El triple salto: de Schmitt a Néstor Kirchner

(Se viene dando un debate sobre Schmitt, primero en Crítica de la Argentina, aquí, aquí y hoy aquí. También en FP se publicó este post, con muy buenos comentarios. Ahora voy yo).

Con excepción del título, la nota de Diego Genoud “El pensador nazi que inspira a Néstor”, no vincula el marco teórico del nazismo con el proceso político que tiene lugar en la Argentina desde el 2003. Debe decirse, también, que no son siempre los periodistas quienes titulan las notas en los diarios: un trabajo de lectura entre líneas del título y la bajada muchas veces da cuenta de la línea editorial de un periódico de manera más efectiva que sus contenidos.

Lo cierto es que el título de la nota realiza un triple salto: si Schmitt es el pensador del nazismo, y Néstor Kirchner es definido como un schmitteano en su concepción de la política, queda en manos del lector realizar el proceso lógico de transitividad: el kirchnerismo concibe la política a la manera del nazismo. Resulta problemática esta idea por varias razones. En primer lugar, la discusión sobre la adscripción de Schmitt al régimen nazi. No puede negarse la complicidad del autor con el régimen y, aún más, no tiene por qué ocultarse: Ahora bien, la pregunta es cómo juega ese factor biográfico en la concepción schmitteana de la política. Una aproximación simplista eludiría la cuestión por razones espacio-temporales: mencionando el año de publicación del texto que se discute en la nota, “El concepto de lo político, 1932”, la discusión parecería quedar zanjada. Quizás un desafío mayor constituya cuánto de ese esquema schmitteano contribuyó finalmente a la concepción biologicista del racismo nazi. Y la respuesta, ahora sí, parece ser más sencilla: en nada. Al menos, no sin distorsionarlo.

En segundo lugar, debe mencionarse la peligrosidad de ese salto teórico que se pretende: la distinción amigo-enemigo como específica distinción de lo político, independiente y autónoma de la distinción estética, económica y/o moral, no es, bajo ningún aspecto, la distinción nazi entre la raza superior frente a la inferior. Esa distinción, principalmente, no habla de ningún contenido específico, sino de una intensidad: no hay política, en Schmitt, si no hay un antagonismo lo suficientemente intenso como para constituir “un agrupamiento en base a los conceptos de amigo-enemigo”. Cualquier derivación de esa idea en la lógica racista nazi es, cuanto menos, una interpretación que niega la idea misma de la política en sentido schmitteano: un enemigo racial es un enemigo absoluto, un Otro con el que resulta imposible cualquier idea de confrontación política, sino a través del exterminio. El propio Carl Schmitt, en una nota al pie de su obra “El concepto de lo político”, sostiene: “Quien se encuentra en lucha con un enemigo absoluto –trátese de un enemigo de clase o de raza o de un enemigo eterno sin límites –no está interesado en nuestras preocupaciones relativas al criterio de lo político; por el contrario, ve en ello un debilitamiento suyo a través de la reflexión”. El enemigo racial, el judío como expresión del Otro inferior biológicamente, es absoluto: el nazismo es una negación de la política, como mínimo, en términos schmitteanos.

Mouffe rescata a Schmitt para sostener la idea de que la política en términos adversariales no ha desaparecido: la lógica amigo-enemigo persiste. La peligrosidad que advierte, en todo caso, es que esa lógica se establece en términos morales: “en lugar de una lucha entre izquierda y derecha, nos enfrentamos a una lucha entre bien y mal”. Las posturas de cierto espacio opositor al Gobierno parecen confirmar el temor: se advierte la idea de que negociar con este Gobierno es negociar con el Mal, independientemente de si una ley es políticamente necesaria o no.

Muchas veces, se critica del kirchnerismo que enfrenta a sectores a los que anteriormente ha hecho concesiones, como una incoherencia, acaso como una inmoralidad. En ese sentido, existe una concepción schmitteana: los enemigos políticos no son absolutos. El peligro lo constituye el hecho de que los enemigos sean morales: la moralización de la esfera política es una forma de la pospolítica. Cae bajo esa égida la idea del consenso absoluto como el Bien, enfrentado al Mal entendido en términos de conflictividad. La crítica de Mouffe al liberalismo, vía Schmitt, es la crítica a la anti política como consenso universal que niega los conflictos inherentes de la democracia y sus actores sociales, una crítica destinada a la idea de que los conflictos sociales son, en verdad, una anomalía que debe superarse

Ni Schmitt ni Mouffe establecen una teoría normativa, acerca de cómo las cosas deberían ser: expresan, en todo caso, una concepción de la democracia como conflicto latente. Debatible o no, a partir de ese diagnóstico surge la necesidad de establecer el marco institucional para encuadrar el conflicto dentro de las reglas de juego de la democracia. Aquellas que permiten, en todo caso, procesar los conflictos esenciales en el marco de un debate donde, por lo menos, los actores puedan reconocerse como iguales. Si el kirchnerismo verdaderamente ha reivindicado a Schmitt, la lección que debe dejarnos de ese autor, es la necesidad de hacer política, con políticos y en términos políticos.

Por último, la idea de que la relación aliado-adversario es una dimensión constituyente de la política, no es, además, una propiedad exclusiva de Schmitt. Es un tema presente en el pensamiento platónico, en Maquiavelo, en Hobbes, y en Nietszche–por no mencionar a Hegel, para quien el conflicto de las conciencias es una invariable ontológica, ni a Marx, quien ve en el conflicto entre el “nosotros” proletario y el “ellos” propietario el motor de la historia. Solo unos pocos imaginan una política en donde se ha borrado el conflicto, y no suelen ser, reconozcámoslo, aquellos mas interesantes para comprender que es la política. A no ser que pertenezcan a esos grupos que gustan de decir “hay que consensuar, la política es consenso” mientras muestran, silenciosamente, el palo que llevan en la mano.