Apuntes acerca de la amplitud de las coaliciones políticas en Sudamérica

¿Puede el modelo nacional, popular y democrático (o el proyecto kirchnerista, a secas) ser encarnado en una nueva etapa por un liderazgo que no porte el apellido Kirchner?¿Existe alguna alternativa viable y eficaz en el kirchnerismo “paladar negro” que asegure el triunfo electoral del 2015?¿Representa la candidatura de Daniel Scioli la continuidad del proyecto K?. El modelo para lograr institucionalizarse ¿puede dejar la conducción del mismo en manos de un moderado?¿Es central para el proyecto de transformación un liderazgo de credenciales ideológicas definidas? Los procesos políticos de corte reformista (para denominarlo con un concepto abarcativo y que dé cuenta del conjunto de transformaciones en interior del entramado económico- social) ¿son indivisible de la conducción de sus líderes?.

La suma de preguntas que se concatenan en el inicio de este post son las que vienen formando parte del menú de interrogantes que sobrevuelan los análisis políticos interesados en el buen porvenir del proceso (aunque por ahora tímidamente y de reojo) y que de alguna manera forman parte de una suma de enigmas que no cuentan con una respuesta rastreable fácilmente en el pasado nacional. El liderazgo de las figuras emblemáticas de la política argentina desde la restauración democrática ofrece un abanico dispar en cuanto a muchas de las preguntas esgrimidas al comienzo de estas líneas. El menemismo no pudo administrar la sucesión y el proyecto neoliberal, por ausencia de reemplazo y agotamiento social, quedó sepultado en el “que se vayan todos”. El alfonsinismo cayó en las ruinas de la hiperinflación y del golpe de mercado, sin alternativas continuistas. Las otras versiones radicales y peronistas del periodo, no cuentan como evidencia. Y hasta hoy, el kirchnerismo, sólo pudo sucederse a costa de llevar en la boleta el mismo apellido.

Desde allí que se torne necesario cruzar las fronteras nacionales y observar qué panorama nos muestran los países vecinos. Tomaré en cuenta tres procesos: Brasil, Uruguay y Chile. No sólo por que forman parte de un conjunto similar por geografía y por historia común, sino también por otras cuestiones, ligada al sistema político y sus líderes, que lo muestran más afín que el resto de los países sudamericanos.

Empecemos por  Uruguay. Desde el año 2005, el FA gobierno el país vecino a partir de una alianza de partidos en la que conviven diversas líneas internas. La sucesión presidencial del moderado Tabaré Vazquez recayó en el más “osado” Pepe Mujica, quien había sido el rival en la interna del partido del delfín del primer presidente frenteamplista, el más que moderado, Danilo Astori. Es decir, Tabaré no pudo asegurar su propia sucesión y debió aceptar que el voto interno del Partido (una vez más) definiera el candidato presidencial del 2011. Así la fórmula Mujica- Astori fue la vencedora mostrando, por un lado, la amplitud ideológica (y de estilos) de la coalición centroizquierda uruguaya y por el otro, la capacidad del Partido para delinear las estrategias electorales sin aceptar mansamente el dedo de su líder.

En Brasil, la historia política del PT se construyó a partir de las derrotas de 1990, 1994 y 1998 en donde el candidato Lula no logró convencer al electorado de su proyecto, que a la postre se alejaba en cada contienda electoral de sus posturas históricas (hacia una mayor moderación), debiendo rearticular una alianza más amplia para poder captar los votos necesarios para vencer en la elección de 2002. Para elló debió ceder la vicepresidencia a un empresario, José Alencar, extendiendo cualitativamente la coalición de gobierno en una dirección más moderada (por no decir conservadora). La primera gestión del ex tornero, tuvo como característica principal un excesivo cuidado por las cuentas fiscales, dando paso al segundo mandato en el cual, la prioridad se dirigió al área social. El éxito obtenido, le permitió digitar la sucesión, sin grandes resistencias en el interior del partido.

En cuanto a Chile, la propia extensión ideológica de su coalición de gobierno que durante 20 años gobernó el país trasandino, marcó desde su génesis una extensión ideológica amplia (que va desde la democracia cristina ailwinista hasta el Partido Comunista) con un nucleo duro de moderados alrededor de figuras como Lagos y Bachelet. Es decir, se trata de una alianza de partidos con característica similares a las anteriores en cuanto a su extensión, pero en el caso chileno esta se mimetizó, por su moderada gestión política, con una derecha pragmática de la cual cada vez más le cuesta diferenciarse (parte de la derrota puede explicarse desde ahí). La explosión de la sociedad civil chilena de estos últimos años, en especial en la arena juvenil y educativa, afecta a las dos coaliciones por igual y evidencia las particularidades del caso trasandino, a la que durante décadas se lo solía caracterizar como la democracia modelo en la región.

¿Qué factor común tienen estos procesos?

  • En primer lugar se observa que los tres procesos presentan similares características en cuanto a la extensión ideológica de sus coaliciones pertidarias.
  • En segundo término, que la conducción de los procesos pueden estar en manos de los sectores moderados o más reformistas (por decir una palabra que denote algo más que mantenimiento del status quo) de la alianza de gobierno.
  • En tercer lugar los tres procesos lograron institucionalizar su gestión gubernamental en base a eficaces sucesiones presidenciales (para el caso chileno, no tomo la última elección).

 

Después del breve repaso por la expericiencia de los países del cono sur volvamos al caso argentino. Al no tener a mano una respuesta inmediata a las inquietudes que encabezan este post, me guarezco nuevamente en los interrogantes: ¿Es posible repetir un proceso de recambio presidencial con características similares a las descriptas en forma precedente? ¿Podrá el kirchnerismo avanzar hacia un proceso de sucesión amplio en lo ideológico pero que mantenga los pilares centrales del modelo?. Poniendo nombres y apellidos a las preguntas ¿Será Daniel Scioli el candidato del espacio kirchnerista? El moderado (o conservador) Scioli, ¿tendrá la voluntad de poder para modificar el “nucleo duro” de políticas económicas y sociales del kirchnerismo (como piensan algunos) o simplemente mantendrá constante el esquema del modelo agregando su impronta ideológica en dosis homeopática?. ¿Puede un moderado, que a la postre y en forma paradójica sostuvo durante los últimos nueve años las medidas más importantes del proyecto, conducir un proyecto de transformaciones económicas como el que encarna el kirchnerismo, sin dar grandes volantazos?

Arriesgo una respuesta: el pragmatismo de Scioli no le impide sostener en sus trazos gruesos el modelo, aunque considero que con esa candidatura se clausuraría la profundización del proyecto: es decir, Scioli sería una de las cartas para institucionalizar el modelo (ampliando la extensión de la coalición) pero poniéndole al mismo tiempo un coto a la ampliación del mismo. Lo que el ex motonauta asegura (candidatura ganadora, sostenimiento (muy) moderado del modelo e sucesión ordenada – dejando abierta la posibilidad de retorno de CFK) se convierte al mismo tiempo en un congelamiento de propuestas de un mayor nivel de profundización. La otra alternativa que el gobierno tendrá a mano, es la constitución de un candidato “K puro” que deberá desafiar en una interna (con los costos que ello contrae) al hasta ahora seguro (por sus propias palabras) candidato en el 2015. Qué hará el kirchnerismo, es para estas horas, una pregunta cuasi retórica a tres años de la próxima elección presidencial.

 

 

 

Mariano Fraschini : Doctor en Ciencia Política y docente (UBA- UNSAM)