gcichello

Un compañero en apuros (humor y política)

Esta anécdota, real, sucedió la semana pasada. Quedó plasmada en un correo que envió Marcelo -el amigo que protagonizó la escena y que la pudo contar con agudísimo humor-, a mi compadre Daniel. La reproduzco textual.

¿Cómo va Dani? Ayer en el momento que me mandaste el mensaje estaba entrando al quirófano. Salió todo bien, pero si te cuento lo mucho que sirvió tu mensaje te vas a cagar de risa. Me decías que salvo Pino y Lilita no hay alianza y me puse a pensar que eso a la opo no le importa un carajo y les va a favorecer las abiertas por que se van a encolumnar todos detrás del segundo, obviamente sin importarle quién mierda sea. En las definitivas van a jugar con eso: son capaces de votar a Moyano. El domingo lo escuché a Grondona en Canal 26 y textualmente dijo que a Moyano lo ve más rubio. Posta. Eso a 5 minutos de operarme, eh?
Bien, a eso iba. Voy a que me cargaste de onda peronista.
Entré al quirófano, y medio que los veo a todos anti K. No sé por qué los vi así. Imaginate: Clínica Bazterrica, Juncal y Billinghurst, y de pronto saltó lo que faltaba: el instrumentista me muestra una aguja de 1 cm. de espesor y me dice que me insertaban eso, que adentro había una cámara que al mismo tiempo deseca el meñisco roto, etc. Todo para tranquilizarme. Cierra diciéndome que era importada y que se usa una por operación debido a que “había faltantes por las políticas actuales”.
- “¿Pero me va a operar? -porque si hay faltante es que no hay, pero usted me la muestra”.
- “No hay –me dice-, no en la cantidad que necesitamos”.
Todo esto mientras me afeitaban la pierna y me ponían Pervinox.
- “No entiendo. Si hay faltante, no hay. Si no hay faltante, hay…” –le digo.
Salta la anestesista: “Me parece que vamos a operar a un kirchnerista…!” -y me mira.
- “Usted deduce eso porque yo no entiendo lo que me dice… pero para usted ¿hay faltante o no? ¡Por favor respondame si o no!
- “Usted es kirchnerista” –me dice.
Ahí pensé: se van a la mierda todos.
-“Sí, señora. ¡Soy kirchnerista! ¡Y ojalá haya faltantes de agujas, de anestesia y de médicos cirujanos, de anestesistas; así, de esa manera, todos ustedes puedan tener trabajo y nosotros podamos operarnos!”.
Se hizo un silencio en el quirófano y lo tuve que cortar yo.
- “Bueno… no se desquiten con mi rodilla ahora, no?”.
El cirujano salta y me dice:
-“Quédese tranquilo, compañero, yo opino como usted, y soy el que lo va a operar”.
- “La verdad me tranquiliza que usted pertenezca al 54% (y les digo a los demás); bueno, háganle caso al cirujano, eh…?”
Ahí no termina. Mirá cómo son.
Cuando me despierto en una cama, ya operado, Adriana -mi mujer- en vez de ¿cómo estás, te duele?, me dice:
-“¡Vos te volviste loco! ¡Te pusiste a discutir de política en la operación…!
Pensé de veras en lo que me decía y le digo, medio como excusándome:
-“Nooo… Capaz que fue la anestesia que me hizo decir algo, pero la verdad que no me acuerdo”.
-“Vos estás loco, Marce…”.
O sea que algo los tipos le dijeron.
Ya en el auto, cuando vuelve a tocarme el tema, le digo:
-“¿Qué querés que haga? Si me dan anestesia y sigo siendo peronista…? Eso no lo controlo”.
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La “democracia”, según Sebrelli

por Guillermo Cichello
“Hay una elite de este país que piensa de una manera y una clase baja
que no se informa, no escucha, no toma conciencia y sigue a la Presidenta.
Cuanto menos cultura hay, Cristina obtiene más votos”.
Bartolomé Mitre

I) Votos puros, votos impuros
Una tensa línea recorre el amplio arco de la derecha argentina y decide la incorporación a veces involuntaria de muchos sujetos a la conciencia liberal. Esa línea es la respuesta a la gran pregunta ¿quién es ciudadano?
Es una pregunta que atraviesa toda la política argentina desde hace dos siglos y reconoce momentos de exasperación, como el presente. Parece claro que del modo en que se responde a esa gran pregunta, deriva una conclusión sobre la forma de gobierno, y, por ende, sobre los sujetos (todos, algunos, cuáles) que tienen derecho a pronunciarse sobre los asuntos públicos, en tanto dichos pronunciamientos son la base de legitimación del poder.
Si bien “el primer derecho y deber del pueblo es elegir un caudillo” –como decía Estanislao López en 1819-, quién constituye ese pueblo que elige no fue a lo largo de la historia un asunto sencillo.
El “espíritu de Alberdi” –tan invocado hoy día por nuestros contemporáneos republicanos, chacareros o constitucionalistas- dio su respuesta en 1853 y se conoció como la doctrina de la pureza del sufragio: “Elegir es discernir y deliberar. La ignorancia no discierne, busca un tribuno y toma un tirano. La miseria no delibera, se vende. Alejar el sufragio de manos de la ignorancia y la indigencia es asegurar la pureza y el acierto de su ejercicio”.
Después de los fraudes patrióticamente instrumentados para evitar algunas de esas impurezas, la ley Sáenz Peña –que reconoció en 1912 como electores a todos los ciudadanos mayores y varones, en sufragios secretos (pasarán treinta y pico de años más hasta reconocer en las mujeres la misma habilidad)-, la ley Sáenz Peña –decía- no zanjó definitivamente una cuestión que periódicamente se plantea con ánimo controversial: quiénes tienen derecho a decidir sobre la cosa pública.
El “gran poeta nacional”, Leopoldo Lugones –en su Hora, que fue la de la Espada- repudió la vocación democrática de aquella ley: “el triunfo cuantitativo de los menguados” -la llamó. Es el surco profundo por el que va a trajinar –años después y por muchos años- Jorge Luis Borges: “para mí la democracia es un abuso de la estadística” –le decía con su magnífica ironía a Bernardo Neustadt. Era julio de 1976. “Además –agregaba- no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política? La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas…”.
Estamos tensando con amplios gestos, como se ve, la cuerda temporal del arco de la derecha argentina, pero la insistencia taladra sobre la misma cuestión: si la legitimidad del poder debe brotar del pronunciamiento de las mayorías.
Situemos dos o tres expresiones más recientes antes de presentar al señor Sebreli.
La primera es brutal y pertenece a Juan Carlos Blumberg: “La gente debería votar según su grado de educación y ese voto vale dos o tres”, dijo en aquellos meses en que su estrella guiaba la legión de seguidores de la Seguridad. Por alcanzar ese privilegio cuantitativo se habrá querido presentar con un falso título universitario. ¿Cuánto valdrá el voto de un ingeniero? ¿dos o tres?
La otra expresión podría considerarse un acto fallido de alguien que, por historia, resultaría difícil filiar dentro del conjunto de esa derecha; pero fue Fernando “Pino” Solanas quien declaró hace dos años que “las provincias más pobres no se caracterizan por tener la mejor calidad del voto…”. Retorna casi inadvertidamente en los dichos de alguien –que en otro contexto tendría el derecho a la vergüenza por esa expresión- la idea de categorizar el voto en función de quien lo emite. Pasaron más de 150 años desde que la ley 140 ordenaba a la Junta Calificadora determinar qué clase de ciudadanos tenían el derecho a sufragar. Sin embargo la idea retorna, siempre renovada, en boca de quien ni se imagina la tradición en la que acaba de inscribirse.
El último caso, el de un ex radical y hoy diputado por Buenos Aires del peronismo llamado disidente. En el debate sobre la ley 26.774 que otorgó derechos políticos a los sujetos con 16 años cumplidos, Alberto Asseff propuso que sólo voten los jóvenes instruidos: “No puede votar un adolescente que no estudia”.
La obstinada idea no cesa su lucha y se cuela en las locuciones que integran el canon de obviedades dominantes de la derecha argentina: todos los votos no pueden valer lo mismo. El dolor por esa equivalencia no se apacigua así nomás y por eso se intenta atacar una de las mayores conquistas democráticas que sostiene nuestro orden comunitario: todos los votos son iguales y establecen a la voluntad del pueblo como base de la autoridad del poder público.

II) Sebreli o el intelectual solitario
Juan José Sebreli fue entrevistado recientemente en La Nación, quizá a raíz del estreno del documental sobre su vida, El Olimpo vacío, quizá como modo de revitalizar los eternos sueños del diario de los Mitre (“Hoy la oligarquía es el kirchnerismo…”, fue el título de la entrevista publicada el 21 de abril de 2013).
Allí lo tenemos entonces mirando a la cámara, su agria seriedad sin concesiones sobre un fondo repleto de libros, presentado como “el ensayista que ha elegido, desde siempre, un camino solitario”. “Soy un escritor de minorías, que escribe para una minoría”, dice a quemarropa como para anunciar desde el vamos dónde le gusta situarse. Nos va a hablar sobre el presente político argentino, pero veamos qué novedad aportan sus ideas y cuál es la propuesta que propicia desde la tribuna de doctrina.
No vamos a abundar en la descripción de su mirada crítica sobre este momento político porque es bastante conocida; sólo digamos que los términos “dictadura fascista con apariencia popular”, “totalitarismo”, “cesarismo plebiscitario” y las comparaciones con Hitler y Mussolini arrecian y sirven de preámbulo y justificación excepcional para un planteo grave que no nos parece que sea del caso subestimar.
Acaba de mencionar el apoyo masivo que recibió la guerra de Malvinas y el 85 % de los votos que coronó la victoria electoral del nazismo. Es entonces que advierte: “Hay elementos irracionales en la condición humana que no pueden ser frenados solamente por la cultura. Tiene que haber instituciones democráticas lo suficientemente sólidas y fuertes como para oponerse a las mayorías que en algún momento enloquecen…”.
¿Será necesario repetir el concepto, sopesar convenientemente su alcance y su peligro?
Instituciones democráticas sólidas y fuertes para oponerse a las mayorías enloquecidas.
¿En qué tipo de instituciones estará pensando el señor Sebreli? ¿Cuál será el modo en que se instrumentará ese impedimento a la mayoría? ¿Quién será el encargado de evaluar la aparición del enloquecimiento –una Junta Psiquiátrica Nacional, una Comisión de Salud Mental Republicana? ¿Quién decidirá el momento en que esas instituciones sólidas y fuertes deben, por fin, aplicar su supremacía correctora sobre las mayorías?
Ni Sebreli creyó necesario aclararlo ni la reportera creyó necesario preguntar. Luego remató la idea con este reparto de la sociedad argentina: “Hay un 30% de kirchneristas convencidos, un 30% de antikirchneristas convencidos, y al resto no le importa la política y no sabe nada. Se deciden el día anterior a las elecciones de acuerdo con lo que vieron por televisión, si les gustó o no la cara de uno u otro, y votan por cualquier cosa. Por eso, aunque el sufragio es el mejor sistema, no se puede pensar que la mayoría siempre es un criterio de verdad. El sufragio universal y las mayorías pueden servir también para destruir la democracia”.
La tesis que propone Sebreli es que la democracia puede implicar la destrucción de la democracia. Lo que no advierte es la verdad involuntaria que expresa. La destrucción de la democracia es su propio mensaje, y lo pregona alarmado imputándoselo a sus adversarios.
Sebreli acaba de tensar una vez el amplio arco de la derecha argentina: las mayorías pueden equivocarse. La verdad, esquiva para el pueblo, es sin embargo visible para una minoría letrada y sana que tiene la aptitud de discernir el desacierto de la voluntad general, y la facultad de corregirlo. Si admitimos estas nociones la propuesta entonces es justamente la salida de un gobierno del pueblo (o democracia), hacia un gobierno de los mejores. Pero eso ya tiene otro nombre: aristocracia.

El 8 N y el elogio de la espontaneidad

                  “Esa jornada populosa me deparó (…)

 el descubrimiento de que una emoción

 colectiva puede no ser innoble”

J. L. Borges, Anotación al 23 de agosto de 1944.

 

Discutir si la movilización del 8 de noviembre fue o no espontánea es una  claudicación.

Pregonar que lo fue o demostrar, por el contrario, que fue impulsada por tal y cual, es resignarse y aceptar una premisa que establece la virtud de lo espontáneo.

¿Pero por qué deberíamos considerar mejor a una movilización que reclama y ocupa el espacio público cuando lo hace espontáneamente? Y además, ¿qué se entiende por espontáneo?

La invocada espontaneidad es la expresión declaradamente no articulada a un proyecto político. El tratamiento retórico que emprendieron vastos sectores de la prensa consistió en ver allí la fuente genuina, el oro sin aleaciones que expresa la voz libre del ciudadano; luego, en pronunciar las inevitables frases: “sin banderías políticas”, “sin consignas partidarias”; finalmente, en recordar que “la gente” concurrió por fuera de los “aparatos” –dando por hecho que son dispositivos de coerción-, sólo movida por la sencillez horizontal de las redes sociales, que son –según nos enteramos por Sergio Bergman- “el nuevo modelo y paradigma de la sociedad”.

La exaltación de lo espontáneo, el elogio de la expansión franca y natural de la voluntad individual del manifestante, implica como supuesto de base considerar que las marchas o concentraciones que reconocen una orgánica partidaria, son malversaciones del sentir del ciudadano libre, espurias manipulaciones que llevan y traen a una muchedumbre carente de responsabilidad, de auténticos deseos, de ideales.

En uno de los testimonios de los caceroleros del 8N me pareció ver expresada epigramáticamente la clave de esta posición: “Yo no me caso con nadie”, fue su respuesta cuando le preguntaron si adhería a algún programa político de los partidos de oposición. Suspendido en la indeterminación de cualquier apoyo expreso a un proyecto encarnado por sujetos existentes y reales, imagina sostener su pureza, su independencia de juicio, su libertad ciudadana, allí donde no vemos más que una ilusoria rebeldía.

Es que desde la perspectiva liberal, el compromiso con una organización filiada políticamente es la admisión de estar “contaminado” ideológicamente, de haber sido cooptado de modo servil. Los verbos “manipular”, “contaminar” y otros que revelan una concepción infecto-contagiosa de la relación del sujeto con la política, fueron pronunciados generosamente por estos días, incluso -por paradójico que pueda parecer en principio- por dirigentes políticos (así, Victoria Donda explicó su ausencia en la marcha como un llamado a no “enturbiar la convocatoria ciudadana”, y Elisa Carrió deseó “que no la contaminen con proselitismo”).

Pero el que expresó más crudamente esta noción en el programa de Jorge Lanata emitido el 4 de noviembre último fue el escritor y cineasta –digamos así- Guillermo Raffo: “Así no se puede vivir. El eje del problema es que infectaron con una ideología de mierda la sociedad, la vida privada de la gente. No se puede vivir normalmente en la Argentina (…) En otros países en los que yo viví –Estados Unidos, España, Inglaterra- me encontré con gente que no tiene idea de quién gobierna, ni por qué, ni qué dice. Uno vota a alguien para que administre y gestione y haga lo mejor posible con las instituciones. ¡Qué me importan los que no perdieron la fe, la juventud maravillosa, Perón, Marx, Cristo, cualquiera… qué se yo! Yo lo que quiero es que gobiernen y no me jodan!…”.

La desidia hacia lo público como virtud privada; el deseo de no saber nada de lo que esté cinco centímetros más allá de la reserva íntima y que involucre una regulación colectiva, un devenir histórico y una posición ética, sin la cual se derrapa en el eclecticismo más banal para el que da lo mismo Cristo o Perón.

“Un millón y medio de personas se manifestó sin tutores”, fue la sentencia con la que  Mariano Grondona abrió su nota sobre el 8N. Sin padres, tutores o encargados, los caceroleros no se deben a nadie, no se casan con nadie, y hacen de esa orfandad su bandera. Con apatía, con pereza intelectual, la mayoría de los testimonios espontáneos recogidos en la protesta no pudieron hilar un orden de razones que fuera más allá de la sucesión de erráticas experiencias individuales. Porque invocar una pertenencia a algún orden colectivo que se interese y discuta lo público, es perder la inocente autonomía. Desde esa candidez, todo compromiso político es alienación ciega, todo liderazgo es despotismo, todo militante, un alucinado o un engañado en su buena fe. (“Envían a La Cámpora para adoctrinar a nuestros niños.  Adoctrinamiento es lo mismo que abuso de menores” (¡sic!) http://argentinosindignados.com/por-que-nos-movilizamos).

Y esta última es la estigmatización que hoy recae sobre aquellos que públicamente sostienen el proyecto político del kirchnerismo (pero, recordemos, la misma afrenta le endilgaron a los yrigoyenistas, a los peronistas, incluso a los radicales de la Junta Coordinadora). El estigma pendula entre ser venal o ser fanático. Dos viejos tópicos del pensamiento liberal argentino. Aquel que lo enfrenta lo hace por dinero o por fanatismo (Laura Di Marco -La Nación, 13/11/12- habló de los “hipnotizados por el ciclo kirchnerista”).  Nunca por una decisión subjetiva fundada en la razón, en la ética.

Esta impugnación patológica o corrupta de una decisión política orgánica, asumida y sostenida públicamente, es el revés complementario del elogio de la espontaneidad atribuida al espejismo del manifestante libre, autónomo y pacífico por naturaleza.

De modo que honrar así lo espontáneo es una de las tantas luchas retóricas que hoy emprende el pensamiento liberal argentino para encubrir la defensa de sus posiciones, para denigrar toda política que no sea la propia.

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El odio a Cristina

El odio a Cristina

por Guillermo Cichello

 

I) El empleo de las palabras “tiranía”, “dictadura”, “autoritarismo”; las comparaciones con Hitler, Mussolini, Ceausescu, referidas al kirchnerismo y particularmente a Cristina Fernández de Kirchner, se ubican fueran del dominio de la argumentación. No pueden ser tratadas como razones que ameriten una refutación en el plano del análisis lógico, salvo que se subvierta completamente la semántica, se ignore todo de los acontecimientos políticos del siglo XX o no se guarde registro alguno del lapso comprendido en Argentina entre los años 1976 y 1983.

Si imagináramos que un observador de otra tierra –impuesto de los cargos tan vehementes que se le formulan a la presidenta-, preguntara entonces dónde están los periodistas muertos por publicar informaciones y opiniones adversas al gobierno, cuántos medios de comunicación fueron clausurados, en qué fecha se cerró el Congreso o cuántos fueron los vetos presidenciales a leyes de una legislatura intimidada, de qué magnitud es la represión como medio de acallar la protesta social, dónde se encuentran los testimonios de dirigentes opositores perseguidos, dónde las cárceles clandestinas, cuántas veces se llevó adelante el fraude eleccionario o se removió sin proceso a jueces -en fin, aquellos elementos que conforman una tiranía-, la calidad de las respuestas le impediría a ese observador comprender o llegaría a dudar del curioso sentido que adquirieron tales palabras en esta zona del planeta.

El fenómeno eminentemente afectivo (la ira y el miedo se destacan) que propagó la instalación de tales referencias en los dominantes medios de comunicación –y en sus cajas de resonancia: los partidos de oposición y grandes sectores de las capas medias-, amerita detenerse a pensar las verdaderas causas de tanta irritación.

Para ese sector –no importa si es una creencia o una impostura-, este gobierno es autoritario en el ejercicio del poder estatal y considera amenazante y peligrosa las acciones en que ese poder se manifiesta. Tratemos de aislar algunos núcleos temáticos que despiertan la temerosa cólera. Creo ver dos: uno es la restricción a la libertad; el otro,  la sensación de estar frente a un poder ciego a cualquier restricción.

Ahora bien, si uno pudiera interrogar a este conjunto de “indignados” y lo hiciera con prolijidad y paciencia -apartando la enorme carga afectiva de las respuestas- qué decisiones del Poder Ejecutivo han ido causando este humor devenido en furia, podría armar una lista que comprende, por ejemplo: la regulación oficial al atesoramiento de moneda extranjera, la mediación estatal que busca establecer un régimen de importaciones que equilibre la balanza comercial y favorezca al mercado interno, el uso de la cadena nacional para difundir las acciones de gobierno, la intervención del Banco Central orientando en una mínima medida el crédito de la banca privada, la  investigación de la Administración Federal de Ingresos Públicos sobre el origen del dinero declarado en grandes operaciones o la obligación impuesta a las empresas trasnacionales a liquidar en el país sus utilidades, la iniciativa estatal que busca acentuar la carga impositiva a ciertos actores sociales –vg., la renta financiera o la agraria exportable-, la decisión de poner en funciones a directores públicos en las 41 empresas privadas en las que el Estado posee caudal accionario, la resolución de intervenir en el mercado de medios audiovisuales para evitar posiciones monopólicas, la rescisión de contratos incumplidos a empresas privadas de servicios públicos, el impulso en la investigación y castigo penal de los delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar, las medidas tendientes a distribuir la riqueza (desde la asignación universal por hijo hasta la implementación de planes de vivienda para los sectores populares).

La lista podría ser más extensa y precisa, pero el hilo que enlaza todas estas acciones se advierte nítidamente. Mediante estas iniciativas, el Estado        –como representante del interés público- interviene pugnando por regular dentro de ciertos límites la acción de los mayores actores económicos del país. La traducción de estas acciones estatales que encuentra la gran prensa privada  –vehículo de tales intereses- es: “intromisión”, “apriete”, “presión”, “cercenamiento de la libertad”, etc. de Cristina Fernández (siempre se la menciona a título personal, casi nunca se designa el lugar institucional desde el que decide), con los predicados “autoritaria”, “dictatorial”, etc.

 

II) Ernst Jentsch fue un psiquiatra alemán del siglo pasado que estudió el sentimiento de lo siniestro (Freud lo cita a menudo en su obra homónima); destacó como uno de los casos en que este sentimiento se expresaba la duda acerca de que “un objeto sin vida esté en alguna forma animado”, aduciendo con tal fin, la impresión que despiertan las figuras de cera, las muñecas «sabias» y los autómatas. En esos casos, lo siniestramente amenazante consiste en el solo hecho de que aquello a lo que no se le atribuye vida, de pronto mueva un dedo, guiñe un ojo, suspire.  No hace falta que empuñe un arma o lance un golpe. Lo siniestro es el sentimiento que despierta la refutación de la atribución simbólica: eso no debe tener vida; la tiene.

Creo que algo de este orden puede estar pasando en el desborde pasional, en la grotesca ira -siempre asentada sobre una expectativa de pánico-, que despiertan las intervenciones de Cristina Fernández. No creo que haya que buscar en sus enunciados las causas del odio o el desmesurado sentimiento de estar frente a un poder ominoso (hubo que forzar hasta el ridículo el famoso “ténganle miedo a Dios y a mí”). La causa de tal reacción, reitero, no son los enunciados presidenciales –por lo demás, proferidos con una firmeza y entramados en una sólida construcción argumental que hace difícil rebatirlos en el plano de la lógica de sus razones-, sino el sólo hecho de enunciar desde un lugar distinto.

Porque el kirchnerismo rompió un pacto implícito, sólido, añoso (me pregunto si eso no es la célebre soberbia kirchnerista), que establecía que la administración del Estado es la administración de los negocios de la clase dominante y la difusión de su aparato ideológico por todos los dispositivos institucionales. Ese pacto implicaba que las decisiones públicas no eran sino el resguardo y el predominio de tales intereses y que las distintas carteras del Estado fueran ocupadas por representantes de esa clase (la Unión Industrial en Economía, los grandes laboratorios en Salud, el poder financiero en el Banco Central o “negociando” la deuda externa, la Sociedad Rural en Agricultura, el principal grupo mediático en la Jefatura de Gabinete, etc.).

Quebrar ese pacto implícito siempre desató en la historia argentina enormes consecuencias.

De modo que no es en el análisis de los enunciados de Cristina Fernández, en su tono pretendidamente altivo o petulante o en su manera de vestir, donde deben buscarse las causas de la ira que despierta, sino en el simple hecho de que enuncia desde un lugar que la tradición política no consagra a los presidentes. Desde la perspectiva de dicha tradición –que establece rígidamente en formas institucionales el predominio de determinadas relaciones sociales de fuerza-, Cristina Fernández refuta la atribución simbólica que durante años le asignó al Estado la función de guardián de los posesiones de la clase dominante; al alcanzar cierto grado de autonomía de tales intereses, el kirchnerismo fue, de modo creciente, asumiendo la comandancia de un Estado que cobró “vida propia”.

Eso es siniestro.

Quizás sea un elemento que ayude a explicar el miedo y la ira y la total trasgresión del sentido que hoy asumen en ciertos sectores sociales las palabras “tiranía”, “dictadura”, “autoritarismo”.

 

 

 

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“Cuero-camiseta” Y.P.F. y una mínima organización del campo de juego por Guillermo Cichello

 

 

Fútbol. Éramos un grupo más o menos grande de pibes, amigos del barrio y compañeros de colegio, que nos juntábamos los sábados a jugar al fútbol. Salvo la continuidad, no había nada formal en esos encuentros: ni réferi ni equipos estables ni camisetas. Los equipos variaban sábado a sábado, de acuerdo a los presentes o al azar o la astucia de quienes elegían a los jugadores. De modo que para solucionar tanta variabilidad y para tener una visión clara del juego            –consecuencia primaria de identificar en la ocasión a los compañeros y a los rivales- apelábamos al recurso simple y conocidísimo pero eficaz de acordar que un equipo jugara con la camiseta puesta y el otro no. Esta sencilla disposición (“cuero-camiseta”) nos permitía, a un primer vistazo, reconocer a los nuestros, no entregarle –por confusión- la pelota a los rivales, situarnos correctamente en  la cancha, en fin: establecía un orden muy elemental a partir del cual el juego podía desarrollarse. Esto parece una obviedad, una perogrullada, pero es vital: para sostener cualquier aspiración de triunfo debemos saber para qué equipo jugamos y contra quiénes, cuáles son nuestros intereses y nuestros compañeros, qué nos conviene o nos perjudica, para dónde patear. De ahí a ganar hay un trecho, pero se carece de toda posibilidad si no se establece esta primordial identificación de los grupos. Si advirtiéramos que el que nos aconseja no marcar al número 9, no desplegar a la ofensiva a los marcadores de punta o dejar en el banco a nuestro mejor hombre, es el entrenador del equipo contrario… -bueno- a ese le diríamos, a lo Roberto Arlt: rajá, turrito, rajá ¿o te pensás que soy un otario?

 

La 125. Las consecuencias a priori impensadas del conflicto “del campo” fueron vastísimas, pero considero la más decisiva la delimitación clara de los intereses en juego y de los sujetos de carne y hueso que los expresaban. Así, a medida que progresaba el conflicto se fueron revelando sus caras, sus deseos, su programa ideológico, su modelo de país. El “campo” –ese significante tan vago y encubridor- se fue desenmascarando y subió a escena con su verdadero rostro: el de la representación de las potentes corporaciones exportadoras de granos que luchaban por imponer el tipo tradicional de país agrícola que ocupa su puesto en la división mundial del trabajo como productor de materias primas. Con tanta brutalidad llevaron adelante medidas de fuerza, con tan torpe vehemencia defendieron sus intereses, que los hicieron evidentes. De ese modo perdieron. Victoria pírrica es una expresión que se usa para designar aquella que se logra a costa de una pérdida inmensa. Así ganaron las patronales agro-exportadoras cuando lograron trabar la sanción de la ley que gravaba la renta agraria. Pero perdieron porque se hicieron visibles como representantes de su propio interés, quedando ligados sus enunciados a un particular lugar de enunciación: el de la Sociedad Rural, los poderosos y transnacionales pooles de siembra, la aristocracia con olor a bosta de vaca –como decía Sarmiento-. Ese conflicto que se ganó cuando se perdía, fue seguido dramáticamente por la mayoría de la población, y volcó a un importante sector hacia la participación y a la militancia política. Su mérito fue develar intereses, establecer alianzas, evidenciar deseos contrapuestos. Cuero-camiseta.

 

Maniqueo. Un tópico usual de las buenas conciencias argentinas es aborrecer las divisiones maniqueas. Se considera de muy buen tono maldecir las postulaciones binarias, las dicotomías, el mundo blanco o negro. Ni que hablar que alguien diga que fulano es un enemigo político. Eso es tremendo. El que habla en esos términos rudos directamente es un dictador, un mesiánico, un fundamentalista. Resulta que no hay enemigos políticos. Cuando un conflicto progresa hasta el punto exacto en que pueden reconocerse los intereses en pugna, los que pretenden mantener el statu quo apelan santamente a la paz, al diálogo que se mantiene en los “países serios” –un lugar que no tiene otra localización que no sea la fantasía idealizada de quienes lo postulan- y al expediente de disimular sus pretensiones, diluyéndolas en generalidades, confundiéndolas con totalidades. De esa manera se habló de “el campo”, como se habla de “el país” o de “la prensa” o de “la gente”, como se vitupera a “la política” o a “los políticos”. La función retórica que tienen semejantes abstracciones es la mistificación de sus reales posiciones desiderativas, de ahí que les sea altamente conveniente descalificar el supuesto maniqueísmo. “Caballeros ¡por favor!” –dice uno de ellos-, “que el mundo no es un campo de batalla…”. Su triunfo es disimular su dominación. Si no hay enemigos políticos,  si todo el mundo tira para el mismo lado, ahí es cuando viene el entrenador del equipo contrario a aconsejarnos que dejemos en el banco a nuestro mejor jugador, etc. Ahí es cuando viene Robert Zoellick -el presidente del Banco Mundial- a decir que es “un error” y un “un síntoma que vamos a tener que vigilar” que los países opten “por políticas nacionales, autárquicas”. Ese es el momento en que sale a escena el comisario europeo de comercio, el belga Karel De Gucht a decir que “este es exactamente el tipo de medidas que tiene que evitarse”.  Este, el instante en que entra a los empellones Mario Vargas Llosa a  maldecir el “patrioterismo nacionalista”. Lejos de la falsa armonía, si no reconocemos en qué equipo juegan estos fulanos, para nosotros es un caos o el directo desastre. Cuero-camiseta, otra vez, en cambio, un principio de orden.

 

YPF.  Tras la expropiación de las acciones pertenecientes a Repsol en la empresa YPF., -de eso hablaba el bueno de Zoellick el 18 de abril último al abrir la asamblea semestral del Banco Mundial- una de las mistificaciones que por estos días nos asolan es que la Argentina le ha cerrado las puertas al mundo. “El mundo ha hecho saber públicamente, con menor o con mayor intensidad, su rechazo a la expropiación de YPF” (Joaquín Morales Solá), “la expropiación nos endeuda y nos aleja del mundo” (Mauricio Macri), “la confiscación de Repsol-YPF ha lesionado gravemente la credibilidad argentina frente al mundo” (Mariano Grondona), “Argentina tiene un problema de conducta en su relacionamiento con el resto del mundo que ha ido agravándose en los últimos años” (Emilio Cárdenas), “la decisión tomada por el gobierno somete a la Argentina a un escenario de cuestionamiento general (…) Los argentinos deben entender que hace años que generamos desconfianza. Todo esto genera una imagen de la Argentina complejísima” (Alberto Fernández), “el gobierno argentino ha quebrado la confianza de la comunidad internacional” (José Manuel García-Margallo y Marfil), “las políticas basadas en el nacionalismo, expropiación o el estatismo son tan dañinos porque alejan a las inversiones” (Felipe Calderón). Cito algunos, entre tantos dolorosamente ofendidos por la decisión estatal sobre YPF.

La pregunta que puede ordenar el campo de juego es si esa supuesta totalidad, si ese “mundo” es el nuestro. Las respuestas provienen de la determinación de los intereses que motivan, que nutren los enunciados, del lugar que no es general, sino muy particular desde el que enuncian. A poco que se repare que José Manuel García-Margallo y Marfil es el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación del gobierno español, que Alberto Fernández es consultor externo de Repsol, que Emilio Cárdenas fundó un estudio de abogados que asesoraba a las empresas extranjeras en materia de transacciones comerciales internacionales, petróleo y gas y que fue funcionario del gobierno argentino que impulsó la privatización de YPF., que Joaquín Morales Solá percibe de Repsol una importante suma como pauta publicitaria de su programa, que Felipe Calderón es el presidente de México, cuya empresa petrolera PEMEX es socia de Repsol y que las declaraciones citadas las realizó en la sexta edición de la Cátedra Kissinger de la Biblioteca del Congreso de los  Estados Unidos de Norteamérica, que Mariano Grondona… bueno, es Mariano Grondona…, a poco que se repare –decía- desde qué lugar enuncian, se deduce cuál es su mundo, qué cosas son exitosas para ellos y ante qué otras se escandalizan.

Sería ingenuo pedirles que no sostuvieran esas posiciones, que no hicieran lo que está a su alcance por imponerlas, tanto como esperar que el equipo contrario nos hiciera el favor de no patear muy fuerte los penales. Pero sería desastroso que los confundiéramos con los nuestros, que nos engañáramos creyéndolos buenos consejeros, que desconociéramos que nosotros jugamos en cuero y ellos con camiseta.

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