales del fenómeno buscan delinear los puentes que unen lo menos conflicticamente posible a los sectores a los que tratan de hacer coincidir en el mismo proyecto político, el planteo menemista pareció no lograr postular los nexos para hacer verosímil la confluencia entre las que efectivamente resultaron sus dos vertientes fundamentales de apoyos electorales. A los votantes de tradición justicialista se los convocó desde los temas de la justicia social -pobreza, empleo, equidad en los ingresos-, en tanto que a quienes venían de horizontes políticos antiperonistas se les hablaba fundamentalmente de la consolidación del modelo económico y se les aseguraba que no se debía temer una vuelta al pasado, es decir, al peronismo”.

“En realidad, el integrante antiperonista de la coalición sui generis no es una supuesta ‘clase alta’ sino un conglomerado social considerablemente más importante en cuanto a su peso electoral, integrado por individuos que coinciden en sus apreciaciones sobre la sociedad y la política en torno a valores contrarios a las clases populares, al sindicalismo, al aistencialismo estatal, al intervencionismo económico, a la demagogia de los partidos, etc. problemas que sin apelar a un saber sistemático asocian al peronismo. Probablemente, su voto por el menemismo no es el resultado de los beneficios económicos que los integrantes de este heterogéneo electorado pudieron haber recibido, cuestión empírica por demás discutible, sino que expresa una cierta satisfacción con la obra del gobierno, teñida de revancha social. Al igual que el voto de los sectores populares al menemismo, que es familiar, anclado socialmente y de reactualización simbólica del pasado, no fueron distintos los condicionantes del sufragio antiperonista por Menem. El presidente que se reelegía había terminado con el objeto de la ira de tantas sobremesas familiares en las que se había recordado la afiliación obligatoria de los abuelos, el susto de los padres con el peronismo de los ‘60 y todos los revivals, propios y prestados, que a ellos, tercera generación antiperonista, los asaltaron frente a las elecciones de 1989”.

Sidicaro nos advierte sobre “la debilidad de la coalición ‘95”. “Las fuerzas centrífugas o de desestructuración de la coalición electoral menemista se encuentran en las conflictivas expectativas de los dos conjuntos principales que la integran. Los apoyos de origen popular esperan, de una manera quizás difusa, el inicio de  una etapa marcada por la reparación de las situaciones de injusticia social. La pregunta imposible de responder es en qué medida la adhesión al menemismo se puede mantener en los sectores populares si sus condiciones de vida no mejoran”.

“La coalición electoral sui generis de la reelección presidencial es, si se acepta el razonamiento que hemos desarrollado, mucho más débil que la del 89. Aquella se basó en apoyos considerablemente más homogéneos y se benefició, una vez cambiado el programa original, por los efectos de la continuidad de las representaciones sociales peronistas. En seis años de gobierno, Menem perdió una parte de  sus primigenios adherentes. Sin embargo, su política liberal le brindó nuevos votantes y con ellos hizo su mayoría de 1995. Pero estos últimos, como hemos visto, no son vírgenes de política, en sus alforjas tienen expectativas del ala más antipopular del antiperonismo. Son más “realistas” que sus ancestros: la corrupción política y económica parece no indignarlos a la hora del cuarto oscuro”.

“Muchos elementos indican que para el menemismo de la segunda mitad de los 90, el viejo apotegma tantas veces repetido por Perón: ‘mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar’ puede convertirse en la síntesis de las exigencias que desintegren la coalición que les permitió prolongar sus años de poder”, remata Sidicaro.

A su vez, Mayer convoca a no mirar sólo las variables institucionales sino otras para analizar con claridad la etapa menemista. Es más, parece amonestar a quienes buscan una explicación a través de la variable institucional y formal. “Doce años de continuidad democrática suelen dejar a la luz, en toda su crudeza, las cualidades propias de las prácticas políticas en la Argentina; aunque estas resulten necesariamente hirientes a los espectadores con algún sentido republicano”. Agrega “el menemismo, en su modalidad de gobierno, posee un mínimo grado de institucioalización en su ejercicio. El valor procedimental está prácticamente exento, en tanto referente, en su accionar en el proceso de toma de decisiones. Su mecánica práctica, de la cual tampoco posee su absoluta originalidad, es la de arbitrar sobre pugnas entre sectores de poder que se resuelven alrededor del presidente”.

“Las instituciones políticas en el menemismo -por fuera del poder ejecutivo- son importantes a condición de que recreen en forma permanente la imagen de su propia ineficacia y de deterioro relativo. Alguien podría pensar que la situación ideal para este esquema de poder resultaría del cierre del congreso y en una intervención aún más audaz en las funciones del poder judicial. Esta visión es errada pues el esquema de gobierno perdería un eje fundamental de la acción política: un responsable acaparador de todos los problemas que no es capaz de solucionar”.

“Las instituciones deben existir siempre con este carácter provisorio y jamás incidir en lo sustancial. La pregunta que cabe es si en verdad ésta es una cualidad excluyente del menemismo o si, por el contrario, no supera sólo una fase de acentuación de características inherentes a nuestro sistema institucional”, indaga Mayer, quien dispara: “el congreso es el lugar a donde van a parar los asuntos que no interesa solucionar y cuyo potencial político no le preocupa a nadie. El poder ejecutivo sólo envía al parlamento aquellos asuntos que presuponen un costo político severo y es una forma de socializar ese costo con otras fuerzas políticas y con los propios legisladores”.

Mayer, además, cuestiona la lógica con la que la UCR llevó adelante el pacto de Olivos. “Cuál podemos pensar que fue el origen de esta suma de circunstancias equívocas en las que se creyó que la letra de la ley era un freno eficaz a los desbordes legislativos del poder ejecutivo? Ha existido en el radicalismo una noción peligros que tendió a considerar a la ingeniería institucional como herramienta casi excluyente de acción política o, mejor dicho, como instrumento básico de su estrategia de gobierno”. “El radicalismo -lamenta- por el protagonismo que tuvo en la transición democrática, arrastra por estos años esta carga ideológica en la que el interés por la institucionalización es superior a la toma de posiciones sobre cuestiones sustantivas”.

En el mismo sentido, considera que “lo que el neoinstitucionalismo no llegaba a captar era un elemento macropolítico básico: el deterioro de los mecanismos republicanos y la inestabilidad de las democracias suelen estar asociados a la inexistencia de una oposición sólida capaz de situarse como alternativa efectiva de gobierno de turno. El límite de un poder suele estar en otro poder, real e independiente antes que en los mecanismos formales que los distinguen”.

Mayer se pregunta qué está en la base de la legitimidad del menemismo y responde: “parece remitir en forma casi inmediata a su capacidad de satisfacer expectativas de ejecutividad y gobierno. Este elemento, lejos de ser novedoso en la cultura política argentina, posee vastos y consolidados antecedentes: varias décadas de gobiernos militares son por demás elocuentes al respecto. Tanto es así que, como vimos, formaron parte de la nueva cultura democrática”.

Para el autor, hay una novedad pero también continuidades fuertes. “Por primera vez en la Argentina, en esta oleada democrática, aparece un gobierno constitucional con esta cualidad que algunos teóricos han calificado como decisionista”. Y así considera que “el menemismo tiene un reiterado sabor a cosas ya vistas, a cosas pasadas”.

“El menemismo encuentra una creciente similitud al peronismo pasado, a las fórmulas de orientación pragmática que ya desconcertaban en la imagen del propio Perón. La recreación de lo arcaico se da a través de pases que sorprenden por su eficacia y aparente actualidad, pero que en realidad son remanidos para la liturgia del peronismo tradicional que ya pocos cultivan”. Es el pasado que vuelve, una vez más. Mayer recuerda que “muchos autores han destacado la forma en que el menemismo ha destruido la lógica del discurso político”.

“Sus principios no están sujetos a ningún tipo de regla de coherencia, ni siquiera a reglas morales en ningún nivel de generalidad que se las enuncie. Peor aquí radica uno de sus elementos más atractivos”. Entonces “el menemismo es entendido mejor como una experiencia concreta antes que como un juego discusivo”. En este sentido, “la dinámica del hacer sustituye al ser, pues la política no remite a los valores o principios que intenten dar sentido a las obras, sino que las mismas aluden simplemente al poder de transformación”.

Mayer destaca que el menemismo “introduce nuevas pautas en los estilos de confrontación política” ya que “ha sido plenamente consciente de que, en la democracia consolidada la oposición con el enemigo circunstancial, nunca se resuelve por aniquilación del otro; que en los choques de poder jamás se debe subestimar al otro. Sabe que la situación de amigo-enemigo puede mutar con suma rapidez, de acuerdo a cada coyuntura política. Los enemigos de hoy pueden ser los aliados de mañana. Un enemigo ‘quebrado’ es el socio ideal para futuros proyectos”.

El autor deja ver su disgusto. El menemismo, afirma “se puede mostrar servil, sin ningún tipo de pudor, ante los poderosos y es especialmente sensible a las insolencias de los superiores”.

Si usted llegó hasta este punto en la lectura tendrá, como yo, muchas ideas dando vuelta en la cabeza. Muchas de ellas bastante complejas y polifacéticas, útiles para pensar el presente y el futuro, ese lugar donde siempre habrá algo que esté cambiando y algo que permanecerá.

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: "Escriba" es Nicolás Tereschuk. Politólogo (UBA), Maestría en Sociologìa Económica (IDAES-UNSAM). Me interesa la política y la forma en que la política moldea lo económico (¿o era al revés?).