Petróleo y Política: Terminar con el Desquicio

Repsol-YPF fue siempre una vergüenza, la parte más oprobiosa del neoliberalismo argentino. Esto no lo digo desde una barricada trotskista. Ningún país, por mas neoliberal que fuera en los años 80 y 90 rifó un recurso natural estratégico esencial del modo que lo hizo Argentina durante el menemismo. Así, el Chile de Pinochet, el caso modelo de neoliberalismo estilo Chicago, preservó Codelco, la mega-minera nacionalizada por el gobierno de Allende, en manos estatales. Para hacer política desde el pinochetismo y explotar el recurso. La presidencia de Salinas en México, lo más cercano al menemismo en cuanto a relaciones carnales con el establishment internacional neoliberal de la época, no se animó a tocar Pemex, la histórica petrolera local. Es más, los gobiernos que encarnaron el neoliberalismo en Brasil (Cardoso) y en España (Felipe González) fortalecieron y profesionalizaron desde el estado sus empresas petroleras estratégicas, Petrobras y Repsol. En materia de petróleo la liberalización y apertura de mercado en Brasil y España tuvo una dosis muy grande de estatismo.

Hilando fino, y como ha sostenido la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ni siquiera la privatización de YPF en 1993 fue el pico del problema en términos del recurso estratégico. José Estenssoro, el interventor y presidente después de esta privatización inicial, hizo un desastre social en materia de despidos, pero organizó una empresa petrolera viable en un mercado fuertemente desregulado y con sede de decisión en la Argentina. YPF se convirtió en la mayor empresa energética privada latinoamericana, pasó a ser rentable, e incluso se expandió puertas afuera con la compra de la petrolera Maxus en EEUU. Por supuesto, los críticos sostienen que en este período, con la falta exploración y la exportación desenfrenada de un recurso no renovable, se sembraron las semillas del fracaso de la empresa. Sin embargo, en esta nota más que los aspectos geológico-económicos me interesa como la política dirimió el control del recurso. El gobierno argentino y las provincias tenían participación accionaria minoritaria importante, el resto del capital estaba atomizado en Wall Street y en la bolsa local, y la decisión y el management estaban claramente en Buenos Aires. Y al mando de un CEO de la personalidad de Estenssoro, que tenía una concepción definida y obviamente criticable para catapultar a la empresa, pero que no respondía a ninguna multinacional y podía ser operable y muy influenciable políticamente desde el estado argentino.

La tragedia mayor sobrevino, pues, con la venta a Repsol en 1999. Estenssoro había muerto en un accidente. Roque Fernández y su gente estaban al mando de la conducción económica y del Banco Central, es decir un neoliberalismo aun más ideológico que el de Cavallo. Escuela de Chicago pura—allí literalmente se formaron R. Fernández, Pou y el viceministro Guidotti. Menem y ellos entregaron la acción de oro en YPF y vendieran la participación del estado nacional a Repsol para buscar aire fiscal en una situación que ni siquiera era de emergencia. A las provincias les quedaban pocas opciones más que vender, ya que no iban a tener ninguna incidencia en la nueva gestión española.

Todo ello sancionó un despropósito aun mayor que la privatización de 1993. El barril estaba a menos de 20 dólares cuando compró Repsol y llegaría a más de 100 a los pocos años. No era el pez grande que se comía el chico: la capitalización de ambas empresas no era tan diferente, ni su nivel de utilidades. Repsol compró YPF endeudándose, es cierto que en medio de un boom europeo que le permitió acceder a tasas bajas que no hubieran sido posibles para YPF, por lo que pudo hacer una oferta tentadora a los accionistas privados. Pero lo central es que fue la política la que perdió a una YPF con base nacional. Al menemismo, Roque Fernández y cia no les importó nada: con el simple uso de la acción de oro podrían haber parado la compra. Repsol no tenía experiencia en producción (España no tiene petróleo), básicamente comercializaba combustibles. Más aun, en 1993 YPF le pone trabas a Repsol para participar en una licitación de áreas en Mendoza, justamente por no tener producción de petróleo ni un equipo de ingenieros/geólogos adecuados. Repsol se ve obligado a buscar un socio local con experiencia en sacar petróleo, Astra, una especie de kiosco en el negocio a nivel mundial, para llevarse el yacimiento. Tan sólo seis años después Repsol compraba YPF. Lo dicho: un desquicio.

Justamente Repsol misma es el resultado más acabado del una estrategia estatal de nacionalismo petrolero en España que no tiene nada que ver con las fuerzas de mercado y menos con la “seguridad jurídica”. La empresa estatal fue creada por los socialistas a mediados de los años 80 juntando una serie de activos estatales y privados desperdigados en su territorio, primero en el sector de refino. Es por demás elocuente que el primer CEO de Repsol fue Oscar Fanjul, Secretario de Hidrocarburos del PSOE. Después los socialistas nacionalizaron el sistema español de oleoductos y estaciones de servicio que estaba en manos de un monopolio con mayoría de capital privado, CAMPSA (controlada por los grandes bancos), y se lo entregaron mayormente a Repsol. Después privatizaron Repsol y abrieron el mercado petrolero (ya que los obligaba la entrada en la UE). Sin embargo, la privatización de Repsol fue implementada vendiendo escalonadamente porciones chicas del paquete accionario a los grandes bancos locales (que recuperaban lo perdido) y en las bolsas, e impidiendo deliberadamente cualquier venta directa a una empresa extranjera. El estado español conservaba así en Repsol la acción de oro y una influencia directa política y estratégica en el management que dura hasta el día de hoy. A las multinacionales petroleras europeas, empezando por Shell, no se las dejó participar en la privatización de la logística, o sea oleoductos y estaciones de servicio en España (que como se dijo fueron directo a Repsol), y en la práctica se les desincentivó cualquier participación en la posterior venta muy gradual de las acciones de Repsol. Solo se habilitó a las petroleras internacionales a entrar al mercado español casi 10 años después del ingreso del país a la UE (justamente para dar tiempo a fortalecer a Repsol). Shell y el gobierno holandés empujado por su lobby, se la pasaron denunciando a Repsol por “prácticas desleales” de competencia ante la Comisión Europea por esta época.

En suma, para fines de los años 90 los españoles habían logrado crear una empresa petrolera fuerte casi de la nada. Con YPF le agregaron lo que les faltaba: producción propia. Que España, epítome del nacionalismo petrolero y una estrategia estatista vía Repsol, impugne una estrategia energética estatal que resguarde los intereses nacionales de Argentina cuando afortunadamente cambió la política, es por lo menos un mal chiste.

Finalmente, la frutilla del postre en la desnacionalización absoluta de nuestros hidrocarburos llegó en el 2002 con la venta de Pérez Companc, el segundo poseedor de campos petroleros en el país después de YPF, a Petrobras. Pérez Companc había crecido enormemente en los años 90 gracias a la fiesta menemista. Los que saben discuten si fue su deuda en dólares después de la debacle de 2001, o las ganas de quedarse con helados Munchi y negocios menos complicados, los que llevaron a aquella venta—no bloqueada por el estado argentino. En cualquier caso, para inicios de 2003 Argentina era el único país del mundo de mediano a grande que había cedido más del 85% de la producción de petróleo local a empresas extranjeras. Nuestro suelo era una parte más de los vastos mapas productivos de Repsol y Petrobras. En 1975 Repsol no existía y Petrobrás era una empresa comparable a YPF. 30 años después YPF no existía y brasileros y españoles dominaban la explotación petrolera en Argentina.

Arreglar este desquicio es una deuda de nuestro gobierno nacional, popular y progresista. Los pasos que se intentaron antes como la entrada de Eskenazi en YPF, no dieron resultado. Por supuesto, antes de recuperar el petróleo había que reconstruir un país en el abismo. Además, lo que muchos critican al kirchnerismo para mí es una virtud: su capacidad de rectificarse, ir sobre sus pasos. Pasó con la Asignación Universal por Hijo, que al principio no estuvo en la agenda y después se convirtió en política pública estrella. Llegó la hora de rectificar en serio la política energética y petrolera. Pero ojo, una vez “que vuelva la política” habrá que prestar atención a los aspectos geológico-económicos del negocio. Hace falta mucha plata para extraer el tipo de petróleo que hay en las reservas en Argentina. No hay que olvidarse que los problemas de YPF empezaron antes de 1989, cuando la empresa comenzó a perder autonomía frente al sindicato, a los contratistas y frente a otras reparticiones y empresas estatales que expoliaban sus costos. Eso no puede volver a pasar. El modelo Petrobras parece a priori el más adecuado: capital mixto y parte en la bolsa, gestión muy profesionalizada, y control accionario mayoritario por parte del estado nacional y de las provincias petroleras. Hay que conformar de un equipo de gestión estatal que tenga en su norte a la vez las perspectivas del negocio, los interesas nacionales estratégicos y los de los consumidores argentinos. No seamos inocentes, esto es un equilibrio muy difícil con el que habrá que lidiar después de los anuncios y el flamear de las banderas. Pero nada esto será posible si antes no vuelve la política a recuperar nuestro petróleo. Y para eso hay que bancar más que nunca a nuestra Presidenta.

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