Sin verde no hay violeta: el aborto ilegal también es violencia machista

 

“No hay que ligar el reclamo del movimiento Ni Una Menos a la legalización del aborto” dice la vicepresidenta de la nación, consultada por un reconocido periodista que la interpela acerca de lo sucedido este 4 de junio en las afueras del Congreso Nacional.

No asombra que se manifieste en ese sentido respecto de la ley de IVE. Sabemos de dónde viene y sabemos, sobre todo, hacia donde va. Pero lo que no deja de sorprender es que, a esta altura del partido, no se comprenda que la relación entre aquellas dos cuestiones es tan intrínseca que el movimiento de mujeres no duda en afirmar que sin aborto legal, seguro y gratuito no hay Ni Una Menos.

En el desarrollo de la respuesta que brinda Gabriela Michetti refiere que nada tiene que ver una cosa con otra, e incluso acusa al colectivo feminista de ser sectario por teñir de verde el reclamo que ya es un icono de nuestra sociedad cada 3 de junio y que, según su punto de vista, no tiene vinculo alguno con lo que se discute por estos días en el parlamento.

Dice la mandataria que Ni Una Menos es solo el reclamo por la violencia de género de la que somos víctimas las mujeres dentro del sistema patriarcal en el que vivimos.

No hay porque interiorizarse en la cantidad de formas de dominación hacia las mujeres que abarca el reclamo de los movimientos feministas – de los cuales no solo forma parte Ni Una Menos, sino que actualmente este es casi columna vertebral del movimiento de mujeres-, pero cuando unx escucha semejante omisión por parte de un funcionario público de tal magnitud, los oídos duelen y se hace casi imprescindible volver sobre este asunto para demostrar porque sin aborto legal no hay ni una menos.

Cuando hablamos de aborto hablamos en principio de que se deje de legislar sobre el cuerpo gestante como si el mismo fuera propiedad de aquellos que deciden y no de la mujer que lo porta con la suficiente privacidad y autonomía para tomar decisiones. Hablamos de respeto hacia las decisiones de la esfera intima. La imposición de leyes que contrarían esto último, son claros signos de violencia, y en este caso, de violencia contra la mujer, de genero o machista, según el termino que se prefiera utilizar.

Parece innecesario tener que aclarar lo siguiente en los tiempos que corren pero la violencia de genero no es solo el golpe o el femicidio. No poder respetar las decisiones individuales de una mujer como si fuera solo un cuerpo sin dueña, también es ejercer violencia sobre su integridad, es violar el derecho a la autonomía de la voluntad que garantiza la Constitución Nacional.

Mientras que los que se oponen a la ley cuestionan la cantidad de abortos, estigmatizan a las jóvenes que “piensan con la bombacha”, y mientras se van discutiendo dogmas y creencias que quieren implantar la idea de la defensa de las dos vidas como acto de resistencia a esta ley, la única realidad es que en distintos lugares del país hay mujeres abortando sin tener la posibilidad de elegir libremente. Al mismo tiempo que se gira en torno a estas discusiones sin sentido, la plaza de los dos congresos, repleta de pañuelos verdes enarbolados por mujeres, pide en un grito global despenalización y legalización. Y lo hace el mismo día que se cumple otro aniversario de Ni Una Menos. Gritan para terminar con la violencia que ejerce el estado cuando no legisla en función de ese reclamo y sigue tratando a las mujeres que abortan como meras delincuentes. Gritan pidiéndole a los legisladores que adviertan que las normas quedaron obsoletas, que incluso esas normas son contradictorias cuando legitiman que se destruyan embriones en un tratamiento pero defienden en esa misma etapa a la persona por nacer cuando se trata de otorgarle a la mujer el derecho a decidir. Existe una pena de prisión para un delito que ejecutan casi 500.000 mujeres por año. Esas penas se efectivizan en menos del 1 % de los casos, lo que demuestra que la penalización tiene una persuasión prácticamente nula. Gritan las mujeres pidiendo que se acabe la complicidad de quienes nos gobiernan. Gritan las mujeres exigiendo que abran los ojos, y que lo hagan todos y todas.

Cuando una mujer aborta es a priori señalada y juzgada. Si llega al hospital con un aborto espontaneo, queda sujeta a la moral del profesional que le toque en “suerte”, incluso en los casos en que la ley vigente autoriza la realización de la practica por distintas causales. Esa mujer queda tan relegada a la voluntad ajena que según en qué provincia del país resida, se le respetará o no el derecho legitimo que reconoce el art. 86 del código penal. No debe haber una manifestación más clara de la violencia que aquella que implica la violación de un derecho adquirido.

También hablamos de violencia cuando decimos que las mujeres no cuentan con el acompañamiento profesional necesario en caso de no querer continuar con un embarazo no deseado y tienen que decidir entre el riesgo y las consecuencias de la clandestinidad o la imposición de un proyecto de vida que no era el previsto. Ese despotismo que habilita al que tiene poder a obligar a otra persona, anulando sus deseos y desconociendo sus posibilidades, es violencia.

Por último, habría que decirle a la vicepresidenta y a todos los que siguen su lógica separatista, que el hecho de que el Estado siga mirando para otro lado cuando sabe que las mujeres mas pobres se mueren desangradas en la mesa del comedor de la vecina que le practica un aborto con una aguja, o cuando es cómplice del negocio millonario que se genera en lugares coquetos como consecuencia de la ausencia de políticas públicas, está ejerciendo violencia de género institucional.

Y las distintas manifestaciones de la violencia de género (aunque prefiero decir machista para evitar los intentos de invertir la cuestión) no son más o menos violentas según quién las legitime. La violencia machista podrá tener distintas formas y vestir distintos colores pero es una sola. Es la misma que  mata a una mujer cada 18 horas, que precariza a las trabajadoras, que mantiene una brecha salarial del 27 % en perjuicio de las mujeres y un techo de cristal, que cosifica, que discrimina, que maltrata, que nos obliga a abortar con miedo, con vergüenza y solas.

A pesar de los esfuerzos que se realicen para desviar el eje de los reclamos del feminismo, de los feminismos, de Ni Una Menos, o de cualquier otra organización que este luchando por eliminar todas esas formas de dominación que hace que las mujeres nos llevemos la peor parte, sepan aquellos que se confunden y aquellos que dudan que el violeta y el verde son dos caras de la misma moneda.

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