Las crisis

La pregunta puede, en principio, sonar polémica: ¿podemos los argentinos vivir un período relativamente extenso sin caer en una crisis?

¿Vos sos boludo o te hacés? sería una respuesta más que adecuada en boca de cualquiera que haya sufrido, a lo largo de su vida, alguna de las reiteradas crisis económicas, sociales o políticas a las que nuestro país es tan afecto.

Un poco boludo sí, a veces, me atrevo a responder. Pero también me animo a decir que es algo en lo que podemos –y debemos- reflexionar.  Y pensar en ello implica revisar de qué tipos de crisis hablamos y a quién va dirigida la pregunta que abre esta columna.

Un recorte superficial sobre la historia argentina reciente (tomando como tal lo sucedido post retorno de la democracia en 1983) nos muestran crisis de carácter económicas (hiperinflación alfonsinista y en los comienzos del menemismo); institucionales (intentos de desestabilización o golpe con los carapintadas; transición de 1989; proyecto de Re-reforma constitucional en 1998); políticas (alfonsinismo desde el 87, las coimas del Senado en 2000 con la renuncia del vicepresidente Chacho Alvarez, la crisis “del campo” en 2008); y sociales (donde es francamente difícil ejercer un corte temporal, ya que la decadencia social de nuestro país asemejó a un tobogán infinito cuyos orígenes se remontan –por lo menos- a la destrucción del aparato productivo por parte de la dictadura cívico-militar y que los sucesivos gobiernos democráticos poco pudieron o quisieron revertir. Incluso podemos especular con el concepto de hiper-crisis sociales, es decir momentos de crisis casi permanentes que de pronto pegan un respingo y se agravan: la desocupación galopante post reforma del Estado y la convertibilidad y su correspondiente pobreza e indigencia, por citar sólo un ejemplo).

Por supuesto, la clasificación es ya de por sí antojadiza y discrecional. Y casi siempre una crisis de determinado tipo termina generando crisis en otros campos, invadiendo totalidades. Sí, claro: la gran crisis argentina de 2001 fue un poco mucho de cada cosa: política, económica, institucional y social. Fue, de algún modo, integral.

Ahora bien, pasemos, también a vuelo de pájaro, a pensar un poco a quiénes afectan o dejan de afectar las crisis. Y una de las primeras enseñanzas es no solamente que no impactan del mismo modo a diferentes sectores sociales, lo importante es reconocer que en cada situación crítica también hay ganadores. Los sectores democráticos al terminar con la rémora de la amenaza militarista, el sector financiero e importador con el desarrollo de la convertibilidad, ciertas empresas nacionales con la pesificación asimétrica de Duhalde, las minorías que se enriquecían progresivamente al tener la capacidad de adelantarse a las devaluaciones y posicionarse en dólares, etc. Saliendo del discurso políticamente correcto diremos: no jodamos, a algunos las crisis les vienen bien.

Por el contrario, también, podemos deducir otra obviedad: las crisis son, casi sin excepción alguna, malas compañías para las mayorías populares. Ya sea porque son esas mayorías las que resultan proscriptas políticamente, ya porque son las más castigadas económicamente, ya porque el hilo se corta siempre por abajo.

Nuestro país vive, por primera vez en mucho tiempo, un período relativamente extenso sin grandes crisis ni políticas ni económicas ni institucionales. Podemos decir que, desde 2003 hacia aquí se recompuso la maltrecha autoridad presidencial, el Estado reasumió funciones indelegables que había ido perdiendo, la economía ha crecido como nunca en décadas, los indicadores sociales –aún con mucho por hacer- han mejorado progresivamente y la marcha general de la vida política y pública muestra sorprendentes rasgos de estabilidad. La casi segura reelección de Cristina en octubre refuerza aún más esta tendencia. El aburrido gris de la administración tiene su correlato en los índices de confianza y popularidad que muestran las encuestas sobre el actual proyecto político que nos gobierna.

Entonces: demás está decir que sería de necios el pensar que los sectores populares anhelaran ya no una crisis, sino al menos algún cambio. En todo caso, lo que se pide, lo que se espera, es más y mejor de lo mismo. Ajustes, sintonía fina, como dice siempre nuestro admirado Mario Wainfeld y, con un poco más de prospectiva, el comenzar a dar cuenta de la nueva agenda de demandas que son hijas naturales de estos años de bonanza: vivienda, mejoras en el transporte público, alguna reforma integral del ineficiente e ineficaz sistema de salud.

Quizás, visto este escenario, tengamos como país una maravillosa posibilidad de que el desafío de la etapa sea pensar en el mediano plazo. Abandonar de una vez la lógica gubernamental de la crisis permanente y encarar procesos de planificación profundos y sostenibles.

¿Hay sectores económicos o políticos deseosos de que la actual crisis económica mundial tenga un impacto tal sobre nuestro país que genere una crisis de proporciones puertas adentro? Seguro. Es natural, puesto que las luchas por el poder y por la distribución relativa del mismo siempre se dan en la Argentina bajo esa lógica. Si el actual gobierno resulta capaz de adelantarse en ese diagnóstico y elaborar (¿en conjunto con otros sectores políticos y económicos?, ¿por qué no fantasear un tanto?) medidas y planes tendientes no sólo a estar mejor preparados para los coletazos del “viento en contra” sino incluso a aprovechar el momento para mejorar nuestra posición relativa en la economía mundial, estaríamos dando un paso enorme en la consolidación de un país previsible.

Parece aburrido hablar de país previsible. Pero andá a decirle que es aburrido a los millones de compatriotas que en estos años consiguieron un laburito, pusieron un comercio, empezaron una carrera terciaria y sacaron un plasma en 50 cuotas.

Además, si queremos divertirnos, hagamos fiestas todos juntos.

Foto.

Mendieta : De chiquito, Mendieta no quería ser bombero ni policía. Soñaba con ser basurero. Ir colgado, como un superhéroe, del camión. Despúes se las ingenió para ser y hacer muchas cosas, todas más interesantes que lo que terminó siendo: un Licenciado en Comunicación, algunas veces como periodista, otras como funcionario público. Sus únicas certezas son su sufrimiento racinguista, la pasión por el mar y cierta terquedad militante. Todo el resto puede cambiar mañana. O pasado.