Ezequiel Ipar es Sociólogo (UBA), Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Doctor en FilosofÃa por la Universidad de Sao Paulo (USP). Es Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones CientÃficas y Técnicas (CONICET) y profesor en el área de TeorÃa Sociológica en las universidades de Buenos Aires (UBA). Algunas de sus investigaciones se dan en el marco del Observatorio CrÃtico de la Opinión Pública junto a LucÃa Wegelin, Eugenio Garriga y Pablo Villarreal.Â
Nos pareció interesante charlar con él luego de triunfo electoral de Jair Bolsonaro en Brasil y de ciertos fenómenos socio-polÃticos que vienen registrándose en la Argentina.
¿Qué es el concepto de “autoritarismo social†que ustedes vienen trabajando?
Una definición mÃnima del tema del fenómeno del autoritarismo social tiene que ver con dos o tres elementos. Por un lado, el que se puede percibir más desde una perspectiva fenomenológica inmediata que son estas emergencias de odio social. Aparecen manifestaciones en grupos, en discursos polÃticos y manifestaciones muy capilares, en forma de sociabilidad donde predominan figuras del odio social. Tal vez un elemento más causal para pensar la estructura de la cuestión del autoritarismo tiene que ver con que ese odio suele estar generado, suele estar asociado a alguna experiencia subjetiva: temor, miedo, inseguridad. Después si uno entrara en categorÃas más psicológicas ahà habrÃa que ser más fino, pero es como un odio que es como una respuesta a una sensación de miedo, desamparo. Eso desde el punto de vista de la mecánica psicológica es muy claro. Y la otra cuestión, por eso hay que pensar siempre los tres elementos juntos, y eso es lo que conforma un poco la idea del autoritarismo, es que ese miedo acá se lo procesa de una determinada manera y que es como, digamos está muy enfocado en una especie de malestar con la libertad del otro. Me parece que podrÃamos ir ahà a la acepción, que obviamente la tiene el término autoritarismo, digamos más liberal de este concepto, eso está en el trasfondo. Pero uno lo puede ver también sociológica y psicológicamente, en el sentido de que estas expresiones de odio de las que estábamos hablando suele tener como objeto las libertades del otro.
¿Y cómo se ve eso en la dinámica social actual?
Si uno lo pusiera en palabras serÃa: lo que me molesta es lo que el otro hace con su libertad, con su autonomÃa. Eso, por algún motivo, terminó dentro del horizonte de lo que es vivido como con una especie de daño o como una especie de angustia o malestar y por eso la respuesta serÃa: hay que suprimir a eso que me causa malestar cuando es libre, hay que suprimir a esa libertad del otro que me agrede, me lastima. Todo esto obviamente se puede dar del modo más inconsciente, pero el fenómeno entonces son esos tres fenómenos juntos. Un odio que tiene como una causa un cierto temor, una cierta experiencia muy radical de una amenaza. Y lo que se suele poner como causa de esa amenaza, que obviamente siempre está muy afuera, muy lejos, es algo que es del orden de lo que el otro hace con su libertad. Por eso esto puede ir desde, y de vuelta, son construcciones muy imaginarias, lo que el otro hace con su libertad por ejemplo cuando circula de un paÃs al otro hasta lo que hace en términos sexuales, me molesta la sexualidad del otro. Uno perfectamente podrÃa decir: por qué en una sociedad liberal, moderna, que tiene cierto sistema legal que deberÃa proteger esas libertades de todos – es decir, donde uno supone que el sistema legal y por el otro lado la moralidad pública es la que descoordina ese reconocimiento de las libertades de todos – aparecen estos fenómenos que claramente transgreden esos principios, esos supuestos valores muy instituÃdos y se transforman en un fenómeno que aparece como raro cuando se vuelve muy masivo y ahà uno puede ver cuál era su estado de latencia.
¿Y esa frontera con ese otro viene de antes? ¿Es fija, es móvil, va cambiando? ¿Es el extranjero o es mi vecino de al lado? ¿O los dos?
Algo que sabemos es que esa construcción de autoritarismo social, en el sentido de haber estigmatizado a un otro, de haber puesto afuera problemas que son más estructurales, de otro orden y esas tendencias agresivas en la subjetividad uno podrÃa decir: siempre fueron más intensas y más extendidas de lo que supusimos. Solo que, y esto sà se puede ver en distintos episodios más contemporáneos, siempre hay algo tanto en términos institucionales como en términos a veces por ejemplo de la lógica polÃtica, que disuelve los efectos polÃticos de este autoritarismo social. Obviamente las normas disuelven. Cuando las normas funcionan de determinada manera disuelven los efectos de esto y, por ejemplo, no siempre los partidos polÃticos deciden tomar como discurso polÃtico estos temas. No es lo mismo para el fenómeno del autoritarismo social que un polÃtico de primera lÃnea hable en contra de los inmigrantes, haga una campaña en contra de los que reciben subsidios de parte del Estado, estoy pensando en Estados Unidos, donde el Partido Republicano no tenÃa un discurso anti inmigrante y de repente lo empieza a tener. Entonces, no sé hasta dónde tiene sentido discutir si el autoritarismo en Estados Unidos siempre fue el mismo y sólo explotó o cuando aparece un polÃtico de primer nivel eso se intensifica, se expande. Lo que es muy claro es que hay una conexión entre cuestiones institucionales, lógicas polÃticas y este autoritarismo que, uno podrÃa decir, siempre estaba ahÃ.
¿Qué particularidad tiene este fenómeno en Estados Unidos?
De lo que sabemos, en EEUU, es que hay un fenómeno que ellos estudiaron ahà que me pareció bastante interesante, que esquemáticamente se podrÃa poner asÃ. Lo estudiaron politólogos, psicólogos polÃticos y lo bueno es que tienen mucha información sobre esto. Siempre ha habido una especie de dispersión del fenómeno del autoritarismo social en la arena polÃtica. Es decir, todos los partidos o fuerzas polÃticas tienen algún componente de este autoritarismo social, de los 60 para acá. Pero, cuando estudian la tendencia ven que el Partido Republicano cuando toma la agenda que ellos le llaman de “la ley y el orden†empiezan a ser como un polo de atracción de este autoritarismo social, que antes no lo eran. Y un poco pasa lo contrario con el Partido Demócrata. O sea, el Partido Demócrata visto desde el punto de vista cuantitativo se empieza a vaciar de eso que antes contenÃa y obviamente entra la agenda de derechos civiles, etc. Entonces, me parece que ese es un fenómeno no porque sea análogo en la Argentina, pero lo que muestra es esto que yo decÃa: si las propuestas polÃticas empiezan a insinuar o después directamente a explicitar que es un tema válido estos temas del odio a un otro eso genera una dinámica en este fenómeno del autoritarismo social que es muy nueva, al armar como un polo de atracción de esos sectores.
Porque después está esa sensación de: al fin alguien dice en público lo que yo siento, alguien me da voz. Y eso en polÃtica es muy potente: dar voz al que no tiene voz, en este caso de una manera que a nosotros nos puede parecer muy negativa.
Exactamente. Muchos fenómenos contemporáneos de ese pasaje de autoritarismo social a autoritarismo polÃtico en un momento tienen esa expresión y los votantes de Trump son muy claros. Hay una concepción por un lado como expresiva: “nos dio vozâ€. Y después ese es el tema más grave, una concepción salvÃfica, mesiánica, para estos temas. Porque lo que viene después de “me dio vozâ€, en realidad a lo que le estamos dando voz es a una cuestión agresiva, que tiene que ver con anular al otro. Y lo que yo espero de ese que me dio voz es que cumpla esta especie de pacto del autoritarismo social y polÃtico. Si uno revisa la campaña de Trump, por ejemplo, va a ver, que a uno se le pasaron por alto, pero toda una concepción mesiánica de Trump donde lo pensaban como un nuevo Jesús. ¿Pero un Jesús de qué? Un Jesús de violencia, de exclusión, del muro. Yo te doy un dato que estaba en una publicación y me sorprendió. Es un estudio de la campaña de 2016 en Estados Unidos dentro de los votantes republicanos y lo que decÃa es que cerca del 35% de los que votaban al Partido Republicano, te pueden parecer muchos o pocos, estaban a favor de expulsar a los homosexuales del paÃs. Y es un dato que no es lo que uno ve de la cultura de ese paÃs. Es alguien que no tenÃa voz. Y uno puede decir: bueno, todavÃa es una minorÃa porque es un tercio del voto del Partido Republicano, pero fijate lo que le están pidiendo. Cuando le proponen expulsar a los musulmanes eso ya era el 75% de los que votaban al Partido Republicano. Entonces, ahà hay algo de lo que vos decÃas del otro. Uno es el otro musulmán, el otro es el otro homosexual. Pero hay una cadena entre esos otros-del-odio. Es mejor tratar de entenderla y desactivarla que buscar dónde es muy grande y dónde es muy pequeña para ver si entonces donde es muy pequeña nos reconfortamos.
Quiero ir primero a Argentina y a esta dinámica. ¿Este autoritarismo social ustedes lo detectan? ¿Existe? ¿Ven que crece? ¿Y en ese caso, cómo se vincula con el macrismo?
Tenemos menos elementos, hicimos algunos trabajos nuestros y también analizamos de otras fuentes. Lo que más te permite hacer una serie temporal es una encuesta que es de AmericasBarometer que funciona bastante bien. ¿Qué podemos decir para este perÃodo 2008-2017?: cambió la estructura y la dinámica de la esfera pública polÃtica drásticamente la configuración de ese escenario. Hicimos algo que estamos elaborando ahora: supongamos que construimos cuatro grupos y tomamos las variables autoritarismo e interés por la polÃtica. Entonces, muy esquemáticamente, hacemos todo dicotómico y tenemos autoritarios interesados por la polÃtica y autoritarios antipolÃtica. Y lo mismo con los grupos no autoritarios. En 2008 cuáles los dos grupos más importantes en términos cuantitativos eran los grupos no autoritarios: los no autoritarios interesados por la polÃtica y los no autoritarios desinteresados por la polÃtica. Entre esos dos grupos en el 2008 tenÃas cerca del 65% de la población y después tenÃas los dos grupos minoritarios que eran los autoritarios, tanto interesados como desinteresados por la polÃtica. El 30% eran estos grupos de autoritarismo polÃtico, claramente era una minorÃa. El principal grupo era el no autoritario interesado por la polÃtica, cerca del 34% y después viene el no autoritario que no le interesa la polÃtica.
Algo pasó en 2008 que eso empezó a cambiar.
Eso cambia, se puede hacer un gráfico, pero si vos vas a 2017 que es la última encuesta, el primer grupo, el que ahora está arriba de todo, es el grupo autoritario desinteresado por la polÃtica. O podrÃas llamarles autoritarios anti-polÃtica. En sentido estricto contestan me interesa poco o me interesa nada la polÃtica. Ese grupo que era el 10 o el 12% en 2008 ahora es un grupo de 35%. En Argentina. En Brasil en eso es mucho más grave, después recién viene el grupo de no autoritario pero desinteresado por la polÃtica. Fijate el cambio de escenario: vos antes tenÃas los dos grupos mayoritarios como no autoritarios. Y con una pequeña preponderancia del que le interesa la polÃtica. Sólo para tener un término comparativo: acá sà vos podés ver cuestiones más estructurales de la lógica polÃtica, de “democracias liberales que funcionanâ€, está el dato de Canadá o inclusive Estados Unidos. Este dato lo que te va a dar es que tenés cerca del 60% el grupo de no autoritario que le  interesa la polÃtica. Esa es la cultura polÃtica de una “democracia liberalâ€. Ese es un grupo abrumadoramente mayoritario. Que no significa que después vote algo en especial. Porque acá autoritarismo significa eso: violencia y persecución del otro. O sea no estás a favor de la persecución de tu adversario polÃtico, estás a favor de que el otro pueda votar, pueda dar discursos públicos. Lo curioso, y ese sà serÃa un dato para la historia de nuestro campo polÃtico de los últimos diez años es que en 2008 nos parecÃamos bastante, en términos de estructura de adhesión subjetiva, a una democracia liberal. TenÃas los grupos no autoritarios muy arriba, que te arman la mayorÃa y la escena, y un interés por la polÃtica. No tenÃas el 60 pero tenÃas el 35. El tema es que eso cambió. Ahà hay que poner una multiplicidad de acontecimientos. Pero seguro lo que se puede decir es que el campo polÃtico actual cambió su estructura, su configuración. Porque finalmente estos grupos son como posiciones en el campo polÃtico. Y no es lo mismo que haya una posición dominante del grupo no autoritario que del grupo autoritario desinteresado por la polÃtica. Ese es como otro elemento que hay que agregar: el autoritarismo es por un lado un fenómeno subjetivo. Pero también es un fenómeno del campo, de los lugares que están disponibles para hacer discursos públicos, para referirse a los temas polÃticos. Es también un atributo del campo el autoritarismo, de las posiciones autoritarias.
¿Cómo se mueve el macrismo con eso? ¿Toma todo para sà el autoritarismo polÃtico? ¿Lo procesa, se acerca a él, capta partes y le brinda algunas cosas para mantenerlo adentro de su campo pero otras no puede o no quiere?
Ahà hay por lo menos dos dimensiones. Son dos dimensiones que a veces las confundimos pero no son lo mismo. Una serÃa la dimensión de qué es lo que esa fuerza polÃtica hace en relación a estos movimientos de la opinión pública, la sociedad civil. Y la otra lÃnea de dirección es qué es lo que la sociedad civil, los ciudadanos, hacen con las fuerzas polÃticas. Y de vuelta el ejemplo de Estados Unidos es muy bueno porque Trump no es sólo un efecto de una extraordinaria campaña, es un efecto del Tea Party. Es un efecto de lo que los ciudadanos hicieron con el Partido Republicano también. Entonces es un efecto en dos direcciones. Lo que se puede constatar es que ese movimiento que habÃamos hablado se puede ver hoy dentro de los simpatizantes de lo que es Cambiemos. Es decir: dentro de los que simpatizan con Cambiemos, cada vez más hay una hegemonÃa de estos grupos autoritarios.
Autoritarios a los que les interesa la polÃtica, esos van hegemonizando.
Este mismo estudio uno lo hace en 2012, luego en 2014 y dentro de los que tenÃan alguna simpatÃa por el macrismo habÃa un sesgo pero no era un sesgo marcado. En 2017 ese ya es un sesgo marcado: la mitad de los votantes de Macri entrarÃan dentro de esta categorización de autoritarismo polÃtico. Es un montón. Para que tengan una idea: en 2015, la mitad de los que podemos categorizar como autoritarios eligen Cambiemos y el 25% a Scioli. Entonces el sesgo empieza a ser muy grande y vos empezás a ver esto que decÃa de que hay un polo de atracción en Cambiemos con la agenda del autoritarismo social, por eso lo empiezan a elegir de un modo más homogéneo. Eso como si dijéramos de abajo para arriba. Y de arriba para abajo seguro hay más de una polÃtica. Pero que hay como un interés, un discurso del macrismo para esa subjetividad, para esa demanda, sin duda. Es un discurso que a mi me parece que, en relación a otros, tal vez es más metafórico, más indirecto, a veces más de ser claro, pero para inmediatamente borrar esa claridad, como un guiño. Macri dijo, creo que en 2010, “inmigración descontroladaâ€. Yo encontré una entrevista muy temprana del PRO donde Macri en 2007 o 2009 dice: “cuando recorro los barrios la gente me dice que prefiere pasar hambre a vivir la inseguridadâ€. Y nosotros no lo vimos que se estaba construyendo ese discurso y estoy seguro que no es el único discurso del macrismo pero que está como marca.
¿Qué está pasando a tu entender en Brasil, visto a través de este enfoque?
Lo de Brasil es sin duda, no sólo porque esté pasando hoy, lo más grave de todos estos fenómenos que estamos analizando, desde cualquier punto de vista. Entonces, analizar las causas me parece que es clave para entender como un lÃmite al que me parece que muchos quisiéramos no llegar. Entre muchas de esas causas uno podrÃa decir: en Brasil las instituciones que tendrÃan que cuidar los derechos democráticos pero también los derechos civiles están totalmente desfondadas. Estoy hablando del Poder Judicial, de ciertas formas institucionales de funcionamiento del Poder Legislativo, de los tribunales superiores de justicia, las fuerzas de seguridad y el protagonismo de las Fuerzas Armadas.
Y los partidos y los medios también.
Instituciones desfondadas generan un espacio para el autoristarismo que no se genera si hay ciertas instituciones. Ahà también hay para advertir esta cuestión porque me parece que Argentina tampoco es Estados Unidos en esos términos. De vuelta, voy con una analogÃa rápida que puede servir de imagen: yo creo que muchos de estos candidatos que estaban politizando el autoritarismo social fueron con una imagen a la campaña polÃtica que era la de poner preso a su adversario. No se si te acordás pero Trump también fue con esa imagen a la campaña, ‘Crooked Hillary’. Ella con una jaula o algo por el estilo. Es muy distinto lo que sucede con este fenómeno si eso se realiza, si se pasa al acto, que si no se pasa. Si se pasa al acto es esto que yo digo: son instituciones completamente desfondadas. Entonces, si vos ponés preso a tu adversario polÃtico estás canalizando esa demanda de un modo que ¿qué viene después?. Lo que viene despueÅ› es continuar en esa lÃnea. En cambio si vos tenés que la demanda existe pero vos tenés lÃmites institucionales, tribunales de Justicia que hacen respetar los procesos, que se dan cuenta que la competencia polÃtica está por encima de otras cuestiones, mismo la dinámica de los partidos polÃticos, que evita llegar a ese punto, es distinto. Entonces en Brasil instituciones civiles y democráticas totalmente desfondadas. Después vos tenés que lo que ellos están procesando, y de vuelta ahà sà tenemos algunas diferencias, es una crisis económica.
La más grave y profunda de Brasil en 100 años.
Claro. Tienen una tasa de desempleo que es inverosÃmil. Brasil en eso se parecÃa más a un neoliberalismo norteamericano, o sea, bajo desempleo y después sistemas de servicios públicos más precarios. Ahora tiene servicios públicos precarios con alto desempleo, cerca del 12, 13%. Lo que están procesando es una crisis económica. Y en ese trasfondo institucional y de la dinámica de la economÃa hay una cultura de la violencia que ciertamente en Brasil tiene gran intensidad. Pero es una cultura de la violencia que tal vez una de sus definiciones era que nunca pasaba a la esfera polÃtica institucional.
Estaba en la sociedad pero no en la polÃtica.
Exactamente. Uno como observador externo se preguntaba ¿cómo puede ser que tengan este tipo de articulaciones y de escenarios polÃticos de diálogo y negociación cuando la desigualdad y la violencia social es tan fuerte? Esto que está pasando con Bolsonaro no es una traducción, es una inscripción directa de la cultura de la violencia en la escena polÃtica. Eso es más que una politización. ¿Qué es lo que Bolsonaro ofrece? ¿Cuáles son las demandas que él toma? Por un lado, obviamente la agenda de la seguridad pública. Pero junto con la agenda de la seguridad pública también aparece muy claramente, y ahà hay como distintas geografÃas del autoritarismo social en esta actualidad a nivel internacional, él tiene como una agenda anti derechos sociales muy intensa. Que por supuesto podrÃa haberse conectado a esto que esperábamos del autoritarismo social o no. En el caso de él se conecta y tal vez del modo más intenso entonces ahà lo que uno tiene no es sólo el otro extranjero, el otro mi adversario polÃtico sino muy directamente el otro es el pobre, el otro el que recibe asistencia del Estado, el otro el que es dependiente de mi productividad y de mi contribución a la sociedad. Con esos, lo que él está proponiendo no es estimularlos o limitarlos, hay una agenda que es claramente de destrucción. Ahà es donde uno ve el lÃmite al que está llevando una demanda la figura de Bolsonaro, es un lÃmite bastante imposible y Brasil está llegando a eso. A plantear en términos casi explÃcitos una especie de legitimación de una guerra civil contra los sectores más frágiles.
¿Ahà también hay sectores que vos podrÃas ubicar ahà y sin embargo votan a Bolsonaro porque están pensando en el rechazo a algún “otro†o porque se identifican con algunas de estas cuestiones desde lo económico?
Este es un lugar bien interesante para hacer intersecciones entre las ciencias sociales y la psicologÃa. Por ejemplo, es cierto ese dato que circuló que en las principales favelas de RÃo de Janeiro Bolsonaro sacó cerca del 50% de los votos. Ahà hay un fenómeno que ya podrÃamos introducir en la dinámica, cuando esto se transforma en una dinámica polÃtica. No todos terminan eligiendo a estas posiciones autoritarias en el plano polÃtico por los mismos motivos. Hay como un último grupo que entra en esta dinámica que hace un movimiento que hay que saber entenderlo. Desde lejos puede parecer absurdo: yo lo llamo como una especie de autoritarismo defensivo. No en el sentido que hablábamos al principio sino en este sentido: como si estos grupos muy frágiles vieran de qué modo están creciendo esas figuras que claramente las amenazan y entonces terminan adhiriendo a esas figuras para sentirse cerca y protegidas, aún cuando esa figura explÃcitamente está hablando de su propia destrucción. Uno en ese lugar, en el lugar de sentirse amenazado, prefiere creer que tal vez se puede desplazar, que tal vez puede no quedar en el ojo de la tormenta. Y un modo de no quedar en el ojo de la tormenta es subirse.
Con respecto al otro campo, el que tiene que oponerse: ¿tiene que oponerse desde una posición fuerte, tiene que tratar de no hacer enojar al monstruo? ¿Cómo se piensa eso?
No está tan claro. Si hubiera una respuesta ya estarÃa implementado en todas las campañas polÃticas y nada de esto estarÃa sucediendo. Más en un terreno de incertidumbre e hipótesis hay dos fenómenos que yo creo que intentarÃa evitar. Uno tiene que ver tanto a nivel individual como a nivel de cómo se construyen los discursos públicos que es no dar cuenta de. O sea: esto está sucediendo pero no hablemos, ni siquiera lo planteamos como un problema, no lo traigamos al discurso público ni pensemos sobre esto porque lo terminamos incrementando. Eso no funciona. Es un pensamiento mágico. No hablo de la cosa pero la cosa está ahà y no resuelvo nada. Eso no significa que tenga claro cómo hay que hablar de eso, tener un discurso público, pensarlo. Ahà hay un terreno enorme para trabajar. Y lo otro que yo intentarÃa evitar es confundir el plano extremadamente legÃtimo de la confrontación entre, digamos asÃ, de la polarización polÃtico cultural entre los que reclaman derechos y los que del otro lado sienten un odio frente a esas libertades y derechos, ahà hay un plano que harÃamos muy mal si lo queremos silenciar, menguar. EstarÃamos cediendo de hecho a la demanda autoritaria, que es de algún modo despotenciar el espacio de la confrontación en la esfera pública. Pero, y ahà viene la cuestión, me esforzarÃa porque todas esas expresiones a favor de derechos y libertades, modos de ser diferentes, todo lo que aparece como contestación, diferencie el modo en el que se opone a las grandes figuras del autoritarismo polÃtico de aquellos que llegaron al autoritarismo por una cuestión defensiva, porque tienen miedo a la crisis económica. Ahà viene todo un gran tema que es cómo yo ejerzo mi derecho en un contexto de crecimiento de los prejuicios sociales. Y yo tengo que hablarle a ese prejuicio social de múltiples maneras.
De alguna manera enfatizando que no es una suma cero, si unos son más libres los otros también son más libres. Lo que decÃa Cristina cuando fue la aprobación del matrimonio igualitario ‘hoy todos somos un poco más libres’. Esa cosa de expansión y no de suma cero.
Te voy a contar un caso puntual de nuestras investigaciones con un discurso que se escucha mucho, y en Brasil también, en estos grupos. El discurso contra los derechos humanos, que tiene un slogan que es “los derechos humanos son para†y algunos ya dicen “de los delincuentesâ€. No sólo que son para sino que hay una idea que el enunciador secreto de los derechos humanos hubiera sido los delincuentes. Esto en un grupo de discusión que estaba más inclinado hacia esa posición, en algún momento esa persona que estaba más atrapada en esa convicción, en ese prejuicio, por ejemplo cuando escucha la palabra “humanos†se da cuenta de que de algún modo lo incluye a él mismo. Entonces en algún momento dice “es verdad, si son derechos humanos son derechos para todos y nosotros también estamos ahà adentroâ€. Bueno, qué es lo que digo con respecto a esto: como esos ejemplos hay en todos los campos, lugares en los cuales lo que aparece como muy consolidado en realidad tiene una oscilación, una contradicción, una apertura. Hay que saber encontrar esos lugares, es decir, no pensar que lo que funciona como un bloque en el prejuicio es en realidad un bloque, en términos de estructura psÃquica.
Tiene grietas, tiene poros.
Exacto, Que, en el caso de los sujetos, es como una zona de oscilación, de ambigüedad, es una creencia pero que la pueden dar vuelta. Y me parece que los grupos que tienen que reclamar muy intensamente por derechos, y me parece que es lo más interesante de lo que está pasando a nivel global, tienen que, junto con sus derechos, saber encontrar esas oscilaciones en los otros para intersectar sus nuevas libertades en esos prejuicios. Ahà hay una dinámica que está para descubrirla.

muy bueno interesante hoy coincide con lo de leandro santoro en el programa de leonardo greco
Nicolás Tereschuk:
En mi opinion no es tan complicado de comprender. Las sociedades de la modernidad se basan sobre un pacto MERITOCRATICO implicito que es facil deducir leyendo los textos constitucionales.
Las clases incluidas sienten que actualmente ese pacto esta roto y que por tanto no rige mas el: «yo te sostengo mientras estés en la pobreza a cambio de que hagas esfuerzos sostenidos y perceptibles para salir de alli».
Podriamos decir que las clases pobres y miserables hoy le hablan a las clases incluÃdas diciendoles: «Vos me tenes que sostener porque soy pobre, sin importar lo que yo haga, ya que es un derecho el ser asistido sin contraprestacion a cambio».
Ni las clases medias ni las altas pueden tolerar este planteo que de por si cristaliza la situacion en el status quo, sin salida alguna.
La violencia social es en realidad la resultante de la ruptura del contrato social por AMBOS lados ya que la exigencia de la sociedad civilizada es que a cambio de la integracion y seguridad los excluidos abandonen la «identidad cultural de la miseria», esto entendido su mas amplia perspectiva.
Esta a la vista a esta altura del partido que esta mirada no es simplemente una postura esteticista sino que da cuenta que hay «funcionalidades» y comportamientos sociales que son mutuamente excluyentes porque socavan las bases de la organizacion social.
En el casos de las clases medias y altas lo hacen particularmente con la meritocracia que su piedra fundante.