Durante treinta años, los Estados Unidos pagaron a crédito no sólo el alza del consumo de los hogares –que se endeudaron mientras sus ingresos caían, y ahora ya no pueden ni atender sus pasivos ni seguir endeudándose ni consumiendo–, sino un aparato militar desmesurado en relación con el de las demás potencias, que despliega su poderío en todo el planeta para proteger los intereses estratégicos estadounidenses y los de sus empresas e inversiones. Pero ahora el tembladeral de la economía estadounidense pone en cuestión el papel del dólar como refugio y reserva de valor. Más allá de las grandes compras de bonos del Tesoro por parte de la Fed, los grandes inversores extranjeros, empezando por China (los otros más importantes son Japón, Alemania y Gran Bretaña), ya empezaron a mirar con desconfianza las colocaciones de bonos del Tesoro norteamericano, por su baja remuneración e incipiente riesgo. Una inflación en dólares licuaría el valor real de la deuda estadounidense, pero el mundo ha cambiado respecto de los años ’70 y ’80, cuando esto fue posible. El peso de los BRIC, la intensificación del comercio Sur-Sur, la amarga experiencia de la deuda externa y de las crisis en Latinoamérica, Asia y Rusia hacen hoy mucho más difícil para los Estados Unidos aliviar su carga trasladando el ajuste a la periferia. Tampoco Estados Unidos puede contar con la ayuda de Japón, como ocurrió en los años ’80 a partir de los acuerdos monetarios que llevaron a la crisis del país asiático, que ya lleva veinte años de dificultades económicas, su deuda soberana es del 200 por ciento del PIB y además enfrenta el marasmo del terremoto.
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