Prohibido llorarlo

CHAVEZ-CANTANDO

Es la noticia que uno jamás hubiese querido escuchar. Murió Hugo Chávez Frías. Su muerte nos desgarra, nos enluta, nos noquea, pero su ejemplo de vida, su palabra rectora, su acción política y su obra de gobierno, nos hace menos doloroso ese dolor infinito. Sospecho que sólo desaparece su cuerpo, ya que su alma se expande hecha bandera entre los millones que luchan por una Sudamérica unida, libre y soberana.  Su muerte física, entonces, a pesar de dejar un hueco profundo en el camino de la independencia, nos deja el sabor del haberlo conocido, de haber sido contemporáneo a ese líder gigantesco ya hecho prócer de la Patria Grande.

Su vida política se inició con una derrota. El 4 de febrero de 1992 se rendía asumiendo en soledad su responsabilidad en una Venezuela poco acostumbrada a “hacerse cargo”. En su discurso de rendición, de menos de dos minutos, soltó el famoso “por ahora los objetivos no fueron logrados”, dejando, profético, al tiempo como aquél  ángel que pondría las cosas en su lugar.

Pagó la osadía de desafiar militarmente al Pacto de Punto Fijo con dos años y dos meses de prisión. Estando encerrado tomó conciencia del ejemplo de su lucha y los miles que apoyaron su intentona le mostraron que algunas veces las derrotas militares se convierten en triunfos políticos. Su salida de la prisión lo encontró armando el movimiento cívico militar que más tarde lo catapultaría al Palacio de Miraflores. El camino no fue fácil. Desde Sudamérica se lo espantó con el mote de golpista. Sólo Fidel, desde el olfato de gigante, fue capaz de ver en ese coronel un proyecto de líder revolucionario.

La campaña electoral por la elección  presidencial de diciembre de 1998 lo encontró con una intención de voto que no superaba un dígito para principio de año. Bajo el lema de la convocatoria a la Asamblea Constituyente y “lanzado por los caminos, como arrastrado por un huracán”, el candidato del Polo Patriótico (PP alianza de partidos, en su mayoría de izquierda que apoyaron a Chávez) recorrió el país mediante la estrategia del “cara a cara”. Los meses siguientes encontraron al candidato opositor al sistema aumentando de forma sideral su intención de voto para alcanzar la punta en las encuestas a menos de tres meses del escrutinio.  Los partidos de Punto Fijo, AD y COPEI, gracias a la mayoría parlamentaria que gozaban, separaron las fechas de las elecciones legislativas de las presidenciales, adelantando en un mes las primeras. El objetivo de la triquiñuela era aprovechar la fuerza de sus bastiones provinciales y crear así un ambiente de victoria antes de la elección ejecutiva. A pesar de ello, las fuerzas del PP realizaron una gran elección y los partidos del sistema debieron resignar sus presidenciables en pos de una candidatura unificada. Pese a ello, Chávez venció por el 56% mostrando que las artimañas electorales son apenas piedritas en el camino cuando la voluntad de un pueblo está a favor del cambio.

El 4 de febrero de 1999, con 44 años de edad Hugo Chávez Frías juraba sobre la “moribunda constitución…  impulsar las transformaciones democráticas necesarias para que la República nueva tenga una Carta magna adecuada a los tiempos”. Esto implicaba la convocatoria a una Asamblea Constituyente para refundar el estado. El contrato social, decía Chávez, que el país necesitaba emergía como el pacto (y paso) previo para cualquier proyecto de transformación económico y social.  Para ello debió llamar a una serie de elecciones (convocatoria a la AC, elección de convencionales y aprobación de la nueva constitución) para poder materializarlo. Como nunca había sucedido en la historia del país, era el pueblo, mediante el voto popular, quien aprobaba el nuevo texto constitucional.  Con porcentajes superiores al 80%, a pesar de la importante abstención, Chávez cumplimentaba la primera promesa de campaña.

Una vez sancionada la nueva Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el presidente en ejercicio volvió a revalidar credenciales en julio de 2000. Esta vez bajo la nueva Constitución incrementó en 3% la elección de 1998 y logró obtener la mayoría de las gobernaciones y de la Asamblea Nacional (AN, el órgano legislativo unicameral de la nueva Venezuela). Esta ingeniera institucional (presidentes que revalidan su poder en constituciones reformadas por el pueblo) fue marca registrada del chavismo, que luego en los años sucesivos tomaron como modelo para sus países Evo Morales y Rafael Correa. Una vez reelecto (o elegido en nuevo formato constitucional) Chávez apuntó los cañones a la transformación económica y social del país.

Las leyes habilitantes de diciembre de 2001, que afectaban seriamente a los poderes fácticos locales, hicieron emerger una nueva oposición anclada en actores sociales (Empresarios y sindicatos) que reemplazaban a los agotados partidos políticos del Punto Fijo  en su rol de resistencia frente a la transformación encarnada en la Revolución Bolivariana. El primer trimestre de 2002 encontró al antichavismo mostrando sus garras frente al presidente y abril se convirtió en el mes en el cual jugó al todo o nada. La movilización del 11 de abril con pretensiones de protesta pacífica, fue desde el vamos el principal intento de darle el golpe de gracia a la Revolución.  En colaboración con los grandes medios de comunicación del país (se deberá escribir un tratado de cómo estos “medios” jugaron y juegan un papel clave en la deslegitimación de gobiernos populares), quienes armaron literalmente un cuadro de represión oficial inexistente, la oposición creó las condiciones para meter una cuña en la fuerza militar y de esa forma sacar a Chávez antes de tiempo. En los días 11 y 12, estos grupos se creyeron el cuento de la “recuperación de la democracia”, pero el baño de realidad  que implicó la movilización popular no televisada del 13 le devolvió a Chávez el gobierno legítimo.

A partir de ese momento el líder bolivariano apresuró los tiempos de la Revolución y creó las Misiones Bolivarianas (MB) al compás que afianzaba su liderazgo en el interior de la fuerza militar (uno de los principales recursos de poder chavista) realizando un proceso de reestructuración en sus filas. A la vez que comenzaba un proceso de transformación social con las MB, creaba Telesur, alimentaba el fenómeno de los medios comunitarios, afianzaba la alianza estratégica con Cuba y América Latina (vendiendo petróleo a precios accesibles, el verdadero socialismo económico), compraba bonos argentinos, se puteaba con Bush (antológico y recomendable el discurso de “váyanse al carajo cien veces yanquis de mierda” o aquel de Naciones Unida “Aquí ayer estuvo el diablo”), apoyaba a todos los candidatos de izquierda del continente, Chávez emergía como un líder popular indiscutido en la región.

Por primera vez en Venezuela la renta petrolera no se iba en canaleta para los “de siempre”, sino que se ponía en función del bienestar social. La disminución de la pobreza, de la extrema pobreza, de la mortalidad infantil, fue consecuencia de esta nueva política. La ampliación de la educación y la salud a quienes antes no gozaban de esos derechos, dio dignidad a los que con anterioridad eran invisibilizados por la política puntofijista. Una transformación monumental en escasos años explican el amor que ese pueblo siente por su Comandante presidente.

Las victorias al hilo en el referéndum revocatorio (único en la región) de agosto de 2004, las provinciales del mismo año, las parlamentarias de 2005 por abandono (la opo venezolana no presentó candidatos para deslegitimar la contienda) y la reelección presidencial en 2006 con el 62% de los votos, le indicaron al líder bolivariano que estaban las condiciones para avanzar hacia el socialismo del siglo XXI (creación chavista) y la reelección indefinida. Una vez más, como lo hizo en cada una de esas coyunturas, llamó al pueblo a referéndum. En diciembre de 2007 se dejó en manos del voto popular este nuevo desafío y por primera vez en la historia, las urnas le fueron adversas al primer mandatario. A pesar de perder por menos del 2% de los votos, esa misma noche reconoció la derrota y anunció, una vez más, que “por ahora” no se había cumplido el objetivo.
Lejos de amilanarse con el fracaso, llamó a la rectificación del gobierno. Realizó cambios internos y se preparó para los comicios regionales de 2008, el cual implicó el debut de su nueva criatura: el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). El triunfo en estas elecciones dio pié para insistir con el proyecto de reelección indefinida. En febrero de 2009, finalmente, mediante el referéndum (una vez más era el pueblo quien dictaba los destinos de la Revolución Bolivariana) se eliminaron las limitaciones reelecticas de un presidente. A pesar de la victoria electoral, la crisis internacional comenzaba a hacerse sentir en el país. Los años 2009 y 2010 debió enfrentar protestas de diferentes sectores sociales y de algunos aliados que saltaron del barco bolivariano. La elección parlamentaria de septiembre de 2010 marcó que la hegemonía del chavismo se encontraba en jaque: a pesar de la victoria bolivariana, la oposición realizó una gran elección. El gobierno, pese a perder la mayoría especial, mantuvo la mayoría absoluta.

Hasta que llegó el fatídico junio de 2011. Luego de semanas sin apariciones públicas tras un viaje a La Habana, Chávez, desde la isla, anunció la aparición de células cancerígenas en su trajinado cuerpo. La humanidad del héroe encontraba el límite en su propia biología. El hombre “sin vacaciones” y con “escasas horas de sueño y litros de café” encontró su primer desafío real.  Los meses sucesivos mostraron a un Chávez recuperado. A principios de 2012 habló más de ocho horas seguidas en la Asamblea Nacional, desafiando a la cadena del desánimo mundial con sede en Madrid y Miami que hablaban de “dos meses de vida”. La recaída de abril de ese año parecía dar razones a los inhumanos agoreros de esas usinas, y las elecciones de octubre aparecían como una quimera para un cuerpo tan golpeado por las operaciones.  Sin embargo, en un último esfuerzo descomunal, Chávez priorizó el proyecto por sobre su vida y dio batalla en un campaña electoral extenuante. El sabía de los riesgos de afrontar esta nueva lucha y creemos que como el líder excepcional que fue optó por la mejor elección: cuidar el proyecto bolivariano.

Tras una campaña electoral eterna y poniendo su cuerpo cansado en pos de asegurar el triunfo, Hugo Chávez hizo el último esfuerzo para garantizar la continuidad de la Revolución Bolivariana. Como no recordar en esta hora la firmeza de sus palabras, los gritos infernales dados por él mismo cuando exclamaba la palabra revolucionaria ¡Chávez! al que las mismas piedras, de ser posible, votarían. Y llegó el 7 de octubre histórico. Y una vez más desmintiendo a los pasquines internacionales y locales (que arman sus mentiras, las repiten en cadena y después se las terminan creyendo) que aseguraban un empate técnico, Chávez volvió a triunfar. Con una ventaja de 11% y venciendo en todos los estados, aún en el distrito de su desafiante, el líder bolivariano aplastó las ilusiones de los enemigos de siempre. Fue su última elección como candidato y una digna despedida ya que el mundo posó sus ojos en esa votación con record de asistencia y rápida definición.

El discurso de la victoria en la noche del 7O se lo vio agotado. El esfuerzo le empezaba a cobrar el precio sobre su humanidad. Al otro día del triunfo presidió una reunión de gabinete. Íntimamente Hugo creía que ya no quedaba tiempo y había que apurar las cosas. En uno de los últimos discursos exigió a sus funcionarios más trabajo, más compromiso, “no puedo ser yo el intendente de esa ciudad, no puedo estar controlando todo” declaró.

El sábado 8 de diciembre en cadena nacional anunció que se debía someter a una nueva intervención quirúrgica por la reaparición de células malignas. Fue un discurso largo en el que se lo vio serio y sin la sonrisa que lo caracterizaba. Esa sonrisa, plena de alegría que era su marca registrada y que nunca lo abandonaba, ese sábado no brotó. Sabiendo de los riesgos a los que se sometía en la operación, no quiso cometer el mismo error de Perón y le dio nombre a su sucesor: Nicolás Maduro.

Como siempre sucedió y hasta donde pudo, Chávez mismo fue el comunicador de su enfermedad. Y a pesar de todas las mentiras que se dijeron sobre su padecimiento y que hoy podríamos recordar sólo poniendo google en internet (“le quedan dos meses”, “tiene muerte cerebral”, “metástasis”, etc.), el líder bolivariano siempre le dijo la verdad a su pueblo y al mundo.

El 11 de diciembre bancó una operación de seis horas. Maduro cuando comunicó el resultado de la intervención quirúrgica tardó en decir la palabra “exitosa”. Ahí muchos caímos en la cuenta que sólo pendía de un milagro. Los escuetos partes sobre la enfermedad dados por Villegas y el propio Maduro hablaron siempre con la verdad: “delicado”, insuficiencia respiratoria”, “batalla por su vida” “aferrado a Cristo”. Sólo los canallas de siempre decían que no se informaba al pueblo, claro ellos demandaban una sola verdad: el anuncio de su muerte. No respetaron nada, no hubo límite que no hayan sobrepasado. Chávez desde su lecho de enfermo nos mostró lo que son esos diarios sagrados para la prensa canlla nativa: cínicos a los que no les tiembla el pulso para mentir descaradamente al extremo de inventar una foto.

A partir de hoy Chávez pasa a formar parte de la galería de los próceres latinoamericanos. Indiscutiblemente. Escuchar que aún quedan dentro de los ámbitos políticos y académicos dudas sobre el espíritu democrático que guió la acción de este gigante sudamericano da gracia. Basados en esquemas foráneos vaciaron de contenido al concepto  de democracia cuestionando al tipo que se sometió a más de 15 elecciones en 14 años. Con un dedo acusador intentan enseñarnos que los líderes como Chávez no respetan la democracia, habiendo sido él mismo quien más ha acudido a la voluntad popular para llevar adelante su proceso transformador.  ¿Dónde hacen descansar el origen de la democracia esta gente? ¿Cómo son capaces de caracterizar este proceso como autoritario? ¿Qué aprendieron en las universidades? En fin… Quienes critican desde ese mismo palo a la reelección indefinida deberán tomar nota que son pocos los líderes que pueden revalidar en las urnas sus mandatos. La tarea titánica que llevó adelante Chávez muestra que un cuerpo sólo no soporta más de tres quinquenios. Hasta hoy Helmut Kohl logró superarlo (los estadistas – y grandes demócratas para los medios “republicanos”- Mitterrand y Felipe González duraron como el líder bolivariano). Lidiar, como en el caso de Chávez, con los muchos enemigos de la Revolución es un proceso desgastante y agotador.

Se fue el Fidel de nuestros tiempos. El primero que nos devolvió la esperanza de que el neoliberalismo pudiera ser enterrado y que otro camino era posible. Lo comenzó allá en 1998 y bancó en soledad la parada. Más tarde llegaron Lula, Néstor, Evo, Correa, Pepe, Cristina y Dilma para hacer más grande la patria sudamericana. Recuerdo en esta hora las cuatro veces que vi a Chávez: la primera en enero de 2003 en Porto Alegre, salió al balcón de la intendencia y me puse a llorar junto a mi compañera de la vida; la segunda en Montevideo, en marzo de 2005, la tercera en Mardel allá por octubre de 2005 y la última en Ferro, en marzo de 2007. Todas esas veces dejaba una frase, un grito, una cita, que nos hacía pensar y sentirnos más sudamericanos. Como te vamos a extrañar Hugo. Un mensaje de texto fue la forma de enterarme de tan penosa noticia. Lloré hasta que me llamó un amigo y me recordó las palabras de Maduro: “Prohibido llorarlo”. Que tristeza carajo. Que dolor. Creo no poder terminar a sabiendas que me quedaré con ese vacío, con ese hueco en el alma y todas estas palabras sólo fueron la excusa para no sentirme con este inmenso desconsuelo. Hasta siempre Comandante.  Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos.

: Doctor en Ciencia Política y docente (UBA- UNSAM- FLACSO)