Trump y Clinton se subieron al ring de la telepolítica

 

Por Por Leandro Morgenfeld

(@leandromorgen Docente UBA. Investigador Adjunto del CONICET. Autor de Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en las conferencias panamericanas, de Relaciones peligrosas. Argentina y Estados Unidos y del blog www.vecinosenconflicto.blogspot.com)

 

 

 

Estados Unidos, la cuna del showbiz, logró hace medio siglo transformar también la política en un espectáculo. Desde el famoso primer debate televisado, el 26 de septiembre de 1960, en el cual el joven y carismático John F. Kennedy descolocaba a Richard Nixon –rehusó maquillarse, transpiró exageradamente, se mostró nervioso-, casi todos comprendieron que, para la telepolítica, a veces una imagen o un gesto valen más que mil palabras. Scioli lo padeció en carne propia, cuando el saldo de Argentina Debate fue el nada espontáneo beso que Juliana Awada le estampó al final a Macri, viralizado luego por el aceitado aparato de propaganda comandado por Durán Barba.

 

El lunes por la noche asistimos a una suerte de Super Bowl de la política estadounidense, promocionado como el debate presidencial con más audiencia de toda la historia –más de 80 millones de televidentes-, superando el récord de 1980, cuando el actor devenido en político, Ronald Reagan, superaba a James Carter, imposibilitando su reelección e inaugurando una ofensiva neoconservadora que se prolongó por más de una década.

La expectativa era mayúscula: el desafiante Donald Trump, magnate de la especulación inmobiliaria, cuya fama se multiplicó gracias al reality “El aprendiz” (aquel en el que iba despidiendo participantes con el latiguillo You are fired!) iba a enfrentar a la incombustible Hillary Clinton, última sobreviviente de uno de los dos clanes políticos que dominaron la escena política en Washington en la posguerra fría. Contra todos los pronósticos, la candidatura del republicano no sólo no se desplomó al ritmo de sus ya casi cotidianos exabruptos, sino que llegó al primer debate casi igualando a su rival en intención de voto, según revelan las encuestas, esa otra gran pasión estadounidense.

El reciente desvanecimiento de Hillary, durante los actos del 11 de septiembre, pusieron el tema de su salud nuevamente en primer plano. Donald insistió en que esta mujer no tenía el temple para ser presidenta, menos Comandante en Jefe de las tropas imperiales. ¿Aguantaría Hillary los 90 minutos de un combate a 6 rounds, con las punzantes chicanas con las que Trump fue demoliendo a cada uno de sus contendientes en la interna republicana? Sí, lo hizo. Y salió airosa. Si el empresario tuvo un comienzo auspicioso, que auguraba al menos una victoria por puntos, luego de los primeros 30 minutos perdió la iniciativa, y Hillary logró colar tres o cuatro comentarios irónicos de su estudiado guión. Estas estocadas pusieron nervioso a Trump, al punto tal que terminó levantándole el tono al moderador del debate, cuando lo contradijo en relación con su apoyo a la invasión a Irak en 2003.

 

Enumeremos algunas impresiones sobre la carrera electoral, luego del mojón que implicó este primer debate.

 

1. Hay que tener en cuenta ciertas características singulares del sistema electoral estadoundiense. En primer lugar, el voto no es obligatorio, por lo cual para la demócrata será clave saber cuántos de los espantados con Trump finalmente irán a votarla, siendo que ella también cosecha un altísimo índice de rechazo. 

2. No hay sólo dos candidatos, sino cuatro con cierta relevancia. Gary Johnson, del Partido Libertario, y Jill Stein, del Verde, suman más de 10% de intención de votos, según las encuestas, aunque el sistema bipartidista no les permite participar en los debates, por lo tanto habrá que ver cuántos de esos votantes terminan optando por un voto “útil” a Clinton, considerándola el mal menor.

3. La elección no es directa, sino a través del colegio electoral. No gana el que más votos populares obtenga, sino el que consiga al menos 270 de los 538 electores. Y, quien se impone en cada estado, se queda con el 100% de los representantes: no hay reparto proporcional. Entre 30 y 40 estados son electoralmente previsibles: son siemrpe rojos (republicanos) o azules (demócratas).a elección la definen los otros 10 a 12 swing states, o sea los oscilantes. Allí se concentrarán en las próximas seis semanas los actos proselitistas y los centenares de millones de dólares que aceitan la maquinaria de la plutocracia estadounidense.

4. Ambos candidatos pertenecen, con matices, a la familia neoliberal y, más allá de lo que digan en la campaña, no van a modificar los lineamientos fundamentales del llamado “gobierno permanente” de Estados Unidos. Sin embargo, ésta es una elección atípica desde el inicio, lo cual plantea prevenciones frente a los análisis tradicionales.

5. En al campo demócrata, pese al apoyo compacto que la ex primera dama recibió por parte de su partido y sus multimillonarios aportantes, Bernie Sanders –el único senador extrapartidario de la Cámara Alta- cosechó el 46% de los votos en las primarias, obligándola a modificar en parte de discurso. Hillary, a diferencia de lo que le ocurrió con Obama hace 8 años, esta vez salvó la ropa, pero tiene un problema: como encarna al establishment político de Washington, muchos jóvenes entusiasmados por la retórica socialista del senador de Vermont se muestran renuentes a movilizarse y hacer campaña en favor de quien es considerada una  representante del 1% que gobierna contra el otro 99%.

6. Existe un extendido hartazgo hacia el sistema político y económico norteamericano. El tema es cómo y quién lo canaliza. Trump trata de presentarse como un outsider para capturar el voto anti-política, traccionando a su favor el rechazo al establishment de Washington, tan bien retratado en la popular serie House of Cards. En el debate, Trump acusó a Clinton de ser parte de quienes gobiernan hace 30 años, responsables de la crisis de empleo que derrumbó el American dream. Más allá de sus comentarios misóginos, xenófobos y favorables a la libre portación de armas sin regulación estatal, que tanto nos indignan y que encuetran eco en un sector no menor de la sociedad estadounidense, lo cierto es que Trump promete la defensa de los puestos de trabajo en Estados Unidos (5 millones de empleos fabriles perdidos en últimos 15 años, por eso dice rechazar el NAFTA y el TPP). Sobre ese sensible tópico versó su intervención en los primeros minutos del debate, insistiendo en que no va bien la economía de Estados Unidos, como pretenden exhibir Obama y Clinton.  Los más de 45 millones de pobres que viven en la principal potencia del mundo parecen darle la razón, al menos en esta parte del diagnóstico.

7. Si uno se quedara sólo con el debate, no habría dudas de que Clinton debería ganar. Ahora bien, hay que confrontar las propuestas apenas moderadamente progresistas que exhibió ante Trump (más impuestos a los ricos, garantía estatal de ciertas prestaciones en salud y educación, respeto a las minorías, reivindicación de las mujeres, regulación de la portación de armas, tolerancia hacia los inmigrantes) con su larga trayectoria como senadora y Secretaria de Estado. Como recuerda en un reciente artículo John MacArthur, director de Harper’s Magazine, la biografía política de Hillary dista de ser progresista: votó la invasión a Irak en 2003 (a diferencia de Obama o Sanders), dio tres discursos por 225.000 dólares cada uno ante banqueros de Goldman Sachs, apoyó siempre los tratados de libre comercio (fue la que negoció la firma del Acuerdo Transpacífico –TPP-, aunque ahora diga que se opone), impulsó el bombardeo contra Libia, alentó inicialmente a los islamistas radicales en Siria, fue parte del Consejo de Administración de WallMart entre 1986 y 1992 –de fuerte historial antisindical-, junto a su marido, apoyó la desregulación de WallStreet en los noventa, y el giro del Partido Demócrata, que abandonó por aquellos años cualquier atisbo de defensa del estado benefactor. O sea, por más que, frente a Trump, Hillary aparezca como una cándida exponente de la socialdemocracia, en realidad es una fiel representante del llamado “gobierno permanente” de Estados Unidos, aunque para la campaña deba travestirse de progresista. 

8. A esas contradicciones de su rival apuntó reiteradas veces Trump en el debate: lindas tus palabras, Hillary, pero son sólo eso, palabras. También le recordó que los afroamericanos estaban cansados de ser cortejados, cada cuatro años, para luego ser abandonados sin más.

9. Ese es otro de los datos a tener en cuenta para analizar el pulso de las elecciones. Si en la campaña vernácula los candidatos le hablan a un “argentino medio”, y prima lo políticamente correcto, según el sentido común establecido, en el caso de la sociedad estadounidense, mucho más diversa y fragmentada, cada uno le habla a su base electoral. O a su teleaudiencia. Trump pretende algo que para muchos es imposible: ganar con el voto de los hombres blancos de la “América profunda”. Clinton, en cambio, quiere ampliar el apoyo que cosecha entre las mujeres y las minorías: afroamericanos, latinos, musulmanes, LGBT. Las campañas, los actos, los discursos, las apelaciones, son segmentadas. El problema que concitan estos debates es que son una de las pocas instancias en las que hay que hablarles a todos los “nichos” electorales al mismo tiempo.

10. En síntesis, no hubo knock out el lunes. Para la mayoría, ganó Hillary, o al menos superó la tan temida prueba de fuego. Pero los balances no son homogéneos. Trump se encargó personalmente, vía twitter y en las primeras horas del martes, de mostrar sus propias encuestas, que lo daban como triunfador. La campaña sigue. El martes 4 de octubre se producirá el único cruce entre los vices: Tim Kaine, ex gobernador de Virginia, de perfil similar al de su compañera de fórmula, y Mike Pence, el ultraconservador evangelista que eligió Trump para asegurar el apoyo de la base de su partido, que reniega de ciertas desviaciones liberales del magnate. Luego habrá un segundo combate entre los pesos pesados, Trump y Clinton, el 9 de octubre. Y, como no podía ser de otro modo, el round final se peleará en Las Vegas, diez días más tarde.

Alguien dijo alguna vez que en las elecciones de Estados Unidos debería votar el mundo entero. No eligen sólo a su presidente, sino a la cabeza del gendarme planetario, al conductor del imperio del capital. Eso explica, en parte, por qué la contienda Trump-Clinton concita tanta atención mundial. Y, con todo lo que los distingue, ambos candidatos son fieles exponentes de la clase dominante estadounidense. Hasta hace poco, además, no se llevaban tan mal. Trump, por ejemplo, aportó 100.000 dólares a la controvertida Fundación Clinton en 2009. Y Hillary y su marido se ubicaron en la primera fila cuando Donald se casó, hace una década, con su escultural esposa, Melania.

Por último, una pregunta recurrente: ¿qué le conviene a América Latina y a la Argentina? ¿Trump o Clinton? Ninguno de los dos. Ambos continuarán con la estrategia secular de mantener el dominio en su patio trasero, fomentando la fragmentación de los países latinoamericanos y manteniendo lo más lejos posible a las potencias extra hemisféricas. A diferencia de Sanders, muy crítico en este aspecto, ni Trump ni Clinton se propusieron modificar esos lineamientos históricos. El republicano podría generar un crecimiento del sentimiento anti-yanqui (como ocurrió con bush hijo) por su xenofobia y su estigmatización de la población hispana. El triunfo de Hillary implicaría una continuidad de las políticas interamericanas de Obama –por eso Macri y Malcorra la prefieren-, pero con una posición más dura respecto a los países no alineados. En síntesis, si con Obama hubo expectativas, luego frustradas, ahora ni eso. Analizando la oferta electoral, es difícil tener esperanzas frente a la contienda que se resolverá el 8 de noviembre.

 

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