Son las políticas, estúpido

Estas son las cosas que no debiera escribir. Las cosas en que uno corre un riesgo, básicamente, por no tener la capacidad de escribirlas tal como uno las siente.

Carlos Menem acaba de ser condenado por la justicia por el caso del tráfico de armas al Ecuador, hechos sucedidos en los lejanísimos noventas. Para quienes tenemos una historia política que –podríamos decir- nace con su ascenso al poder y nuestra consiguiente oposición, la noticia debiera alegrarnos.

Y sin embargo…sin embargo no. Entonces me pongo a pensar el por qué ¿Por qué no me causa nada –ni alegría, ni tristeza, ni nada- que la Justicia condene a Menem?

Y pienso que es por esto: creo, cada día más, en que una democracia se asienta basalmente en la soberanía popular expresada a través del voto libre mucho más que en las instituciones que regulan su ejercicio. Entre estas instituciones, por poner una, la Justicia. Y creo que lo que realmente cuenta son las políticas públicas que un gobierno lleva adelante, mucho más que si lo hace respetando o no las leyes vigentes. Sí, estoy diciendo que el respeto por las leyes es, en términos históricos y sociales, subalterno. Y sé que diciendo esto estoy vulnerando el mandamiento número uno del hacer política hoy: la corrección política. Pues bien, son los lujos que uno puede darse al no hacer política. Y podré haber dejado muchas cosas, pero no pienso abandonar algo de lo que con falsa modestia me enorgullezco: la coherencia.

No son los hombres. Paradojalmente, siento que no son los hombres lo que importa a la hora de hacer un balance político. Nunca lo son. Lo que importa son las políticas, estúpido.

Entonces, mi histórica oposición a Menem no transcurre por el chimentismo de analizar sus modales, o de los “signos” culturales que tan bien supo expresar en su momento, de su pizza con champán. A lo que me oponía, las cosas por las que hacía política en aquel momento, con tanta pasión, con tanto optimismo de la voluntad, era a sus políticas. A su entrega del país, a su abandono de los sectores populares, a la ley de la selva ¿Le hubiera “perdonado” su banalidad –o incluso sus ilegalidades- si las políticas llevadas adelante por su gobierno hubieran sido en beneficio del pueblo? Probablemente sí, debo admitir. Así como hoy “perdono” cosas, modos y actitudes de este gobierno precisamente por creer (énfasis en “creer”) que las políticas estructurales de este gobierno tienden al beneficio de los más humildes, de los más pobres.

Y es por esto que escribo atolondradamente para admitir mi abulia ante una condena de una Justicia en la que no creo. Y reafirmo mi convicción en que el único modo en que me puede llegar a alegrar una condena judicial es si la misma tiene algún tipo de pedagogía social sobre los votantes. Es decir: esta condena podría llegar a servir si la misma es entendida como una relación causal entre la persona y las políticas de Estado que esa persona lleva adelante. Y si me preguntan, debiera admitir: francamente, no creo que se haga esa operación de causalidad.

Yo sí me alegro cuando a esas políticas les ganamos elecciones. El resto es anecdótico.

: De chiquito, Mendieta no quería ser bombero ni policía. Soñaba con ser basurero. Ir colgado, como un superhéroe, del camión. Despúes se las ingenió para ser y hacer muchas cosas, todas más interesantes que lo que terminó siendo: un Licenciado en Comunicación, algunas veces como periodista, otras como funcionario público. Sus únicas certezas son su sufrimiento racinguista, la pasión por el mar y cierta terquedad militante. Todo el resto puede cambiar mañana. O pasado.