La alegre empresa de todos

Estoy leyendo la autobiografía de Jorge Antonio (véase su obituario, por Susana Viau) “¿Y ahora qué?”, en una edición impresa en 1970. Voy por la mitad. No llegué al golpe del 55. Transcribo los párrafos que más me impactaron de esta historia. Digo “esta historia” porque no importa acá si “es verdad” o no. Me parece interesante la historia y me dispara una serie de ideas. No necesariamente lineales o que siguen el texto “al pie de la letra”. Ideas.

Como simple contexto, diré que Antonio, hijo de inmigrantes, nació en 1917. Dice haber trabajado en el frigorífico Swift y en la construcción de la Ruta 2. En 1939, con 21 años, luego de cumplir el servicio militar, se convierte en técnico especializado en Rayos X en el Ejército. Dice haber participado del 17 de octubre, con 27 años. De repente, conoce a José Figuerola, cerebro del Primer Plan Quinquenal. Trabaja en la Secretaría Técnica, en la confección del plan, en las oficinas de Larrea 1440. Se pelea con Figuerola y ahí arranca su carrera empresaria.

Todo el relato está lleno de baches, de cosas que no se explican bien, todo va muy rápido. Pero no deja de ser muy intersante. Van fragmentos :

“Comencé a tomar contacto, otra vez, con el interior del país. Iba por cuestiones comerciales y visitaba toda clase de construcciones. Comprendí que todas las previsiones del Plan Quinquenal, a cuya elaboración había contribuido con tanto amor y voluntad se cumplían rigurosamente. La Argentina estaba poseída por el afán creador y todo nos daba la seguridad de que aquello no se dentendría nunca. (…) También me dí cuenta que, en plan de realizaciones, la actividad privada superaría a la del gobierno que, desd eya, y por sí sola, era muy grande y preveía cosas que nuestro espíritu nunca se había atrevido a imaginar”.

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“Nunca se avino con mi temperamento la pequeña especulación, eso de dar un golpe y luego detenerse, esperar. ¿Esperar qué? ¿A que la vida nos consuuma estúpidamente nuestras energías, mientras vemos cómo van engrosando las cuentas bancarias con avidez de usurero o rentista? ¡No!, ¡yo iba a subir con el país!, ¡junto con otros argentinos que tuvieran sueños similares a los míos! ¡Y habría de lograrlo, plenamente!”.

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“Un día me dijo que se le había ofrecido un negocio nuevo, de muy buenas perspectivas, pero que él no quería complicaciones a esa altura de su vida. Se trataba de construir chatas areneras, de esas que buscan sus cargas en el lecho del Plata. Era, de verdad, una actividad completamente nueva, hasta entonces no intentada por nadie. Era la creación de una industria, la iniciación de una empresa distinta. Ya mi imaginación volaba: veía grandes astilleros, miles de obreros trabajando en ellos y barcos argentinos, totalmente argentinos, surcando los mares dle mundo. No eran desvaríos. Simplemente, se trataba de mi imaginación, fundamentada sobre una voluntad creadroa, apta parea empresas desconocidas, fuera de lo rutinario. He sido siempre así”.

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“Al finalizar el año 1948 se habían vendido unos trescientos cincuenta automóviles. Mis ganancias alcanzaron alrededor de un millón de pesos. Pero yo no quería meter ese capital -entonces bastante considerable- en un hucha ni en ninguna cuenta bancaria. Quería movilizarlo, crear nuevas actividades”.

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“Fui, pues a entrevistarme con los directivos de la General Motors. Les hablé con detenimiento y se sientieron vivamente intersados por mis propuestas. En el segundo contacto me presentaron al Presidente de la empresa, el señor Wilson, que luego sería Ministro de Guerra del General Eisenhower. ¡Qué distinto! Allí un industrial pasaría a ser nada menos que el hombre de quien dependieran los planes militares de una potencia mundial. En la Argentina, otro industrial, que amaba intensamente al país, que trabajaba por su bienestar y la prosperidad de sus compatriotas, sería tratado peor aún que un simple delincuente de orden común…”.

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“En un momento determinado, y cuando ya los embarques estaban casi concluidos, nos encontramos con que las ventas se hallaban paralizadas debido, quizá, a una momentánea saturación del mercado. Mis socios llegaron a desesperarse y una tarde se reunieron todos, poniéndose de acuerdo sobre un solo punto: Jorge Antonio es el culpable de la ruina que se nos avecina, él se ha equivocado y por eso no podemos colocar los mil coches que están en el puerto. ¡Necios! ¡Flojos de espíritu, faltos de hombría! (…) Al fin, cuando me harté de tanta estupidez y mediocridad, les comuniqué que, en cuarenta y ocho horas más, no tendríamos un solo automóvil en nuestro poder”.

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“Fui a casa, me higienicé, cambié de ropa y hablé telefónicamente con mi amigo, el coronel en situación de retiro y abogado, Darío Saráchaga, que, en esos momentos, ocupaba la presidencia de ‘Clarín’”. (…) “Así fuimos al despacho del doctor Noble, en ese entonces instalado en la Avenida de Mayo (…). De pronto le dije a Noble, a boca de jarro: puede imaginarse que mi visita no es de cortesía. ‘De lo que sea, estoy a su disposición, Jorge Antonio’. Entonces me explayé. Le conté cuanto planeaban los distribuidores y la mala acción que estaban a punto de cometer conmigo. (…) “Entonces puse un ejemplar de ‘Clarín’ sobre su escritorio y le agregué: la prensa miente muchas veces, tergiversa los hechos en infinidad de oportunidades y, en fin, ajusta la realidad a sus propios intereses. Lo que vengo a pedirle es que mienta una vez más. Pero, en este caso, será una especie de mentira piadosa. Asintió, aunque dando grandes circunloquios. (…) Pero, finalmente, convino en que yo tenía toda la razón del mundo. ‘Pero lo que no veo, Jorge Antonio’, me dijo, ‘es qué tiene que ver Corea con su negocio de automóviles’. Tiene, verá que tiene… le dije en un tono entre serio e irónico que lo dejó más perplejo aún. Y expuse mi pensamiento: los Estados Unidos tienen toda clase de problemas en estos momentos, la industria está prácticamente dedicada a la guerra, produciendo toda clase de materiales con destino a la misma. Como la situación se agrave, aún más, cosa que sucederá inevitablemente, no sería nada de extraño que su gobierno resuelva aplicar las mismas restricciones que las puestas en práctica durante la segunda guerra. Pero Noble no entendía. De modo que hube de seguir adelante: es muy simple, necesito que usted publique en ‘Clarín’, lo más destacado posible, como si se tratara de un cable recibido desde los Estados Unidos, un texto similar al siguiente. Y sacando mi lapicera, escribí allí mismo: ‘La situación por la cual atraviesa el proceso de guerra en Corea, hará, sin lugar a dudas, que los Estados Unidos corte drásticamente la exportación de maquinarias y automóviles para América del Sur y otros países’. Y conste, doctor Noble, agregué al extenderle el papel, que esto es muy factible. El lo leyó, me miró nuevamente, como si no me creyera capaz de utilizar una argucia como aquella y me dio seguridad de que, al otro día, la ‘noticia’ saldría en primera plana y bien destacada. (…) En cuarenta y ocho horas se habían vendido, prácticamente los mil automóvines que se abarrotaban en nuestros depósitos y los que esperaban en la aduana. Antes de la terminación de aquel año, tuve la inmensa satisfacción de mostrarles a los que me acompañaban por un simple afán especulativo, sin ningún otro propósito que el de ganar dinero fácilmente, que habían llegado a reprocharme la temporal paralización de las ventas, que vender cinco mil automóviles en nuestro país era un juego de niños”.

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“(…) marché a Alemania (…). Hablando en términos ajedrecísticos, creí llegado el instante de la partido en que debía dar jaque al rey. Así fue, que sin ningún circunloquio más, avancé en profundidad en aquella conversación, que podía ser realmente decisiva: pienso que podremos conseguir tal licitación y, más aún, compraremos dos mil quinientos automóviles diesel, que se pagarán al contado, pero exijo la contrapartida. Y esta no es otra que todas las comisiones que nos corresponden cobrar, tanto por los trolebuses cuanto por los coches se paguen inmediatamente en maquinarias. Y lo restante hasta completar la fábrica de camiones, ustedes deberán invertirlo en Argentina en función de capital”.

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“Nunca había estado personalmente con el General Perón (…) Algunos de los otros, de los miembros de su gabinete, parecían hallarse coléricos por mi presencia en la Casa de Gobierno (…) Yo nunca les había visto. No participaba en tareas políticas ni habíame enfrentado con ellos por ninguna razón. Con toda malevolencia adujeron su desconfianza. Dijeron que la plante industrial no se levantaría nunca. Cereijo, apoyado por Gómez Morales, fue muy duro en sus expresiones”.

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“(Perón) me invitó a que hablara con entera confianza y sosiego”. “Señor, creo profundamente en sus realizaciones y en la Revolución Peronista. Sé de los planes de industrialización que le animan y de los propósitos que ellos encierran de transformar a la Argentina en un gran país. Mi obligación como argentino es la de cumplir con mi parte dentro de tan gigantescos planes. Por eso quiero hacer radicar una fábrica de camiones, otra de tractores y, más adelante, cuando así lo requieran nuestras necesidades, una de automóviles”.

“Perón me escuchó y luego me dijo: ‘¿Y qué piensa hacer cuando concluya todo eso?’”

“Encarar la construcción de una gran vía de comunicaciones y carreteras que crucen el país de norte a sur y de este a oeste, trazar ramales troncales que se metan en los pueblos, por pequeños que estos sean, y poner en ellos muchos camiones capaces de transportar la riquza de la Patria, la que nace de su suelo y la que debemos extraer de sus entrañas y, aún, la que produzcan las fábricas y talleres”.

“Tendrá muchos contratiempos”, me contestó, “pero si usted dice la verdad tendrá también nuestro apoyo. Solamente le pido que haga el sacrificio de cumplir con lo que me está diciendo. Eso es mucho más importante que ganar dinero y retirarse a vivir descansadamente”.

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“Nosotros levantamos los cimientos de una verdadera ciudad industrial. Construimos nuevas y mejores instalaciones para la fábrica propiamente dicha. Instalamos laboratorios de ensayo de materiales, grandes y espaciosas salas de proyección para dibujantes y cómodas oficinas. Hicimos del trabajo, no la diaria rutina, la cual se debe realizar porque no resta otra posibilidad, sino la alegre empresa de todos y cada uno de los que, en comunidad, no sólo ganaban su pan honradamente, sino que lo hacían imbuídos en el convencimiento de que también trabajaban para la Nación. Construimos una escuela modelo para los hijos de los trabajadores y, además, casas, verdaderos hogares donde todos pudieran vivir con dignidad y felicidad. Nosotros éramos empresarios de la Nación Argentina”.

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“Mi idea tomó forma concreta cuando el Estado licitó las radiodifusoras que habían sido privadas y los canales de televisión. La licitación fue pública y, como todos los negocios en que yo intervenía, ejecutados con gran limpieza. No hubo ningún género de concesiones ni de influencias. Por trece millones de pesos, nuestro grupo adquirió LR 3 Radio Belgrano y el Canal Siete de televisión, por ese entonces el único existente. Un gran diario -totalmente nuevo en su técnica, contenido y forma- que pensábamos editar y una agencia noticiosa completaban mis planes en ese sentido. También adquirimos la Agencia Telam, que estaba en situación de quiebra”. (…) Sentía como un deber la necesidad de comunicar el pueblo la verdad de aquel esfuerzo: que se debía puramente aun puñado de argentinos, de hombres jóvenes que creían en el país y tenían fe en su destino. ¿No se nos enseñaba, acaso, desde las pantallas de los cines, los diarios, las revistas y las radios a reverenciar a Henry Ford, que nada tenía en común con nosotros’ ¿No se hablaba admirablemente de Onassis y de Carnegie y de todos los ‘reyes’ industriales inventados por la propaganda norteamericana?

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“Así, nuestro núcleo empresarial se expandió notablemente y llegamos a tener veintisiete empresas dedicadas a las más diversas actividades (…) Para la construcción y venta de tractores teníamos la Fahr ARgentina, Deutz Argentina y Autarc. En fundición y equipos de inyección estaban Inyecto Magnet y Visargentina, en tanto que para la rama de galpones, silos y vagones trabajaba Favis SRL. Junto a ellas, en lo agropecuario, forestal e inmobiliario, actuaban establecimientos especializados (…) Las exportaciones las hacíamos a través de Fabar. Llegamos, incluso, a forestar 2.500 hectáreas en San Pedro -Buenos Aires- con Eucaliptos. Fue un verdadero modelo en su género nuestra tarea. Ahí están los árboles bien adheridos a la tierra argentina”.

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“¡No había salido de un hogar humilde para convertirme en un empresario más del sistema capitalista! Había en mí el sentido del cambio de guardia”.

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“Recuerdo que me venían a hablar. Algunas veces eran incitantes: ‘Jorge Antonio, deje usted al país; venda, ¡váyase!, todavía es tiempo de no perder su esfuerzo”. Otras, las de quienes sentían de verdad lo que podría sobrevenir con el derrumbamiento del peronismo, tenían ese tono dramático de los que se preguntan por qué causas inexplicables el odio es capaz de sobreponerse al amor y al mal le es dable vencer al bien”.

Foto.

Nicolás Tereschuk (Escriba) : "Escriba" es Nicolás Tereschuk. Politólogo (UBA), Maestría en Sociologìa Económica (IDAES-UNSAM). Me interesa la política y la forma en que la política moldea lo económico (¿o era al revés?).