Sigue la movida

Quiero hacer mías las palabras que María Esperanza escribía hace algunos meses:

No obstante, tal como afirmaba María Esperanza por arriba, lo que se ha dado en llamar «conflicto» con «el campo», ha provocado un pase al frente de la mayor parte de la intelectualidad. Otra vez parece estar entre nosotros el intelectual público, que ubica a sus interlocutores en un escenario mucho más general y anónimo. No requiere que el punto de partida para el diálogo sea la existencia de una comunidad de principios e ideas, pero sí pretende que sea el resultado de la comunicación entre ideas diferentes y a veces cotnrapuestas. El intelectual público es un sujeto político que apela a la comunidad y que posee una ideología determinada. Lejos tanto de la tecnocracia como del amateurismo, el intelectual público es el modelo de intelectual típico del Estado de Derecho, aspira a ser oído y a proponer programas de acción.

«Este reverdecer de la polémica es una buena cosa. Que gente que se dedica a pensar para vivir se diga en la cara, de repente, “no estoy de acuerdo con vos y lo que decís me parece una gansada” me parece una buena cosa. Que descubramos que (¡oh!) las diferencias teóricas encubren diferencias ideológicas es una buena cosa. Venimos de una década y media de insoportable levedad del discurso intelectual. Durante los noventas, la cuestión era fácil: casi todos eran antimenemistas y admiradores de variantes rosáceas de la socialdemocracia, el institucionalismo y la tercera vía (salvo honrosas excepciones, Escudé y algunos más.) Estar en desacuerdo con el gobierno de Carlos Menem era fácil. Admirar al laborismo inglés o a la socialdemocracia francesa. Despotricar contra el desequilibrio de poder en la esfera internacional también.

Ahora, sin embargo, las opciones son más dificíles. ¿Es este de gobierno de izquiera o de espantosa derecha? ¿Es el kirchnerismo conservador y provinciano o totalitario y movilizante? ¿Es Chávez la esperanza latinoamericana o un loco populista? ¿Son los empresarios agrícolas la esperanza de la república o un grupo de exacerbados capitalistas? Las respuestas no son fáciles. Ahora hay que pensar.

Y  también marca una redescubierta vocación de los intelectuales de abandonar aunque más no sea por un rato la academica para meterse en el barro. Esto es doblemente bienvenido en el caso de las generaciones más jóvenes, que se suman, y muchas veces polemizan, con el coro de voces ya consagradas.»

Realizar un intento de clasificación de los intelectuales nunca deja de ser riesgoso. La posibilidad de un análisis sesgado y arbitrario siempre estará presente, más allá de las consideraciones que se tomen en cuenta para elaborar el listado: las generaciones a las que pertenecen, sus ideologías, la relación que sostienen con la política, sus tradiciones culturales, sus visiones sociales, sus núcleos de ideas básicas, sus tipos de discurso, entre otros criterios.

Sin embargo podríamos afirmar que en la década de los noventa se acentuó un modelo de intelectual que persiste hasta nuestros días. El intelectual privatizado. Este tipo de intelectual es aquel que sólo se preocupa por dirigirse a un grupo reducido de interlocutores, es decir, a los que son de su entorno inmediato, que comparten puntos de vista y aceptan una cosmovisión; no le representa una preocupación el deseo de expandir su influencia, pero sí el hacer más férrea e invulnerable la que ostenta; su responsabilidad sólo la proyecta hacia la institución social a la que está adscrito, la cual hasta puede ser privada. El accionar de dicho intelectual se limita al diálogo con sus inmediatos compañeros, convirtiendo su actividad social en una monótona circulación de posiciones ideológicas ya conocidas en un espacio reducido.

 

 

Es digno de destacar el pasaje a la actuación pública de varios grupos de intelectuales. Por un lado se encuentra el Espacio Carta Abierta, grupo pionero que se reune en la Biblioteca Nacional y apoya críticamente al Gobierno. Sorprendentemente también ha vuelto al ruedo el Colectivo Situaciones, muy activo durante la inmediata caída de De la Rúa, el gobierno de Duhalde y los primeros meses de Kirchner. Por último, se ha formado un nuevo grupo de intelectuales agrupados en el flamante Club Político Argentino. Muchos de estos intelectuales pertenecen o pertenecían al emblemático Club de Cultura Socialista y han producido una especie de manifiesto provisorio titulado «Documento inicial» y una reflexión titulada «De las plazas al Congreso». Los miembros del Club Político llaman al debate plural, tal como expresa Vicente Palermo, quien por acá dice lo siguiente: «La idea NO ES que quien simplemente esé interesado en el tema concurra, sino que los concurrentes estén TAMBiÉN interesados en la propuesta de este Club como forma de acción política». Los miembros del CPA explican así los motivos que implicaron esta actuación pública: «Nos convoca un compromiso con lo político, una vocación cívica, unos valores compartidos, una viva estima por las ideas y por el debate público,por el pluralismo y por la diversidad.»

Desde acá saludamos esta iniciativa y esperamos que se sigan sumando más intelectuales al debate público y que el tan ansiado debate de ideas que confronten entre sí se pueda comenzar a dar. Al mismo tiempo cabe llamar la atención sobre el hecho de que las posiciones netamente de izquierda revolucionaria no han logrado ningún tipo de trascendencia más allá de su opción por la negativa, lo cual no deja de ser un error a la hora del debate intelectual que tienda a la búsqueda de un país con horizontes de justicia e igualdad.

4 Comments on “Sigue la movida”

  1. Julián: Te dejo el recién creado blog del Club

    clubpoliticoargentino.blogspot.com

    Por ahora podrás encontrar los documentos pero esperamos que haya novedades todas las semanas.

    Saludos y gracias
    Connie

  2. Connie, muchas gracias a vos. Se esperaba con ansiedad que salieran al ruedo informático. Ojalá puedan mantener un buen nivel de actualización de la página o, en su defecto, un alto nivel de análisis en lo que publiquen.

    Ahí le agregué el enlace de la página que crearon.

  3. La National Alliance fue organizada en febrero de 1974. Muchos de sus primeros miembros venían de otra organización, la National Youth Alliance (Alianza de la Juventud Nacional), que había sido fundada en 1970 en Virginia por el Dr. William Pierce, un profesor joven de física que dejó una carrera de enseñanza e investigación en la Universidad del Estado de Oregón para dedicarse al servicio de su gente.

    Aunque las ideologías de las dos organizaciones eran idénticas, la inserción en la National Youth Alliance había sido restringida a personas por debajo de 30 años de edad, y ese grupo centraba sus actividades en las facultades y campus universitarios. Así, la formación de la National Alliance creó una ampliación de los requisitos de la National Youth Alliance para incluir a las personas Blancas de todas las edades y ocupaciones.

    A causa de que el principio de los años 1970 fue un periodo turbulento política y socialmente, durante el cual los judíos y otros –algunas veces bajo la apariencia de oposición a la guerra de Vietnam- estuvieron organizando manifestaciones violentas en las calles de las ciudades de América y clamando por la destrucción de la sociedad blanca, la National Youth Alliance tomó una postura militante y de confrontación en oposición a esta actividad destructiva. El nombre de la primera publicación del grupo, el periódico de formato reducido ATTACK! (¡ATAQUE!), reflejaba esta postura. Durante este periodo temprano la National Youth Alliance organizó muchas actividades públicas, incluyendo manifestaciones callejeras con carteles y estandartes denunciando no sólo a los comunistas, judíos, y otros enemigos declarados de la América blanca, sino también al gobierno que los toleraba e incluso los alentaba.

    Desgraciadamente, la escala de las actividades públicas de la National Youth Alliance era demasiado pequeña para hacer un impacto significativo en los acontecimientos, políticas del gobierno, o en la conciencia del público. Estas actividades tampoco llevaron a un gran incremento de la fuerza organizacional: mucha de la gente que fue atraída a la National Youth Alliance por la publicidad que sus actividades generaban tenía sólo motivaciones poco profundas y a corto plazo.

    Mientras el Dr. Pierce y sus compañeros de trabajo iban apreciando completamente la magnitud y la escala de tiempo de la tarea que tenían ante sí, su enfoque se hizo más fundamental. Para cuando la National Alliance fue formada en 1974 el énfasis programático había cambiado de una confrontación superficial con los enemigos de nuestra gente a la construcción de la fundación organizacional necesaria para una victoria final sobre esos enemigos. Simultáneamente el énfasis en reclutar cambió de la cantidad a la calidad. En abril de 1978 el nombre de la publicación de la National Alliance cambió de ATTACK! a National Vanguard. Los titulares rojos y las exhortaciones a actuar en la publicación fueron reemplazados por análisis sobrios de la situación política, social y racial, y de la tarea que afronta nuestra gente.

    Esto no quiere decir que la National Alliance suavizara o moderara su visión de la lucha: mayo de 1978 vio la publicación de la primera edición de la primera novela del Dr. Pierce, The Turner Diaries (Los diarios de Turner), que había sido anteriormente publicada por capítulos en ATTACK! y que provocó una tormenta de reacción del gobierno y de los medios controlados. No obstante, un programa más fundamental y a más largo plazo después de esto trajo con él una imagen pública más madura y seria para la National Alliance.

    En 1978 un grupo de miembros que estaban especialmente interesados en los aspectos religiosos o espirituales del trabajo de la National Alliance organizó la Cosmotheist Community Church (Iglesia de la Comunidad Cosmoteista).

    Desde 1978 el índice de crecimiento de los miembros también aumentó sustancialmente durante varios años. En 1983, sin embargo, el estatismo de la era Reagan se había arraigado, y el reclutamiento se frenó. A lo largo del resto de los años 1980 hubo una disminución gradual del número de miembros, y la National Office experimentó una gran dificultad para reclutar nuevos miembros de administración del calibre necesario para llevar su trabajo adelante. En agosto de 1985 la National Office se mudó del área de Washington, DC, a un área rural, montañosa en Virginia del Oeste.

    La National Alliance publicó su segundo libro en 1980, Which Way Western Man?, del miembro William Simpson. En el mismo año se hizo la tirada de la segunda edición de The Turner Diaries. En 1984 publicó The Best of ATTACK! and National Vanguard Tabloid.

    En 1987 el brazo de publicaciones de la National Alliance, National Vanguard Books, fue reorganizado como una entidad separada. En 1989 la segunda novela del Dr. Pierce, Hunter, fue publicada. En 1991 la novela del miembro Randolph Calverhall, Serpent’s Walk, fue publicada.

    En 1991 National Vanguard Books empezó a publicar audio cassettes. En diciembre de 1991 la National Alliance empezó a emitir su mensaje en todo el mundo vía radio de onda corta con el programa semanal American Dissident Voices. En 1992 un número de estaciones de radio de AM en los Estados Unidos también empezó a emitir American Dissident Voices.

    En 1993 National Vanguard Books empezó a utilizar cómics a todo color como un medio para llegar a estudiantes de institutos con el mensaje de la National Alliance. En el mismo año empezó el trabajo en un estudio de video para usar el medio visual para su mensaje.

    El primer número de Free Speech, un periódico mensual con textos de nuestras emisiones de radio, apareció en enero de 1995.

    Para 1989 el clima para el reclutamiento empezó a cambiar. En mucho más grandes números que antes, los americanos blancos comenzaron a darse cuenta de que su país estaba al borde de la disolución y la ruina y que los políticos de Washington no deseaban y eran incapaces de prevenir el desastre. La gente se hizo mucho más sensible al mensaje de la National Alliance. El número de miembros paró de disminuir a mediados de 1989 y comenzó a crecer de nuevo. La cantidad de miembros se dobló durante 1990-1991 y de nuevo en 1992. El índice de reclutamiento a finales de 1992 era 30 veces el que había sido a principios de 1989. El reclutamiento ha permanecido alto durante los años 1990, a pesar de una atmósfera creciente de intimidación gubernamental e histeria promovida por los medios con el objetivo de unir todos los oponentes de las políticas racialmente destructivas del gobierno con el “terrorismo”.

  4. HUNTER (El Cazador)
    por Dr William Pierce

    ¿Cómo debería un hombre honorable encarar el mal?
    ¿Debería ignorarlo, con la excusa que no es su responsabilidad?
    ¿Debe él aliarse con el mal, porque alli es dónde «el dinero extra» está?
    ¿O debería alzar las armas contra ello y luchar con toda su fuerza y sin considerar las consecuencias personales, aunque él deba luchar solo?
    Oscar Yeager, un antiguo piloto de combate en Vietnam, ahora un yuppie acomodado trabajando como asesor del Ministerio de Defensa en los barrios residenciales de Virginia en la capital nacional, afronta esta opción. Él contempla la mezcla de raza, la homosexualidad abierta, la influencia creciente de las drogas, el cutis oscureciendose en la población a medida que la marea de inmigración de color inunda. Encuentra que para él no hay en esto ninguna opción en absoluto: está obligado a luchar contra el mal que aflige América en los años 1990; su consciencia no le dejará ignorarlo, y unirse a ello es inconcebible.
    Él declara la guerra contra los políticos corruptos e irresponsables que presiden la destrucción de su raza y su país, los amos de los intrigantes medios de comunicación que son los principales arquitectos de aquella destrucción, y los adherentes espiritualmente enfermos de la «diversidad» que son sus colaboradores complacientes. ¡Y cuando Oscar Yeager está en el camino de guerra, usted no debería estar en su paso!
    Hunter es otra novela exitosa de resistencia y revolución escrita por el autor del libro más vendido del género, los Diarios de Turner.
    • «El 3 de mayo de 1995, durante la búsqueda en la casa de [el conspirador convicto por el bombardeo de Oklahoma City] Terry Nichols, los agentes del FBI agarraron una copia de Hunter, una novela derechista escrita por William Pierce, que también escribió los Diarios de Turner, en los cuales una explosión ficticia en la oficina central del FBI en Washington mata a más de 700 personas. » – The Denver Post
    • «Representa un curso de graduado en la política de poder y la psicología del despiadado …» – el Nacionalista
    3
    I
    Cuando él avanzó a la caseta de estacionamiento cerca del límite del enorme, asfaltado lote, una lata de cerveza vacía se aplastó bajo una de las ruedas delanteras del auto. Él apagó sus luces y contempló el área. Sí, este era un buen punto; tenía una vista clara de cada auto que daba vueltas la solitaria calzada de entrada en el lote, donde estos tenían que reducir la marcha casi hasta detenerse bajo la brillante lámpara de vapor de mercurio allí, y también estuvo bien situado para ver en qué fila del parque de estacionamientos cada vehículo finalmente daba vuelta. Tiró su abrigo más cómodamente alrededor de su cuello, giró el dial de la radio hasta que encontró una estación que transmitía su sonata favorita de Schubert, y se puso a esperar.
    Pasaron casi 20 minutos antes de que descubriera lo que buscaba. Una furgoneta deportiva marrón apenas redujo la marcha cuando vino presionando la rampa de entrada. Sus neumáticos chirriaron cuando hizo la vuelta encima. Durante un instante sólo las caras de los dos ocupantes eran visibles a Oscar: el conductor, un mulato con un espeso Afro, y la mujer al lado de él, de pelo oscuro y con una nariz bastante amplia, pero todavía claramente Blanca.
    La alta antena de la furgoneta con la pelota de ping-pong naranja encima hizo fácil para él seguir el curso del vehículo con sus ojos después de que este dobló en la cuarta vereda abajo de donde él estaba estacionado.
    Oscar esperó hasta que la furgoneta parara, entonces encendió su motor y se balanceó de su aparcamiento, tras la ruta tomada por el otro vehículo. Quiso dar otra mirada a la pareja antes de que entraran en el supermercado, sólo para estar seguro. Luego elegiría otro puesto de aparcamiento, tan cerca de la furgoneta como fuese posible, y los esperaría a volver.
    Cuando él rodó con cautela a lo largo del asfalto entre las dos líneas de coches estacionados, no vio a la pareja ante sus faros hasta que él estuviera casi frente de la furgoneta de ellos. Ambos estaban de pie cerca en el lado de pasajeros de su vehículo, al parecer discutiendo de algo.
    Un impulso repentino, imprudente sacudió a Oscar: ¿por qué no ahora, en vez de esperar que ellos entren en la tienda y luego vuelvan? No habían otros coches moviendose en la vereda y ningun otro peaton a la vista, excepto al extremo lejano, cerca de la entrada de la tienda. Lamentablemente, sin embargo, la furgoneta marrón y la pareja estaban a su derecha, y su ventanilla lateral de pasajeros estaba cerrada. Le pareció demasiado torpe tener que apoyarse a través del asiento y rodar abajo la ventana mientras ellos miraban.
    ¿Podría él girar su coche y conducir atras de la vereda antes de que alguien más viniera o antes de que la pareja se moviera? Quizás debería salir del coche ahora y dispararles a pie. Sus palmas se hicieron sudorosas, y él sintió que sus músculos se apretaban mientras las posibilidades pasaron por su mente con la velocidad del relámpago.
    Justo cuando vino totalmente al costado de la furgoneta descubrió un espacio vacante tres coches abajo, también a la derecha.
    ¡Bueno! Él tiraría desde allí. Si nadie más hubiera aparecido se echaría atrás y se movería bajo la vereda en dirección contraria, con la furgoneta a su izquierda esta vez.
    En el aire de la noche fría la transpiración rodó bajo sus mejillas en riachuelos mientras luchaba para calmar sus nervios. Era siempre de este modo justo antes de una operación. Incluso atrás en ‘Nam, cada vez que él había tenido que tomar su F4 en una carrera a traves de aquel letal fuego antiaéreo vietnamita del Norte, él había tenido que luchar contra este sentimiento nervioso, sudoroso. Una vez que estaba en las espesuras de las cosas, el miedo desapareció; era justo antes de eso que siempre era el tiempo malo – el tiempo cuando todavía era posible echarse atrás.
    Su agarre se apretó convulsivamente en el volante, y el movimiento del auto se hizo espasmódico cuando maniobró en el estacionamiento. Un vistazo instantáneo hacia atrás, y luego puso su vehículo en reversa y lo retrocedió rápidamente alrededor.
    En otros cinco segundos estaba frente a la pareja otra vez. Él detuvo el auto con un tirón, apagando por descuido el motor. ¡Caramba! y en el retrovisor vio a una mujer gorda, con dos bolsas de comestibles en sus brazos y un pequeño niño tironeandola, andando abajo la vereda, aproximadamente 55 mts de distancia. Tanto el mulato con el pelo parecido a un arbusto como su compañera bastante rechoncha, con la cara pálida dejaron de hablar y dieron vuelta para mirarle directamente. Ellos estaban aproximadamente a 2,5 mts de su ventana abierta.
    Una calma inmediata cayó sobre Oscar, la calma esperada que él había estado esperando. Con un movimiento suave, ni demasiado apresurado ni demasiado lento sino preciso y deliberado, levantó el rifle desde debajo de la manta en el asiento al lado de él, lo subió a su hombro, y, con el codo izquierdo asegurado contra la puerta, cuidadosamente apretó dos tiros.
    Los retumbos que rompen oídos hicieron eco por el enorme sitio, pero Oscar permaneció tranquilo cuando dejó el rifle, reencendió su motor, y aceleró suavemente hacia la rampa de salida. Cuando dio vuelta al final de la vereda, hizo una pausa para echar un vistazo atrás hacia la furgoneta. El cuerpo del mulato estaba tumbado en la carretera; la mujer al parecer se había caído hacia atrás, al lado de la furgoneta, y no era visible. Ambos tiros habían sido disparos a la cabeza, y Oscar estaba completamente seguro que tanto el hombre como la mujer estaban muertos. Él había visto sus cráneos literalmente explotar en duchas de fragmentos de hueso, tejido cerebral, y sangre cuando los proyectiles de alta velocidad los impactaron.
    La calma helada se quedó con Oscar en todo el camino a casa. No fue sino hasta que había puesto el coche en el garaje, entró en la casa, y se quitó su abrigo que esto cedió el paso a la euforia que siempre sentía después. Él silbó felizmente a sí mismo cuando dio a su rifle una limpieza rápida y luego volvió al garaje para cambiar sus matrículas. Le tomó sólo dos minutos para quitar las placas especiales y sustituirlas por sus regulares.
    Él cuidadosamente revisó las letras plásticas y números con el respaldo adhesivo que había presionado en las placas aplanadas. Había estado preocupado que el pegamento no sostuviera los gruesos pedazos plásticos al metal, sobre todo en este tiempo frío. Curioseó suavemente en el borde de una letra con la hoja de su cuchillo de bolsillo. El pegamento resistió, luego gradualmente cedió, de modo que fue capaz de trabajar con la hoja entre el plástico y el metal y, con unos segundos de esfuerzo, peló la letra entera soltandola. ¡Esto le tranquilizó, pero todavía estaba consciente de la ocasion, hace unos días, cuando había llegado a casa y había encontrado un número faltante en la placa! Después de esto él había hecho un poco de experimentación con diferentes pegamentos. Le tomó casi 20 minutos despegar sueltas todas las piezas plásticas y reajustarlas en un nuevo patron esta vez, pero no le incomodó el esfuerzo suplementario requerido.
    Cuan afortunado, él pensó, cuando encendió la luz del garaje, que su coche era un modelo tan común. Deben haber 10,000 sedan Ford color bronce prácticamente indistinguibles del suyo en el área metropolitana de Washington. De todos modos, él presionaba su suerte al seguir usando el mismo modus operandi. Seis veces en un poco más de tres semanas – 22 días para ser exacto – con el mismo coche, el mismo rifle, la misma rutina, sólo aparcamientos diferentes y números de matrícula diferentes, era realmente demasiado, pensó para sí mismo.
    Pero hace más de dos semanas había tomado la determinación que no variaría su estilo hasta que los medios de noticias rompieran su silencio sobre los asesinatos. Hubo un gran chapoteo de noticias después de los primeros dobles disparos, hace tres semanas. «Una pareja interracial matada a tiros en el aparcamiento,» el titular de Washington Post había gritado, y los otros medios noticiosos también habían acentuado el hecho que las dos víctimas eran un varón Negro y una mujer Blanca, aunque los periodistas no tuvieran ningún modo de saber entonces que el pistolero tenía una motivacion racial. La osadía de la noción que él podría tenerla por lo visto era demasiado excitante para que ellos lo resistieran.
    Cuando el segundo doble asesinato vino cuatro días más tarde, había sido mencionado brevemente en las páginas interiores del Post y luego silenciosamente dejado caer. El tercero, cuarto, y quinto par de disparos habían sido saludados por el silencio total de los medios. La razón era clara: en algún momento entre el segundo y tercer tiroteo había esclarecido en la gente de los medios noticiosos que las matanzas fueron motivadas racialmente, y esa comprensión los asustó. Ellos no quisieron animar a cualquier imitador aspirante, o siquiera dar la esperanza a muchísimos americanos que aclamarían a alguien que podría ir alrededor liquidando a parejas racialmente variadas.
    5
    Ya los bastardos realmente deben reventarse en las costuras tratando de mantener una tapa sobre esto, Oscar pensó, sonriendo abiertamente. Ellos no podrían sostenerlo mucho más tiempo. Él tenía un presentimiento fuerte, certeza próxima, que el trabajo de anoche los rajaría abiertos de par en par.
    En el callejón entre el garaje y la casa Oscar vaciló. Él tenía algún trabajo de papeleo en el estudio para terminar, si queria tener la nueva oferta lista a tiempo para su reunión con el Coronel Ericsson el jueves. Pero no podía aguantar la idea de más trabajo de papeleo esta noche, y ya era un poco tarde para llamar a Adelaide. Decidió pasar un par de horas en la tienda antes del momento de acostarse.
    Feliz con su decisión, él hizo crujir sus dedos y comenzó a silbar otra vez cuando bajó la escalera al sótano.
    Oscar Yeager era un ingeniero consultor por profesión, un reparador de artefactos e inventor ocasional por afición. Después de dejar la Fuerza Aérea en 1976, había vuelto a la universidad y obtenido grados de licenciado tanto en ingeniería eléctrica como en ciencias informáticas. Él había comenzado con contratos como asesor aun mientras terminaba su trabajo de graduado en la Universidad de Colorado. Después de esto había establecido la tienda en el área de San Francisco y, mediante un conocido de la Fuerza Aérea desde sus días de Vietnam, ahora un oficial de contrato en el Pentágono, había adquirido una serie de contratos de diseño. Eran estos contratos los que le habían conducido a mudarse a Washington hace cuatro años.
    Realmente, Oscar no tenía que trabajar en absoluto; las entradas por los derechos de sus patentes de antenas eran del todo suficientes para satisfacer sus necesidades bastante modestas. Él trabajó, no tanto porque estuviese impaciente por amontonar más dinero en el banco, sino porque pensó era una buena idea mantenerse activo en ello. Además, los ingresos extra hicieron posible para él aumentar gradualmente su reserva de equipos de laboratorio, que era condenadamente caro. De todos modos, el trabajo encajó muy bien con sus propias inclinaciones de hacer reparaciones, él hizo todo esto en casa en su propio horario, y casi nunca pasó más de 20 horas por semana en ello.
    Oscar se movió fácilmente entre los estantes del equipo electrónico, con cuidado evitando tropezar con cables de interconexion, cuando él hizo su camino a la esquina donde la computadora silenciosamente zumbó y chilló para sí. Él echó un vistazo al haz de formularios continuos que la impresora despacio había estado arrojando toda la tarde y notó con satisfacción que los cálculos para el nuevo sistema de antena estaban casi terminados. Si las cosas siguieran yendo bien, justo podría tener todo el trabajo hecho para que él buscase otro contrato en la Fuerza Aérea incluso antes de que este contrato fuera firmado el jueves.
    No diría a Ericsson esto, por supuesto. Él gotearía resultados durante los próximos seis meses. Mantendría a la Fuerza Aérea feliz y daría a Oscar mucha oportunidad de justificar gastos para pagar por el nuevo analizador de espectro que quería.
    Si no fuera por el maldito papeleo, este trabajo de contratista del gobierno sería ideal, Oscar reflexionó. Pero cada contrato requirió llenar literalmente cientos de páginas de formularios absolutamente estúpidos, para cuales las instrucciones eran desesperadamente obtusas. ¿Qué porcentaje de sus proveedores y subcontratistas durante los tres años pasados eran Negros? el gobierno quiso saber. ¿Cuántos tenian apellido español? ¿Cuántos eran Amerindios, Asiáticos, o Isleños Aleutianos? ¿Eran sus porcentajes en cada uno de los susodichos casos al menos iguales a los porcentajes de las minorías correspondientes en el personal en el condado o municipalidad donde el trabajo de contrato fue realizado? ¿Había usado a sabiendas alguna vez fondos de contrato para comprar provisiones de una compañía no conforme a regulaciones 148 c. (4) o 156 a. (1) de la Comisión de Oportunidad de Empleo sin Discriminación? ¿De ser así, por qué?
    Entregue información detallada. Y sin cesar adelante.
    ¡Y los bastardos realmente revisaron todas las respuestas! Una vez que Oscar había intentado un atajo en el trabajo administrativo garrapateando «no aplicable» a través de una página entera de preguntas que consultaban qué porcentaje del presupuesto publicitario del contratista fue a medios orientados expresamente hacia mercados de minorías, si acaso el material ilustrado o fotográfico usado en la publicidad del contratista representó a los empleados/clientes del contratista como racialmente mezclados (¿y si no, por qué no?), y otros por el estilo.
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    Los formularios les fueron devueltos con una carta de ocho páginas de uno del regimiento de oficiales del Pentágono para el acatamiento a la Igualdad de Oportunidades, llenos de la cantinela melosa sobre la naturaleza esencial del programa del gobierno para «la justicia racial» y exigiendo que cada pregunta sea contestada totalmente. Oscar finalmente había tenido que presentar copias de sus estados de cuentas en una lista para convencer al palurdo santurrón que él no había hecho anuncios publicitarios y no tenía, ni a empleados, ni a clientes y no podía ser, por lo tanto, esperado a explicar por qué su inexistente publicidad ilustrada no mostró la mezcla racial requerida de caras Negras, Marrones, Orientales, y Blancas sonrientes entre sus «empleados/clientes».
    Él sintió su temperamento elevarse cuando recordó el trabajo administrativo que todavía le afrontaba en el nuevo contrato. Bien, quizás podría lisonjear a Adelaide para hacer todo mañana por la tarde. Él puso el pensamiento del trabajo administrativo fuera de su mente y encendió la luz en la tienda. Oscar había transformado su sótano entero, al principio consistiendo en dos dormitorios, un cuarto de recreo, y un baño, para sus necesidades especiales.
    El computador y el laboratorio de electrónica estaban en el cuarto de recreo, un laboratorio químico estaba en uno de los dormitorios, un taller de máquinas pequeño pero bien provisto estaba en el otro, y el baño equipado como un cuarto oscuro fotográfico. En total él tenía el valor de más de medio millón de dólares en instrumentos científicos modernos y aparatos a su disposición, y ellos le sirvieron bien, tanto en el trabajo como en juegos, con la frontera entre los dos tipos de actividad a menudo haciendose completamente borrosa.
    Esta noche, por ejemplo, él tuvo la intención de dar los últimos retoques a un proyecto que no tenía nada que ver con su trabajo de contrato en la Fuerza Aérea o con ninguna otra empresa lucrativa. Y aún asi dificilmente esta era una cosa para juegos, Oscar pensó cuando abrió un gabinete y sacó un dispositivo tubular, metálico, examinando con cuidado la parte enroscada a un extremo. Satisfecho, puso el dispositivo sobre una mesa de trabajo al lado del más pequeño de sus dos tornos de metalurgia de precisión.
    Él metió la mano en un cajón en la parte inferior del gabinete y sacó un objeto envuelto en un trapo aceitoso. Desechando el trapo, Oscar sostuvo una pistola semiautomática nueva, de calibre .22 con un cañón largo, cilíndrico en su mano. Rápidamente y expertamente desmontó la pistola, devolviendo todo excepto el cañón al cajón.
    Una hora y media despues Oscar sonrió abiertamente con satisfacción cuando sopló fuera los últimos de los chips metálicos con una manguera de aire y luego atornilló el dispositivo tubular suavemente en los nuevos hilos que él acababa de tornear por el lado exterior del cañón de la pistola: ¡un encaje perfecto! El extremo enroscado del tubo de aleación de aluminio se apretó fuertemente contra el reborde recien cortado en el cañón de acero cuando la bola del seguro hizo clic en el lugar. Él no podía ver ninguna indicación de mal alineamiento entre el cañón y el silenciador cuando revisó con cuidado abajo la ánima. Ahora para la prueba.
    Oscar volvió a montar y cargó la pistola y caminó atrás al laboratorio de electrónica. Un toque en un botón oculto encima del marco de la puerta hizo que una sección de 1,2 mts de ancho de la pared lejana se balanceara suavemente en un ángulo recto. Tirando de un interruptor en el hueco expuesto encendió un foco al extremo lejano de un túnel largo, horizontal rayado con secciones de un tubo de alcantarilla de 75 cms. Oscar dirigió una diana abajo el alambre hasta el final del túnel y se sentó cómodamente al lado del visor telescopico en el asiento de tiroteo. Este campo de tiro en el sótano, que había construido él mismo, sólo era conocido por él. Con la puerta oculta al escondrijo cerrado detrás suyo, podría disparar hasta los más grandes de sus rifles sin que un sonido se oyese en la casa encima de él – o en el patio de su vecino confiado, bajo el cual las balas hicieron impacto en el área objetivo.
    Esta noche, sin embargo, el ruido no era ningún problema, y dejó la puerta abierta. Él disparó diez rondas, cada una haciendo un sonido casi parecido a una botella de champán descorchada, pero ni la mitad de fuerte. Los tiros se agruparon muy bien dentro de un círculo de 7,5 cms en el objetivo, que era casi tal como había podido hacerlo antes de modificar la pistola. Oscar estuvo satisfecho; ahora podría cambiar su modus operandi.
    7
    II
    Los disparos de la noche pasada habían debido llegar demasiado tarde al periódico de la mañana, pero las noticias de televisión estaban llenas de ellos cuando Oscar tomó el desayuno. Como había adivinado, ellos, los amos de los medios de comunicación finalmente habían decidido levantar la cortina de silencio con la cual antes habían cubierto sus actividades nocturnas en los estacionamientos. El locutor de telediario con excitación ladró los detalles: «… 12 víctimas conocidas de un asesino loco … motivación racial aparente para los disparos … más de 200 agentes del FBI trabajando en el caso durante las dos semanas pasadas … un hombre alto, rubio buscado como un sospechoso ….»
    En este punto artículo Oscar se hizo atento. Entonces alguien había conseguido un vislumbre de él; esto debe haber sido en el cuarto tiroteo, cuando había dejado su coche y disparado desde una posición a pie. Él paseó en el baño y miró inquisitivamente su reflejo en el espejo: los ojos grises hundidos; las líneas peñascosas que sobresalen de la nariz y barbilla; el rastrojo amarillo en su mandíbula amplia, pesada; los oídos algo de gran tamaño; la cicatriz delgada que corre en diagonal a través de su mejilla izquierda, consecuencia de un accidente esquiando hace algunos años; la frente alta, lisa bajo su pelo despeinado, rubio dorado. Esta era una cara fácil para descubrir en una muchedumbre, lamentablemente.
    Bien, estaba casi seguro que nadie había conseguido una vista clara de su rostro, o habría habido más de una descripción, probablemente hasta el esbozo de un artista. De todos modos, tendría que tener mucho más cuidado en el futuro. Él había sido casi deliberadamente imprudente las pocas primeras veces. El desafío a las autoridades había sido tanto una motivacion como el aborrecimiento que él sintió para aquellos seleccionados como objetivos. Hubo otro motivo también, él reflexionó, y esto había pesado al menos tanto como los demás: el motivo terapéutico, la necesidad de purgarse del malestar espiritual que había estado afligiéndole cada vez más en los pocos años pasados.
    ¿Cómo había comenzado esto? Oscar trató de recordar. ¿Era después de que se mudó a Washington, o había comenzado antes? Probablemente antes; él pensó que podría remontar todo esto camino atrás a Vietnam. Él simplemente se hizo mucho más consciente de ello en Washington.
    En Vietnam eran básicamente los vietnamitas lo que le había molestado. Él había llegado allí sin prejuicios particulares, pero rápidamente adquirió una repugnancia fuerte hacia los vietnamitas de ambos sexos y todas las edades. No le gustaron sus miradas, su olor, sus valores, su comportamiento, o su compañía. No podía ver que hiciera la más leve diferencia si ellos fueran gobernados por una pandilla de gooks comunistas en Hanoi o una pandilla de gooks capitalistas en Saigón. Él habría sido igualmente feliz si los vietnamitas del Sur y los vietnamitas del Norte hubieran sido dejados en paz para matarse el uno al otro indefinidamente.
    Oscar ciertamente no era ningún pacifista; por principios, él no estaba opuesto, ni a las guerras en general, ni a la «acción de policía» vietnamita en particular. Él pensó en su trabajo en Vietnam como algo peligroso, pero también desafiante y excitante. Sin embargo, había ciertas cosas que comenzaron a preocuparle, ciertas ideas fastidiosas.
    Uno era la hipocresía completa y la falsedad de la posición del gobierno estadounidense. Los vietnamitas del Sur supuestamente eran «los aliados» de América, y las fuerzas americanas estaban allí en cumplimiento «de obligaciones de tratado.» Pero eran claramente tonterías. Éstos no eran la clase de criaturas que alguien elegiría para aliados; si América alguna vez entrara en un enredo y necesitara la ayuda militar, no habría ninguna proveniente de este cuarto.
    Mientras mejor él había llegado a conocer a los vietnamitas, más la cantinela santurrona de Washington sobre «ayudar a conservar la libertad» en Asia del Sudeste irritaba sus sensibilidades. Estos gooks no podían preocuparse menos por «la libertad», pero aun si no fuese asi, darsela no valió la vida de uno solo de sus compañeros. Esto era algo que Oscar pensó casi cada vez que uno de los aviadores en su escuadrón no volvió de una misión, y cada vez que él vio los bolsos de goma para cuerpos ser descargados de un helicoptero.
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    Si el gobierno hubiera dicho a cada uno que la acción en Vietnam eran simplemente unas maniobras de guerra – una práctica tipo Espartana para mantener la máquina militar estadounidense bien en forma – y todas las falsas restricciones de objetivo impuestas a las fuerzas estadounidenses eran parte del juego, habría sido más fácil para él de aceptar. Pero mantener el pretexto que ellos luchaban por objetivos nacionales vitales, y al mismo tiempo hacer todo lo posible para evitar la victoria militar que podría haber sido ganada: revolvió el estómago de Oscar y le dejó con una amargura profunda hacia los políticos, los amos de los medios de noticias controlados, y todo los demás que conformaba el «Sistema» en casa.
    Otra cosa que su experiencia en Vietnam le había dado era una apreciación más profunda hacia la gente de su propia clase. Todos los aviadores en su unidad eran – Blancos de hecho, como aviadores ellos eran un grupo muy seleccionado de Hombres Blancos, una élite – y Oscar no podía menos que contrastar a ellos tanto con las tropas ARVN como con los soldados Negros en las fuerzas de tierra estadounidenses intensamente integradas. No era simplemente su xenofobia instintiva respondiendo a diferencias de aspecto y lenguaje; era algo más profundo y más fundamental.
    Las vibraciones eran diferentes.
    Los Negros lo sintieron, y ellos usaron la palabra «alma» para expresarlo: una buena palabra, significando las raíces espirituales del individuo a todas las generaciones pasadas y futuras de su raza. De estas raíces vienen todo: lo físico, mental, y espiritual. Ellas determinan no sólo como un individuo luce y el modo que él piensa y se comporta, sino toda su relación al mundo.
    Tome la palabra «orgullo», por ejemplo, otra palabra muy usada por los Negros. Fue manifestado de modos totalmente diferentes por las varias razas. A Oscar y los otros pilotos esto significó, esencialmente, amor propio, y estaba basado en un sentido individual de satisfacción o logro – sobre todo en su logro en el dominio de sí mismo; esto vino como una aura de dignidad o, uno podría decir hasta, de honor.
    A los Negros, por otra parte, el «orgullo» significó una especie de insolencia fanfarrona, una determinación belicosa de dar un castigo al «Whitey». Esto se manifestó en el modo de una jerarquía de corral.
    En cuanto al vietnamita, era difícil decir si su lengua siquiera habló de tal concepto. Probablemente lo más cercano a que ellos vinieron era algo traducido como «fachada». Como con los Negros esto era principalmente una cosa social, dependiente en las relaciones con otros individuos, mientras en los Blancos esto era mucho más una cosa privada, interior.
    A Oscar no le habían gustado personalmente todos sus compañeros aviadores Blancos; había un par hacia quienes él no había tenido siquiera mucho respeto. Él reconoció los defectos personales de sus compañeros: las debilidades, las estupideces, la tacañería – la vida militar expone la verdadera naturaleza de un hombre como ninguna otra vida – pero ellos sin embargo formaron una comunidad natural. Oscar los entendió, y ellos le entendieron. Ellos podrían trabajar juntos en una tarea común y concordar sobre ello, a pesar de sus diferencias individuales. Con los Negros y vietnamitas, ni Oscar ni sus compañeros podrían formar alguna vez una comunidad tan natural.
    Oscar no odió a los vietnamitas o a los Negros mientras estaba en Vietnam, pero se hizo totalmente consciente que ellos eran razas aparte. Él se dio cuenta de su diferencia innata, así como las diferencias de sus estilos de vida. Él vio sus costumbres populares y sus actitudes como productos de almas de una raza totalmente ajena a la suya propia, y esto le dio un mayor sentido de autoconciencia racial que ese que había sentido antes.
    Él hizo mucha lectura entre misiones, tratando de entender mejor el significado de su consciencia recién aumentada, tratando de verlo en una perspectiva histórica. Lo que comenzó a surgir en Vietnam y se desarrolló más totalmente en la escuela de graduado después de que él se marchó de la Fuerza Aérea, era una comprensión de la base racial de la historia y de todo el progreso humano. Antes Oscar había visto la historia como una mera sucesión de acontecimientos – batallas, revoluciones, avances tecnológicos – asociados con fechas y nombres, y él tenía una noción vaga del progreso como una especie de encadenamiento de acontecimientos, con un acontecimiento político conduciendo al otro, un inventor o artista añadiendo al trabajo de un precursor. Su nueva concepción colocó los acontecimientos en su contexto humano, todos los detalles íntimos del cual eran esenciales para un entendimiento del sentido de la susodicha.
    Tome la guerra de Vietnam como un ejemplo. Oscar podría imaginarse como un estudiante de historia que lee sobre ello en el siglo 25. El relato en el libro de historia, si fuera escrito de la manera que la mayor parte de los libros de historia han sido escritos, hablaría de dos países, uno rico y poderoso, otro pobre, atrasado y luchando para mantener su independencia ante la subversión interna y agresión externa. Esto relataría una serie de eventos políticos y militares en el país pobre, mientras el país rico enviaba a soldados para ayudarle contra sus enemigos; describiría las reacciones políticas en el país rico ante este evento; y analizaría el modo por el cual estas reacciones políticas impidieron al país rico utilizar sus soldados con eficacia para ayudar al país pobre, de modo que finalmente el susodicho tuviera que retirar sus fuerzas de este último pais y dejarlo para ser derrotado por sus enemigos. Las fechas y los sitios de cada batalla principal, los números de tropas implicadas, y los nombres de los líderes de varias facciones políticas en ambos países podrían ser todos reportados sin error u omisión. Aún asi el relato entero sería esencialmente un sin sentido.
    El estudiante de historia del siglo 25 no podría entender posiblemente la guerra de Vietnam a menos que él supiera lo que los vietnamitas eran y lo que los americanos eran; a menos que él hubiera aprendido ya sobre los valores, comportamiento, actitudes, y estilo de vida de los vietnamitas en la manera que Oscar había hecho; a menos que él tuviera una comprensión completa de la condición decadente de la vida política americana en el siglo 20: de la hipocresía, tendenciosidad, los motivos ocultos, la irresponsabilidad total del mando, la ignorancia general y distanciamiento de los ciudadanos, el papel de los medios de comunicacion, los efectos del movimiento por los derechos civiles en la moral militar, y otra docena de cosas.
    La historia es un registro de los pensamientos y las acciones de las personas: no sólo los líderes políticos y los artistas y los inventores como individuos, sino como miembros de las comunidades – racial, cultural, y religiosa con la cual ellos comparten valores y motivaciones, actitudes y tendencias, capacidades y aptitudes, fuerzas específicas y debilidades. Es, por lo tanto, un registro del desarrollo y la interacción de varios tipos humanos: de razas y grupos étnicos, sobre todo lo demás. El registro sólo tiene sentido cuando es leído con un conocimiento completo, detallado de las características físicas y psíquicas del tipo humano particular o tipos implicados.
    A partir del momento que Oscar había entendido esta simple verdad, las cosas inquietantes que pasaban alrededor de él después de su regreso de Vietnam comenzaron a tener alguna clase de sentido. El creciente uso de drogas por jóvenes Blancos; las demostraciones abiertas de comportamiento homosexual por un número creciente de ellos, con la bendición de las noticias y medios de entretenimiento; la aparición en el público de cada vez más parejas interraciales – todas estas cosas comenzaron a encajar en un modelo que Oscar podría entender.
    Entender que la civilización de la cual él se había sentido una parte perdía su sentido de identidad y por lo tanto su capacidad de sostenerse no sólo era molesto y deprimente para Oscar, sino también profundamente frustrante, porque él quiso hacer algo al respecto.
    Si él hubiera sido más una criatura política, Oscar podría haber pensado en competir para un puesto público, quizás hasta organizando un nuevo partido político. Pero él no tenía el estómago para aquella clase de cosa.
    Él sostuvo un aborrecimiento profundo, visceral para el proceso político democrático entero, así como para cada político con que él se había encontrado alguna vez en persona o había visto en la pantalla de televisión. Él no podría, sin un estremecimiento de asco, imaginarse haciéndose un mentiroso habitual y haciendo todas las otras cosas deshonrosas requeridas para ganar el favor de un público degradado e ignorante y unos corruptos medios noticiosos establecidos, sólo de manera que él pudiera ganar las elecciones y la oportunidad de intentar reformar el Sistema desde el interior.
    Ni, él pensó, fuese el tipo para hacerse un panfletero, de modo que pudiera poner una barrera al Sistema desde el exterior. Oscar no sólo era un hombre de pocas palabras, él era un hombre de acción. Su inclinación era hacer algo sobre un problema, no hablar de ello.
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    Lo que él hizo, cuando finalmente decidió actuar, era comenzar a dispararle a parejas racialmente mezcladas en aparcamientos de centro comercial. No era, que él no hubiese dado al asunto bastante pensamiento primero: él había considerado muchas posibilidades, desde usar su maestría electrónica para «irrumpir» en emisiones de televisión comerciales con un transmisor pirata y entregar su propio mensaje, al alquiler de un aeroplano en un aeropuerto cercano y utilizarlo para bombardear el edificio del Capitolio durante una sesión del Congreso.
    Él se decidió por los disparos por tres motivos. Primero, ellos eran muy simbólicos de la enfermedad de América y del peligro que amenaza su raza. Cada uno entendería inmediatamente su significado y la motivación detrás de ellos. Segundo, ellos eran acciones personales y directas; ellos tenían más valor terapéutico para él que lo que un golpe más impersonal contra el Sistema habría tenido. Tercero, y el más importante, eran actos que podrían ser fácilmente imitados por otros. Muy pocos hombres eran capaces de hacer funcionar una emisora pirata o realizar una incursión de bombardeo aérea en el Capitolio, pero muchos podrían tirotear a una pareja de mezcladores de razas en la calle.
    Los amos de los medios de comunicación obviamente eran conscientes de esta tercera consideración, y era la razón de su anterior apagón en sus actividades. Ahora que el apagón había acabado ellos intentaban prevenir a cualquier imitador aspirante al vertirles veneno. Antes de que él hubiera terminado su desayuno, Oscar ya había oído que periodistas en tres canales presentaban los disparos como los delitos más depravados y reprensibles imaginables. Él hizo una mueca cuando escuchó a un cuarto comentarista en tono grave describiendo al pistolero como «obviamente una persona muy enferma.» Claramente, no habría mucha gloria para él en este trabajo.
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    III
    Adelaide todavía escribía a máquina afanosamente en el teclado del procesador de textos en la esquina de la sala de estar cuando Oscar subió del sótano. Él hizo una pausa detrás de ella durante un momento, admirando la gracia tersa de su cuello y hombros. Ella era, él reflexionó, una de las ventajas más atractivas de su relación con la Fuerza Aérea. Él se había encontrado con ella hace cuatro meses en la oficina del Pentágono de su compañero de Vietnam Carl Perkins, donde ella trabajaba como analista civil. Ella había crecido en una ciudad diminuta en Iowa, ganó un B.A. en matemáticas de la Universidad del Estado de Iowa, y ha estado en el área de Washington un poco más de un año.
    Aunque a sus 23 ella fuera 17 años más jóven que Oscar, ambos se habían sentido fuertemente atraídos el uno al otro, y él había hecho una cita con ella en esa primera reunión. La relación se había desarrollado muy amablemente, y últimamente ella y Oscar estaban juntos tres o cuatro veces por semana. Ella era brillante, generosa y util, y siempre alegre, un antídoto refrescante a su propia tendencia hacia la desolación.
    Él le habría pedido mudarse juntos para estas fechas – y ella ciertamente esperaba que se lo preguntara – salvo que él no había sido capaz de reconciliar sus actividades antisistema con aquella intima relación; ¿cómo podría esperar mantener tales cosas en secreto de una esposa? Ya era torpe explicando a ella por qué no estaba disponible a veces.
    Impulsivamente, se inclinó hacia ella, resbaló sus brazos bajo los de ella, y tomó como copas ambos de sus pechos llenos en sus manos. Ella siguió escribiendo a máquina, pero se apoyó atrás contra su cuerpo cuando él comenzó suavemente a apretar sus pezones. Él los sintió endurecerse a traves de la tela de su blusa.
    ¿»Oye, quieres que termine esta propuesta para ti, o qué?» Adelaide se rió tontamente, todavía tratando valerosamente de escribir a máquina, pero ahora también frotando la parte trasera de su cabeza provocativamente contra Oscar.
    «Que,» Oscar contestó enérgicamente, con una sonrisa. «Son ya las nueve, y he estado fantaseando sobre ti todo el día. No pienso que pueda esperar más tiempo. Quedate aquí esta noche, y nos levantaremos bastante temprano mañana para que puedas terminar la última página antes de que tengas que ir para el trabajo.» Él movió sus manos hacia atrás bajo los hombros de ella y la levantó de su silla.
    En sus pies, ella dio vuelta y fluyó suavemente en los brazos de él. Él ávidamente besó su boca, su cuello, sus oídos, su boca otra vez. Sus manos hurgaron brevemente con un botón y una cremallera en el costado de su falda, y esta cayó al suelo sobre los tobillos de ella. Él deslizó ambas manos en sus bragas.
    Ella se acurrucó contra él y susurró en su oído, «¿Oye, amigo, no piensas que deberíamos cerrar las cortinas o entrar en el dormitorio?»
    ¡»¡Ay!! Me olvidé de las cortinas.» Oscar se sonrojó y se apresuró a la ventana, mientras Adelaide recogió su falda y desapareció en el vestíbulo.
    Era justo pasado la medianoche cuando Oscar después echó un vistazo a su reloj. Él se detuvo en la entrada al cuarto de baño durante unos momentos, vacilando con su mano en el interruptor de luz. Adelaide estaba dormida en la cama, yaciendo mitad de espalda y mitad de costado, destapada, y la luz derramada sobre el hombro de Oscar desde el cuarto de baño presentó los contornos suaves de su cuerpo en un relieve agudo. Ella era una mujer hermosa, una de las más hermosas que él había visto alguna vez, alta y delgada y ágil, con piel sedosa y lisa, muslos perfectos rematados por un arbusto lujoso de matiz rojizo, un vientre plano, pechos magníficos, un cuello elegante de longitud extraordinaria, y una cara tan encantadora, tan pura, tan infantilmente pacífica e inocente, que mirarla recostada suavemente allí en la almohada, a media obscuridad en el enredo de su pelo largo, dorado y rojizo, hizo a su corazón arder con el deseo, del modo que arde cuando él miró una puesta de sol excepcionalmente espectacular en el desierto o encontró una vista especialmente gloriosa yendo de excursión en las montañas. Adelaide era realmente una maravilla de la Naturaleza, él pensó.
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    En vez de apagar la luz Oscar pasó a la cama, suavemente puso a un lado el pelo de ella, y la besó suavemente en los labios, tratando de no despertarla. A pesar de su cuidado, sus tapas se abrieron ampliamente tan pronto como los labios de Oscar tocaron los suyos. Él miró fijamente en silencio las profundidades claras, azules de sus ojos durante un momento, y luego sintió sus brazos tirandole contra ella. Él le hizo el amor otra vez, más enérgicamente esta ocasion que antes, casi de manera brutal, y luego dio vuelta y yació atrás contra la almohada, mientras ella se acurrucó en sus brazos y se durmió otra vez, con su cabeza en el hombro de él. La luz del cuarto de baño estaba todavía encendida.
    Oscar estaba muy soñoliento ahora, pero permaneció despierto unos minutos más, pensando. Adelaide era un punto de luz en su vida, y él era muy aficionado a ella. Pero ella tenía un significado para él que fue más allá del afecto personal. Ella era un símbolo de todo lo que realmente importaba para Oscar. Ella era la belleza y la inocencia y la calidad humana personificada. Ella era la mujer arquetípica de su raza. Ella era la justificación última de Oscar para su guerra privada contra el Sistema.
    Nada era más importante le pareció, que asegurar que siempre habría mujeres como Adelaide en el mundo. Debía acabar con cualquier cosa que amenazara con impedir aquella posibilidad.
    Oscar reflexionó sobre la diferencia entre su propio sistema de valores y aquel que pareció ser la norma – o al menos el que fue enunciado por los portavoces de los medios de comunicación. Ellos hablaron de derechos individuales e igualdad y la santidad de la vida. Para ellos, un chucho de nariz chata, coloreado como el barro, con el pelo tieso engendrado por una de las parejas de raza variada que él había estado derribando era tan precioso como un niña de cabellos dorados, de ojos azules que podría crecer para ser otra Adelaide. Más preciosa, de hecho.
    A pesar de su parloteo sobre «la igualdad», estaba claro a Oscar que para ellos la visión del futuro era una en la cual los bastardos color de barro heredarían la Tierra. Él se estremeció involuntariamente.
    Recordó algo que había atestiguado en Washington hace unos años, durante un período cuando muchedumbres de estudiantes universitarios Blancos, clérigos cristianos, activistas Negros, personalidades del mundo del espectáculo, y políticos formados afuera de la Embajada sudafricana casi todos los días llevaban carteles y recitaban slogans contra el apartheid. Resultó que él andaba por delante de la embajada de modo completamente casual cuando dos mujeres sudafricanas que trabajaban allí iban para dentro. Ellas se habían detenido para mostrar sus pases a uno de los policías que formaban un cordón en la acera, manteniendo a los manifestantes lejos de la entrada. Una de las mujeres era una belleza nórdica alta, asombrosa, la otra una morena bastante clara de altura media.
    Varios de los manifestantes se apretujaron adelante para apilar invectivas contra las dos. ¡Él notó a una joven mujer Blanca en particular, probablemente una estudiante universitaria y probablemente bastante atractiva ella misma en circunstancias normales, cuya cara fue retorcida con el odio cuando ella chilló, repetidas veces, «hembra Racista! ¡Hembra racista! ¡Hembra racista!» Estaba claro que ella dirigía su rencor expresamente hacia la alta rubia, casi como si aquella mujer, más que su compañera más baja y más morena, representara todo lo que al manifestante le habían enseñado a odiar. Un clérigo Blanco parado unos pies lejos sonrió satisfecho con aprobación. El clérigo sostenía un cartel que decía, «Todos los hijos de Dios, Blancos y negros, son iguales.» ¡Pero unos, por lo visto, eran más iguales que otros!
    Era lo mismo con todas las lágrimas que la gente de los medios de comunicación derramaban para las víctimas de Oscar. Ellos dijeron disparates sin cesar sobre la santidad de toda la vida humana, y acerca de como nadie tenía el derecho de juzgar a otro y tomar su vida. Oscar pensó en cuan pocas lágrimas estos comentaristas tuvieron que reservar por las víctimas de criminales ordinarios – violadores, atracadores, ladrones armados – quienes mataron a decenas de personas en los Estados Unidos cada día. En verdad, ellos se preocupaban por algunas víctimas mucho más que por otras. Él estaba seguro, por ejemplo, que todos ellos disfrutarían viéndole rasgado miembro por miembro o asado sobre un fuego lento.
    Era completamente normal, por supuesto, preocuparse más por algunas personas que otras, querer proteger unos y ver que los otros sean destruidos. La diferencia entre él y ellos era que él no trató de negar aquel hecho – y que él quiso proteger su propio tipo y destruir aquellos que lo amenazaban, mientras ellos parecieron odiar su propio tipo y amar a aquellos que eran completamente diferentes de ellos.
    Él había leído bastante literatura de los siglos 18 y 19 – incluso de la primera mitad del siglo 20 – para estar completamente seguro que sus propios valores solían ser la norma. ¿Cómo había ocurrido la inversión de los valores? Él sacudió su cabeza somnoliento. Era algo que nunca había sido capaz de resolver, aun cuando estaba ampliamente despierto. Bien, la respuesta podría esperar. Él sabía lo que tenía que hacer, y mañana él tenía la intención de dar otro golpe.
    14
    IV
    ¿»Más café, señor?»
    «Sí, por favor,» Oscar dijo al camarero, cuando puso el dinero para su cuenta en la bandeja, estremeciendose mentalmente ante la cantidad. Él se inclinó atrás en su silla y siguió contemplando las otras mesas en el restaurante, mientras un ayudante de camarero se acercó para retirar los últimos de sus platos. Él había elegido bien su mesa para el objetivo. Esta estaba en un nicho oscuro, parcialmente protegido del área de comedor principal por una planta en un macetero grande, de modo que Oscar pudiera ver sin ser visto. El restaurante era pretencioso, moderno, justo a cinco bloques del Congreso y frecuentado por los buscadores de poder de la ciudad, así como por un buen número de los sostenedores del verdadero poder: legisladores, burócratas de grado superior, abogados, periodistas, cabilderos.
    Durante el transcurso de su comida Oscar había descubierto varias perspectivas interesantes en otras mesas. Él reconoció al Congresista Stephen Horowitz en un grupo bullicioso, ruidoso justo dos mesas lejos.
    Horowitz había estado mucho por la televisión recientemente, cuando su comité sostuvo audiencias en un nuevo proyecto de ley para traer a 100,000 inmigrantes haitianos por año en los Estados Unidos. En un discurso emocional justo una semana antes, él había denunciado a aquellos que se opusieron a su proyecto de ley como los mismos «racistas» que habían estado contra su proyecto de ley más temprano, desde entonces decretado en la ley, para prohibir a los Sudafricanos Blancos inmigrar en el país.
    Qué pequeño hombre horriblemente feo que él era, pensó Oscar, sintiendo un picazón distintivo en su dedo del gatillo cuando él estudió la cara parecida a una rata del legislador, con sus ojos negros escrutadores, chicos y brillantes, juntos y boca amplia, maliciosa. Pero, realmente, los disparos eran algo demasiado bueno para Horowitz. Oscar habría preferido esperar más por una posibilidad para agarrar al hombre solo y trabajar sobre él con un picahielos, despacio.
    Además, él no quiso cambiar objetivos tan radicalmente aún; quería seguir atacando a parejas mezcladas un rato, excepto que ahora tenía la intención de escogerlas de una categoría tributaria más alta, a fin de hacer un chapoteo aún más grande en los medios de noticias. Y había una posibilidad excelente en una mesa al otro lado del salon, que Oscar discretamente había estado vigilando durante la última media hora: un mulato alto, de piel clara con dos mujeres Blancas, ambas de las cuales parecieron llevarse bien con él.
    Oscar no tenía idea de quiénes eran las mujeres, pero había visto al mulato en las noticias de televisión varias veces – una vez, de hecho, con Horowitz, en una conferencia de prensa sostenida en la calle delante de la Embajada sudafricana. Él encabezó una organización que cabildeó para una legislación punitiva contra Sudáfrica y ayuda económica para países africanos gobernados por Negros. Quizás las mujeres eran empleados de su organización, o quizás sólo un par de admiradoras del poder, una especie demasiado común en esta ciudad.
    Finalmente el mulato pagó su cuenta, luego se paseó a la mesa de Horowitz para presentar sus respetos, con una de las mujeres colgando a cada brazo. Oscar se levantó y dejó el restaurante sin mirar otra vez hacia sus objetivos intencionados. Fuera él hizo una pausa en el panel de diarios operado por fichas y compró un Washington Post.
    Desde la esquina de su ojo él vio al mulato y sus compañeras Blancas emergiendo del restaurante y dando vuelta a la izquierda, abajo una acera bordeada de árboles e imperfectamente iluminada. Oscar los siguió a aproximadamente 30 pasos.
    Tan pronto como él estaba fuera del área alegremente iluminada frente al restaurante, él deslizó su pistola silenciada fuera de su abrigo y hacia el periódico doblado que sostenía en su mano derecha. El trío delante de él dobló la esquina. Cuando Oscar alcanzó la esquina ellos entraban en un Cadillac blanco modelo tardío, aparcado en el borde. Él rápidamente exploró el área y evaluó la situación, sintiendo la tensión familiar en sus músculos, la transpiración helada en sus axilas. Aunque hubiera una cantidad moderada de tráfico en la calle con el restaurante, no habían vehículos moviendose en la calle lateral. Los peatones más cercanos eran un grupo de cinco personas que él acababa de pasar en su camino hacia el restaurante; ellos estaban al menos a 30 mts de distancia ahora, dando sus espaldas a él.
    Oscar aumentó su paso y se dirigió al costado del Cadillac mientras el mulato cerró la puerta de pasajeros delantera para las dos mujeres. Oscar dio vuelta bruscamente a la derecha y le interceptó en el borde detrás del coche. Cuando el mulato alzó la vista con sorpresa y molestia ante el Blanco grande que de repente bloqueaba su camino, Oscar levantó su pistola, todavía cubierta por el periódico, y pegó un tiro a su víctima entre los ojos. El mulato retrocedió pesadamente contra el vehículo sin pronunciar un sonido, luego se tumbó en la cuneta. Oscar disparó dos tiros más cuidadosamente apuntados en su cabeza, luego anduvo adelante y abrió sacudiendo la puerta del Cadillac. Las mujeres no habían comprendido lo que pasaba, y Oscar rápidamente y con precision pegó un tiro a cada una de ellas en la cabeza una vez, luego dos veces más. Entonces él dio vuelta y anduvo acelerado enérgicamente atrás hacia la avenida central.
    Oscar echó un vistazo a su reloj cuando condujo atrás a través del Potomac en Virginia: justo a las ocho – todavía no demasiado tarde para ver a Adelaide. Él le había dicho que cenaría con algunos oficiales de contrato en la Base Andrews de la Fuerza Aérea esa tarde y le haría una llamada si se escapara temprano. Le dolía a él mentirle, pero no podía ver ningún otro modo de tratar con la situación. La muchacha era inteligente y tenía instintos básicamente buenos, pero él no tenía ninguna intención de cargarla con el conocimiento de – y por lo tanto la responsabilidad moral de – su guerra privada. Ella no había pasado por las experiencias en Vietnam que él tenía, tampoco ella había compartido su prolongado examen de conciencia para un entendimiento del sentido de muchas de las cosas que pasan alrededor de ellos – como el mestizaje. Él no estaba para nada seguro que sería capaz de hacerla aceptar la necesidad moral de sus acciones. Como todas las mujeres, ella con mucho mayor probabilidad se concentraría en los aspectos personales – en lo que le pasaba a los individuos que Oscar eligió como objetivos – que en la justificación impersonal para aquellas acciones y sus implicaciones para el futuro de la raza.
    Oscar había tenido que endurecer su resolución esta noche para matar a las dos muchachas. Él no tenía duda en absoluto que lo que había hecho era correcto, pero había algo en él que se resistió a cometer violencia contra una mujer de su raza – aun cuando ella claramente lo merecía. Había sido más fácil en los aparcamientos de supermercado. Todas aquellas mujeres eran obviamente del tipo más bajo – guarras Blancas sin valor que se habían casado con Negros porque ellas no tenían ninguna mejor perspectiva entre hombres de su propia raza. Pero las muchachas esta noche habían sido moderadamente atractivas, hasta elegantes. Demasiado mal.
    En cuanto al mulato, allí definitivamente había habido más satisfacción para Oscar en matarlo a él que a los otros Negros. En parte era porque éste se había declarado en público un enemigo de la raza Blanca mediante sus acciones contra los Blancos de Sudáfrica, y en parte porque él era un negro tan arrogante, fanfarrón, desdeñoso. Tal vez, también, era porque las muchachas con él podrían haber ascendido a algo en circunstancias diferentes. En todo caso, Oscar sospechó que su satisfacción aumentada pronto sería emparejada por la angustia aumentada en las filas del enemigo.
    Su sospecha fue confirmada después esa tarde. Él y Adelaide estaban sentados en la cama para mirar las noticias de las 11 juntos, como a menudo hacían. Esta noche la presentación era desigual y desorganizada, el resultado obvio de un equipo de noticias que ha conseguido la cinta de la historia grande del día demasiado tarde para editarla. ¡Sin cualquier preliminares el locutor del telediario comenzó, «Parece que el asesino de razas ha atacado otra vez!»
    Oscar miró con fascinación cuando la cámara exploró la escena de su actividad hace unas meras tres horas, ahora plagada con policías uniformados, agentes del FBI, periodistas, y personas presentes curiosas. Los agentes del FBI ya habían detenido a un sospechoso y lo interrogaban, según el locutor de telediario. Esto trajo una sonrisa involuntaria a los labios de Oscar.
    El verdadero foco de las noticias estaba en el mulato que Oscar había matado, Tyrone Jones. Había sólo una mención superficial de las dos mujeres Blancas, y luego un elogio largo a Jones y su papel en «la lucha para la libertad e igualdad en Sudáfrica.» El senador Horowitz dio una breve entrevista, mencionando que él había estado con Jones sólo unos minutos antes de que le dispararan un tiro a éste último, y que él había perdido un «querido, estimado amigo.» Horowitz prosiguió a decir que él tenía la intención de pedir una investigación del Congreso sobre los disparos a Jones y las otras matanzas de parejas racialmente variadas. Entonces él se inclinó hacia la cámara con una mirada de soslayo torcida en su cara: » Cualquiera que piensa que puede detener el progreso que hacemos en las relaciones raciales, en nuestros esfuerzos para derribar las viejas barreras de odio y prejuicio que separan las razas, mediante estos asesinatos, está terriblemente equivocado. Pondremos todos los recursos de nuestro gobierno detrás del esfuerzo para rastrear al asesino enfermo o asesinos responsables de ellos. América seguirá su marcha hacia una sociedad totalmente integrada, y a nadie se le permitirá estar de pie en el camino. »
    Luego había cinco segundos con los padres afligidos de una de las mujeres que habían sido tiroteadas.
    ¡Adelaide sacudió su cabeza en compasión y murmuró, «Que terrible!»
    «Si ella estaba con esa criatura Jones, mereció ser tiroteada,» respondió Oscar.
    ¡»Ah, Oscar! ¿Cómo puedes decir eso? Esto es horrible.»
    Oscar suspiró y no dijo nada, pero pensó para sí que iba a tener que comenzar a hablar con Adelaide de algunas cosas pronto.

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