Una aproximación a representaciones sociales del electorado macrista

Por Nicolás Freiburn y Nicolás Tereschuk.

Con la asunción del macrismo al poder del gobierno nacional en diciembre de 2015, el paisaje ideológico se ha reorganizado de un modo considerable. Muchas de las ideas que el gobierno hace suyas -ya ea explícita o implícitamente-, o con las que se siente más cercano, han venido cobrado una mayor visibilidad, articulándose con determinadas posiciones y discursos sobre temas sensibles y complejos relativos a la organización política, económica y social.

En este marco, y como un aspecto que vale la pena señalar, esas ideas pueden ser activadas o potenciadas por actores políticos y sociales específicos, ya sea por el presidente de la Nación, un legislador o un conjunto de intelectuales, brindándoles de ese modo una mayor legitimidad social. Sucede que, contra las propias evidencias que el gobierno de Macri permanentemente trata de negar, para nosotros resulta notorio que esa misma negación contiene posiciones que definen aspectos sustanciales del núcleo ideológico del gobierno. Es por esta vía que la cuestión de las representaciones sociales no puede ser leída como si se tratara simplemente de una mera cuestión de verdad o de falsedad, porque dada la existencia de esas mismas representaciones, nos interesa saber cómo se organizan, articulan y dan forma a ciertos lenguajes sociales en un contexto político determinado. Creemos que esto nos permitirá aproximarnos desde una óptica más amplia al tipo de narrativa que el gobierno le propone a la sociedad, así como al grado de intensidad que ciertas representaciones pueden alcanzar en sectores de la ciudadanía a partir de la identificación que se establece con las mismas.

Con estas preocupaciones políticas e intelectuales en mente hemos realizado dos experiencias de grupos focales de votantes de Cambiemos de la Ciudad de Buenos Aires (un grupo de jóvenes y otro de adultos), con la intención de visualizar y registrar justamente la producción de ciertos discursos y lenguajes sociales, fundamentalmente alrededor de temas como el “orden”, “el otro”, las “políticas redistributivas”, las “jerarquías sociales” y la idea de “progreso”, entre otros. El estudio fue llevado adelante por el Centro de Estudios Metropolitanos (CEM) los días jueves 7 y viernes 15 de junio, a partir de la colaboración con el equipo de investigación de la UBA y el Conicet que dirige el Dr. Ezequiel Ipar. (Un informe más completo puede verse aquí).

Imaginarios del orden

A estos dos grupos de votantes de Cambiemos de la Ciudad de Buenos Aires se le solicitó que mencionaran cuál consideraban que es la principal problemática del país. En el grupo de adultos la cuestión de la inseguridad se impuso a otras. En el caso de los jóvenes la inseguridad aparecía, pero primaron las cuestiones económicas o políticas (“los aumentos”, la “inflación”, el “Estado”). La idea de orden está vinculada en los grupos de votantes de Cambiemos a que no haya “inseguridad”. Resulta interesante verificar que ambos grupos debaten acerca de cómo lograr esa situación, y lo hacen con enfoques distintos. Por ejemplo, el grupo de adultos vincula con rapidez y casi sin mediaciones la cuestión del logro de la seguridad con el repertorio político-discursivo de la “mano dura”. Y nuevamente con fluidez desarrolla la idea de que el problema de la inseguridad tiene relación con una falta de violencia por parte del Estado. Vale la pena citar un párrafo representativo sobre este punto:

“Ahora está peor, pero no por culpa del gobierno, sino por una cuestión de que la policía sabe que no se puede meter. Yo tengo una consigna en la fábrica y hablamos mucho, y él sabe que, si tiene que accionar se come un juicio, lo meten preso. O si se está por jubilar, lo suspenden, entonces no se pueden meter”.

En el caso del grupo de jóvenes el recorrido es diferente y hace una escala en la cuestión de la educación. Así, la inseguridad lo abarca todo, porque el problema es que el otro claramente no tiene educación:

“La base es la educación, sino tenés una buena educación no podés hacer nada en términos morales. Obviamente el chico va a hacer lo que quiere y va a robar”. “Si no le enseñan que no hay que robar, va a robar.”

En el caso de los adultos, la falta de violencia estatal se vincula también de manera muy directa con la muerte, incluso con el hecho de matar por mano propia. Y a la vez aparece la idea de un exceso de liberalismo político y cultural. Veamos la siguiente conversación, donde ciertos criterios morales y sociales parecen relajarse:

R: Yo en mi casa tengo la mala suerte y mato a alguien, zafé. Ahora si estás afuera…

C: No se sí es tan así. Mi tío comisario me dijo: matás a una persona adentro de tu casa y abrí la puerta y sacala que es mejor.

A: No hace falta ir a matar a alguien, los derechos humanos están hechos para los delincuentes. El policía y todos prefieren no intervenir porque si vos matás a alguien sos un desgraciado porque mataste al pobre hombre que como no tiene para comer sale a robar. ¡Estamos todos locos!

La muerte se menciona rápidamente en primera persona: aparecen fantasías recurrentes de los individuos ejerciendo la defensa por mano propia. No les cuesta imaginarse y ponerse en situación de matar a otro. Al menos en sus discursos, esa situación no es algo excepcional, o en todo caso ellos viven en esa excepcionalidad. El pensamiento pragmático está abocado a resolver las consecuencias de un asesinato, no a imaginar otros modos de atravesar la contingencia de la situación de robo. Así, aparece la idea reconocible de un Estado atado de manos que no puede ejercer la violencia necesaria. Visto desde un punto de vista temporal en este grupo puede remontarse esa falta a los comienzos de la transición democrática en los años 80.

“Tuvimos un proceso en el que tuvimos a los militares. Después vinieron los derechos humanos, pero, ¿los derechos humanos para quiénes son? Para los delincuentes, no para nosotros”.

En el grupo de adultos la falta de orden también es identificada con bastante rapidez con un “exceso” de política. En este sentido el orden viene dado “desde arriba” y son “los políticos” los que deben “dar el ejemplo” para que lo haya. Sin demasiadas mediaciones, el razonamiento se corre hacia un gasto de la política que habría que recortar, pero sobre todo como un gesto de la anti-política.

A.: El gobierno intenta ordenar las cosas, pero nadie da el ejemplo, a mi criterio. Los sueldos de los diputados y senadores y, del otro lado, lo que cobra un jubilado. Yo pago mis impuestos como una idiota y me siento realmente estafada. Rodríguez Saa fue presidente 8 días y cobra $200.000, es una burla. En la capital, es verdad, las obras se ven, pero que ordenen la cúpula, la cabeza. Que ordenen la parte que corresponde ordenar y después nos ordenamos todos solos. Macri dice que dona su sueldo, fantástico, me parece buenísimo, pero ¿y todos los demás qué? Entonces, creo que tienen que dar el ejemplo. [Anti-política]

La gente está cansada de todo. Yo no doy más, no puedo pagar $3500 de luz. Macri te pide a vos que pongas el aire en 24, pero claro… y que sea solidaria y el sueldo no me alcanza. Pero claro, ellos cobran $200.000, ¿qué problema tienen? Ninguno.

Luego se plantearon en los grupos una serie de imágenes que funcionaban como estímulos para seguir trabajando la idea de orden. En el grupo de adultos, la imagen de un aula de Corea del Norte (los participantes no sabían de dónde es la foto, sólo ven la imagen sin ninguna referencia), con niños de uniforme leyendo en voz alta es elegida por la mayoría como la que más expresa el orden. La uniformidad y aparece como un elemento positivo:

A: Así debería ser una sociedad ideal.

M: Estoy de acuerdo, hay doctrina, está prolija. Es una sociedad japonesa u oriental.

¿Qué pasa con “el otro”? La inmigración como peligro identitario

En ese contexto también nos interesó trabajar sobre ciertas ideas o representaciones del “otro” en la sociedad. En ambos grupos una de las principales referencias aparece en torno a la inmigración como peligro identitario y competencia desleal. De todos modos, esta mirada es más intensa en el grupo de adultos. En este contexto, se les presenta la idea de un proyecto para denunciar la existencia de inmigrantes no registrados:

A: Yo 100 % lo votaría. Estoy saturada, re-podrida. Que se vaya cada uno a su país y que no jodan acá.

-Pero vos tenés que denunciarlos. ¿Cómo los denuncias?

-Los denuncio sin ningún problema. Levanto el teléfono y denuncio y andate a tu país. A ningún país del mundo te dejan entrar como acá. Somos el hazmerreír de todo el mundo. Andá a Estados Unidos tenés que dar más vueltas que una oreja para entrar…Es todo un chiste. Las universidades públicas… es el único país donde todo el mundo viene a estudiar.

No me parece que las universidades sean públicas… Para los argentinos sí, pero si sos venezolano, colombiano o extranjero, pagá la privada. Para los argentinos sí, pero para los extranjeros no. Yo no tengo porqué pagar con mis impuestos, pagarle a un venezolano para que se opere de cáncer, de vesícula o lo que sea. Con los planes sociales ni te explico…

(…)

Moderador: ¿Desde cuándo sucede eso que te cansó?

Desde Cristina que dejó entrar a cualquier persona. Por votos dejó entrar a mil millones de personas. Los paraguayos, los bolivianos venían y se iban. Los venezolanos también… si íbamos rumbo a Venezuela. A mí me dan pena los venezolanos, pero por qué tenemos que ser tan buenos con todo el mundo. A mí no me reciben en ningún lado.

– ¿Querés escuchar algo peor? Les dan gratis el documento.

-Y nosotros lo tenemos que pagar. ¿Te das cuenta?

Aparecen de igual modo una serie de ideas que diferencian la inmigración actual de la de “nuestros abuelos” porque “es otro país, no es el 1900”. Y rápidamente hay una vinculación con la cuestión del acceso al trabajo y a los servicios públicos. Ciertos estereotipos del sentido común aparecen con fuerza.

M: El tema es que vienen los inmigrantes y nos sacan el trabajo a los argentinos. Si ustedes van a la prepaga, la obra social, lo que sea, sanatorios, van a ver que la guardia, está lleno de venezolanos y colombianos. Yo he hablado con varios doctores y ¿sabés qué?, ellos trabajan por menos plata. Y vos ves a nuestros profesionales manejando un taxi. ¡Eso no puede ser! Tiene que haber un control de inmigración…

A: Yo no tendría problema que entren, pero si pagan lo que tienen que pagar. Cuando vinieron nuestros abuelos era otra historia. La educación pública funcionaba y era un privilegio la escuela pública. Hoy por hoy, está bien, habrá gente que está a favor de la educación pública, yo no. Mis hijos van a colegio privado. Y la verdad es que, no sé, me molesta. No reniego de mis antepasados, yo tengo el pasaporte italiano. Pero es muy injusto que todos vengan a estudiar y yo con mis impuestos tenga que pagarles. Es más, la pérdida que la ganancia. Encima cobran los planes sociales. ¡Yo tengo una empleada peruana que la madre vino por 3 años, se volvió a Perú y ella sigue cobrando por la madre!! Te das cuenta que yo con mi ABL le pago una tarjeta a una señora que vive en Perú…?!

En el grupo de jóvenes la posición es similar, pero está más problematizada y se presenta de manera más compleja, cruzada por diferentes conflictos y otros actores de la actividad económica. Los conflictos son observados de manera más lejana, más desde un punto de vista individual:

“El problema es de acá, les dan laburo en negro y no se puede competir mucho. Cualquier venezolano, 5 lucas, las agarra. No es problema de ellos, es nuestro: le dan laburo en negro”.

La cuestión de los servicios públicos y distributiva en esta relación con “el otro” está cruzada por más dilemas y conflictos:

“Vienen acá a usar la salud y no alcanza para todos, pero también está mal discriminarlo, ¿qué se hace? No le podés decir, vos sos de Perú. Si bien no me gusta que usen todo, porque hay argentinos, o que digan residentes de cuanto tiempo, pero no está bueno discriminar”.

Comentarios finales

La posibilidad de indagar sobre estas ideas relacionadas con el “orden” y la mirada sobre “el otro” en los votantes del oficialismo permite preguntarnos sobre la relación que se establece entre un conjunto de representaciones sociales y su eficacia política. La cuestión del autoritarismo social y su despliegue en términos políticos toma cuerpo en muchas de las expresiones sobre las que indagamos, y que requieren de un mayor nivel de atención y un estudio más profundo, atendiendo también a cómo estas nociones se producen, reproducen y circulan, al tiempo que polarizan y ordenan el mapa político. En este sentido, nos preguntamos si puede detectarse una mirada más “conservadora” y otra más “liberal”, que estarían presentes en ambos grupos estudiados, probablemente pudiendo etiquetarse al grupo de adultos con la primera noción y al de jóvenes con la segunda.

En este marco el grupo de adultos debate y expresa una idea más moral del orden, que vive la experiencia actual como “invertida”. En el modelo positivo se supone un fuerte sistema jerárquico, en el cual el orden debería impartirse de arriba hacia abajo y es eso lo que estaría precisamente invertido. Se trata de una representación binaria y esquemática, en blanco y negro y del bien y del mal que fundamenta al orden social. En cambio, en el grupo de jóvenes se piensa al orden transgredido como orden neoliberal del mercado. La clave de ese orden deseado es la libertad de circulación, que se vuelve muy concreta para este grupo –por la negativa– en las manifestaciones públicas que “no los dejan circular y trabajar”. Un orden de individuos que se imaginan muy libres, des-regulados y sin grandes compromisos políticos. En este sentido, orden es un sistema mínimo de reglas que permiten la circulación pacífica. Si nadie las cumple, no estaría del todo mal, sólo que todos tendrían que estar habilitados para jugar ese juego sin reglas mínimas. Se trata de una experiencia muy individualizada (“¿ultra-liberal?”)  del orden.

También aparecieron en los dos grupos referencias discursivas de una concepción no-relacional del orden y que por lo tanto nos habla de un modelo de orden anti-político o a-político, pues en última instancia parece siempre remitir a un modelo jerárquico de organización social. El orden está dado, no se construye, no es relacional. No depende de debates, ni mediaciones, ni de relaciones de fuerza. Para su sostenimiento pareciera requerir de un sistema de exclusiones y/o violencia -en el grupo de adultos expresada con gran énfasis y que se vincula rápidamente con una “lucha a muerte”- del otro. Precisamente, en cuanto a la mirada sobre el “otro”, el lugar del extranjero aparece como amenaza. En el grupo de adultos se busca “ordenar” rápidamente esa situación, mientras que en el grupo de jóvenes la mirada es más compleja y reflexiva en cuanto a cuál es la actitud por parte de los ciudadanos argentinos que deriva en experiencias amenazantes o negativas sobre la convivencia social. Finalmente, nos resulta importante preguntarnos en qué medida estas posiciones “irradian” a votantes que no son parte del “núcleo duro” de los seguidores del oficialismo. Es decir, grupos de votantes que puedan estar potencialmente menos informados o activos políticamente pero que reciben o comparten algunas de las ideas analizadas en los grupos sobre los que trabajamos.

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