gcichello

Linchamientos en Massa

“No os venguéis vosotros mismos, amados míos,
sino dejad lugar a la ira de Dios”
Romanos, 12:19

El discurso de Sergio Tomás Massa no ha inoculado la violencia en las mentes de los sujetos que en estos días de furia golpean a presuntos delincuentes. Esa tórrida violencia contra el semejante habita en la condición humana; es vieja y obstinada y tal vez todos los esfuerzos de la educación, los denuedos de las religiones, los empeños de los forjadores de cultura, no hagan sino atemperar sus efectos, desviar apenas sus propósitos hacia fines socialmente tolerables, pero nunca llegan a extinguir su llama brutal. Tan poco hace falta para reavivar el odio contra el semejante, promover su desenfreno, llorar sus consecuencias.

El odio y el miedo son primordiales. Los mejores observadores de la condición humana han sabido ver que, sobre el telón de fondo del desamparo original, una tensión amenazante ante la presencia del otro se erige como uno de los sentimientos primitivos de nuestra especie frente a quien es percibido como un rival. Esa rivalidad –que se consume en una expectativa de pánico- no encuentra otra salida que la exclusión “él o yo”, salvo que actúe un orden que tercie y pacifique esa relación mostrando que no hay un único lugar que debamos disputar a muerte con el otro. Pero ese valioso avance cultural no elimina aquella estructura primordial que palpita en cada ser humano, preparada para desatarse ante leves incentivos. Si uno convoca esos monstruos, lo seguirán, pero habrá que hacerse cargo también de los destrozos.

¿En qué ha tenido éxito Sergio Massa, un éxito que lo debería intimar a responder por los trágicos linchamientos? En haber cristalizado y dado coherencia discursiva a la enmarañada madeja de miedos y de odios raciales y de clase de la que somos capaces también los argentinos, en haber puesto en forma hallando una rápida y fácil expresión simbólica a las frustraciones y las angustias de muchos ofreciéndoles una causa: el delincuente, un estereotipo muy preciso de delincuente.

A partir de su vehemente campaña contra el anteproyecto de reforma del Código Penal –que comenzó el primero de marzo, minutos después de que Cristina Fernández anunciara su presentación parlamentaria en la apertura de sesiones- ha construido por lo menos tres situaciones que cobraron vida propia, cuyas consecuencias comenzamos a padecer y sus derivaciones no podemos predecir: 1) en la Argentina reina la impunidad; 2) el Estado está ausente frente a la “inseguridad”; 3) la causa de estas desgracias es algo que difusamente se denomina “garantismo” y tiene un padre que se llama Eugenio Raúl Zaffaroni, el ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (se acentúa su acercamiento al gobierno nacional), que no tiene ni ha tenido otra obsesión en su carrera judicial que disculpar a los delincuentes y dejar inermes a los “vecinos”.

Estas desgracias -se ha encargado de asegurarlo a todo trapo- van a crecer monstruosamente si el anteproyecto se trata en el Congreso, por lo que es preciso hacer algo y ahora. El componente de urgencia es importantísimo. Encendió la llama del miedo con una imagen desesperante: “17 mil delincuentes van a salir a la calle”. Imaginemos por un momento esta escena: las puertas de las cárceles se abren y las bestias negras salen enardecidas. Todos sabemos que en un momento estarán entre nosotros. “¡Perded toda esperanza!” –grita el nuevo Dante bajo el pórtico del Infierno. Rápido, hagamos algo, lo que sea, pero ya. Este es el clima. Son los delincuentes o nosotros. “¡Y no me vengan con versos de la teoría de derecho!” -escribió Massa en un tweet el 2 de marzo.

En su difundidísima campaña por la negativa al Código Penal, “explica” su disidencia: repite catorce veces que el proyecto es un premio para los delincuentes. “El nuevo código es un premio para los asesinos, violadores…”. Catorce. Mil. Un millón de repeticiones generosamente repetidas por los medios de comunicación hegemónicos. “Para el nuevo código penal que nos quieren imponer, da lo mismo afanar, violar o torturar, una o diez veces” –alerta en otro tweet el mismo día-. Diariamente anuncia el caos (pero el anuncio es a la vez su promoción, su creación).

No es un discurso que progrese en el plano de las argumentaciones; no se trata de saber de dónde sale el número 17 mil –su impacto emocional es lo que cuenta-; no es del caso saber por qué si reina la impunidad, la cifra de detenidos creció más del 100 % desde 1997 (en aquel año había 29.690 presos; en 2012, 62.263 –cf. informe del Sistema Nacional de Estadísticas sobre Ejecución de la Pena (http://www.jus.gob.ar/areas-tematicas/estadisticas-de-politica- criminal/mapa.aspx); no importa comprobar que la tasa de homicidios dolosos experimentó un sustantivo descenso desde sus picos en 1992 y 1997 (cf, mismo informe); no es relevante cotejar que el presupuesto nacional en seguridad aumentó desde 2002 un 753 %, si lo que se pretende postular es la indefensión, la ausencia del Estado (“El alarmante desasosiego de una sociedad vulnerable” –arrima al fuego, como siempre, La Nación).

Lo que ha logrado instalar Sergio Massa es la existencia de una situación de caos, la inminencia de un peligro devastador ante la figura de un delincuente que asecha nuestro desamparo. La palabra “hartazgo” –repetida mil veces por segundo para hablar del humor de “la gente”- prepara el clima de excepción para soluciones excepcionales. “El que las hace las paga” va entonces a machacar el hombre de Tigre. La frase breve y dura es un puño sobre las cabezas calientes, un designio, una propuesta, una invitación a pasar a la acción.

Cualquier argumentación –del orden de las expuestas en el párrafo ante último-, choca contra un muro. “Claro, si estamos en el mejor de los mundos… A vos porque no te mataron un hijo ni te violaron a tu mujer… Vos porque defendés a los delincuentes”.

Ese es el lugar de enunciación de Sergio Massa: plantear su estrategia criminal noarticulando una representación política de las víctimas de ciertos delitos, interponiendo un orden que medie impidiendo la venganza, sino hablando como si fuera una de ellas, con los temores, los odios y la sed de revancha que es comprensible hallar en quien ha vivido la tragedia de perder un ser querido. Sería exigente esperar de esos familiares otra reacción emocional (lo que enaltece aún más a aquellos que convirtieron su dolor insondable en una búsqueda institucional de justicia). Lo inaceptable, lo peligroso es que clame en esos términos quien ocupa una banca como diputado y aspire a la presidencia de la República.

Es nítida la cuerda que enlaza la máxima “El que las hace las paga” con su tolerante comentario sobre los linchamientos: “los vecinos lo hacen porque hay un Estado ausente” (La Nación, 31 de marzo de 2014). Este procedimiento de enaltecimiento de la voluntad de la víctima de un delito y la pregonada indefensión de la “gente” por el retiro del Estado (“ellos o nosotros”), ha derivado inexorablemente en el clima vengativo de estos días de furia.

Ignoramos si la carta de Lorena Mónica Torres -la madre de David Moreira, el muchacho de 19 años pateado hasta la muerte en Rosario por un grupo de “vecinos hartos de la impunidad”, que inició esta infausta serie violenta, llegó a la conciencia ética de Sergio Massa y lo movió a reflexión. Ignoramos si tal conciencia existe. Lo que es seguro es que los monstruos que despertó su arenga sienten el amparo de su justificación y tardarán en apaciguarse.

“OH! JUREMOS CON GLORIA…”

(Crisis, sucesión y legado del kirchnerismo)

“Si me echan, que sea por lo que pienso y hago,
no por lo que no me animo a hacer”
Cristina Fernández de Kirchner

I) Tal vez el verdadero dilema que enfrenta hoy el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner –y que sus adversarios comprenden muy bien- es el modo en que irá a ser recordado, la manera en que perdurará en la memoria de los argentinos. El tramo final del ciclo de mandatos presididos por Néstor y Cristina Kirchner está sometido a esa dura pulseada que es, antes que nada, una contienda en el plano de la memoria, una disputa en el registro de su inscripción histórica. Injustamente o no, la memoria humana suele retener férreamente los últimos actos: Cabral es su muerte heroica y su frase póstuma; Urquiza, su deserción traicionera en Pavón y su asesinato en el cuchillo vengativo del Coronel Luengo; De la Rúa es la borrosa fotografía de un helicóptero que huye dejando un país desolado; Néstor Kirchner es la pasión política que lo consume en plena lucha, desoyendo consejos de reposo; las postreras palabras (“…tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición…”) son Salvador Allende. En esos actos se lega o se deniega a la posteridad el derecho a renacer algún día sobre esas cenizas. Difícilmente alguien, invocando el nombre de Fernando de la Rúa, pueda alguna vez construir una opción política en la Argentina.
II) Sabemos que no puede formularse un juicio sobre las recientes resoluciones económicas del gobierno desde normas abstractas y absolutas de verdad (por ejemplo: es malo, donde sea y siempre, endeudarse nuevamente en el sistema financiero internacional, es incorrecto devaluar la moneda o retrotraer la restricción a la compra de dólares, etc.), porque las decisiones políticas siempre versan sobre posibilidades dadas y en contextos de precariedad en los que muchas veces no hay otro camino que tomarlas sobre la marcha y en condiciones muy desfavorables. De modo que el cuestionamiento sobre, por ejemplo, la devaluación a la que se vio forzado el gobierno, no puede desentenderse de la apreciación de las fuerzas con las que contaba y cuenta para intentar otra salida, y –por otra parte- de la magnitud de la potencia del oponente. “No hay buenas leyes, sin buenas armas” –decía Maquiavelo hace 500 años-. Todo acto político se mide no en términos abstractos o ideales de justicia o bondad, sino mensurando la fuerza que se dispone para sostenerlo. Eso es tan innegable como la aceptación de las cesiones que deben realizarse –aún dejando a salvo que hubiese sido deseable no conceder, pero no se pudo (Perón llegó a teorizar sobre la práctica de tragar sapos y Horacio González le ha dedicado a esto sus últimas y agudas reflexiones)-, los obstáculos que los otros actores políticos y económicos oponen a la acción, los males que engendran la misma fuerza del desarrollo productivo que se impulsa (vg. la crisis energética devenida de la incipiente industrialización y el crecimiento), además de los errores propios, ya no imputables a la presión o la astucia del adversario. Sólo negando estos infortunios –no accidentales, sino constituyentes de la práctica política- es posible soñar que los deseos constituyen lo real, sueño que ha sido nombrado “voluntarismo”. Despertar de ese sueño es asomarse a considerar el campo muchas veces impredecible y contingente de la lucha política, siempre problemático y conflictivo.
III) Sentado esto digamos que lo que nos parece estar en juego en esta encrucijada, lo que pretenden los adversarios del kirchnerismo (que en tren de simplificar solemos denominar “corporaciones”) no es un golpe de Estado, no es una maniobra de interrupción destituyente del orden constitucional –intentos deseados pero vanos que (lo saben ellos) dudosamente contarían con apoyos internos o externos-. Lo que propugnan quizá sea algo más radical y de una eficacia cifrada en el largo plazo: forzar un hipotético escenario en que el kirchnerismo se vea arrastrado hasta admitir que no existe otra forma de hacer política que no sea consentir la hegemonía indiscutible y absoluta del mercado, un escenario en el que los logros más sobresalientes del gobierno fueran seguidos de retrocesos, de medidas antipopulares y antinacionales presentadas como agrios pero necesarios remedios, al modo de las políticas adoptadas por los partidos socialistas y coaliciones de “izquierda” de la actualidad europea. Que la última y fuerte imagen que lega el kirchnerismo sea, entonces, su propia enmienda, una retirada por una puerta oscura, en soledad y pidiendo disculpas. Esa es, según nos parece, la verdadera lucha de este tramo: de qué modo el gobierno de Cristina Fernández -y la experiencia política en curso llamada kirchnerismo- termina de inscribirse en la historia argentina. En consecuencia, sopesando convenientemente, por un lado, la magnitud del adversario (la trama enorme tejida por el poder financiero y mediático, en alianza con la estructura primarizada de una economía subdesarrollada que ansía perpetuarse) y, por otro, cuáles son las marcas del legado que el kirchnerismo pretende inscribir de cara al futuro, quizá sea el momento de acentuar decidida y enérgicamente la implementación de medidas de defensa del interés nacional y popular aún cuando ellas acarreen enfrentar duros conflictos, aún cuando las posibilidades de triunfo inmediato sean inciertas. Tal vez sea la oportunidad de impulsar un conjunto de iniciativas, como darle vida a una Junta Nacional de Granos o como se llame –y quitarle, así, a los grandes acopiadores la chance extorsiva de fijar el tipo de cambio-, de otorgar plena vigencia a la ley de abastecimiento cuando –como en estos días- se vea afectada “la seguridad y el orden económico nacional” (como rezaba el texto de la ley 20.680), de dejar de beneficiar con subsidios a los servicios públicos a empresas con enorme rentabilidad, de sancionar una nueva ley de entidades financieras y derogar la oprobiosa de 1977, al servicio de la especulación, etc.; en fin, iniciativas políticas que posiblemente obren como una fuerte invocación a la militancia y a los sectores populares –así ocurrió con anteriores apuestas potentes, como la nacionalización de YPF.- para defender el proyecto nacional con un compromiso que se tradujo en formidables movilizaciones que mostraron, en la ocupación del espacio público, la vigencia y el apoyo de masas del kirchnerismo. No puede ignorarse que este camino implica asumir todos los peligros y su resultado es incierto, pero aún cuando no lo corone el triunfo, seguramente habrá dejado las mejores marcas con las cuales podrá retomarse la construcción de una política verdaderamente nacional en el futuro. Si la contienda se da en el plano de la memoria histórica, el kirchnerismo debe impulsar esa evocación -que es, a la vez, una apuesta hacia el porvenir-: un gobierno que no deja sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada.

¿”Guerra” a Clarín?

1) Un acuerdo prácticamente unánime entre aquellos que pensaron el fenómeno de la guerra la definen como una confrontación en términos de paridad; la declaración de guerra es un acto político soberano de un Estado contra otro en condiciones regladas que suponen el empleo de sus fuerzas armadas en un marco formal de igualdad: se baten regularmente dos naciones o, como en las guerras de independencia, una contra otra que pretende serlo. Subrayemos, entonces, el elemento esencial de paridad, de combate entre iguales, como uno de los elementos definitorios de la guerra. Un Estado puede y debe imponer la ley dentro de su territorio con todas sus herramientas institucionales a quienes se sitúan por fuera de ella, pero sería en esos casos un despropósito respecto de sus atribuciones una declaración de guerra; implicaría una degradación de su función y al mismo tiempo ubicaría a quien quebranta el orden comunitario en un pie de igualdad. Esa degradación fue una de las miserias en las que incurrió la última dictadura cívico-militar al plantear la lucha contra las organizaciones armadas de la década del 70 en términos de guerra; fue una designación empleada para fortalecer nominalmente el poder de tales organizaciones, equipararlas a un irregular Estado invasor y resignar todos los medios institucionales en pos de una estructura represiva clandestina.
2) Desde que el grupo Clarín vio cuestionada su posición dominante en el mercado promovió un uso metafórico para nombrar el intento de regular su poder: “el gobierno entró en guerra contra Clarín”. Cientos de notas periodísticas y de planteos de la oposición partidaria trajinaron esta idea rectora hasta la exasperación: se trata, al fin de cuentas, de una guerra. (“El Gobierno, en guerra contra la prensa crítica” -Marcelo Birmajer, Clarín, 10/5/2013; “Kirchner quiso pactar con Clarín y, como no pudo, le declaró la guerra” -Pablo Sirvén, La Nación, 30/10/13-; “la guerra que Cristina y Néstor Kirchner declararon contra el Grupo Clarín después de la crisis del campo” –Laura Alonso, Clarín, 1/11/13-; “Lanzan guerra final contra Clarín” –Mariano Confalonieri –Perfil, 21/8/11-, entre tantos combatientes). Este es, entonces, el esquema retórico en el que el holding enmarca la discusión: un duelo entre iguales, no una decisión del Estado Nacional para regularizar el desempeño de un grupo empresario con aspiraciones monopólicas. Por eso la estrategia retórica del grupo sitúa la contienda entre el grupo Clarín y los Kirchner o este gobierno o Cristina o el kirchnerismo, como si se tratara de una controversia entre particulares, y no entre un grupo empresarial en colisión con una ley sancionada por el Poder Legislativo del Estado argentino votada por amplísima mayoría (Recordemos que la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual contó en la Cámara de Diputados con sólo cuatro votos negativos y una abstención, frente a un abrumador apoyo de legisladores del Frente para la Victoria, del Partido Socialista de Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires, del Partido de la Concertación de Mendoza, Neuquén y Río Negro, del Partido del Encuentro Social y Popular de Buenos Aires, del Partido Progresista de Tierra del Fuego, del Partido Solidaridad e Igualdad, del Frente Cívico de Santiago del Estero, del Partido Nuevo contra la Corrupción de Córdoba, del Partido Dignidad Peronista de Misiones, del Peronismo Jujeño, del Partido Renovador de Salta, del Partido Guardia Peronista de Buenos Aires; sólo una grosera malversación puede pretender que la sanción de esta ley fue el ejercicio de la voluntad personal de Cristina Fernández de Kirchner). Del mismo modo el grupo Clarín y sus voceros partidarios presentaron la declaración de constitucionalidad de la ley de medios; el fallo casi unánime del mayor órgano jurisdiccional del Poder Judicial del Estado Nacional, fue expuesto casi como una opinión –espuria, además, pues se le imputa estar motivada en la ambición personal- de Ricardo Lorenzetti, ocultando su carácter de mayoritario pronunciamiento institucional definitivo.
3) Es clara la enorme diferencia de registros que supone plantear el conflicto como una pugna entre particulares en pie de igualdad, o situarlo como las decisiones legítimas asumidas por la representación de la voluntad general contra un particular que defiende su interés privado. La misma diferencia que supone -apelando a una metáfora futbolera- plantear un fallo del réferi como un conflicto entre éste y un jugador o un equipo. Si se degrada ese fallo a opinión –tan válida y, por ende, tan sujeta a contraponerle otra igualmente válida- se ataca no esa decisión, sino la legitimidad del orden comunitario en su conjunto. Podemos considerar curioso este apego al republicanismo de la derecha argentina en tanto institucionalmente se validen sus pretensiones; también podemos conjeturar por qué todo cuestionamiento a su poder no encuentra en sus medios de comunicación otra expresión que un alarmante ataque a la República. Es que esa derecha, por tradición y poder consuetudinario, no ha creído ser otra cosa que un sinónimo de la República (así lo expresó, a dos voces, la brutal pitonisa: “Clarín y La Nación son la Argentina”). De ahí su insalvable intolerancia para soportar que se sujete a ley su poder; de ahí que pretenda pararse de igual a igual, en “guerra”, con el Estado Nacional.

“””””””””””””””””””

LAS ELECCIONES Y LA PUNIBILIDAD DE LOS MENORES

I) Desde siempre se sabe que los triunfos políticos consisten, antes que nada, en lograr que el adversario acepte la disputa en los términos del otro; cuando alguien comienza a hablar el lenguaje de su contendiente –con el sistema de valores, las premisas éticas, los objetivos deseables que transmite la lengua del otro-, la derrota puede estar cerca. Muchos de nosotros no logramos olvidar cuando nos levantábamos a la mañana, estúpidamente obsesionados, preguntándonos a cuánto ascendería ese día el “Riesgo País”. Tampoco borramos de nuestra memoria cuando los candidatos que luchaban por el poder a fines de los noventa competían por ver quién aseguraba con más énfasis la equiparación del dólar al peso, que la convertibilidad era un asunto de Estado y que tal era el modo de atraer la confianza de los inversores externos. Ese era el terreno desdichadamente estrecho, dolorosamente indigente en el que se decidía la política argentina.
Cuando escuchamos a Mauricio Macri, al abrir este año las sesiones legislativas, decir que unos de los objetivos de su gobierno es lograr que “todos los vecinos tengan acceso a una salud pública, gratuita y de calidad”, puede comprobarse –sin ignorar su hipocresía y su insolvencia práctica- la admisión en este punto de su derrota cultural: un representante del liberalismo conservador argentino admitiendo el valor de lo público y gratuito en materia de salud.
Cuestión de palabras, se nos objetará. Sí, pero las palabras –los modos de aludir a algo, de nombrar una situación, de llamar a un sujeto- deciden muchas veces el destino. Nadie cuestionará que la suerte y el porvenir de las comunidades prehispánicas de América, por ejemplo, ha dependido del modo en que fueron o son nombradas: “pueblos originarios” o “salvajes” o “infieles”, en esas palabras se resuelve la vida real y material de esos conjuntos humanos.

II) Tras la parcial derrota del Frente para la Victoria en las recientes elecciones primarias, se aceptó de un modo incuestionable que una de las causas de ese desenlace fueron los magros resultados del gobierno nacional en materia de lucha contra el delito, el remanido asunto de la Seguridad (palabra, dicho sea de paso, de una aspiración desmesurada: difícil errar si se pretende infundir temor a alguien, dispararle la pregunta sobre si realmente se encuentra seguro en su vida, en su salud, en sus amores, en su porvenir económico). Pero –digresión aparte- no vamos a centrar el análisis en su ubicación como causa del resultado electoral, sino en las respuestas que desde ciertos sectores del vastísimo Frente para la Victoria se ensayan para enfrentar este problema.
La primera de ellas fue la sorprendente declaración del primer candidato a diputados por la provincia de Buenos Aires, Martín Insaurralde, sobre la oportunidad y conveniencia de bajar la edad de punibilidad. “El oficialismo propondrá bajar la edad de imputabilidad de los menores para intentar frenar la inseguridad, a través de un proyecto que presentará la semana próxima en la cámara baja” –se relamió el diario La Nación, presentando así la causa propuesta y el efecto deseado. Un somero cotejo de la insignificancia de delitos graves cometidos por sujetos de 14 a 16 años (10 a 15 homicidios por año en un universo de 1.900), ya indica que la respuesta no apunta a resolver el problema; recuerda el chiste del borracho que perdió sus llaves en un lugar oscuro, pero las busca en uno distante pero iluminado. Parece más fácil ceder a la urgente tentación de buscar la solución en un lugar donde todas las luces mediáticas iluminan la escena, que sostener la razonable y ética indagación de las causas de los delitos en las enormes desigualdades sociales que todavía crujen en nuestra comunidad. Sin embargo, el riesgo que implica ceder a aquella tentación es, a mediano y largo plazo, enorme y está preñado de peligros.
Naturalmente, además del diario de los Mitre, varias voces políticas del establishment salieron más que rápido a aplaudir. A Mauricio Macri le pareció una medida obvia, porque “no es lo mismo un chico de 15 o 16 años de hoy, que uno de hace 20 años”. Se ahorró informarnos sobre qué estudios sustenta su afirmación, pero evidentemente los de ahora son peores para él. Francisco de Narváez, por su parte, se apuró a “reclamar derechos de autor sobre la baja en la edad de imputabilidad a los 14 años” (diario Clarín, 23/9/13).
Si alguien quisiera considerar los dichos de Insaurralde como un exabrupto individual lanzado al calor de la campaña, le bastaría cotejar las declaraciones a Radio 10 del secretario de Seguridad de la Nación, el médico militar Sergio Berni: “Aquellos que estamos en la calle dando la batalla cara a cara contra el delito permanentemente sabemos que, en casi todos los delitos, de una u otra forma, hay involucrados menores y lo más grave es que, cuando los encontramos, no los encontramos por primera vez: son todos reincidentes”.
“…Dando batalla… en todos los delitos…hay menores… lo más grave… son todos reincidentes”.
Qué esperable y tranquilizador sería remontar el cauce de esta frase hasta ver que nace de la boca de un energúmeno que milita en algún partido reaccionario y no de un secretario de Seguridad nacional que integra un gobierno popular con suficientes méritos para ser considerado el que más ha trabajado por la inclusión social de los desprotegidos –por supuesto, entre ellos, los chicos- en los últimos 50 años.
Pero qué notable es asimismo la coincidencia de Berni sobre el débil papel del Poder Judicial frente a los menores (“la Justicia, a veces, porque no quiere trabajar o porque no puede, los libera rápidamente”) con la que esgrime el gran contendiente del Frente para la Victoria en la provincia de Buenos Aires, Sergio Massa (“con los menores la ley vigente, que sirve como herramienta para sancionar, no se aplica”).
Y cuánto y qué bien conjuga esta posición con la designación de Alejandro Granados como nuevo titular del Ministerio de Seguridad bonaerense, el mismo que en noviembre de 1999, haciendo alarde de su revólver calibre .38 especial todavía humeante tras dispararle a los que entraron en su propiedad, decretaba -no la batalla de Berni- la “guerra con los delincuentes”. “Una guerra –remató- que hay que librarla, a matar o morir”. Hoy día, al asumir su Ministerio, el hombre ha sabido mantener su espíritu combativo: “Me gusta ver los patrulleros, ir a las comisarías y hablar con el personal. No me van a ver en ningún acto entregando patrulleros. Tenemos que ir a los bifes…” (El cronista, 9/9/13).

III) Hay un hilo, para nada imperceptible, que une la prédica por la baja en la edad de punibilidad (llevada –recordemos- por Videla a 14 años en junio de 1976), la guerra a los delincuentes, la saturación de video cámaras y la multiplicación de patrulleros –sean de policías o gendarmes-. Ese hilo va tejiendo una extensa y sólida trama de sentido, que tiene una tradición de sangre y un nombre. Se llama mano dura. Es coherente con sus intereses que los sectores concentrados de la economía apelen a este único recurso para proteger sus posiciones. Este fue y es el trazo grueso de la propuesta de los partidos políticos de la derecha argentina en materia de seguridad: desde la dictadura militar hasta Mauricio Macri y Sergio Massa, con las mediaciones correspondientes (la promesa de “balas a los delincuentes” de Carlos Ruckauf, en la misma huella del aniquilador decreto 261 de 1975, o el endurecimiento de las leyes penales propuestas por Juan Carlos Blumberg). El efecto de esta defensa ha sido siempre la segregación social: la preservación de una clase en barrios cerrados y countries, y la exclusión de enormes sectores de compatriotas que, en su desesperada pugna por integrarse, fueron considerados una amenaza, luego un peligro, finalmente un enemigo.
El kirchnerismo impulsó un impensado y novedoso modo de concebir la política en función de las grandes mayorías excluidas, haciendo eje en su integración en la vida comunitaria y extendiendo la noción de ciudadanía hasta sus límites más tensos. Con una aguda conciencia de la dificultad que implican los grandes cambios culturales a largo plazo y la magnitud de un obstáculo imposible de subestimar (la actuación como corporaciones autónomas del poder civil que fueron adquiriendo las fuerzas de seguridad, su altísima complicidad en hechos delictivos), se planteó –y en el seno del Frente para la Victoria se continúa planteando vivamente- una política frente a los delitos que no implique el camino fácil de la mano dura y la segregación: conducción civil, política, de las fuerzas de seguridad, instalar una Campaña Nacional contra la Violencia Institucional que ha tenido como consigna nada menos que la frase “Ni un pibe menos” (y que en su Propuesta puede leerse: “Miles de pibes de los barrios más empobrecidos de nuestra Patria fueron y son víctimas del accionar policial, amparados en la demagogia punitiva que estigmatiza al joven humilde como el germen de todos los males de la sociedad y que es repetido constantemente por los grandes medios de comunicación…”), un Acuerdo por la Seguridad Democrática, guiado por el Informe sobre Seguridad ciudadana y derechos humanos (2009) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que propulsó un “cambio paradigmático desde la concepción meramente policial de la seguridad hacia una mirada integradora sobre la multicausalidad en la fenomenología de la violencia y el delito”.
Este es el terreno valiosamente ético en el que el Poder Ejecutivo avanzó en estos años en la lucha contra el crimen, mientras sostuvo activamente políticas sociales de inclusión que buscaron el descenso de la pobreza y la desigualdad, fuentes auténticas de las que brota la violencia delictiva. Este impulso es de largo aliento porque compromete un cambio en las estructuras represivas del Estado y la gradual incorporación de marginados a la vida comunitaria.
Ahora bien, si a la par de este gran impulso, algunas voces pretenden que, en la precipitación, la mejor forma de responder a una coyuntura electoral parcialmente adversa, es desandar el camino, poner el foco en la penalización de los menores como chivos expiatorios, plantear que los “delincuentes entran por una puerta y salen por otra” o saturar las ciudades de cámaras y patrulleros, se llegaría a una aporía, una contradicción irresoluble, y no a una política complementaria de aquel gran impulso. Si con esas propuestas alguien pretende que el Frente para la Victoria obtenga un triunfo electoral, habría que interpelar la historia y las convicciones políticas de dicho movimiento, sopesar convenientemente los costos e interrogar fuertemente el sentido de la palabra triunfo en tales condiciones.

¿Con quién confrontar?

Obtener un resultado adverso en una elección impone, antes que nada, un ejercicio de pensamiento. Entre las muchas causas que han concurrido para plasmar el resultado del domingo 11 de agosto en las PASO., me interesa centrarme brevemente y hacer sólo dos observaciones alrededor de la así llamada “lógica de la confrontación”, lógica que se ha erigido como una de esas causas y de la que el Frente para la Victoria sería responsable y promotor.
1) Sergio Massa es el que más ha cosechado los frutos de una semilla sembrada hace unos años: este gobierno crispa, divide, pelea, destruye la armonía en la que vivíamos los argentinos, ha creado una grieta, etc. “La gente dijo basta a la confrontación” –repitió, presentándose así como la síntesis pacífica en la que los conflictos, por fin, se resuelven. No conviene subestimar este planteo. Los conflictos –imprescindibles, impulsores- tienen no obstante costos, dañan, cansan. Que alguien se presente con la bandera de la paz, con un mensaje esperanzador de cara al futuro, prometiendo un tiempo en el que la convivencia será armoniosa, y que de ese modo haya logrado ganar la provincia de Buenos Aires y se proyecte al 2015, es un hecho que no puede minimizarse. “Es el candidato creado por las corporaciones”. Correcto. Siempre lo intentan, no siempre lo logran imponer. De modo que, en vez de desacreditar y vituperar a Massa, convendría quizá dirigirse cordialmente a ese tercio del electorado oscilante y no muy politizado ni definido ideológicamente –que optó en 2011 por Cristina Fernández y que hoy no lo hizo (de modo que razonablemente puede ejercer en el futuro su opción por el FPV.)- y explicarle por qué las confrontaciones políticas son absolutamente necesarias y por qué la promesa de la perfecta armonía social es falsa. Dirigir el discurso a esos sujetos que no son militantes, pero tampoco miran con antipatía irreconciliable el proyecto nacional, y aclarar que en toda sociedad existen actores económicos que no sólo velan por su propio provecho en absoluto desinterés por el sostenimiento del orden comunitario, sino que son depredadores. Son básicamente asociales, concentran la riqueza en pocas manos, defienden sus posiciones con todos los medios a su alcance –no siempre lícitos (recordemos que propiciaron a lo largo de nuestra historia golpes militares cuando se sintieron amenazados). Si el logro de sus propósitos apareja la miseria de las grandes mayorías -en las que sin duda ese tercio del electorado se encuentra-, no retroceden. Lo experimentamos en nuestro país desde 1976; lo sufrimos dramáticamente en 2001; lo vemos actualmente en Europa. Es enojoso, es enormemente costoso emprender un conflicto con esos poderes en pos de distribuir la riqueza, pero lo que es imposible –si es que no se integra sus filas- es vivir en concordia con ellos, avenirse a sus demandas en pos de una promesa de gobernabilidad y de bienestar general. Lamentablemente o no, la única posición posible con ellos es enfrentarlos con la mayor firmeza y decisión de las que un gobierno que represente las fuerzas populares sea capaz, a los efectos de disciplinarlos, de controlar dentro de ciertos límites su voracidad consustancial. Existen ejemplos en nuestra historia reciente que indican que otra opción que no sea la firme confrontación con ellos fracasa, es imposible. Debemos recordar la experiencia alfonsinista –preñada de buenas intenciones-, que muchas veces intentó evitar sin éxito la confrontación con las grandes corporaciones. No podemos olvidar que haber concedido las demandas militares no produjo sino más asonadas y más retrocesos en la política de derechos humanos. No podemos borrar de la memoria la cándida decepción del ministro Juan Carlos Pugliese ante los representantes del sector financiero intentando evitar una corrida cambiaria en medio de la hiperinflación de 1989 (“les hablé con el corazón, me contestaron con el bolsillo”). Ni olvidar la súplica de Raúl Alfonsín a Héctor Magnetto para que le permitiera concluir su mandato (“Ustedes ya son un obstáculo” –lo empujó el CEO de Clarín-). Tampoco debemos perder de vista que una alianza fraternal con ellos –como las que realizaron Menem o de la Rúa- no evita sino que potencia la conflictividad social: la extendida pobreza y la represión a las protestas sociales arrojaron una intolerable cantidad de muertos. Muertos, no gente que se ha sentido ofendida o intimidada o temerosa. Decenas de personas asesinadas por razones políticas, lo que demuestra que la grieta se ha manifestado antes de ayer y no es creación del kirchnerismo. Con estos sectores de poder, entonces, no puede hacerse otra cosa razonable ni prudente que confrontar con toda la fuerza que se pueda acumular. Negar el antagonismo con ellos es una dolorosa equivocación; imaginar un día en el que esos intereses y los de las grandes mayorías confluyan en armonía, una peligrosa ingenuidad o una ilusión ofertada de manera perversa.

2) Sentado esto digamos que la definición de esos verdaderos adversarios irreconciliables debe ser limitada, restringida. Sería un error que tras el resultado electoral, las fuerzas que apoyan o componen el gobierno nacional –con tantos genuinos y necesarios frentes de confrontación abiertos- mirara con enojo a esa porción del electorado que ahora optó por una alternativa, imputándoles ingratitud u olvido de la tremenda crisis que el FPV. supo capear o los catalogue de meros objetos de la manipulación mediática del grupo Clarín. No confrontar con ese sector que hoy no dio el voto al oficialismo –sin por eso reconocerse rabiosamente antikirchnerista-, es una tarea que obliga a diferenciarlos claramente de los verdaderos adversarios y a interpretar el clima político que pudo inclinar esta decisión en las primarias. En este sentido, tal vez debamos reconocer que en la pugna cultural, los fuertes adversarios del FPV. –gracias a la trama de medios que conforman su estructura de poder- lograron un avieso triunfo, al instalar en algunos sectores de las capas medias –pero no sólo en ellas- la idea que el gobierno nacional es irracionalmente beligerante y que toda acción del Poder Ejecutivo es una incomprensible batalla sangrienta. Han enrarecido así el clima del debate de ideas sobre la cosa pública, reduciendo al oficialismo a un núcleo pendenciero y vaciando la discusión de las razones que animan sus iniciativas políticas. Ese es el lugar en el que se lo espera al gobierno nacional: el kirchnerismo debe presentarse como un movimiento político intolerante, patológicamente peleador, autoritario. Jorge Lanata lo expresó claramente la otra noche al comentar el torpe episodio del muchacho que, como fiscal de mesa, le negó la mano a Mauricio Macri. “Parece que lo hizo para nosotros” –confesó al abrir su programa. Efectivamente, se esperan estos ademanes del gobierno nacional o de quienes expresan su apoyo. Dárselos es una preciosa mercancía que sabrán hacerla valer. Así lo hicieron con el visceral asco de Fito Paez, con los agrios comentarios a la clase media que quiere comprar dólares, con la carta de Cristina Fernández al popularísimo Ricardo Darín, etc. Tengo la impresión que ningunear a quien cosechó el 35 % del favor del electorado bonaerense calificándolo de suplente, tendrá el mismo destino. Si podemos considerar aceptable la conjetura que, en medio del turbio, del envenenado clima político que los poderes concentrados lograron imponer, una porción del electorado se haya resuelto por un candidato que se identificó con el pacífico slogan de la “no confrontación”, debería pensarse entonces en el tipo de intervenciones públicas que resultarían más eficaces para lograr hoy la persuasión, sin que esto implique lógicamente resignar las estrategias mayores ni adoptar una retórica falaz ni arriar las banderas.

Sergio Massa, o el arte de la indecisión

CUATRO PUNTOS DE LA RETÓRICA MASSISTA

1) La descripción que hace unos días hizo Carlos “Lole” Reutemann sobre el modo de posicionarse de Sergio Massa es instructiva: “parece que tiene el as de espadas, pero no se visualiza cuál va a ser la última jugada”.
Ha hablado alguien que conoce el juego, que ha sabido sobre todo semblantear una carta y retener hasta el paroxismo el momento de jugarla. Lo ha descrito un jugador que su destino fue, al final de cuentas, el mazo.
“Parece… pero no se visualiza”.
Ese es el primero de los puntos centrales de la estrategia discursiva diseñada por los gerentes de campaña de Sergio Massa: no definir, partiendo del supuesto de que la explicitación de una toma de posición precisa sobre un asunto agitará una confrontación que el electorado al que destina su discurso prefiere no aceptar. “Massa juega al misterio” –así nombraron esta actitud algunos diarios. Para eso resulta necesario hablar poco, apelar a generalidades y a expresiones ambiguas y neutras (“la ley de medios tiene claroscuros”, “el blanqueo de capitales sirve dependiendo cómo sea instrumentado”, o aquella que podría considerarse el colmo de la apatía cuando, siendo jefe de gabinete en 2009, el diario La Nación le preguntó qué opinaba de Guillermo Moreno: “es un secretario de comercio que hace su tarea”). Son manifestaciones que construyen un ascetismo arraigado en un sentido común amplísimo (“Unidad, gestión y futuro”, “trabajar por la gente”), que pretende agrupar a todo el mundo y con el que es tan difícil disentir, como orientarse. Mucho menos apasionarse.
2) En segundo lugar, los asesores de Massa, Pedro Del Piero y Diego Gorgal leyeron con inteligencia el fracaso de la retórica de catástrofe de la oposición (¡el fin de la República, Dios mío!) y propusieron la sustitución por la retórica del equilibrio, de modo que todos los mensajes deben estar trabajados en esa mesurada clave discursiva. Ni tanto ni tan poco, salir del todo o nada, del blanco o negro, reivindicar –un poco, no tanto- la figura templada de un Néstor Kirchner construido de acuerdo a sus propósitos, para desestimar la virulencia de una Cristina extrema, valorar los “aspectos positivos de la gestión” de aquel, pero no el plano esencialmente beligerante en el que lleva adelante la política la actual presidenta. Moderación, señores. Se mantiene en la sombra la pregunta sobre si aquellos logros podrían haberse alcanzado sin aceptar la asunción y el sostenimiento de un conflicto.
Un par de ejemplos: “No hay un país financiero distinto a uno productivo”, dijo su nuevo aliado, José Ignacio De Mendiguren, ante los representantes de la banca extranjera. “Somos la industria y el campo dándose la mano”. “Los intereses de los empresarios no están en contra de los de los trabajadores”. Todo parece desde esta perspectiva conciliable, no hay –por ende- necesidad de optar, sino de componer armoniosamente. “Somos un conjunto de dirigentes, no soldados”. No hay soldados porque no hay lucha, confrontación, contraposición de intereses.
Si hemos de creerle al diario La Nación, los que diseñan la retórica de Massa han hecho circular entre las filas, “materiales de mano para reforzar el discurso del grupo y evitar incorrecciones” -como las que protagonizaron el actor Fabián Gianola, cuando dijo que el país se encaminaba hacia una dictadura, o la periodista de TN Mirta Tundis, cuando declaró su cercanía ideológica con Francisco de Narváez. En ese manual “se ofrecen frases prefabricadas para evitar incidentes” (La Nación, 6/7/13). Expresión que merecería ubicarse entre las más logradas descripciones de la jerga eufemística de la corrección política. “Frases prefabricadas para evitar incidentes” dibuja, entonces, el tibio universo enunciativo de Massa.
3) En tercer término –y congruente con los puntos anteriores-, la diversidad como término opuesto al verticalismo del Frente para la Victoria. Como el propósito es un indefinido bien común y el medio es el diálogo entre gente que se supone que quiere lo-mismo-que-todo-el-mundo, entonces es posible que en los enunciados del armado massista confluyan en armonía y amplitud horizontal una supuesta reivindicación de logros kirchneristas (se quiere instalar así la idea de una superación post-kirchnerista), con sujetos que encarnan discursos y que heredan trayectorias históricas que los niegan de modo absoluto: dirigentes del PRO como Soledad Martínez, Gladys González y Cristian Gribaudo, “gordos” de la CGT. como Héctor Daer, representantes del principal multimedios opositor como Mirta Tundis, voceros del establishment financiero como Martín Redrado, ex referentes económicos del denarvaismo como Ricardo Delgado, o de la multinacional Techint, como Miguel Peirano, o el hasta hace un rato nomás ladero de la archienemiga kirchnerista Elisa Carrió, Adrián Pérez. Toda esta “conformación plural” con el amparo que brinda la fiscalización electoral provista por la CGT Azul y Blanca del dirigente republicado Luis Barrionuevo.
4) El cuarto punto es un clásico tópico que orienta la instalación de un candidato: la novedad. “Sergio Massa es la nueva política” (dijo la ex compañera de fórmula de Francisco de Narváez, Mónica López); “la lista que encabeza Sergio Massa es algo inédito” (dijo Sergio Berensztein que, desde su consultora Poliarquía, no hace más que intentar generar los datos que luego registra como objetivos); “es un chico joven, capaz; las renovaciones son buenas” (afirmó el dirigente de Luz y Fuerza, Oscar Lezcano, en busca del lugar perdido). Hay que considerar quiénes son los que enaltecen la novedad para comenzar a definir la naturaleza de la innovación, salvo que aceptemos –sin más- que la juventud de un candidato es el elemento decisivo que aporta novedad.

Al plantear estos puntos de la estrategia discursiva de Massa no estamos diciendo que alguien que aspira a la lucha por el poder no deba pensar su mensaje con inteligencia y meditar sobre las formas de generar convicción. Lo que advertimos es que esos medios persuasivos no valen por sí mismos, en total desconexión con la propuesta política efectiva y con una concepción ideológica precisa. Salvo que estas cuestiones medulares sea preciso mantenerlas en reserva porque de explicitarlas se revelaría su verdadero sentido reaccionario y antipopular. Creemos que este es, al fin de cuentas, el sentido de lo que podemos llamar la suspensión definitoria de Sergio Massa: retener todo el tiempo que le sea posible su genuina carta política-ideológica porque, a la hora de la verdad, su juego va a implicar un retroceso histórico, su lance auténtico se revelaría como pre-kirchnerista.
Esa carta verdadera debe, entonces, mantenerse en reserva, y por eso son necesarios los manuales de corrección política compuestos con “frases prefabricadas para evitar incidentes”. Sin embargo, ella es inteligible por el conjunto de alianzas y aliados mediáticos profundamente reaccionarios que Massa va tejiendo y porque la verdad –no otra cosa son esos “incidentes”- siempre se cuela por algún resquicio. A menudo los bufones dicen lo que otros personajes no pueden decir. Fue el caso del cómico Gianola al asegurar que se involucraba en política “por la necesidad de que la democracia y las instituciones sigan siendo lo que eran”.

“”””””””””””””””

Un compañero en apuros (humor y política)

Esta anécdota, real, sucedió la semana pasada. Quedó plasmada en un correo que envió Marcelo -el amigo que protagonizó la escena y que la pudo contar con agudísimo humor-, a mi compadre Daniel. La reproduzco textual.

¿Cómo va Dani? Ayer en el momento que me mandaste el mensaje estaba entrando al quirófano. Salió todo bien, pero si te cuento lo mucho que sirvió tu mensaje te vas a cagar de risa. Me decías que salvo Pino y Lilita no hay alianza y me puse a pensar que eso a la opo no le importa un carajo y les va a favorecer las abiertas por que se van a encolumnar todos detrás del segundo, obviamente sin importarle quién mierda sea. En las definitivas van a jugar con eso: son capaces de votar a Moyano. El domingo lo escuché a Grondona en Canal 26 y textualmente dijo que a Moyano lo ve más rubio. Posta. Eso a 5 minutos de operarme, eh?
Bien, a eso iba. Voy a que me cargaste de onda peronista.
Entré al quirófano, y medio que los veo a todos anti K. No sé por qué los vi así. Imaginate: Clínica Bazterrica, Juncal y Billinghurst, y de pronto saltó lo que faltaba: el instrumentista me muestra una aguja de 1 cm. de espesor y me dice que me insertaban eso, que adentro había una cámara que al mismo tiempo deseca el meñisco roto, etc. Todo para tranquilizarme. Cierra diciéndome que era importada y que se usa una por operación debido a que “había faltantes por las políticas actuales”.
- “¿Pero me va a operar? -porque si hay faltante es que no hay, pero usted me la muestra”.
- “No hay –me dice-, no en la cantidad que necesitamos”.
Todo esto mientras me afeitaban la pierna y me ponían Pervinox.
- “No entiendo. Si hay faltante, no hay. Si no hay faltante, hay…” –le digo.
Salta la anestesista: “Me parece que vamos a operar a un kirchnerista…!” -y me mira.
- “Usted deduce eso porque yo no entiendo lo que me dice… pero para usted ¿hay faltante o no? ¡Por favor respondame si o no!
- “Usted es kirchnerista” –me dice.
Ahí pensé: se van a la mierda todos.
-“Sí, señora. ¡Soy kirchnerista! ¡Y ojalá haya faltantes de agujas, de anestesia y de médicos cirujanos, de anestesistas; así, de esa manera, todos ustedes puedan tener trabajo y nosotros podamos operarnos!”.
Se hizo un silencio en el quirófano y lo tuve que cortar yo.
- “Bueno… no se desquiten con mi rodilla ahora, no?”.
El cirujano salta y me dice:
-“Quédese tranquilo, compañero, yo opino como usted, y soy el que lo va a operar”.
- “La verdad me tranquiliza que usted pertenezca al 54% (y les digo a los demás); bueno, háganle caso al cirujano, eh…?”
Ahí no termina. Mirá cómo son.
Cuando me despierto en una cama, ya operado, Adriana -mi mujer- en vez de ¿cómo estás, te duele?, me dice:
-“¡Vos te volviste loco! ¡Te pusiste a discutir de política en la operación…!
Pensé de veras en lo que me decía y le digo, medio como excusándome:
-“Nooo… Capaz que fue la anestesia que me hizo decir algo, pero la verdad que no me acuerdo”.
-“Vos estás loco, Marce…”.
O sea que algo los tipos le dijeron.
Ya en el auto, cuando vuelve a tocarme el tema, le digo:
-“¿Qué querés que haga? Si me dan anestesia y sigo siendo peronista…? Eso no lo controlo”.
“””””””””””””””

La “democracia”, según Sebrelli

por Guillermo Cichello
“Hay una elite de este país que piensa de una manera y una clase baja
que no se informa, no escucha, no toma conciencia y sigue a la Presidenta.
Cuanto menos cultura hay, Cristina obtiene más votos”.
Bartolomé Mitre

I) Votos puros, votos impuros
Una tensa línea recorre el amplio arco de la derecha argentina y decide la incorporación a veces involuntaria de muchos sujetos a la conciencia liberal. Esa línea es la respuesta a la gran pregunta ¿quién es ciudadano?
Es una pregunta que atraviesa toda la política argentina desde hace dos siglos y reconoce momentos de exasperación, como el presente. Parece claro que del modo en que se responde a esa gran pregunta, deriva una conclusión sobre la forma de gobierno, y, por ende, sobre los sujetos (todos, algunos, cuáles) que tienen derecho a pronunciarse sobre los asuntos públicos, en tanto dichos pronunciamientos son la base de legitimación del poder.
Si bien “el primer derecho y deber del pueblo es elegir un caudillo” –como decía Estanislao López en 1819-, quién constituye ese pueblo que elige no fue a lo largo de la historia un asunto sencillo.
El “espíritu de Alberdi” –tan invocado hoy día por nuestros contemporáneos republicanos, chacareros o constitucionalistas- dio su respuesta en 1853 y se conoció como la doctrina de la pureza del sufragio: “Elegir es discernir y deliberar. La ignorancia no discierne, busca un tribuno y toma un tirano. La miseria no delibera, se vende. Alejar el sufragio de manos de la ignorancia y la indigencia es asegurar la pureza y el acierto de su ejercicio”.
Después de los fraudes patrióticamente instrumentados para evitar algunas de esas impurezas, la ley Sáenz Peña –que reconoció en 1912 como electores a todos los ciudadanos mayores y varones, en sufragios secretos (pasarán treinta y pico de años más hasta reconocer en las mujeres la misma habilidad)-, la ley Sáenz Peña –decía- no zanjó definitivamente una cuestión que periódicamente se plantea con ánimo controversial: quiénes tienen derecho a decidir sobre la cosa pública.
El “gran poeta nacional”, Leopoldo Lugones –en su Hora, que fue la de la Espada- repudió la vocación democrática de aquella ley: “el triunfo cuantitativo de los menguados” -la llamó. Es el surco profundo por el que va a trajinar –años después y por muchos años- Jorge Luis Borges: “para mí la democracia es un abuso de la estadística” –le decía con su magnífica ironía a Bernardo Neustadt. Era julio de 1976. “Además –agregaba- no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política? La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas…”.
Estamos tensando con amplios gestos, como se ve, la cuerda temporal del arco de la derecha argentina, pero la insistencia taladra sobre la misma cuestión: si la legitimidad del poder debe brotar del pronunciamiento de las mayorías.
Situemos dos o tres expresiones más recientes antes de presentar al señor Sebreli.
La primera es brutal y pertenece a Juan Carlos Blumberg: “La gente debería votar según su grado de educación y ese voto vale dos o tres”, dijo en aquellos meses en que su estrella guiaba la legión de seguidores de la Seguridad. Por alcanzar ese privilegio cuantitativo se habrá querido presentar con un falso título universitario. ¿Cuánto valdrá el voto de un ingeniero? ¿dos o tres?
La otra expresión podría considerarse un acto fallido de alguien que, por historia, resultaría difícil filiar dentro del conjunto de esa derecha; pero fue Fernando “Pino” Solanas quien declaró hace dos años que “las provincias más pobres no se caracterizan por tener la mejor calidad del voto…”. Retorna casi inadvertidamente en los dichos de alguien –que en otro contexto tendría el derecho a la vergüenza por esa expresión- la idea de categorizar el voto en función de quien lo emite. Pasaron más de 150 años desde que la ley 140 ordenaba a la Junta Calificadora determinar qué clase de ciudadanos tenían el derecho a sufragar. Sin embargo la idea retorna, siempre renovada, en boca de quien ni se imagina la tradición en la que acaba de inscribirse.
El último caso, el de un ex radical y hoy diputado por Buenos Aires del peronismo llamado disidente. En el debate sobre la ley 26.774 que otorgó derechos políticos a los sujetos con 16 años cumplidos, Alberto Asseff propuso que sólo voten los jóvenes instruidos: “No puede votar un adolescente que no estudia”.
La obstinada idea no cesa su lucha y se cuela en las locuciones que integran el canon de obviedades dominantes de la derecha argentina: todos los votos no pueden valer lo mismo. El dolor por esa equivalencia no se apacigua así nomás y por eso se intenta atacar una de las mayores conquistas democráticas que sostiene nuestro orden comunitario: todos los votos son iguales y establecen a la voluntad del pueblo como base de la autoridad del poder público.

II) Sebreli o el intelectual solitario
Juan José Sebreli fue entrevistado recientemente en La Nación, quizá a raíz del estreno del documental sobre su vida, El Olimpo vacío, quizá como modo de revitalizar los eternos sueños del diario de los Mitre (“Hoy la oligarquía es el kirchnerismo…”, fue el título de la entrevista publicada el 21 de abril de 2013).
Allí lo tenemos entonces mirando a la cámara, su agria seriedad sin concesiones sobre un fondo repleto de libros, presentado como “el ensayista que ha elegido, desde siempre, un camino solitario”. “Soy un escritor de minorías, que escribe para una minoría”, dice a quemarropa como para anunciar desde el vamos dónde le gusta situarse. Nos va a hablar sobre el presente político argentino, pero veamos qué novedad aportan sus ideas y cuál es la propuesta que propicia desde la tribuna de doctrina.
No vamos a abundar en la descripción de su mirada crítica sobre este momento político porque es bastante conocida; sólo digamos que los términos “dictadura fascista con apariencia popular”, “totalitarismo”, “cesarismo plebiscitario” y las comparaciones con Hitler y Mussolini arrecian y sirven de preámbulo y justificación excepcional para un planteo grave que no nos parece que sea del caso subestimar.
Acaba de mencionar el apoyo masivo que recibió la guerra de Malvinas y el 85 % de los votos que coronó la victoria electoral del nazismo. Es entonces que advierte: “Hay elementos irracionales en la condición humana que no pueden ser frenados solamente por la cultura. Tiene que haber instituciones democráticas lo suficientemente sólidas y fuertes como para oponerse a las mayorías que en algún momento enloquecen…”.
¿Será necesario repetir el concepto, sopesar convenientemente su alcance y su peligro?
Instituciones democráticas sólidas y fuertes para oponerse a las mayorías enloquecidas.
¿En qué tipo de instituciones estará pensando el señor Sebreli? ¿Cuál será el modo en que se instrumentará ese impedimento a la mayoría? ¿Quién será el encargado de evaluar la aparición del enloquecimiento –una Junta Psiquiátrica Nacional, una Comisión de Salud Mental Republicana? ¿Quién decidirá el momento en que esas instituciones sólidas y fuertes deben, por fin, aplicar su supremacía correctora sobre las mayorías?
Ni Sebreli creyó necesario aclararlo ni la reportera creyó necesario preguntar. Luego remató la idea con este reparto de la sociedad argentina: “Hay un 30% de kirchneristas convencidos, un 30% de antikirchneristas convencidos, y al resto no le importa la política y no sabe nada. Se deciden el día anterior a las elecciones de acuerdo con lo que vieron por televisión, si les gustó o no la cara de uno u otro, y votan por cualquier cosa. Por eso, aunque el sufragio es el mejor sistema, no se puede pensar que la mayoría siempre es un criterio de verdad. El sufragio universal y las mayorías pueden servir también para destruir la democracia”.
La tesis que propone Sebreli es que la democracia puede implicar la destrucción de la democracia. Lo que no advierte es la verdad involuntaria que expresa. La destrucción de la democracia es su propio mensaje, y lo pregona alarmado imputándoselo a sus adversarios.
Sebreli acaba de tensar una vez el amplio arco de la derecha argentina: las mayorías pueden equivocarse. La verdad, esquiva para el pueblo, es sin embargo visible para una minoría letrada y sana que tiene la aptitud de discernir el desacierto de la voluntad general, y la facultad de corregirlo. Si admitimos estas nociones la propuesta entonces es justamente la salida de un gobierno del pueblo (o democracia), hacia un gobierno de los mejores. Pero eso ya tiene otro nombre: aristocracia.

El 8 N y el elogio de la espontaneidad

                  “Esa jornada populosa me deparó (…)

 el descubrimiento de que una emoción

 colectiva puede no ser innoble”

J. L. Borges, Anotación al 23 de agosto de 1944.

 

Discutir si la movilización del 8 de noviembre fue o no espontánea es una  claudicación.

Pregonar que lo fue o demostrar, por el contrario, que fue impulsada por tal y cual, es resignarse y aceptar una premisa que establece la virtud de lo espontáneo.

¿Pero por qué deberíamos considerar mejor a una movilización que reclama y ocupa el espacio público cuando lo hace espontáneamente? Y además, ¿qué se entiende por espontáneo?

La invocada espontaneidad es la expresión declaradamente no articulada a un proyecto político. El tratamiento retórico que emprendieron vastos sectores de la prensa consistió en ver allí la fuente genuina, el oro sin aleaciones que expresa la voz libre del ciudadano; luego, en pronunciar las inevitables frases: “sin banderías políticas”, “sin consignas partidarias”; finalmente, en recordar que “la gente” concurrió por fuera de los “aparatos” –dando por hecho que son dispositivos de coerción-, sólo movida por la sencillez horizontal de las redes sociales, que son –según nos enteramos por Sergio Bergman- “el nuevo modelo y paradigma de la sociedad”.

La exaltación de lo espontáneo, el elogio de la expansión franca y natural de la voluntad individual del manifestante, implica como supuesto de base considerar que las marchas o concentraciones que reconocen una orgánica partidaria, son malversaciones del sentir del ciudadano libre, espurias manipulaciones que llevan y traen a una muchedumbre carente de responsabilidad, de auténticos deseos, de ideales.

En uno de los testimonios de los caceroleros del 8N me pareció ver expresada epigramáticamente la clave de esta posición: “Yo no me caso con nadie”, fue su respuesta cuando le preguntaron si adhería a algún programa político de los partidos de oposición. Suspendido en la indeterminación de cualquier apoyo expreso a un proyecto encarnado por sujetos existentes y reales, imagina sostener su pureza, su independencia de juicio, su libertad ciudadana, allí donde no vemos más que una ilusoria rebeldía.

Es que desde la perspectiva liberal, el compromiso con una organización filiada políticamente es la admisión de estar “contaminado” ideológicamente, de haber sido cooptado de modo servil. Los verbos “manipular”, “contaminar” y otros que revelan una concepción infecto-contagiosa de la relación del sujeto con la política, fueron pronunciados generosamente por estos días, incluso -por paradójico que pueda parecer en principio- por dirigentes políticos (así, Victoria Donda explicó su ausencia en la marcha como un llamado a no “enturbiar la convocatoria ciudadana”, y Elisa Carrió deseó “que no la contaminen con proselitismo”).

Pero el que expresó más crudamente esta noción en el programa de Jorge Lanata emitido el 4 de noviembre último fue el escritor y cineasta –digamos así- Guillermo Raffo: “Así no se puede vivir. El eje del problema es que infectaron con una ideología de mierda la sociedad, la vida privada de la gente. No se puede vivir normalmente en la Argentina (…) En otros países en los que yo viví –Estados Unidos, España, Inglaterra- me encontré con gente que no tiene idea de quién gobierna, ni por qué, ni qué dice. Uno vota a alguien para que administre y gestione y haga lo mejor posible con las instituciones. ¡Qué me importan los que no perdieron la fe, la juventud maravillosa, Perón, Marx, Cristo, cualquiera… qué se yo! Yo lo que quiero es que gobiernen y no me jodan!…”.

La desidia hacia lo público como virtud privada; el deseo de no saber nada de lo que esté cinco centímetros más allá de la reserva íntima y que involucre una regulación colectiva, un devenir histórico y una posición ética, sin la cual se derrapa en el eclecticismo más banal para el que da lo mismo Cristo o Perón.

“Un millón y medio de personas se manifestó sin tutores”, fue la sentencia con la que  Mariano Grondona abrió su nota sobre el 8N. Sin padres, tutores o encargados, los caceroleros no se deben a nadie, no se casan con nadie, y hacen de esa orfandad su bandera. Con apatía, con pereza intelectual, la mayoría de los testimonios espontáneos recogidos en la protesta no pudieron hilar un orden de razones que fuera más allá de la sucesión de erráticas experiencias individuales. Porque invocar una pertenencia a algún orden colectivo que se interese y discuta lo público, es perder la inocente autonomía. Desde esa candidez, todo compromiso político es alienación ciega, todo liderazgo es despotismo, todo militante, un alucinado o un engañado en su buena fe. (“Envían a La Cámpora para adoctrinar a nuestros niños.  Adoctrinamiento es lo mismo que abuso de menores” (¡sic!) http://argentinosindignados.com/por-que-nos-movilizamos).

Y esta última es la estigmatización que hoy recae sobre aquellos que públicamente sostienen el proyecto político del kirchnerismo (pero, recordemos, la misma afrenta le endilgaron a los yrigoyenistas, a los peronistas, incluso a los radicales de la Junta Coordinadora). El estigma pendula entre ser venal o ser fanático. Dos viejos tópicos del pensamiento liberal argentino. Aquel que lo enfrenta lo hace por dinero o por fanatismo (Laura Di Marco -La Nación, 13/11/12- habló de los “hipnotizados por el ciclo kirchnerista”).  Nunca por una decisión subjetiva fundada en la razón, en la ética.

Esta impugnación patológica o corrupta de una decisión política orgánica, asumida y sostenida públicamente, es el revés complementario del elogio de la espontaneidad atribuida al espejismo del manifestante libre, autónomo y pacífico por naturaleza.

De modo que honrar así lo espontáneo es una de las tantas luchas retóricas que hoy emprende el pensamiento liberal argentino para encubrir la defensa de sus posiciones, para denigrar toda política que no sea la propia.

“”””””””””””””””””””””””””

El odio a Cristina

El odio a Cristina

por Guillermo Cichello

 

I) El empleo de las palabras “tiranía”, “dictadura”, “autoritarismo”; las comparaciones con Hitler, Mussolini, Ceausescu, referidas al kirchnerismo y particularmente a Cristina Fernández de Kirchner, se ubican fueran del dominio de la argumentación. No pueden ser tratadas como razones que ameriten una refutación en el plano del análisis lógico, salvo que se subvierta completamente la semántica, se ignore todo de los acontecimientos políticos del siglo XX o no se guarde registro alguno del lapso comprendido en Argentina entre los años 1976 y 1983.

Si imagináramos que un observador de otra tierra –impuesto de los cargos tan vehementes que se le formulan a la presidenta-, preguntara entonces dónde están los periodistas muertos por publicar informaciones y opiniones adversas al gobierno, cuántos medios de comunicación fueron clausurados, en qué fecha se cerró el Congreso o cuántos fueron los vetos presidenciales a leyes de una legislatura intimidada, de qué magnitud es la represión como medio de acallar la protesta social, dónde se encuentran los testimonios de dirigentes opositores perseguidos, dónde las cárceles clandestinas, cuántas veces se llevó adelante el fraude eleccionario o se removió sin proceso a jueces -en fin, aquellos elementos que conforman una tiranía-, la calidad de las respuestas le impediría a ese observador comprender o llegaría a dudar del curioso sentido que adquirieron tales palabras en esta zona del planeta.

El fenómeno eminentemente afectivo (la ira y el miedo se destacan) que propagó la instalación de tales referencias en los dominantes medios de comunicación –y en sus cajas de resonancia: los partidos de oposición y grandes sectores de las capas medias-, amerita detenerse a pensar las verdaderas causas de tanta irritación.

Para ese sector –no importa si es una creencia o una impostura-, este gobierno es autoritario en el ejercicio del poder estatal y considera amenazante y peligrosa las acciones en que ese poder se manifiesta. Tratemos de aislar algunos núcleos temáticos que despiertan la temerosa cólera. Creo ver dos: uno es la restricción a la libertad; el otro,  la sensación de estar frente a un poder ciego a cualquier restricción.

Ahora bien, si uno pudiera interrogar a este conjunto de “indignados” y lo hiciera con prolijidad y paciencia -apartando la enorme carga afectiva de las respuestas- qué decisiones del Poder Ejecutivo han ido causando este humor devenido en furia, podría armar una lista que comprende, por ejemplo: la regulación oficial al atesoramiento de moneda extranjera, la mediación estatal que busca establecer un régimen de importaciones que equilibre la balanza comercial y favorezca al mercado interno, el uso de la cadena nacional para difundir las acciones de gobierno, la intervención del Banco Central orientando en una mínima medida el crédito de la banca privada, la  investigación de la Administración Federal de Ingresos Públicos sobre el origen del dinero declarado en grandes operaciones o la obligación impuesta a las empresas trasnacionales a liquidar en el país sus utilidades, la iniciativa estatal que busca acentuar la carga impositiva a ciertos actores sociales –vg., la renta financiera o la agraria exportable-, la decisión de poner en funciones a directores públicos en las 41 empresas privadas en las que el Estado posee caudal accionario, la resolución de intervenir en el mercado de medios audiovisuales para evitar posiciones monopólicas, la rescisión de contratos incumplidos a empresas privadas de servicios públicos, el impulso en la investigación y castigo penal de los delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar, las medidas tendientes a distribuir la riqueza (desde la asignación universal por hijo hasta la implementación de planes de vivienda para los sectores populares).

La lista podría ser más extensa y precisa, pero el hilo que enlaza todas estas acciones se advierte nítidamente. Mediante estas iniciativas, el Estado        –como representante del interés público- interviene pugnando por regular dentro de ciertos límites la acción de los mayores actores económicos del país. La traducción de estas acciones estatales que encuentra la gran prensa privada  –vehículo de tales intereses- es: “intromisión”, “apriete”, “presión”, “cercenamiento de la libertad”, etc. de Cristina Fernández (siempre se la menciona a título personal, casi nunca se designa el lugar institucional desde el que decide), con los predicados “autoritaria”, “dictatorial”, etc.

 

II) Ernst Jentsch fue un psiquiatra alemán del siglo pasado que estudió el sentimiento de lo siniestro (Freud lo cita a menudo en su obra homónima); destacó como uno de los casos en que este sentimiento se expresaba la duda acerca de que “un objeto sin vida esté en alguna forma animado”, aduciendo con tal fin, la impresión que despiertan las figuras de cera, las muñecas «sabias» y los autómatas. En esos casos, lo siniestramente amenazante consiste en el solo hecho de que aquello a lo que no se le atribuye vida, de pronto mueva un dedo, guiñe un ojo, suspire.  No hace falta que empuñe un arma o lance un golpe. Lo siniestro es el sentimiento que despierta la refutación de la atribución simbólica: eso no debe tener vida; la tiene.

Creo que algo de este orden puede estar pasando en el desborde pasional, en la grotesca ira -siempre asentada sobre una expectativa de pánico-, que despiertan las intervenciones de Cristina Fernández. No creo que haya que buscar en sus enunciados las causas del odio o el desmesurado sentimiento de estar frente a un poder ominoso (hubo que forzar hasta el ridículo el famoso “ténganle miedo a Dios y a mí”). La causa de tal reacción, reitero, no son los enunciados presidenciales –por lo demás, proferidos con una firmeza y entramados en una sólida construcción argumental que hace difícil rebatirlos en el plano de la lógica de sus razones-, sino el sólo hecho de enunciar desde un lugar distinto.

Porque el kirchnerismo rompió un pacto implícito, sólido, añoso (me pregunto si eso no es la célebre soberbia kirchnerista), que establecía que la administración del Estado es la administración de los negocios de la clase dominante y la difusión de su aparato ideológico por todos los dispositivos institucionales. Ese pacto implicaba que las decisiones públicas no eran sino el resguardo y el predominio de tales intereses y que las distintas carteras del Estado fueran ocupadas por representantes de esa clase (la Unión Industrial en Economía, los grandes laboratorios en Salud, el poder financiero en el Banco Central o “negociando” la deuda externa, la Sociedad Rural en Agricultura, el principal grupo mediático en la Jefatura de Gabinete, etc.).

Quebrar ese pacto implícito siempre desató en la historia argentina enormes consecuencias.

De modo que no es en el análisis de los enunciados de Cristina Fernández, en su tono pretendidamente altivo o petulante o en su manera de vestir, donde deben buscarse las causas de la ira que despierta, sino en el simple hecho de que enuncia desde un lugar que la tradición política no consagra a los presidentes. Desde la perspectiva de dicha tradición –que establece rígidamente en formas institucionales el predominio de determinadas relaciones sociales de fuerza-, Cristina Fernández refuta la atribución simbólica que durante años le asignó al Estado la función de guardián de los posesiones de la clase dominante; al alcanzar cierto grado de autonomía de tales intereses, el kirchnerismo fue, de modo creciente, asumiendo la comandancia de un Estado que cobró “vida propia”.

Eso es siniestro.

Quizás sea un elemento que ayude a explicar el miedo y la ira y la total trasgresión del sentido que hoy asumen en ciertos sectores sociales las palabras “tiranía”, “dictadura”, “autoritarismo”.

 

 

 

**************************************

“Cuero-camiseta” Y.P.F. y una mínima organización del campo de juego por Guillermo Cichello

 

 

Fútbol. Éramos un grupo más o menos grande de pibes, amigos del barrio y compañeros de colegio, que nos juntábamos los sábados a jugar al fútbol. Salvo la continuidad, no había nada formal en esos encuentros: ni réferi ni equipos estables ni camisetas. Los equipos variaban sábado a sábado, de acuerdo a los presentes o al azar o la astucia de quienes elegían a los jugadores. De modo que para solucionar tanta variabilidad y para tener una visión clara del juego            –consecuencia primaria de identificar en la ocasión a los compañeros y a los rivales- apelábamos al recurso simple y conocidísimo pero eficaz de acordar que un equipo jugara con la camiseta puesta y el otro no. Esta sencilla disposición (“cuero-camiseta”) nos permitía, a un primer vistazo, reconocer a los nuestros, no entregarle –por confusión- la pelota a los rivales, situarnos correctamente en  la cancha, en fin: establecía un orden muy elemental a partir del cual el juego podía desarrollarse. Esto parece una obviedad, una perogrullada, pero es vital: para sostener cualquier aspiración de triunfo debemos saber para qué equipo jugamos y contra quiénes, cuáles son nuestros intereses y nuestros compañeros, qué nos conviene o nos perjudica, para dónde patear. De ahí a ganar hay un trecho, pero se carece de toda posibilidad si no se establece esta primordial identificación de los grupos. Si advirtiéramos que el que nos aconseja no marcar al número 9, no desplegar a la ofensiva a los marcadores de punta o dejar en el banco a nuestro mejor hombre, es el entrenador del equipo contrario… -bueno- a ese le diríamos, a lo Roberto Arlt: rajá, turrito, rajá ¿o te pensás que soy un otario?

 

La 125. Las consecuencias a priori impensadas del conflicto “del campo” fueron vastísimas, pero considero la más decisiva la delimitación clara de los intereses en juego y de los sujetos de carne y hueso que los expresaban. Así, a medida que progresaba el conflicto se fueron revelando sus caras, sus deseos, su programa ideológico, su modelo de país. El “campo” –ese significante tan vago y encubridor- se fue desenmascarando y subió a escena con su verdadero rostro: el de la representación de las potentes corporaciones exportadoras de granos que luchaban por imponer el tipo tradicional de país agrícola que ocupa su puesto en la división mundial del trabajo como productor de materias primas. Con tanta brutalidad llevaron adelante medidas de fuerza, con tan torpe vehemencia defendieron sus intereses, que los hicieron evidentes. De ese modo perdieron. Victoria pírrica es una expresión que se usa para designar aquella que se logra a costa de una pérdida inmensa. Así ganaron las patronales agro-exportadoras cuando lograron trabar la sanción de la ley que gravaba la renta agraria. Pero perdieron porque se hicieron visibles como representantes de su propio interés, quedando ligados sus enunciados a un particular lugar de enunciación: el de la Sociedad Rural, los poderosos y transnacionales pooles de siembra, la aristocracia con olor a bosta de vaca –como decía Sarmiento-. Ese conflicto que se ganó cuando se perdía, fue seguido dramáticamente por la mayoría de la población, y volcó a un importante sector hacia la participación y a la militancia política. Su mérito fue develar intereses, establecer alianzas, evidenciar deseos contrapuestos. Cuero-camiseta.

 

Maniqueo. Un tópico usual de las buenas conciencias argentinas es aborrecer las divisiones maniqueas. Se considera de muy buen tono maldecir las postulaciones binarias, las dicotomías, el mundo blanco o negro. Ni que hablar que alguien diga que fulano es un enemigo político. Eso es tremendo. El que habla en esos términos rudos directamente es un dictador, un mesiánico, un fundamentalista. Resulta que no hay enemigos políticos. Cuando un conflicto progresa hasta el punto exacto en que pueden reconocerse los intereses en pugna, los que pretenden mantener el statu quo apelan santamente a la paz, al diálogo que se mantiene en los “países serios” –un lugar que no tiene otra localización que no sea la fantasía idealizada de quienes lo postulan- y al expediente de disimular sus pretensiones, diluyéndolas en generalidades, confundiéndolas con totalidades. De esa manera se habló de “el campo”, como se habla de “el país” o de “la prensa” o de “la gente”, como se vitupera a “la política” o a “los políticos”. La función retórica que tienen semejantes abstracciones es la mistificación de sus reales posiciones desiderativas, de ahí que les sea altamente conveniente descalificar el supuesto maniqueísmo. “Caballeros ¡por favor!” –dice uno de ellos-, “que el mundo no es un campo de batalla…”. Su triunfo es disimular su dominación. Si no hay enemigos políticos,  si todo el mundo tira para el mismo lado, ahí es cuando viene el entrenador del equipo contrario a aconsejarnos que dejemos en el banco a nuestro mejor jugador, etc. Ahí es cuando viene Robert Zoellick -el presidente del Banco Mundial- a decir que es “un error” y un “un síntoma que vamos a tener que vigilar” que los países opten “por políticas nacionales, autárquicas”. Ese es el momento en que sale a escena el comisario europeo de comercio, el belga Karel De Gucht a decir que “este es exactamente el tipo de medidas que tiene que evitarse”.  Este, el instante en que entra a los empellones Mario Vargas Llosa a  maldecir el “patrioterismo nacionalista”. Lejos de la falsa armonía, si no reconocemos en qué equipo juegan estos fulanos, para nosotros es un caos o el directo desastre. Cuero-camiseta, otra vez, en cambio, un principio de orden.

 

YPF.  Tras la expropiación de las acciones pertenecientes a Repsol en la empresa YPF., -de eso hablaba el bueno de Zoellick el 18 de abril último al abrir la asamblea semestral del Banco Mundial- una de las mistificaciones que por estos días nos asolan es que la Argentina le ha cerrado las puertas al mundo. “El mundo ha hecho saber públicamente, con menor o con mayor intensidad, su rechazo a la expropiación de YPF” (Joaquín Morales Solá), “la expropiación nos endeuda y nos aleja del mundo” (Mauricio Macri), “la confiscación de Repsol-YPF ha lesionado gravemente la credibilidad argentina frente al mundo” (Mariano Grondona), “Argentina tiene un problema de conducta en su relacionamiento con el resto del mundo que ha ido agravándose en los últimos años” (Emilio Cárdenas), “la decisión tomada por el gobierno somete a la Argentina a un escenario de cuestionamiento general (…) Los argentinos deben entender que hace años que generamos desconfianza. Todo esto genera una imagen de la Argentina complejísima” (Alberto Fernández), “el gobierno argentino ha quebrado la confianza de la comunidad internacional” (José Manuel García-Margallo y Marfil), “las políticas basadas en el nacionalismo, expropiación o el estatismo son tan dañinos porque alejan a las inversiones” (Felipe Calderón). Cito algunos, entre tantos dolorosamente ofendidos por la decisión estatal sobre YPF.

La pregunta que puede ordenar el campo de juego es si esa supuesta totalidad, si ese “mundo” es el nuestro. Las respuestas provienen de la determinación de los intereses que motivan, que nutren los enunciados, del lugar que no es general, sino muy particular desde el que enuncian. A poco que se repare que José Manuel García-Margallo y Marfil es el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación del gobierno español, que Alberto Fernández es consultor externo de Repsol, que Emilio Cárdenas fundó un estudio de abogados que asesoraba a las empresas extranjeras en materia de transacciones comerciales internacionales, petróleo y gas y que fue funcionario del gobierno argentino que impulsó la privatización de YPF., que Joaquín Morales Solá percibe de Repsol una importante suma como pauta publicitaria de su programa, que Felipe Calderón es el presidente de México, cuya empresa petrolera PEMEX es socia de Repsol y que las declaraciones citadas las realizó en la sexta edición de la Cátedra Kissinger de la Biblioteca del Congreso de los  Estados Unidos de Norteamérica, que Mariano Grondona… bueno, es Mariano Grondona…, a poco que se repare –decía- desde qué lugar enuncian, se deduce cuál es su mundo, qué cosas son exitosas para ellos y ante qué otras se escandalizan.

Sería ingenuo pedirles que no sostuvieran esas posiciones, que no hicieran lo que está a su alcance por imponerlas, tanto como esperar que el equipo contrario nos hiciera el favor de no patear muy fuerte los penales. Pero sería desastroso que los confundiéramos con los nuestros, que nos engañáramos creyéndolos buenos consejeros, que desconociéramos que nosotros jugamos en cuero y ellos con camiseta.

“”””””””””””””””””””””””””