El triunfo pírrico de Massa

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Es inobjetable: Massa logró con apenas una movida de baldosa ordenar detrás de sí a buena parte de la oposición política y mediática. El debate sobre la reforma del Código Penal quedó, por ahora, atado a un marco ideológico absolutamente reaccionario. Hace falta remontarse casi diez años atrás para encontrar una situación semejante, cuando las calles de Buenos Aires se llenaron de ciudadanos pidiendo mano dura ante el shock que provocó el asesinato de Axel Blumberg, que finalmente terminó en una avalancha de modificaciones legales en el Congreso, cuyo único logro fue saciar la sed de penas más altas.

Sin embargo, Massa puede haber quemado demasiados barcos antes de tiempo. En primer lugar, el embate desenfrenado contra lo que es apenas un borrador de un eventual proyecto de ley, muestra un grado elevado de desesperación por figurar en los primeros planos mediáticos. El triunfo en la provincia de Buenos Aires en las elecciones legislativas de octubre pasado duró lo que tardó en conocerse el fallo de la Corte Suprema a favor de la Ley de Medios.

Después, aparecieron problemas económicos reales, frente a lo cual el massismo quedó nuevamente desdibujado. En lo que va del año, dentro y fuera del peronismo, un ramillete de dirigentes con los mismos o con más pergaminos que Massa, dieron a conocer sus intenciones de ser candidatos presidenciales para el 2015, lo que terminó de atemorizar al ex intendente de Tigre con la pesadilla de ser uno más del pelotón.

Así, lo que parece haber sucedido es comprensible, dentro de una lógica política ultra pragmática: ante el peligro de desdibujamiento, Massa tomó el primer atajo que se le presentó para volver a escena. Pero con una característica que probablemente lo acompañe de acá en más, en forma de estigma: no tiene ninguna referencia ideológica o programática clara. Y no se trata de los consabidos esquemas de “izquierdas y derechas”, sino de la muy publicitada “institucionalidad” y “diálogo político”, elementos discursivos que habían sido esgrimidos durante toda la campaña electoral por el propio Massa. Es más, fueron, según decía, las razones que lo habían llevado a irse del Frente para la Victoria…

¿Qué queda ahora de ese lenguaje prolijo y ameno, de esas “formas” que lo cubrían todo, del planteo de “mantener lo bueno y modificar lo malo”? Es casi increíble, pero la inconsistencia programática del masismo es tal que, a pesar de haber barrido a De Narváez en las elecciones, terminó asumiendo su agenda. Y no sólo en lo concerniente al enfoque reaccionario de la seguridad ciudadana, sino en un sentido más amplio, en el retorno a la anti política, que tiene por rezo que los políticos son “malos”, frente a una sociedad que está “sola” y “desprotegida”.

El problema, para Massa, es que la sociedad dio muestras de que ese discurso puede calar en momentos concretos, puntuales, pero difícilmente sea una plataforma posible para llegar a la Casa Rosada. Ahí están las legislativas del 2009 y las generales de 2011, tan distintas en sus resultados, no por cambios mágicos en las ofertas políticas, sino por la elemental razón de que la sociedad apela al “correctivo” para las elecciones de medio término y plebiscita el rumbo general cuando elige un presidente. En estos días, Massa se pareció más a un candidato a diputado en busca de tribuna y “voto bronca” que alguien que quiere gobernar el país en dos años.

Por otro lado, el borrador para la reforma del código penal no podía estar más lejos de lo que se le suele achacar al kirchnerismo: los principales referentes en materia legislativa y judicial del radicalismo, el socialismo y el macrismo participaron durante un año y medio de reuniones semanales de trabajo en equipo, lo que terminó plasmado en un borrador de trabajo donde los acuerdos fueron mayores a las diferencias.

Es decir, el “moncloísmo” tan declamado había tomado una forma concreta y real, a partir de un diagnóstico compartido por gente como Gil Lavedra o Federico Pinedo que difícilmente puedan ser estigmatizados como “abolicionistas de la pena”.

Sin embargo, al oportunismo de Massa se le sumó el cambio de postura de los dirigentes opositores: Macri, por el PRO, Sanz y Cobos, por el radicalismo, salieron a desautorizar a sus propios referentes que habían participado en la elaboración del documento. El resumen de GIl Lavedra no puede ser más categórico: “Es patético ver a todos los dirigentes políticos corridos a la derecha”. Algo que sintetiza una de aquellas cosas que parece que no cambian en la era kirchnerista: lo que emerge como opción al gobierno termina, tarde o temprano, ubicado a su derecha.

Así, lo que es presentado como un triunfo político para el massismo tiene las semillas de todos los intentos opositores frustrados de la última década. Y esa frustración reiterada tiene algunas claves que la explican. En primer lugar, en vez de crear una agenda propositiva que, en verdad, se sostenga a partir de los avances indiscutibles de estos años, la oposición terminó privilegiando una crítica abstracta y generalista a todo lo hecho por el kirchnerismo, sin distinguir logros de tareas pendientes, aciertos de errores. Esa crítica totalizadora impide advertir los desafíos reales que enfrenta el país, como la soberanía energética, el desarrollo industrial, el trabajo informal o la vivienda. Sobre estos temas, no existe ni por asomo el gasto de energía política que usa la oposición para instalar el miedo atávico sobre la seguridad. Para decirlo en dos palabras: la oposición parece no tener en cuenta los cambios de la última década, y por momentos, ni siquiera la crisis del 2001. Y sin esas dos referencias, es muy difícil proponer algo que no sea caminar hacia atrás.

En segundo lugar, la oposición tampoco pudo ser fiel a sus distintas vertientes ideológicas o sociales. Con sus dirigentes arrastrados por cualquier operación mediática, o por una encuesta de opinión, o por un “sentido común” que supuestamente impregna a toda la sociedad (como el reclamo de “mano dura”) nunca pudo establecer sus contornos, mostrar sus alternativas, exponer sus matices. Después de esta salida en bloque con el código penal, ¿qué diferencia al radicalismo del Pro? ¿y a UNEN de Massa? El socialismo, que suele tener algún prurito ideológico más sólido, por ahora no definió claramente su posición, y hasta el momento parece acompañar la reforma. Sin embargo, carece de fuerza para imponer ese criterio al resto del arco anti kirchenrista.

El gobierno deberá, al mismo tiempo, replantear la inteligencia con que desata algunos debates. El terreno de la justicia, donde ya tuvo un mal paso con la fallida reforma judicial el año pasado, avisó sobre la complejidad que tiene tocar asuntos que conciernen a ese poder. Si en aquel momento el freno estuvo puesto por la corporación estamental, que se abroqueló desde sus instancias máximas para impedir cualquier proceso de democratización e igualación con el resto de los mortales (nunca está demás recordar que los jueces siguen sin pagar ganancias…) en este caso el campanazo vino por la invocación de un supuesto sentir “popular”. Confiado, tal vez, en que el apoyo de la oposición estaba garantizado por la participación de figuras representativas de estos partidos, el gobierno no tomó la delantera para explicar “a la calle” qué se estaba reformando y qué no. El imaginario fue, entonces, ocupado por slogans engañosos que advertían que de ahora en más los presos saldrían de sus celdas para volver a delinquir, que los violadores serían tratados como víctimas y que un condenado tendría como única pena quedarse cómodamente en su casa viendo televisión. El gobierno había logrado ordenar a la política sobre una propuesta propia pero amplia, con participación real de actores opositores. Pero ese objetivo encomiable chocó con los límites de las valentias políticas de los líderes del radicalismo y el PRO, que enfundaron el violín ni bien asomó la ofensiva de Massa y los medios contra la reforma.

Algunos festejan la jugada de Massa, como una “genialidad política” que, además, muestra un estado de ánimo del kirchnerismo, que se bate en retirada en su fin de ciclo. Parece una conclusión subida de tono: aún consiguiendo frenar la reforma del código penal, el massismo quedó desnudo, imposibilitado de continuar con el discurso conciliador que sí le había dado rédito político real, en votos constantes y sonantes, hace apenas cuatro meses. Arrinconado, de ahora en más, como una referencia política reaccionaria, solitario en el escenario opositor, Massa sólo puede esperar que la sociedad pegue un salto al vacío en una dirección opuesta a la de estos años. Nada quedó ya de el candidato que proponía un cambio suave, gestual, como forma de hacer aterrizar suavemente el ciclo largo del kirchnerismo. Paradójicamente, esta nueva actitud termina de quitarle la singularidad que lo había diferenciado del resto de la oposición. Nació un lilito peronista.

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