El debate venÃa de hacÃa ya tiempo pero cobró algo más de notoriedad cuando el Programa de Estudios Sobre Elites Argentinas, coordinado por Ana Castellani, Paula Canelo y Mariana Heredia, dio a conocer un trabajo con datos sobre la integración del Gabinete nacional sobre el “gobierno de los CEOsâ€.
¿Y qué importa si son CEOs o no son CEOs? ¿Y por qué una universidad pública deberÃa estudiar a las elites? ¿Y qué importa si son ricos? “Confunden a dueños de empresas y a ricos con CEOs, no es lo mismo, un CEO es un empleadoâ€. ¿Y cuál es el problema si vienen a colaborar en la polÃtica desde el sector privado?
Las respuestas a este tipo de planteos ya las han dado con mucha solvencia las autoras del estudio. De todos modos, un punto que me gustarÃa abordar aquà es que este debate de si los que ahora nos gobiernan son CEOs o no, si son ricos o no y cuáles son las consecuencias de ello para el sistema polÃtico y la sociedad no sólo no es “exótico†o tirado de los pelos, no sólo es perfectamente legÃtimo, sino que se trata de uno de los ejes centrales que ha desvelado a los mayores exponentes de la teorÃa polÃtica desde… siempre.
¿Qué lugar ocupa la igualdad en una sociedad de desiguales? ¿Qué lugar ocupan la riqueza y la pobreza en la dinámica polÃtica? ¿Y qué pasa particularmente cuando gobiernan los ricos?
Abrir La PolÃtica, de Aristóteles, es encontrarse de lleno con este debate, una discusión que -nada menos- nos habla de qué es y qué no la propia polÃtica. El segundo párrafo del libro ya nos brinda una idea de lo que estamos discutiendo. “Cuantos opinan que es lo mismo regir una ciudad, un reino, una familia y un patrimonio con siervos no dicen bienâ€. Esta visión se va aclarando en el capÃtulo séptimo:
“… no es lo mismo el poder del amo y el polÃtico, ni todos los poderes entre sÃ, como algunos pretenden. Puesto que uno se ejerce sobre personas libres, y otro, sobre esclavos, y el gobierno doméstico es una monarquÃa (ya que toda la casa está gobernada por uno solo), y, en cambio, el polÃtico es un gobierno de hombres libres e igualesâ€.
La cuestión de si gobiernan los ricos o no es uno de los elementos centrales en los que Aristóteles basa su clasificación de los regÃmenes polÃticos.
Como señala en el Libro IV:
“Por tanto, éstos parece que son los partidos principales de la ciudad, los ricos y los pobres. Además, como por lo general los unos son pocos y los otros muchos, éstos aparecen como partidos contrarios entre los elementos de la ciudad; de tal forma que lo regÃmenes se establecen de acuerdo con la supremacÃa de éstos, y dos sistemas parece que hay, la democracia y la oligarquÃaâ€.
¿Y cómo se llega entonces a la República? Simple:
“Sus caracterÃsticas resultan más claras, una vez que se ha precisado sobre la oligarquÃa y la democracia; ya que es la república, sencillamente, una mezcla de oligarquÃa y democracia. Suele darse el nombre de repúblicas a los regÃmenes que se inclinan a la democracia, y a los que más bien hacia la oligarquÃa, aristocracias, porque la educación y la nobleza van unidas a los más ricos.â€
Si seguimos un poco más, veremos que:
…en todas las ciudades hay tres elementos propios de la ciudad: los muy ricos, los muy pobres, y tercero, los intermedios entre éstos. Sin embargo, puesto que se reconoce que lo moderado es lo mejor y lo intermedio, obviamente, también en el caso de los bienes de fortuna, la propiedad intermedia es la mejor de todas, ya que es la más fácil de someterse a la razón; y, en cambio, lo superbello, lo superfuerte, lo supernoble, lo superrico, o lo contrario a esto, lo superpobre, lo superdébil y lo muy despreciable, difÃcilmente seguirá a la razón, puesto aquéllos se vuelven soberbios y grandes criminales, y éstos, malhechores y pequeños criminales, y de los delitos, unos se cometen por soberbia, y otros, por malicia.
Asimismo, la clase media es la que menos rehúye los cargos y la que menos los ambiciona, actitudes ambas fatales para las ciudades. Además de esto, los que tienen demasiados bienes y fortuna, vigor, riqueza, amigos y otros similares , ni quieren ni saben ser gobernados (y esto les ocurre ya desde el seno de la familia, cuando son niños; pues por el lujo, ni siquiera en las escuelas tienen la costumbre de someterse), y los que carecen excesivamente de éstos son demasiado despreciables.
En consecuencias, éstos no saben gobernar, sino ser gobernados con un gobierno propio de esclavos, y aquéllos no saben ser gobernados con ningún tipo de gobierno sino gobernar con un gobierno despótico. El resultado es entonces una ciudad de esclavos y señores -pero no de hombres libres-, llenos de envidia aquéllos y de desprecio éstos, lo cual es lo más distante de la amistad y la convivencia polÃtica; ya que la convivencia requiere afecto, y ni siquiera el camino se quiere compartir con los enemigos.
La ciudad pretende estar integrada por personas lo más iguales y semejantes posible, y esta situación se da, sobre todo, en la clase media; por tanto, esta ciudad será necesariamente la mejor gobernada, (la que) consta de aquellos elementos de los que decimos que por naturaleza depende la composición de la ciudad; y sobreviven en las ciudades, sobre todo,estos ciudadanos; pues ni ambicionan lo ajeno, como los pobres, ni otros ambicionan su situación, como los pobres la de los ricos; y al no ser objeto de conspiraciones ni conspirar ellos, viven libres de peligro. Por eso es acertado el deseo que expresó FocÃlides:
‘Muchas cosas son mejores para la clase media; de la clase media quiero ser en una ciudad’.
Que este tipo de enfoque haya visto la luz hace más de 2.300 años algo deberÃa decirnos sobre un debate del que uno puede ponerse del lado que más le guste, pero que difÃcilmente pueda eliminarlo. Podemos decir que Cristina Kirchner es millonaria, que Macri no es empresario sino hijo de un contratista de obra pública, que Lopetegui & Quintana son dos profesionales que vienen a colaborar con “lo público†y eso los hace -ponele- mejores polÃticos que los que hemos conocido. Sin embargo, la discusión  difÃcilmente pueda ser, sin más, invalidada. Sobre todo porque los “padres†del pensamiento polÃtico han vuelto una y otra vez sobre este punto.
Los humanistas que pensaron la polÃtica a la salida de la Edad Media siguieron con esta misma preocupación. Leyendo a Quentin Skinner, puede repasarse de qué manera se dieron esos debates. Por ejemplo, Brunetto Latini, en la Florencia del Siglo XII afirmaba que “los gobiernos son de tres clases, la primera de reyes, la segunda de aristocracias y la tercera de pueblos, de las cuales la tercera es, con mucho, mejor que las otras dosâ€.
Hacia 1500, Maquiavelo y sus contemporáneos tienen en mente cómo sostener el valor de la libertad polÃtica. Recuerda Skinner:
Una sugestión que hacen -surgida de sus temores a la riqueza privada- es que la libertad y la pobreza suelen ir unidas. (Francesco) Guicciardini concluye su ‘Discurso de Logroño’ con la observación que, aun cuando las ciudades libres necesiten ser ricas, sus habitantes individualmente deben mantenerse pobres, sin grandes disparidades de riqueza del tipo que suele causar envidia y promover asà disturbios polÃticos. La misma sugestión -que habrÃa sido anatema para (Leonardo) Bruni y sus seguidores- fue repetida poco después por varios teóricos relacionados con las reuniones de los jardines Oricellari. (Antonio) Brucioli menciona la idea, al término de su diálogo sobre La república, mientras Maquiavelo reitera la doctrina de Guicciardini casi textualmente en su tercer discurso. La primera propuesta de Maquiavelo para evitarla corrupción en ‘tiempos difÃciles’ es ‘mantener pobres a los ciudadanos’ y después repite muy categóricamente que toda institución que ‘mantenga pobres a los ciudadanos’ será ‘la más útil†que pueda haber ‘en un estado que goce de la libertad’â€.
(…)
El mismo disgusto por los “hábitos lujosos†como amenaza a la libertad polÃtica es expresado con mayor vehemencia por Maquiavelo en sus Discursos, tan sólo pocos años después de que el argumento habÃa sido planteado nuevamente por Guicciariddini y Salamonio, y popularizado por un buen número de moralistas venecianos. En su tercer discurso, Maquiavelo declara que la “riqueza sin dignidad†es, invariablemtente, causa de corrupción cÃvica, y añade que fácilmente podrÃa “explayarse sobre las ventajas de la pobreza sobre la riquezaâ€, y sobre “cómo la pobreza da honor a las ciudadesâ€, mientras que “lo otro las ha arruinadoâ€, pero esto ya “ha sido hecho muy a menudo por otrosâ€:
Esto surge con la mayor claridad en el capÃtulo XIX del segundo discurso, en que elucida los problemas que surgen cuando una república se dedica a adquirir nuevos territorios. Y recuerda que Juvenal sostuvo que “la adquisición de tierras extranjeras†familiarizó a Roma con costumbres ajenas, “de modo que, en lugar de la frugalidad y sus otras altas virtudes, ‘la glotonerÃa y la indulgencia consigo mismo tomaron posesión de ella y vengaron al mundo que habÃa conquistado’â€.
La preocupación por la defensa de la libertad, el recurrente planteo del Maquiavelo republicano por la necesidad de ponerle el pecho a las balas, por evitar los “ejércitos mercenariosâ€, por tener un “pueblo en armas†que pueda -al modo romano- defender con su propia vida la República, la libertad conseguida también toca este debate de qué pasa si los que gobiernan son sólo los nobles o los ricos.
Se toca a su vez con estas preocupaciones una muy fuerte intuición basada en el pesimismo antropológico de varios de estos teóricos, nuevamente y sobre todo Maquiavelo: la idea de que la historia tiene una serie de regularidades que vuelven a repetirse y el hecho de que los regÃmenes polÃticos, más o menos como fueron definidos en la Antigüedad, van sucediéndose en una especie de rueda de decadencia, donde la corrupción -sÃ, la corrupción- va carcomiendo los cimientos de uno para generar otro (ay) un poquito peor.  La riqueza (y el ansia por ella) juega en este sentido un rol muy destacado.
Imaginémonos entonces si estos padres del pensamiento polÃtico fundante de muchas de las ideas que nos habitan hoy en dÃa hubieran estado interesados, preocupados, atraÃdos por pensar si es lo mismo un gobierno de ricos o no, de empresarios o no, de CEOs o no. Y en este sentido, cómo se funda la legitimidad de un régimen polÃtico de iguales en un mundo de desiguales, cómo juegan las tensiones sociales en este contexto, qué choques o acuerdos puede haber entre el “popolo†y los “grandesâ€. Delicias del pensamiento (crÃtico) que algunos sectores quieren amonestar.
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