Lo que sé de la inflación

 

Algunos apuntes políticos acerca de la inflación:

  • La inflación argentina medida por el INDEC es alta. Medida como la midas, hasta donde leo en distintas fuentes da siempre la segunda más alta de América Latina y, por lo tanto, una de las más altas del mundo en el actual contexto. Más allá de lo que digan un índice efectivamente desacreditado en el debate público, las consultoras privadas, las no-sé-cuántas provincias o lo que opine Hugo Moyano. Esto es lo que está presupuestando el Gobierno para el año que viene: una inflación que en los términos comparativos latinoamericanos y mundiales es alta.
  • Como tal, no podría no preocupar. A todos los asalariados, a todas las centrales sindicales este tema les preocupa. A mis amigos, a mis familiares, a mí nos preocupa.
  • Entre todos los que les preocupa en forma genuina la inflación por sus efectos sobre los ingresos de los asalariados formales e informales, los beneficiarios de planes sociales, los pequeños comerciantes, los jubilados, hay oficialistas y opositores. El debate entre ellos me parece genuino y  necesario y debe ser alentado.
  • No todos los que “quieren preguntar” sobre la inflación tienen esta genuina preocupación. Si soy un consultor económico de algunas de las mayores empresas del país, compañías con mil palos verdes en un banco en Suiza y digo “qué preocupante la inflación” me produce dudas. Si yo tuviera mil palos verdes en un banco en Suiza ¿me preocuparía la inflación o me preocuparía influir para que se inicie un plan de estabilización en el que el paso uno sea una fuerte y brusca devaluación?
  • Quien asesoró a Cristina para que diga que el país “explotaría por los aires” si la inflación fuera del 25 por ciento, la asesoró mal. Que yo sepa, el país explotó por los aires en el 75, con el Rodrigazo; en parte en el 82, con el estallido de la “crisis de la deuda”; en el 89, con la hiperinflación y en el 2001. Los argentinos saben por su experiencia reciente, entonces, que el país puede “explotar” con una inflación muy alta, con una hiperinflación y también con una deflación. La cosa pasa por otro lado.
  • El país con el que hay que cortar no es “el país de la inflación”, el “país de la apreciación cambiaria artificial”, del “ancla cambiaria”, como señalan algunos sectores que siempre tienen las mismas recetas. El país con el que hay que cortar es con el del endeudamiento y la fuga de divisas que comenzó en 1976. La sociedad más igualitaria que se armó sobre la base de la mayor presencia del Estado en la economía, que comenzó con el formato de contención de la crisis del 30 que pensaron algunos de los cuadros más lúcidos de aquella generación, como Pinedo y Prebisch, y al que se sumó la visión del Estado que aportó el peronismo, se rompió en 1976. Cuando se puso a lo financiero como eje en lugar de la economía real, hecho que ocurrió en todo el mundo y ahora estamos viendo cómo “explota por los aires”.
  • La inflación a partir de 1976 es de lo que nos hemos preocupado la mayoría de los argentinos mientras los Grupos Económicos se hacían cada vez más ricos endeudándose en dólares, valorizando esas divisas con el trabajo argentino y luego fugándolas sistemáticamente. Las personas de a pie no “vamos al dólar” porque “se desvaloriza la moneda” en el marco de un proceso inflacionario. Vamos al dólar porque es la forma en la que ellos se han hecho riquísimos y se han despegado de los vaivenes a los que estamos sometidos los asalariados. Los asalariados, los pequeños comerciantes, los sectores medios que mamamos la idea -real y válida, confirmada por la realidad hasta ahora- de que el ahorro debe ir a dólares no lo hacemos tanto porque desconfiamos del peso sino porque sabemos que así es como uno se puede tratar de plegar a la ola de “consumo sofisticado” y de “éxito” de los dueños del país y que esa ola no te tape. A partir del gobierno de Néstor Kirchner se rompió con la lógica del endeudamiento porque se rompió con la lógica de que hay que presentar el plan económico antes en Nueva York y en Washington que en la Argentina. Para ser justos, el gobierno de Duhalde rompió con esa lógica, quizás porque no le quedaba otra. Pero los gobiernos kirchneristas, habiendo podido revertirla, con constantes reclamos y presiones de distintos sectores para que la revirtiera, no lo hicieron. Y la profundizaron.
  • Y ahora, rota la “lógica del endeudamiento”, Cristina avanza con la ruptura de la “lógica de la fuga” con un esquema con el que intenta que esa situación no recaiga sobre los más débiles. Podría haber parado la fuga con una maxi devaluación, pero optó por otra cosa. Y los sectores que están acostumbrados a ahorrar en dólares se enojan. Se enojan los “grandes” que se han hecho riquísimos con la fuga de divisas, ocultando además con el dólar lo que evaden o eluden de impuestos -igualito que Chávez Jr. hizo con marihuana para tapar otras cosas-. Y se enojan, nos enojamos, todos los que tenemos capacidad de algún ahorro y la única forma que conocemos de ser como “ellos”, de ser “exitosos” y tener la esperanza de un consumo sofisticado es yendo al dólar. No somos malos. Tenemos una cierta lógica. La de ellos.
  • Sabemos (lo leo en un paper de Mario Rapoport) que entre 1945 y 1975 las tasas de inflación promedio fueron del 20% (con picos del 50 a más del 100%). Me dirán que ese país no vuelve más porque el mundo estaba más cerrado al comercio. Quiero una Argentina que se industrialice, que proteja su mercado interno, donde todos puedan consumir más y tengamos una sociedad más igualitaria, con mejores servicios sociales. ¿Adónde voy a buscarlo?
  • Como se ve en ese período, el país bien puede no “explotar por los aires”, aunque perfectamente puede un presidente terminar mal, irse o “ser ido”, si no logra administrar bien todas las tensiones del momento. Entre las que están las tensiones inflacionarias. Si es hora de dar batallas, amigos, sólo queda entonces una posibilidad: tratar ganarlas porque esto no es un juego.
  • La experiencia concreta del último plan económico que puso entre sus principales objetivos la baja de la inflación, la Convertibilidad, pero también buena parte de los “hay que pasar el invierno” de la segunda mitad del siglo XX, indican que lo que se busca desde los sectores ortodoxos no es tanto bajar la inflación, como producir un ajuste que discipline a los sectores populares imponiendo un nuevo piso salarial más bajo que el anterior. Tirar el agua de la bañera con el chico adentro.
  • Todos los que fuimos asalariados en los 90 sabemos que no había “inflación cero”. Que, por ejemplo, las tarifas de los servicios públicos pasaron a conformar una porción creciente del salario de la gente, ajustándose además según la inflación de los Estados Unidos. Que en realidad, cuando te dicen “inflación cero” te quieren decir “no se pueden aumentar los salarios, ni las jubilaciones”. Que cuando te dicen “inflación cero” igual te dicen que los costos salariales son muy altos, que la economía es poco competitiva y que por eso hay que “desregular” el mercado de trabajo, aún en el marco de una híper desocupación.
  • Así, tener “inflación baja”, cualquier cosa que ello quiera decir, es muy fácil. “Bajar la inflación” es muy simple. Pero la pregunta no es “cómo bajar la inflación”. La pregunta es cómo bajar la inflación manteniendo otras características que también tiene ahora la Argentina. Cómo bajar la inflación manteniendo el sistema previsional con mayor cobertura de América Latina. Cómo bajar la inflación manteniendo la Asignación Universal por Hijo. Cómo bajar la inflación dándole una netbook a todos los chicos que cursan la educación pública secundaria (estoy diciendo todas cosas que no había en la Argentina de “inflación baja” que yo conozco, que es la de los 90, ¿ves?), cómo bajar la inflación dándoles las vacunas gratuitas a los chicos que hasta hace poco o tenían que pagar o no recibían, cómo bajar la inflación con AYSA haciendo obras de agua y saneamiento en el Gran Buenos Aires, en lugar de Aguas Argentinas sólo cobrando la factura, cómo bajar la inflación manteniendo el puesto de la Argentina en el Indice de Desarrollo Humano de la ONU. Hay miles de estos. Cuando vinieron las crisis del Tequila (’95), la Asiática (’97) y la Rusa (’98), la inflación seguía en “cero” y la desocupación abierta se disparó. Y lo único que se les ocurrió entonces fue plantear más flexibilización laboral, dar más beneficios a grandes empresas, darles plata en la mano a las automotrices y poner a Palito Ortega de Secretario de Desarrollo Social.
  • Hay una cierta mirada “antiinflacionaria” que indica que los argentinos están consumiendo por encima de sus posibilidades. En los 90, por lo menos, tenían el coraje de mirar a cámara y decir que había “provincias inviables”. Ahora veo sectores que hablan de “metas de inflación” -es un avance, de todos modos, que ya no piensen en cerrar el Banco Central con un candado y tirar la llave a los cocodrilos-. Mi impresión sigue siendo que hablan de “metas de inflación” para indicar cuánto debería reducirse el gasto público y, para peor, quitar la definición de ese ritmo y esas posibilidades de las manos de la política. Para mí, tendrían que animarse a mirar a cámara y decir que lo que piensan es que en la Argentina, con el nivel de productividad que tiene el país, hay gente que está consumiendo de más. No sé si pensarán también que hay “personas inviables”.
  • El “gran ejemplo” de política monetaria de “metas de inflación” que se me ocurre es el de Chile. Las “metas de inflación” son una forma extrema de decir lo que dicen todos los gobiernos. Que para todos no alcanza. Que ya va a alcanzar para todos. Que esperen. El problema es si esa “espera” se choca con una suerte de default político por no escuchar las demandas sociales, como el que tiene ahora Chile. Uno donde una gran cantidad de ciudadanos no distinguen la diferencia entre centroizquierda y centroderecha. En un contexto de “optimismo sobre la economía“, el oficialismo y la oposición muestran “altos niveles de desaprobación ciudadana”. El oficialismo, con un rechazo del 64 % y la oposición, con niveles de desaprobación  que llegan al 74%. Por no hablar de una Cámara de Senadores con una aprobación del 17 % y una de Diputados con el 16 % de respaldo.
Escucho comentarios.

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Nicolás Tereschuk (Escriba) : "Escriba" es Nicolás Tereschuk. Politólogo (UBA), Maestría en Sociologìa Económica (IDAES-UNSAM). Me interesa la política y la forma en que la política moldea lo económico (¿o era al revés?).