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Hace unos días este post de Ana C generó una catarata de opiniones sobre la figura de Sebreli (así, es con un sola “l”). Ahora este otro post de Escriba sobre las profundísimas opiniones de Rozitchner Jr. provoca otra catarata de comentarios, menos elaborados, porque veamos, al ir bajando en la calidad del “imbécil ilustrado” también se limita lo que puede decirse de él.
Un par de años atrás leí un texto del español Carlos Alonso Romero donde se ocupaba de esta especie intelectual que asoma desde las columnas de los diarios españoles. Salvando las distancias geográficas no hay diferencias con la descripción que podemos hacer de la misma especie intelectus roedorus por aquí. He extraído sólo los puntos más significativos del texto y que echan luz sobre la forma en que estos selectos operadores mediáticos dan espalda intelectual a la línea editorial de los diarios y constituyen cuestiones recurrentes en los debates que se dan en Artepolítica cuando se intenta explicar el pensamiento de los del otro lado.
Romero, del cual algunos textos pueden leerse en el sitio Rebelión.org, escribe con honestidad y con sorna y hace honor a la lengua de Quevedo: no ahorra epítetos a la hora de adjetivar para que a nadie le queden dudas acerca de qué está hablando:
“-¿CUALES SON LOS PLANTEAMIENTOS POLÍTICOS DEL IMBÉCIL ILUSTRADO?
El imbécil ilustrado tiene una idea fija: la gestión. Sí, sí, gestión, sin más. Conciben la política sin política. Los ideales son utopías. Lo que hace falta, según el imbécil ilustrado, es “buena gestión”. ¿Gestión de qué? ¿Gestión hacia donde? No lo aclaran, los imbéciles ilustrados adoran al vellocino de los procesos administrativos. Los fines, bueno, no son tan importantes. “Hay que desmitificar los fines”, sostienen.
En lo político, el imbécil ilustrado relativiza cruelmente la pobreza. “Pobres, siempre los ha habido”… Ya está, concluyó análisis: dos nanosegundos de esfuerzo neuronal. Simultáneamente, por darse algo de marcha al cuerpo, el imbécil ilustrado selecciona adversarios cuya motivación intelectual es la erradicación de la miseria y, así estos enemigos estén enfrascados en una lucha total contra occidente y su imperio, el imbécil ilustrado les reprende por no respetar las instituciones democráticas y, cómo no, por rebajarse a emplear el lenguaje de la gente:
-¡Populista!-Insulta un imbécil ilustrado.
-¡Corrupto!-Añade a la verborrea otro imbécil ilustrado.
El imbécil ilustrado dice tonterías a menudo. Muy a menudo. Pero el revestimiento retórico les excusa. La grandeza de su elocuencia es como un campo de fuerza que le impide ser criticado a fondo, como un elemento aislante que impermeabiliza su estupidez. Pero concretemos: los tics argumentativos y las reacciones negativas ante problemas sociales son incontables, dilatados y de largo alcance.
El primero de sus errores de análisis –y el más profundo tal vez- es el que consiste en, como sostiene Ulrich Beck, “buscar causas biográficas a problemas sistémicos”. Así, en un país en donde existe una polarización social del 5% de propietarios contra un 80% de pobreza (por ejemplo, Venezuela), ellos son capaces de diagnosticar, como causa, origen y razón de todos los males, la inoperancia de un gobierno que lleva cinco años en el poder. Y la solución es, por ejemplo, que vuelvan los socialdemócratas y/o democristianos que saquearon el país durante 40 años. ¡Allá es nada!
- COMO OPERA EL INTELECTUAL MODERNO: METODOLOGÍA DEL IMBÉCIL ILUSTRADO.
Todo imbécil ilustrado está satisfecho de tener su propio método.
En eso no están solos: incluso para resultar imbécil debe uno escoger un camino. Maldito albedrío. La maquinaria de demolición es:
1).- el materialismo que todo imbécil ilustrado adquirió en su época (todos la han pasado) de “loco joven y comunista”. Una vez se plantan frente al problema, aplican el escalpelo sobre la realidad para diseccionarla cual absceso tumefacto, con cara de asco. Cuando éste comienza a supurar una sustancia compuesta de injusticia, debilidad estructural, poder y enajenación, ellos disimulan. O colocan un parche. Que no se vea, que no luzca. “Donde no miro no duele”.
En este punto recurren a la segunda parte de su método, la 2). justificación de su ignorancia voluntaria mediante una exhibición desordenada de cultura apocalíptica e ideología democristiana (enemiga del materialismo administrado en la primera fase de análisis). Y en seguida los diagnósticos oscilan entre la ofuscación teórica y la inconsistencia más elemental: “el pueblo carece de una verdadera cultura democrática”, “la corrupción está instalada en las más altas esferas”, “entre todos, hemos destruido la verdadera solidaridad”, “el gobernante X ha sumido el país en una inestabilidad que ahuyenta a los inversores”, “debemos alentar un desarrollo sostenible, compatible con el bienestar de occidente”… cualquier cosa menos admitir que nos vamos a la mierda por culpa del capitalismo aplicado salvajemente, sin mesura, sin árbitros, sin responsabilidad. Si algo es triste en la vida académica del imbécil ilustrado es su incapacidad, física y empíricamente demostrable, para aprehender el latido de un pueblo. No tienen ni pajolera idea de cómo se respira en la calle ¿Qué conocimiento se puede extraer de un viaje en bussiness, estancia en un cinco estrellas y una serie de reuniones con lo más neoliberal de cuanta autoridad democrática existe? ¿Cómo puede alguien dilucidar los problemas inmediatos y la dimensión antropológica del hombre común cuando hace años que no pisa un barrio a conciencia? Es radicalmente imposible percibir un problema sistémico desde la planta setenta y ocho, justo antes de degustar un pato a la naranja, justo después de un baño de sales en un jacuzzi.
- Otro error de planteamiento es atribuirle a la izquierda comportamientos de derechas cuando defiende estados que “no respetan los derechos humanos”. “Eso es un doble rasero imperdonable”, sostienen atribuyendo a las democracias occidentales la categoría de “defensoras de los derechos humanos”. El suyo es a la sazón un doble rasero del doble rasero, cuádruple rasero entonces. Vamos a ver si logro salir de este embrollo. El imbécil ilustrado dice: “en Cuba no respetan los derechos humanos y los izquierdistas que les apoyan son unos cínicos”. Bien, inicialmente tiene sentido, pero ¿no es doblemente cínico acusar a alguien de cínico siendo uno mismo un cínico crónico y recalcitrante? Es una incompatibilidad argumental flagrante ¿No es indigno cebarse en las libertades políticas de una nación pobre mientras se descuida, por poner un pequeño ejemplo, la ilegalización de partidos políticos o el cierre de periódicos en tu propio país? ¿Qué tipo de intelectual se presta a este juego? Lo adivinaron: el imbécil ilustrado.
- El cuarto error es probablemente el más imbécil, el más suyo, vaya. Tiene que ver con la docilidad, con la sumisión. Los imbéciles ilustrados no perciben la normalidad como una ideología política. Habitualmente denuncian lo contestatario, lo crítico, como una anomalía. Sí, la “normalidad” para ellos es el punto de referencia moral: lo “normal” es lo “correcto”… ¡Cuando en realidad ambos extremos no pueden estar más alejados! Lo normal no está legitimado en sí mismo. La normalidad es únicamente lo instaurado. Las casas, la política, la familia y el trabajo
tal y como los conocemos porque han existido así desde que las conocemos. La normalidad, por perpetua y por evidente, no encuentra validez en su propia existencia. Obviar esto es mandar la ética y los estudios culturales al carajo.
Recientemente leí que “la ideología alcanza sus mejores resultados cuando es capaz de borrar sus propias huellas”*. En lo que respecta al imbécil ilustrado, el capitalismo ha borrado efectivamente sus huellas. Bajo la sombra de la “ideología de la normalidad”, los intelectuales imbéciles ilustrados legitiman la barbarie capitalista por habitual, por duradera, por persistente. Son profetas de lo establecido, eso son los imbéciles ilustrados.
- En cuanto a medios de subsistencia, el imbécil ilustrado tiene un amplio elenco de posibilidades. La primera y más jugosa es formar parte del contingente de opinadores que los diferentes lobbies fomentan en sus respectivos medios de comunicación. La segunda de sus oportunidades económicas es integrar la plantilla de una fundación con fines humanitarios. Poco importa que el planteamiento y la actitud de dicha corporación benéfica sean incoherentes entre sí y hasta contradictorios: por ejemplo, se puede machacar al pueblo mapuche y pertenecer a la fundación Pablo Neruda. O criticar todos los proyectos de emancipación latinoamericana y ser, a la vez, presidente de una sociedad de promoción institucional tipo “Humanismo y Democracia”. Todo vale.
La tercera y quizá más efectiva forma de subsistencia es la de escritor de tendencias. Que se habla de la globalización en toda tertulia, pues a publicar un libro especulando sobre teorías ajenas: “La globalización y sus pesquisas”. Que hay un conflicto armado en Irak, pues a mentir sobre los chiítas y los kurdos: “Diario de Irak”. Esto puede proyectarse a cualquier moda ideológica: la sostenibilidad, la gobernabilidad, la sociedad civil, el terrorismo, etc. Adentrándose en las páginas de cualquiera de las obras de un imbécil ilustrado, uno se da cuenta que sus teorías son puro lenguaje posmoderno: en lugar de formar un cuerpo teórico sólido inventan una palabra y polemizan alrededor de su contexto, como zánganos zumbando junto a la colmena.
Estos bobos cultivados, generalmente, han sido buenos escritores en algún momento de su vida por lo que aún conservan notables dotes de redacción. Pero su letra escrita supura una grandeza cruel e inútil. Me vienen a la mente las estatuas ecuestres, tan falsas, tan “empequeñecedoras” (disculpen el invento) de quién las mira. Donde ayer había ideas hoy hay metáforas interminables. Miles de pajas estilísticas, literatura del tedio. Los párrafos de sus novelas y ensayos acostumbran a ser kilométricos. Su prosa no respira. El envoltorio de su mensaje -y quizá el mensaje mismo- es la retórica, los vocablos medievales, las referencias a la Grecia clásica (o a los primeros liberales) y los latinajos, inevitables y abundantes. Siempre los cultismos jodiendo la credibilidad del texto. Porque básicamente, quieren intimidar. “Cuánto sé y qué tonta es la gente, qué inculta” piensa el imbécil ilustrado. Pues sí, sobretodo la gente que compra los libros con los que estos eruditos se mean encima de la propia ciudadanía.”
El texto completo de Carlos Alonso Romero pueden leerlo aquí, de la página 6 a la 8. (En el mismo pdf a partir de la página 10 hay un texto del escritor español Kiko Amat que no tiene piedad con Keynes. Para el que guste sentirse interpretado.)
Ayer un comentarista del blog de Gerardo Fernández mencionó que en el link de encuestas de la “ñ” de Clarín se consideraba a Juan Domingo Perón lisa y llanamente un dictador. El Grupo, no hace falta aclarar quién es “el Grupo”, pega desde todos sus productos hasta desde una, en apariencia, inofensiva encuesta sobre libros.
Aquí la imagen de pantalla de la encuesta. ”ñ” le pregunta a sus lectores cuál novela sobre dictadores les gustó más y en la lista aparece La Novela de Perón de Tomás Eloy Martínez, un libro que no es precisamente gorila pero para el inconciente colectivo del antiperonismo es un hecho, fue un dictador y punto.
Ejemplo de esto mismo son las largas discusiones en los comments de Artepolítica sobre si Perón era autoritatio, autoritario light, totalitario, etc. siempre promovidas desde ese imaginario peludo y mono de profundas raíces culturales.
En qué encuesta quedaría ubicada, por ejemplo, la biografía de Jorge Rafael Videla que escribieron dos periodistas del Grupo, María Seoane y Vicente Muleiro. En una de biografías, claro, porque esta es de novelas. Pero no cierra, si Perón fue un dictador ¿dónde lo ponemos al otro, al General de facto?.
Clarín tal vez no conteste, ñ debería, ya que es una publicación cultural, explicar el entramado subjetivo y semántico que les hace afirmar cosas como éstas -de modo casi inocente si no supiéramos los tiempos que corren- desde las opciones de una encuesta.