La irreversible “chavización” del kirchnerismo.

Antes de explicar el título de la entrada, analicemos el contexto actual que nos lleva a postular esta polémica aseveración. Como decíamos hace poco, Cristina Fernández de Kirchner es hoy en día una potencial candidata con alta imagen positiva y alta intención de voto, con un sólido partido detrás y muchas posibilidades de elegir aliados que aumenten su base de apoyo. La economía ayuda con un boom de consumo y una renegociación de la deuda externa adecuada, junto con el ascenso social de los más necesitados, además de la incipiente apertura del cerco mediático opositor, para conformar un escenario favorable a la elección de un gobierno kirchnerista por tercera vez.
La oposición política o “grupo A”, cada vez más fragmentado y huérfano de un discurso creíble y figuras aceptadas, se enfrenta a un gran desafío: sobrevivir la muerte de su principal referente (un faro a quien oponerse) más importante: Néstor Kirchner. A su vez, la oposición mediática y el establishment económico ya mostraron sus armas y comenzaron a usarlas. Ante este panorama ya parece alumbrar el argumento a utilizar para enfrentar a este monstruo que acecha a esta oposición anti-kirchnerista-cristinista (hay otra oposición que no lo es, pero es más débil y menos potable mediáticamente), y ese argumento es la “chavización” del kirchnerismo.
Repasemos ahora los argumentos o factores que se esgrimen para asemejar al gobierno con el chavismo y sus supuestos males populistas:
* Si analizamos los editoriales de los medios de difusión cartelizados opositores al gobierno, veremos que desde la muerte de Néstor Kirchner se trata de crear una imagen de la presidenta más cercana a la de mujer sumisa, obediente a su marido, y que ahora se encuentra sola ante el poder, carente de estrategia y muñeca para manejar tanto el gobierno como el poderoso y rebelde partido de la que es miembro. Se trata de utilizar el inconsciente colectivo para asemejar lo más posible a “Cristina Kirchner” con “Isabel Perón” (borrando su apellido “Fernández” para usar el de su ex marido, como se hacía con el “Martinez” de María Estela, viuda de Perón; algo que hacen hasta los mismos oficialistas). También se trata de crear la imagen aggiornada de un López Rega a medida, ahora en la figura del mismo presidente Chávez; incluso se asocia a la “violenta JP” con “La Cámpora”. Se trata así de aventar o resucitar la sombra violenta de “los setenta”.
No es muy difícil demostrar que la JP no es La Cámpora con sólo contabilizar los años de trayectoria que tenía la JP en 1973 y compararlos con la edad y trayectoria de La Cámpora; de la misma manera que es fácil demostrar ya sean los años luz que separan tanto las ideologías, las capacidades políticas como las trayectorias de López Rega y el presidente Chávez, como la impertinencia de la misma comparación de sus posibilidades de influencia.
* Se utiliza el argumento de que vivimos una supuesta democracia autoritaria; el que se hace pedazos cuando se analiza que desde el 2009 el Congreso está en manos de la oposición, los medios hegemónicos repiten hasta el hartazgo las críticas de toda la oposición (aunque no aparecen los logros políticos de la misma), la que incluso dejó al gobierno sin presupuesto para este año, además que decenas de jueces fallan en contra de los deseos del gobierno y son los grupos concentrados quienes consiguen fallos o medidas cautelares para no cumplir con las leyes de la democracia. Igualmente, se sigue con la cantinela de una supuesta “hegemonía” gubernamental que se intenta asemejar a la hegemonía chavista, aunque nunca se demuestra cabalmente de qué se trata o de qué se deriva, tanto la local como la del presidente Chávez.
* La falta de libertad de prensa o de expresión, las embestidas contra los medios y periodistas opositores, la imposición de la Ley de Medios (“Ley Mordaza K, según el Grupo Clarín) y el imperio del “discurso único”.
No es difícil contrarrestar este argumento: con sólo leer todos los diarios y todas las revistas, escuchar todas las radios y ver todos los canales de TV de aire o de cable para darse cuenta que la inmensa mayoría de ellos dicen y muestran cualquier cosa contra el gobierno, justificado o no, verdadero o falaz, sin que se sepa de represalias gubernamentales. Lo que sí se comprobaba hasta hace un par de años es la hegemonía de un discurso único, que no era el oficialista precisamente; el mismo que se ve debilitado hoy en día por la aparición de voces distintas en los medios y en la calle. Todo esto contradice al modelo chavista que supuestamente reinaría en Venezuela. Y en cuanto a la denostada Ley de Medios de la democracia, basta con decir que fue elogiada y recomendada para otros países por las mismas Naciones Unidas, a través de su Relator por la Libertad de Expresión.

Ahora bien, desde el año pasado, la oposición mediática y del establishment se había entusiasmado con el ascenso de los presidentes Piñera en Chile y Santos en Colombia, que supuestamente marcaban el final de las improvisaciones populistas en Latinoamérica y que esperaban se repetiría aquí. Pero, en realidad, los números de las últimas encuestas contradicen estos deseos, y parece que estos ejercicios de profundización del M. A. D. (Modelo Antikirchnerista de Desestabilización) no estarían dedicados totalmente a forzar un retroceso en las intenciones gubernamentales (salvo mediante algunos “jueces independientes”), ni a lograr la abdicación de la presidenta o la derrota electoral del cristinismo (aunque a esos objetivos dedican las 24 horas del día) sino a prepararse para limar el gobierno K que surja en 2011. Y con ese horizonte desde hace tiempo se está estructurando un falso paradigma de “chavización” del kirchnerismo cristinista, también llamado por algún adlátere de la oposición como post-kirchnerismo o kirchnerismo póstumo. El propósito es dejar de lado lo bueno que ya la mayoría de la población le reconoce al kirchnerismo (que se trata de atribuirlo solamente a Néstor Kirchner) para aislar a la presidenta de los logros del gobierno 2003-2007. En pocas palabras: el gobierno próximo sería entonces un “chavismo cristinista” o un “cristinismo chavista”, con su secuela de autoritarismo antidemocrático y anticapitalista.
Una manera simple de desterrar definitivamente este argumento falaz y simplista es apelar a la historia comparada entre los procesos chavista y peronista (antes que kirchnerista o cristinista). (Comparemos brevemente la historia y la economía de Venezuela con la historia y la economía de Argentina y veremos la improcedencia de esta pretendida semejanza).
Vemos de esta manera que se caen todos los argumentos esgrimidos, ya que si analizamos bien veremos que Venezuela está transitando un período parecido al primer peronismo (mejor dicho: tratando de hacerlo), cuando una economía primarizada trata de elevarse hacia un incipiente industrialismo y abandonar su dependencia de los “comodities”. Sería más preciso decir que el gobierno de Chávez está transitando los primeros pasos de una “peronización”, ya que la sociedad venezolana dista mucho de la sociedad que encontró Perón en 1943-45, tanto en materia gremial, política como económica. Es decir: el gobierno de Chávez es pre-peronista. A lo que podríamos estar asistiendo en estos años sería, por el contrario, a la peronización del chavismo, obviando por supuesto los distintos contextos socioeconómicos, tanto locales como mundiales de ambos procesos y la dificultad de traspolar modelos políticos entre países.
Pero, entonces, ¿a qué se debe el título de la nota? No se debe, por cierto, a que el kirchnerismo-cristinismo en esta coyuntura vaya a desembocar irremediablemente (en forma voluntaria o no) en su chavización ya que, como hemos visto, se trata de un proceso imposible por lo contradictorio en sí mismo. Lo que el título postula es que el poderoso polo opositor mencionado, debido a su carencia de alternativas políticas y discursivas, “irreversiblemente” terminará construyendo un relato que sólo apele a la demonización del gobierno: a su “chavización” (en los sesenta y setenta era el cuco socialista “castrista” o “guevarista”, hoy es el cuco “populista” y “chavista”). La chavización provendrá de la coalición oposicitora: no es un proceso interno del kirchnerismo sino un “sambenito” colocado por sus censores político-mediáticos. Se tratará, en definitiva, de diferenciar ideológicamente al kirchnerismo-cristinismo del peronismo, desarraigarlo de esa tradición nacional y popular para despojarlo del poco o mucho prestigio que tiene el movimiento fundado por Perón en amplias capas del pueblo. Para ello, el cartel mediático-político, alianza efímera o “U.T.E. (unión transitoria de empresas) antikirchnerista” apelará a su poder tanto espacial como humano, a sus emisores convencidos, a los meros obedientes e incluso a los funcionales, y tratará de imponerlo como relato hegemónico.

En el gobierno y en sus partidarios y defensores reside la responsabilidad de oponer un contrarrelato que le dispute mano a mano los espacios mediáticos y de significado, más allá de la gestión del estado en sí. De esta manera será posible cambiar el paradigma político que está vigente desde hace décadas (aunque hoy bastante cascoteado) y profundizar el modelo de país que se está consolidando desde el 2003.