Una evocación para Elisa. Historia de la desmesura

Elisa María Avelina Carrió nació a la vida política en la Convención Constitucional de 1994. Allí se destacó por ser la única integrante del bloque radical- peronista del núcleo de “Coincidencias Básicas” que votó en contra del acuerdo Menem-Alfonsín. Su primera decisión política marcó para siempre la propia singularidad de su liderazgo. En soledad comenzó y en soledad culminó.

Ese hecho político que marcó para siempre su forma de entender los pactos partidocráticos la instaló en la opinión pública. Dos veces diputada nacional por el Chaco (1995- 1999 y 1999- 2003), esta radical, primero alfonsinista, luego delarruista y más tarde carriotista, fue la política argentina que desplegó con mayor firmeza la desmesura oral y partidaria. Su vida parlamentaria la llevó a destacarse dentro de la mediocridad oratoria de la década menemista y a convertirse en una figura, dentro del radicalismo, con vuelo propio. Esa autonomía que flameó durante esos años en la cámara de diputados, le permitió ser una de las primeras voces de apoyo al De la Rúa de la campaña dentro de un  partido muy renuente a la esfinge conservadora del ex presidente.

Luego de la llegada al gobierno por parte de la Alianza y de sus primeras medidas antipopulares, Carrió visualizó que su ciclo político dentro del partido de Alem, llegaba a su fin. A finales de diciembre de 2000 y rodeada de parlamentarios de distintas fuerzas del ala centroizquierdista del parlamento presentó en sociedad su nuevo Partido: Argentinos por una República de Iguales (ARI). De esa primera experiencia participaron la bancada socialista y desprendimientos del radicalismo y Frepaso que huían ante la debacle en ciernes del delarruismo. Para el año 2001 presentaba el informe del lavado y para octubre de del mismo año, el ARI (ahora como Alternativa para un República de Iguales) debutaba como agrupación política y obtenía un promisorio tercer lugar en las elecciones parlamentarias en donde el voto nulo y blanco fue noticia. Sus listas legislativas incluían en su mayoría a socialistas (quienes le pusieron el sello) y figuras representativas de los derechos humanos (Laura Bonaparte), del periodismo (el actual canciller Timerman), del espectáculo (Susana Rinaldi y Solita Silveira), del sindicalismo (el combativo Alberto Pichinini), entre otros.

Durante esos dos años, Lilita hablaría de “el parto doloroso” que debía superar la República para entrar en el reino de la normalidad institucional y económica y advertía sobre la importancia de las “conductas morales” en la forma de hacer política. A su vez, insistía en que estábamos “asistiendo al final de un Régimen económico político y social injusto” y que debía realizarse sin falta una urgente distribución del ingreso. La variable “moral” acompañaría todos los discursos de Carrió y haría permeable y secundaria su orientación ideológica. Los tiempos neoliberales necesitaban una oposición moral por izquierda y allí Lilita descollaba con su discurso de final de régimen.

El año 2002 fue el de organización partidaria y de preparación de la elección presidencial. A pesar de puntear durante mucho tiempo en la intención del voto, los resultados de la elección le repararon un nada despreciable 14% de los votos (2.723.574) y la instalación de su figura en el firmamento centroizquierdista en la cual ella se posicionaba. Para vastos sectores de la población, Lilita representaba la salida por izquierda de la crisis post 2001 y el acercamiento de dirigentes de ese color partidario (Dante Gullo, Melillo, Macaluse, Giles, Raimundi, María América González, Romá, etc) durante esos años así lo atestiguaba.

El triunfo de Néstor Kirchner significó la ruptura con esa tradición política ideológica. Luego de apoyarlo con “reserva moral” (“Kirchner es lo mejor del régimen, pero es el régimen) en ese suspendido balotaje con Menem, Carrió inició un proceso de oposición tenaz y sin respiro al kirchnerismo pero siempre desde ese pivote moral intrínseco a su praxis política. Allí inauguró conceptos como “el contrato moral” para dar marco y continuidad a su lucha contra el régimen, que le permitieron saltar desde un clivaje más lábil (decentes/ corruptos) su posición ideológica original. Los años 2004- 2005 en el llano le permitieron abocarse a la tarea de institucionalizar el Partido del cual rechazó la presidencia (una novedad en estas tierras).

Su postura intransigente hacia el kirchnerismo, le reportó salidas por izquierda e ingresos por derecha. La lista es larguísima y no viene al caso detallarla, pero sus primeros candidatos (el conservador radical Olivera y Teresita de Anchorena) para la elección parlamentaria de 2005 se mostraban muy lejos de su origen centroizquierdista. El segundo lugar en Capital con el 22% de los votos le daría plafón y alimento a ese giro ideológico sostenido en la moralidad política. Aquella vez, las conductas decentes atacaban por derecha a un gobierno de centroizquierda y los duelos verbales con los Fernández le permitían nutrirse de ese voto ausente en la primera etapa. Este giro será explicado por la líder del ARI a partir de un sustento pre-ideológico, que según ella, guía a las acciones políticas.

El año 2007 encontró a Carrió en el pináculo de gloria convertida en la opositora más votada. En alianza con el socialismo (nuevamente y llevando de segundo a una figura con la cual se había insultado a finales de 2002) y con una nueva armazón partidaria, la Coalición Cívica, enfrentó, en una difícil compulsa al favorito kirchnerismo. Obtuvo a nivel nacional el nada despreciable 23,7% de los votos, pero a mucha distancia de la fórmula ganadora. A pesar de la derrota aplastante frente a Cristina, ella denunció fraude  y habló de “legitimidad segmentada” en su intento de ningunear la paliza de la presidenta y de achacar al gobierno su falta de votos en la clase media. A partir de esa derrota (que bien pudo ser un piso para construir una alternativa de poder mayor) el desvarío de sus análisis reemplazó a sus siempre polémicos e interesantes análisis (no podemos negar que su presencia en TV generaba el impulso de escucharla). Desde ese momento, su odio visceral al kirchnerismo planchó cualquier posibilidad de reordenarse dentro del nuevo escenario post reelección.

En el 2008 encontramos a Lilita siendo la principal vocera de la Mesa de Enlace al compás de un odio que aumentaba en magnitud y desmesura. Ya para las parlamentarias del 2009 se observó que su estrella se iba apagando. Su lista (de la cual no era cabeza) liderada por Prat Gay apenas rasguñó los 19% de los votos, y ella fue de las últimas en ingresar en el cociente del D Hont. Nuevamente, la ausencia de autocrítica y la pérdida de olfato político la llevaron a frases antológica y de las que hoy dan lugar a las carcajadas como fueron las hechas en el programa de su admirado Grondona: “los quieren matar” “piden que los derrumben”, que denotaba que el norte político de Lilita se estaba yendo a la banquina. O aquellas más olvidables como las “sería divino que Cristina quede viuda” y “que el velatorio de Kirchner fue una puesta en escena de Fuerza Bruta” que indicaban una profunda pérdida de orientación.

Su acercamiento al Grupo Clarín de los últimos años contradecía su histórica posición frente al multimedio al que acusaba de ser la barrera que la alejaba de la Casa Rosada (“Clarín nunca permitirá que sea presidente”), la llevó a defender la posición de Magneto y compañía, en todas las batallas política contra el gobierno (fueron sublimes sus frases “Los hijos de Noble son los hijos de todos los argentinos” o “defenderé a un multimedio para defender la libertad de expresión”) que sin lugar a dudas, la fue alejando cada vez más de su aura independiente.

El último acto fue el domingo pasado. Ese 3% se convirtió en el determinante de su despedida (¿?) de la política. Su conferencia de prensa del martes representa todo una definición de lo que simbolizó Carrió para la política argentina. “Soy la razón de la derrota” expresó sin tapujos y haciéndose cargo del estruendoso fracaso. Lejos de esa estela convocante que supo conquistar, para bien o para mal, la atención mediática, dejó un par de párrafos que dan cuenta de su, para nada olvidable, paso por la política: “ fui rechazada por el 97 por ciento de los votos” y “No me pidan que sea de otra manera, soy así y no voy a cambiar”. Lejos de esconderse en un escudo blindado, así a la intemperie, Carrió reafirmó su posición política histórica: la intransigencia de los valores (de lo que ella entiende como sus valores) los que defendió a capa y espada sin mirar, ni siquiera de reojo, las encuestas de opinión que le indicaban el camino contrario.

Con políticos que actúan de acuerdo al termómetro del “soberano encuestado” y a través de esos vaivenes deciden sus pasos políticos, Lilita representó (ta) otra forma distinta de hacer política que tiene más costos que beneficios. Carrió, en ese sentido, prefirió la incomodidad de la denuncia y no la tranquilidad del seguidismo a rajatabla del humor social colectivo. En eso, no se diferencia de sus enemigos Néstor y Cristina Fernández de Kirchner. Los tres son políticos que se atreven a caminar por el sendero más complicado del pliegue político como es posicionarse a partir de la incertidumbre. Alejados del calor que da la temperatura calentita de la opinión pública estos líderes avanzan sin temor al rechazo que puede generar el plantar bandera. Desde allí creo que será recordada Carrió, una política que nunca gobernó nada, pero convocó la atención de millones. Lo que venga de ella, de ahora en más, ya no será parte de la historia política, sino la extensión de su caricatura.

 

Mariano Fraschini : Doctor en Ciencia Política y docente (UBA- UNSAM)